En la inauguración de la Clínica de Maternidad de Barcelona, creada por el Instituto Nacional de Previsión
(Barcelona, 7 de octubre de 1941.)
Camaradas: Inauguramos hoy en Barcelona una nueva Clínica de Maternidad. Yo quiero que en esta oscura y cansina labor de cada día sepamos ver, otear a lo lejos, para que no nos enturbie la contemplación de lo pequeño y de lo parcial el destino en lo universal de la Patria, última meta de nuestro esfuerzo. Quiero que nos acostumbremos todos a ese fino sentido de las distancias que nos hace conocer lo que nos aleja y lo que nos acerca al final, para que en este constante forcejeo nos aliente el escalón que alcanzamos y nos encorajine el objetivo concreto que no podemos lograr. Es preciso que fijemos la atención en actos que, como el de hoy, sin aparente importancia, constituyen una manifestación del espíritu nacional-sindicalista y un paso al frente en el camino que hemos jurado recorrer.
La reducción de los coeficientes de mortalidad es una de las primordiales preocupaciones de los pueblos que, como el nuestro, se han impuesto a sí mismos el deber de ser fuertes, única posibilidad de ser respetados en el mundo.
Para hacer realidad el sueño de grandeza que estamos decididos a hacer vivir a la Patria, es necesario no malograr vidas –cuya pérdida significa una merma en la capacidad de energía de nuestro pueblo–, y destacan entre los índices de mortalidad los correspondientes a la infancia y a la maternidad, que es misión específica de estas Clínicas combatir.
En el año 1910, camaradas, murieron en España, durante el parto, 4.000 mujeres (2,40 por 100). Durante veinte años fallecieron cerca de 80.000 con ocasión de prestar a la Patria su máximo servicio.
La mortalidad infantil, el año 1925, por ejemplo, con sus 20.000 niños nacidos muertos, sus 102.000 fallecidos antes del año y sus 182.000 fallecidos antes de los cinco años, era para España verdaderamente desoladora.
Si se considera además que entre 1903 y 1915 el coeficiente de natalidad se redujo en un seis y medio por ciento, el panorama se presentaba aún más doloroso.
Lo apremiante de la situación hizo reaccionar, siquiera débilmente, aun a aquel anémico Estado español anterior al 18 de julio, que en 1929 creó el Seguro de Maternidad. Después de titubeantes iniciativas del régimen liberal, el año 1940, el Estado Nacional-Sindicalista creó la Obra Maternal e Infantil; se instalan en las capitales de provincia dispensarios de maternología y puericultura con enfermeras visitadoras; la lucha para arrancar a la muerte muchas vidas preciosas se entabla esta vez, decidida y eficazmente, por uno de los Organismos más útiles que podemos aprovechar para proteger el avance social: el Instituto Nacional de Previsión.
Somos tan enemigos de hacer resaltar con excesiva alegría los éxitos logrados, como de silenciarlos por sistema. Si estamos muy lejos aún de llevar a cabo la Revolución que necesita España, estamos de ella más cerca que nunca.
Y entre la estrecha visión con que este problema de la protección a la maternidad se enfocó en el régimen anterior y nuestra organizada concepción actual, hay una distancia que no puede por menos de halagarnos.
Es, camaradas, en estas realizaciones concretas, que con frecuencia pasan desapercibidas, donde se dan los pasos más firmes en nuestra ruta.
No nos cansaremos de repetir que nuestra primera preocupación es ser hombres prácticos y eficaces. A la bambolla inútil de las palabras altisonantes y de los proyectos lejanos, debemos preferir siempre esta conquista de pequeñas posiciones por la que, sin estruendo, se va introduciendo poco a poco cada consigna de la Falange en el Organismo del Estado.
Por eso he querido haceros notar toda la significación de este acto que nunca puede considerarse separadamente, sino como un eslabón más de la gran cadena que se forjó con fuego de combate y que ha de unir ya siempre a la Falange y a la Patria.
¡Viva Franco! ¡Arriba España!