Filosofía en español 
Filosofía en español


En la fábrica Echevarría

(Bilbao, 21 de febrero de 1942.)


Trabajadores empresarios y obreros, camaradas: Acaso se estime por algunos que son nuestras palabras demasiado secas y tienen muchas aristas nuestras concepciones, pero preferimos el exceso en la sinceridad. Sólo rompiendo con los falsos convencionalismos de la diplomacia se deja al aire el pensamiento entero y podemos saber cada uno dónde estamos y el camino que hemos de seguir para abrazarnos o para herirnos. Por eso no nos importa reconocer que no estamos hablando a una multitud convencida; por eso nuestras primeras palabras son para decir que no queremos que nadie nos mienta ni siquiera con el gesto, que ninguno disfrace su convicción con asentimientos corteses, porque estamos hablando entre hombres, y para la meditación es bastante el silencio. No sé si vosotros habréis pensado alguna vez que estáis viviendo el reverso de todas las historias; que no son los mismos caminos los que recorremos, porque la trayectoria obligada de todas las políticas era buscar la masa como un apoyo para subir, no adueñarse de los mandos con el propio esfuerzo y a costa de la propia sangre. Os considero a todos sobradamente inteligentes para desechar durante la vida de los que estamos aquí la posibilidad de un cambio favorable a lo antiguo. Y es, obreros de Vizcaya, en estas circunstancias, después de todo lo que pasó, cuando hemos venido a hablar con vosotros. Debéis reconocer que esto no es lo egoísta, no es lo interesado, no es lo de siempre, y si hay entre vosotros un enemigo honrado, yo le exijo que crea en nuestra buena fe. A muchos, este lenguaje les parecerá extraño; a otros, atrevido; pero los nuestros saben que es duro y abierto el estilo de las viejas consignas, que casi siempre «el empezar a tiros es la mejor manera de llegar a entenderse».

No nos interesa la masa, porque sabemos que cuatro hombres resueltos bastan para derrotar a una muchedumbre; pero necesitamos descubrir entre vosotros las individualidades de excepción capaces de romper la cadena de los prejuicios marxistas y pensar serenamente por sí mismos en la hora actual de la Patria. Nos interesa el verdadero rebelde, capaz de tener una fe y de batirse por ella, y no podemos, precisamente por ser intransigentes con nuestra consigna de unidad entre los hombres de España, hacer imposible a nadie la reivindicación de su propia vida. Es nuestro deber despertar a los que tienen los ojos todavía dormidos en la amargura estéril de la derrota para que se den cuenta de una vez de la trascendencia del instante y tengan la conciencia del suicidio a que les conduce su pasividad.

Para exponeros sencillamente la realidad de estas cosas hemos venido aquí, no para prometeros panoramas sociales atrayentes; para deciros que nosotros estamos donde siempre, y para intentar que os preguntéis a vosotros mismos qué puesto os señala ahora vuestro deber o en qué postura vuestro interés os aconseja situaros. No perdemos la serenidad o la fe aunque todo esté en contra de nosotros. Las consecuencias de nuestra guerra y de la actual, la escasez de transportes y víveres, el sabotaje del amigo y del enemigo, la dificultad en la importación de artículos indispensables, la oposición encubierta de los que temen que nuestra Revolución sea verdad y de los que temen que nuestra Revolución sea mentira. En uno y otro lado hay hombres resueltos, de buena voluntad, para los que siempre tenemos abiertos nuestros banderines de enganche. Pero aunque no acudan a nuestra llamada no nos importa. Por situaciones peores hemos pasado y obstáculos más peligrosos tendremos aún que rebasar. Estamos con un Jefe acostumbrado a llevarnos a la victoria sin precipitaciones ni titubeos, y tenemos más fe y más entusiasmo que nunca.

Todos los que tienen la esperanza de que el desánimo ante la lentitud del avance nos haga retirarnos de la brecha compungidos y refunfuñando, como niños mal criados, pueden ir abandonándola, porque nosotros aprendimos una moral heroica y las retiradas son casi siempre de cobardes. Que no venga a nosotros quien sea capaz de desertar, de abandonar su puesto sin luchar en todas las formas necesarias. Queremos insistir en que esto no es un mitin algarero de propaganda. Estamos aquí, sencillamente, para exigiros que meditéis sobre una conducta, sobre una realidad y sobre un futuro inminente. Nosotros no engañamos a nadie. No ofrecemos amnistía, porque nos falta doblez para explotar la credulidad de la desgracia y nos sobra fuerza para tener que buscar apoyo en la transigencia con el crimen.

No somos obreristas porque no entendemos de clases sociales, sino de clases de hombres, los útiles a la Patria y los que no quieren serlo, los que la engrandecen con su servicio eficaz y los que se divierten a su costa, los que la elevan con su inteligencia y con sus brazos y los que son un lastre para todos. Nuestra primera consigna en lo social es evitar esta convivencia intolerable. Porque, camaradas, a ver si os dais cuenta de una vez de que el verdadero enemigo no es el jefe de la empresa donde trabajáis. El Estado ha de ser quien limite su beneficio en lo que tenga de injusto comparado con el vuestro. El verdadero enemigo es el jefe de las empresas posibles donde no trabaja nadie, porque niega a la Patria su dinero y su actividad.

Apenas vamos a rozar el problema del separatismo vasco, porque a estas alturas perder el tiempo en bizantinismos trasnochados parece una falta de seriedad. Sólo os diré que una Patria sin misión, sin destino, entregada a lo mediocre por una turba de cretinos, puede explicar, en regiones laboriosas como Cataluña y Vasconia, anhelos de autonomía, pero jamás justifica la traición que supone el abandono.

Tenemos respeto para los que cayeron y perdón para los equivocados, pero no olvidaremos nunca a los cautos embaucadores capaces de inmolar vidas inocentes al servicio de una ambición sin riesgo y sin bizarría.

Y nada más tenemos que decir a los obreros vascos en nuestra primera entrevista. Tal vez esperaseis programas concretos o panegíricos de nuestra doctrina, pero de intento hemos querido prescindir de todo lo que pueda sonar a promesa, porque sabemos demasiado que lo interesante es la fe en los hombres que representan o personifican fórmulas permanentes. Por eso no hablamos de la batalla entablada para dar al salario mayor poder adquisitivo a base de la baja de los precios; nada de los que dificultan nuestra labor amparados en una economía débil, que hace peligrosas las decisiones precipitadas. Solamente hablaremos de esto cuando hayamos conseguido el objetivo, para evitar que nuestras palabras puedan ser interpretadas como hijas de la disculpa o de la impotencia. Adelantamos solamente que la empresa es muy delicada y requiere mucha serenidad y mucho estudio, porque un paso en falso sería catastrófico para la Patria.

En la batalla por la Revolución roja y negra podréis colocaros al margen, enfrente o a nuestro lado, pero lo que no podréis hacer es escapar a sus consecuencias. No queremos que mañana podáis cargar sobre nosotros la responsabilidad de no haberos expuesto claramente estas cosas. Por eso hemos venido aquí a haceros meditar. Vuestra rebeldía puede hacerse justicia en nuestras manos y ser fuerza viva para la Patria bajo nuestras banderas. Y quiera Dios que no os clave el cuerpo mañana vuestra quietud de hoy ni os muerda el alma el remordimiento de haber dejado solos a quienes tuvieron la nobleza de ofreceros en sus escuadras un puesto de combate contra la injusticia. Que estas últimas palabras sean motivo para vuestra primera meditación: en nuestras filas no hay capitanes Araña, porque nuestros cuatro primeros Jefes murieron vestidos de cara a los fusiles.

¡Viva Franco! ¡Arriba España!

 
(Bilbao, 21 de febrero de 1942.)