En Vall de Uxó
(Vall de Uxó, 11 de noviembre de 1945.)
Excmos. e Ilmos, señores; trabajadores empresarios y obreros, camaradas: En la lucha que mantenemos por la justicia hay días de fatiga y horas amargas que exigen para vencer el mal sueño, el cansancio, poner en línea de combate los mejores ímpetus de nuestra fe. Pero hay también jornadas grandiosas y alegres como la de hoy, que son remanso apacible en el torbellino de nuestro duro batallar. Nos encontramos en Vall de Uxó ante una unidad laboral, espléndido modelo de depurada técnica y trabajo fecundo, en la que existe algo más que la heroica sinfonía de las máquinas y el afanoso trajinar creador de los hombres: existe una Empresa que no se contenta con cumplir estrictamente las leyes de trabajo, sino que siente noble ansia de superación en llenar nuevas necesidades sociales, plasmada en este acto de entrega de una Clínica, un Grupo Escolar y unas viviendas que significan para sus empleados y obreros, con los que la unió el destino en comunes tareas, aliento de optimismo, salud y bienestar. Con ello demuestra que no conoce la idolatría bastarda de los intereses pequeños, de los egoísmos mezquinos; que sabe paladear la alegre virtud de dar a las relaciones del trabajo, petrificadas hasta aquí en la frialdad del materialismo económico, un giro caliente y humano de comprensión y hermandad.
Vivo ejemplo que imitar
Nuestra alma, que lleva clavada como las púas de un cilicio en la carne la mordiente inquietud de lo social, siente en el día de hoy un aliento de esperanza que refuerza su imbatida fe. Porque actos como éste van dibujando en el horizonte social español, conmovido tantas veces por tormentas trágicas e infecundas, forjadas por la codicia y el rencor, los primeros albores de un iris fulgente de justicia y de paz.
Ejemplos como éste deben iluminar con la verdad de su luz tantos viejos caminos del mundo económico entenebrecidos por la maldad y la ambición. En él deben aprender virtud social todos los que, aferrados a concepciones injustas de la vida y de la Patria, intentan utilizar armas prohibidas en la lucha libre por el interés. Porque, aunque parezca increíble, existen todavía hombres que, por vivir alejados de la realidad, no se dan cuenta de que está ya iniciada y en marcha la gran etapa de la justicia que ha de barrer de España todas las codiciosas bastardías de las almas mezquinas.
Sin justicia social no habrá paz
Yo diría a los que con tal estrechez piensan, que si no puede ablandar la dureza roqueña de su incomprensión esta gran verdad que solamente bajo las lumbraradas de la justicia puede vivir, la paz social y una Patria libre, que medite al menos en su sordidez fenicia, que quizá pueda ser un buen negocio el comprar en buena moneda de equidad el propio bienestar, la propia paz y la propia alegría. Porque se halla fuera de duda la afirmación de que hasta que en el mundo económico-social no formen alineados todos los elementos de la producción clavados en un afán y en una fe que controle todas las inquietudes legítimas; hasta que una oleada de justicia no limpie de amargura las vidas y de rencor las almas, que nadie espere paz ni prosperidad, que nadie pida luz ni alegría, porque no habrá más que miseria, lobreguez e incomprensión en una Patria triste, pequeña y dividida.
Pero para que en claros meridianos de bienestar colectivo y armonía social se centren las vidas, los pensamientos y las voluntades de los hombres, es imprescindible que la ley más inexorable presida la vida de la Patria; hay que borrar muchos convencionalismos irritantes, grabados en la carcomida entraña de un rutinarismo de siglos; hay que entronizar nuevos sentidos en la estimación de las categorías sociales, marcadas exclusivamente por su mayor grado de honradez, de laboriosidad, de inteligencia y de patriotismo. Esta transformación social constituye el requisito indispensable para forjar la prosperidad colectiva; porque renovarse o morir es un axioma demasiado cierto y constituye en todas las edades el eterno dilema a que están sometidas todas las generaciones y todos los pueblos.
Irritante desigualdad en el esfuerzo laboral
Precisamente vibra en el acto de hoy la onda portadora de esa nueva inquietud, porque aquí no se inauguran solamente unos edificios; queda inaugurado algo más: una nueva postura de los espíritus. Pero hay más: esta preocupación patronal por el bienestar de sus trabajadores, deshace la gran mentira que enfrenta en la unidad económica laboral a oficiales y soldados mantenida por los piratas de la agitación, que necesitan de las hambres, de la opresión y del rencor para comerciar con la emoción rebelde de multitudes esclavas; por los mequetrefes desocupados que a cuenta del esfuerzo de todos exhiben por el mundo la frívola banalidad de sus vidas vacías; por esa caterva de privilegiados a quienes la injusticia mantiene francos de servicio, en eternas vacaciones, disfrutando un irritante permiso indefinido en el ejército español del trabajo.
Ninguno de ellos podrá tolerar la unión de empresarios y obreros en apretado haz de solidaridad española, porque saben que ese día venturoso para la Patria y para todos los hombres honrados, el sacrificio y la incomodidad, que gravita hoy exclusivamente sobre los patriotas dignos, habrán de distribuirse entre todos los españoles, truncando la apacible existencia de los bergantes y de los parásitos. Porque en la España Nueva no podrá haber ciudadanos sentados en cómoda inacción y hombres de rodillas en agotador esfuerzo; todos habrán de mantenerse en pie, firmes, al servicio de la economía nacional si quieren defender su propio interés, porque la riqueza creada por el esfuerzo colectivo será patrimonio de los hogares laboriosos y no podrá ser sustraída con habilidad de carteristas por vagos, aprovechados, ni arrebatada a zarpazos por unas cuantas panteras.
Hermandad y obra social
No quiero terminar sin expresar mi simpatía a la Empresa Segarra, que con tanta generosidad ha contribuido al bienestar de sus obreros. Porque para nosotros, a quienes tantas veces tachan de clasistas, extremistas en lo social, porque no estamos conformes con ese viejo sentido limosnero y ocasional de entender la justicia –del pobrecito obrero y los donativos en calderilla–, la mayor alegría es poder estrechar sinceramente a unos españoles la mano y decirles: No hagáis caso de los avarientos. Este es el camino de la hermandad, la obra social estable y eficaz, en la que, porque servís el interés de vuestros hombres y el vuestro propio, rompéis una lanza por España.
¡Viva Franco! ¡Arriba España!