“Científico”
Suele decirse que el término “científico”, empleado para referirse a la persona que se dedica a una o más ciencias, fue acuñado por William Whewell en inglés (scientist) en 1834. Pero no es cierto. Sin necesidad de tomarlo prestado calcando un nuevo término (¿cientista?), en español “científico” se emplea como adjetivo por lo menos desde el siglo XVI y también hay documentados usos como sustantivo desde temprano, aunque, como es natural, no se refieren al versado en ciencias positivas (física, química, biología...) sino en ciencias en sentido aristotélico (es decir, sistemas ordenados de proposiciones derivadas de principios, como la geometría, la teología, el derecho o la medicina escolastizada) o en sentido práctico (esto es, como técnica o saber hacer, y aquí encontramos el arte de la construcción, de la navegación, de la guerra e, incluso, de las putas; véase acepciones de ciencia y ciencia).
A continuación recopilamos cronológicamente algunos casos de uso de “científico” entre los siglos XVI y XVIII como adjetivo (incluyendo “conocimiento científico”, “método científico”, “fundamento científico” y “nombre científico”), mostrando cómo el término se iba recategorizando, esto es, sustantificándose, transformándose de adjetivo en nombre:
1549-1603 «Se proveyó que viniese por acá Agustín de Zárate, hombre docto y científico, que era entonces secretario del Consejo Real, para que tomase cuenta a todos aquellos que se habían entremetido en las haciendas de Su Majestad en estas partes y en Tierra Firme.» (Pedro Gutiérrez de Santa Clara, Quinquenarios o Historia de las guerras civiles del Perú (1544-1548) y de otros sucesos de las Indias, 1549-1603).
1612 «Lo cierto es que los Hebreos la supieron de Adán, como las otras ciencias y artes liberales; el cual, sabiendo que se había de arruinar el mundo por dos veces, una por fuego y otra por agua, y dudando cuál sería de éstas la primera, para que no se perdiese el conocimiento de las ciencias, fabricó dos torres, una de piedras vivas y otra de ladrillos crudos. Y en cada una de ellas depositó las artes, lo mejor que fue posible escribir su método, con intento que si primero viniese el fuego, se conservase en los ladrillos crudos, y si el agua, en las juntas piedras. Sucedió, pues, que en el general diluvio se conservó la torre de sillería, de que los futuros hombres fueron sacando las ciencias, que por la brevedad de la vida fuera imposible. Eso significan, pues, aquellas pirámides, aquel arca y aquéllos que trabajan por derribar sus altas pesadumbres. ‘Según eso, dijo el pastor, el más científico de los nacidos fue Adán.’ ‘Y el mayor señor y monarca, dijo Mahol, que ha visto ni tenido el mundo, desde que la tierra estaba sola y vacía hasta el postrero que en ella puso la planta. Adán, primer protoplasto, fue Rey y presidente de todas las cosas que el Hacedor del mundo crió, hasta que descansó de sus obras maravillosas el séptimo día. Él puso a todas sus nombres conforme a sus naturalezas’.» (Lope de Vega, Pastores de Belén, prosas y versos divinos, 1612).
1617 «Es el caso que si con el libro que deseáis componer pretendéis opinión de docto, erudito y versado en varias materias, cesa vuestra determinación. Mas si queréis componerle sólo por galantear con la pluma, como si dijésemos, sólo por hablar, sin quedar opinado entre sabios por científico, no sólo tendréis licencia para uno, sino para casi infinitos, porque, en fin, su número dependerá de vuestra lengua. […] Que entre ciegos sea rey el tuerto, no es mucho; pero fuera, sin duda, desvarío quererlo ser entre linces. Entre idiotas pasar el menos insipiente por docto, vaya; mas entre sabios querer parecer científico, es el mayor deslumbramiento que puede caber en humana imaginación.» (Cristóbal Suárez de Figueroa, El pasajero. Advertencias utilísimas a la vida humana, 1617).
1632 «Llegaron en esto los sucesores de Hipócrates, que, graduados en lo científico y mecánico de su oficio, cirujanos y doctores juntamente, duplicaban con las tientas y la pluma, ganancias a las boticas y familiares a la muerte, dos veces perseguidores de la salud y del dinero.» (Tirso de Molina, El bandolero, c. 1632).
1637 «En cuanto a trato de mujeres, si os hubiere de decir todo lo que hay en esto, sería nunca acabar; y así, la experiencia os hará científico en esta mercaduría. Lo que os aconsejo es que gastéis con prudencia y procuréis no empeñaros a reñir por ninguna que no lo merezca.» (Alonso de Castillo Solórzano, Aventuras del Bachiller Trapaza, 1637).
1642 «Y así, juzgo, que no sólo se puede, sino que se le debe dar la licencia que pide, pues ha reducido á método científico la Destreza de las Armas.» (Luis Pacheco de Narváez, Advertencias para la enseñanza de la filosofía y destreza de las armas, 1642).
1673 «Esta profesión de arquitectura quiere a todo un hombre, por los muchos adherentes que incluye; de donde el científico arquitecto, para hacer fábricas de palacios, iglesias y casas acomodadas á la vida humana, y á la vista principalmente, ha de conocer los sitios y terrages (terrenos), para conocer la fortificación que ha de llevar su obra, haciéndose muy práctico de los minerales y piedras, reconociendo su fuerza y valor, que no todos los lugares ni sitios son capaces para recibir la ejecución de una propia medida; y así es necesario en esta facultad usar de grandísima prudencia, práctica agradable, simetría noble, geometría de buena elección y aritmética de mejor figura.» (Jusepe Martínez, Discursos practicables del nobilísimo arte de la pintura, c. 1673).
1698 «El Gobernador le respondió que siempre él había entendido estar en tierra de la demarcación de Castilla; porque para eso tenía en su Campo un religioso (que era el Padre Fray Martín de Rada) muy científico y sabio en las matemáticas, cosmografía y astrología, por cuyo parecer y juicio se hallaba estar muy dentro de la demarcación de las dos Coronas, según la Bula de la Santidad de Alejandro VI, con quien podía quedar bastantemente satisfecho.» (Fray Gaspar de San Agustín, Conquistas de las Islas Filipinas, c. 1698).
1725 «Aun en las materias físicas no es absoluto y general el Escepticismo del Dr. Martínez, pues concede el conocimiento claro, seguro y cierto de muchas verdades, negando sólo que ese conocimiento sea científico, u demostrativo (que es lo mismo que dice Valles).» (Feijoo, Apología del Escepticismo Médico, 1725).
1728 «Medicus, aut quilibet sciens supra omnes homines, poniendo sobre los hombres al científico, y sobre los científicos al médico.» (Martín Martínez en Feijoo, Teatro Crítico Universal, tomo I, 1728).
1729 «Si alguna verdad alcanzamos, o la debemos a la experiencia, y éste ya no es conocimiento científico, o es tan per se nota, que la perciben aun los hombres más estúpidos; con sola la diferencia, de que nosotros, los que nos llamamos Filósofos, la explicamos con voces facultativas, y ellos con términos vulgares, que son mejores, porque son más.» (Feijoo, Teatro Crítico Universal, tomo III, 1729).
1732 «DIRECCIÓN. En el uso de los Astrólogos es la inquisición artificiosa del arco de la equinoccial comprehendido entre dos puntos determinados del Cielo, encaminada a descubrir y fixar el tiempo preciso de los sucessos significados y prevenidos por los Astros. Observación vana y sin fundamento científico ni experimental. Latín. Aequatoris vel aequinoctialis arci computatio. TOSC. tom. 7. pl. 66. Los Astrólogos se valen de estos círculos para formar las doce casas celestes... y juntamente se sirven de ellos para las direcciones.» (RAE, Diccionario de Autoridades, tomo III, 1732).
1736 «Para demostrar sensiblemente esta importantísima ventaja de una sobre otra Filosofía, concibamos la admirable fábrica del cuerpo humano, expuesta a los ojos de un Filósofo Escolástico, y de un Anatómico científico, y examinemos las ideas de uno, y otro sobre tan bello objeto.» (Feijoo, Teatro Crítico Universal, tomo VII, 1729).
1739 «UNIVERSAL. Se aplica también al sugeto, que es científico, y noticioso en muchas, y varias materias. Lat. Universalis.» (RAE, Diccionario de Autoridades, tomo VI, 1739).
1776 «Y siendo estas dos plantas de un mismo género, conocido entre los naturalistas con el nombre científico de Cinchona, interesa mucho más averiguar si son especies diversas, y cuál de las dos deba preferirse.» (José Celestino Mutis, Carta al Virrey don Manuel Antonio Flórez, 1776).
1787 «Lactancio definió al hombre, Animal capaz de religión: nuestro Valles, Animal científico o capaz de ciencia.» (Juan Pablo Forner, Discursos filosóficos sobre el hombre, 1776).
A la luz de estos ejemplos, no es de extrañar que, a principios del siglo XVIII, diversos diccionarios recogieran la palabra “científico” como nombre para designar al que domina alguna ciencia:
1705 «Científico, m. Savant, expert, qui a de la Science.» (Francisco Sobrino, Diccionario nuevo de las lenguas española y francesa, Bruselas, 1705).
1729 «CIENTIFICO, CA. adj. Cosa perteneciente à ciéncia. Tambien se llama assi la persóna consumada en algúna, ò en muchas ciéncias. Viene del Latino Scientificus, que significa lo mismo. SAAV. Empr. 4. Los Reyes mui científicos ganan reputación con los extraños, y la pierden con sus vassallos. Y Empr. 5. No con demonstraciones científicas, sino por via de narracion, y entretenimiento.» (RAE, Diccionario de Autoridades, tomo II, 1729).
1739 «SCIENTIFICO, CA. adj. Vease Científico. SAAV. Republ. pl. 39. El Dante, queriendo mostrarse Poeta, no fué scientífico, y queriendo mostrarse scientífico, no fué Poeta.» (RAE, Diccionario de Autoridades, tomo VI, 1739).
El primer Diccionario de Autoridades de la RAE precisa que ciencia se refiere, como va dicho, a ciencias en sentido aristotélico (geometría, teología, filosofía, jurisprudencia, medicina) o práctico (la ciencia de los marineros):
1729 «CIENCIA. s. f. Conocimiento cierto de algúna cosa por sus cáusas, y principios: por lo qual se llaman assi las Facultades, como la Theología, Philosophía, Jurisprudencia, Medicina, y otras. Es del Latino Scientia, que significa esto mismo. FONSEC. Vid. de Christ. tom. 4. pl. 678. Las ciéncias humanas, el poder y la justicia, todas son siervas del poder y de la Justicia Divina, y no pueden las ciéncias humanas subir al Alcázar en que reside la Sabiduria Divina, si ella misma no las llama y las convida, y dandolas la mano las ayúda. SAAV. Empr. 4. Los Ingenios mui entregados à la especulacion de las ciéncias son tardos en obrar, y tímidos en resolver. CERV. Persil. lib. 2. cap. 1. La tormenta creció de manera, que agotó la ciéncia de los Marinéros. FIGUER. Plaz. univ. Disc. 23. Es cierto habría sido sin esta ciencia (la Geometría) engañosa la Architectúra, la Mathemática en todo ciega, y muerta la Cosmographía.» (RAE, Diccionario de Autoridades, tomo II, 1729).
No obstante, en otras entradas se constata que ciencia también va referido –aparte de la geometría, la filosofía, la teología, la jurisprudencia y la medicina– a la matemática en general, la aritmética, la astronomía, la geodesia, la geografía, la cosmografía, la estática, la óptica, la gnómica, la filología, la música, la arquitectura, la náutica y la química (aunque a esta última disciplina también la denominan arte).
Además, en los tomos III y IV (1732 y 1734), se encuentran los rótulos “ciencia experimental” y “laboratorio”: «La oficina en que los Chímicos trabajan, y sacan sus extractos y otras cosas.» A diferencia del taller o de la escuela (escenarios de las ciencias en sentido práctico y aristotélico), el laboratorio es el escenario de la ciencia en sentido positivo. Y en el Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes del jesuita Esteban Terreros y Pando, acabado en 1765 pero no publicado –por la expulsión de la Compañía de Jesús– hasta 1786-1788, el ámbito del laboratorio ya se extiende a otras ciencias positivas: “Llaman en las Boticas, y en la Física, y Química al lugar donde hacen las experiencias, preparativos y destilaciones”. De hecho, Terreros y Pando define la Mecánica como “ciencia, parte de la Matemática, que trata de la virtud de las fuerzas movientes, o motrices, la arte de hacer toda especie de máquinas de levantar toda suerte de pesos, con tornos, gruas, palancas, cuñas, etc.”, recogiendo las características de “juntar la práctica con la teórica.” (por decirlo con la instrucción que se daba a los pilotos y cosmógrafos de la carrera de Indias a principios del XVI) y de manipular aparatos e instrumentos, distintivas de la nueva ciencia (rótulo, por cierto, que en español se emplea en el siglo XVI para referirse a la “nueva ciencia de la artillería”, fundada en demostraciones matemáticas, instrumentos y medidas, según Diego Álava de Viamont en El perfecto capitán, 1590).
Conforme se va fracturando el complejo ciencia-filosofía a caballo entre los siglos XVIII y XIX, el término “científico” empieza a aparecer como contradistinto del rótulo “filósofo” y, especialmente, del rótulo “filósofo natural”. Lo que, avanzado el XIX, tendrá su reflejo educativo, cuando primeramente se proyecte en 1843 una Facultad de Filosofía (incorporando las nuevas ciencias a las disciplinas herencia del trivium y el quadrivium), equiparando la antigua Facultad menor de Artes con las Facultades mayores de Teología, Medicina y Derecho (civil y canónico); y, después, en 1857, cuando definitivamente se desgaje la Facultad de Ciencias (exactas, físicas y naturales).
Como va visto, el rótulo “científico”, heredado del latín, es de uso común en español desde el siglo XVI (lo mismo sucede en italiano con scientifico). En francés, otra lengua romance, el rótulo “científico” (scientifique) aparece por vez primera como sustantivo en el Viaje a Siria y Egipto (1787) de Volney, y lo populariza Marat en un panfleto escrito durante el convulso periodo revolucionario, Los charlatanes modernos (1791), donde usa la palabra scientifique con sentido peyorativo, para referirse a los miembros antijacobinos de la Academia de Ciencias.
Es, sin embargo, en inglés donde hay que esperar al filósofo William Whewell, que lo introdujo por escrito en La filosofía de las ciencias inductivas (1840) para referirse al cultivador de la ciencia en general. Ahora bien, el término “científico” apareció (oralmente) el 24 de junio de 1833, en el tercer encuentro de la Asociación Británica por el Avance de la Ciencia. Después de que Whewell interviniera, defendiendo la combinación de las dotes del observador atento y del razonador racional (en la estela de Francis Bacon y de las discusiones mantenidas con sus colegas Charles Babbage o John Herschel), el poeta Samuel T. Coleridge tomó acaloradamente la palabra, señalando con acritud que los miembros de la asociación -a los que se les llamaba por entonces “hombres de ciencia”, “savants” o “filósofos naturales”- no deberían referirse a sí mismos con el título honorífico de “filósofos naturales”, ya que se dedicaban a recabar fósiles o mariposas, o a trastear con aparatos eléctricos, manchándose las manos. Tras el tumulto provocado en el auditorio, Whewell repuso que hacía falta un nuevo término, proponiendo “científico” (scientist) por analogía con artista (artist).