En Valladolid
(Cisne, de Valladolid, 7 de diciembre de 1942.)
El mejor estilo de servir la memoria de nuestros Jefes es cuadrar los espíritus disciplinados a la voz de mando de su consigna y hacerla acción con más brío en aquellas fechas cuyo recuerdo clava más hondamente en nosotros la amargura de sus ausencias.
No es el panegírico de lo personal lo que un falangista está obligado a ofrecer en este día a su Jefe; es la decisión firme de ser más eficaz en la persecución de sus objetivos, por cuyo logro hace guardia más allá de la muerte, a un tiempo Juez de nuestra conducta y centinela de nuestra fe. En cada formación, en cada avanzada, vive su espíritu presente, y es el acatamiento, el servicio exacto de la orden que él nos marca la mejor medida de nuestra sinceridad en el afecto.
Por eso, cada escuadrista del Sindicato Español Universitario, unidad de choque de nuestra lucha, tiene hoy el deber de proponerse ser, no el más afectuoso amigo para su recuerdo, sino el mejor hombre para su fe. El primer servidor de su consigna en el estudio, y el combatiente más bravo de sus banderas en la acción. Por muchas ventajas iniciales que alcancemos nosotros, si no logramos en la nueva generación ser los más fuertes, la victoria se nos escapará de entre las manos, porque son las juventudes universitarias de hoy quienes han de librar mañana la última batalla definitiva. Y ser los más fuertes es ser los mejor preparados en lo intelectual y los más decididos en el choque. Trabajo y combate, que no son vocaciones contrapuestas, sino actitudes paralelas que responden a un mismo sentido de la vida.
En nuestra generación universitaria, forzada por un imperativo patriótico a vivir constantemente en la inquietud de los combates físicos, se perfilaron dos tipos: el estudioso tímido y egoísta y el mal estudiante generoso y resuelto, que deben ser barridos de nuestras Facultades porque ya no tienen razón de existir. No es en la calle donde hoy servimos más eficazmente a la Revolución, sino en la misión concreta que se nos confía, el aula, el taller o la tierra. Porque la Patria ha de ser conducida mañana por hombres audaces e idealistas, fanáticos de nuestra idea, pero que formen en la primera línea de lo profesional. En la oscura tarea del estudio diario y en manos de aquellos cuyo mejor servicio es formarse espiritual y científicamente, está la clave de nuestros futuros gloriosos. Para un estudiante falangista español este es el momento de renovar una decisión: la de hacer de sí mismo una individualidad para la Falange y para la Patria. Todo lo demás es palabrería y ficción, maneras fáciles de escapar al sacrificio, hinchazones insinceras.
Porque no olvidemos que la más disciplinada forma de servir el anhelo por el que nuestro Capitán Ausente sacrificó la vida, es la mejor manera de amarlo. ¡Arriba España!