Filosofía en español 
Filosofía en español

Juan de la Cruz Fuster Ortells  (a) Joan Fuster 1922-1992

Poeta español e ideólogo catalanista, nacido en la provincia de Valencia, de formación y devoción carlista y falangista, cooptado en los sesenta por los ideólogos del Congreso por la Libertad de la Cultura como padre de una patria valenciana incorporada a Cataluña. En 1962 publica Nosaltres, els valencians (Edicions 62, Barcelona, 238 páginas), apologeta canto añorante de unos grandes y libres Països Catalans.

Intelectual de escritos de protesta: en octubre de 1963 figura entre los intelectuales contra la tortura y por las libertades democráticas, y el Nuevo escrito dirigido por 188 intelectuales (su firma a continuación, precisamente, de la de Pablo Martí Zaro).

En noviembre de 1965 se esperaba su presencia en la discreta reunión en Toledo, en casa de Fernando Chueca Goitia, de la Comisión española del Congreso por la Libertad de la Cultura: “De València esperàvem en Joan Fuster, però no va venir, i el que hi era era en Vicent Ventura, a qui jo vaig conèixer –i descobrir– allí” (Maurici Serrahima Bofill [1902-1979], Del passat quan era present, IV (1964-1968), Publicacions de l'Abadia de Montserrat, Barcelona 2005, volumen 4, pág. 237).

El agente Sergio Vilar le jalea en 1968, como adalid de la izquierda liberal antifranquista de Valencia, en su papel de “padre de la patria”:

Joan Fuster

En Sueca, un pueblo a pocos kilómetros de Valencia, el escritor y líder valencianista Joan Fuster es una figura nacional. En la placa junto a la puerta de su casa, el defensor de la lengua catalana en Valencia se anuncia en castellano: “Juan de la Cruz Fuster, abogado”. En Sueca nació Fuster el 1922, y en Sueca ha vivido siempre, en perfecta inmovilidad geográfico-vital.

El padre de Fuster era tallista: hacía imágenes religiosas, altares, adornos para las habitaciones, &c. También daba clases de dibujo en el colegio de segunda enseñanza, por lo cual Fuster podía ir a la escuela sin pagar. La familia materna es una familia de labradores.

—En casa, toda la vida hemos vivido del jornal. Después de la guerra civil, hubo un momento de relativa euforia para el oficio de mi padre, porque, claro, habían quemado todas las iglesias, y por eso se podían fabricar muchos santos y altares, muchas “madres de dios” y muchos “nuestro señor”. Entonces la situación económica de mi casa, sin ser espléndida, mejoró un poco. Yo era hijo único, y mis padres quisieron que siguiera estudiando en la Universidad.

El padre de Fuster, que era carlista, también hacía de corresponsal de los diarios de esta comunión. Tenía algunos libros, pero no puede decirse que hubiera un clima literario, ni mucho menos, que condicionara la vocación de escritor de Joan Fuster. Durante la guerra, exactamente el año 1937, el padre de Fuster estuvo detenido ocho meses en la cárcel de Valencia.

—¿Tú también has sido carlista?

—Hombre, eso de las ideas políticas siempre las he vivido con un poco de confusión en aquella época. Realmente me he educado en una familia de carlistas. Sí, claro, en la primera etapa de la vida, eres aquello que te han enseñado tus padres. He tomado la primera comunión y tantas otras cosas que pasan. El proceso de descarlistinización fue gradual: quedaron cosas que duraron más, pero otras desaparecieron en seguida, como, por ejemplo, la fe monárquica. Durante la guerra leí algunos libros que me abrieron nuevas perspectivas...

—Pero tú luego fuiste falangista...

—Después de la guerra formé en la Organización Juvenil, porque a mi padre, que había sido Jefe de los Carlistas en Sueca, le nombraron Jefe de Falange, y lo fue hasta que pasaron algunas cosas divertidas de política local. Mi padre era un hombre de un candor sensacional y se había creído que todo eso de la justicia social de los puntos de la Falange, era una cosa que iba a hacerse.

—¡Qué ingenuo!

—Sí, era un carlista de extracción popular, que es una forma de anarquista de derechas. Sentía muy poco respeto por la propiedad privada. Así que cuando le hicieron jefe de falange se le ocurrió hacer una serie de maniobras. Al acabar la guerra los grandes propietarios rurales recuperaron en seguida todas las tierras que pudieron, alegando que los arrendatarios no habían pagado durante tres años, que los arrendatarios eran rojos, o acusaciones así, aprovechándose de la situación. Eso creó un gran malestar en el pueblo. Mi padre hizo algunas denuncias al gobernador civil protestando contra esos terratenientes. Por ejemplo, una de las propietarias me parece que era la suegra del Barón de Cárcer, que a la sazón era alcalde de Valencia. En fin, era la pequeña oligarquía valenciana. En resumen, que le echaron tierra al asunto y a mi padre le expulsaron del cargo.

—¿Tu llevaste uniforme de falangista?

—Sí, sí, uniforme, boina, correaje y todo. Pero puñales u otros instrumentos, no. Llegué a ser jefe de escuadra, que quería decir cabo.

—¡Caramba!

—Pero era una cosa muy incómoda. Porque todas las actividades de la organización juvenil, en mi pueblo consistían en ir formados a misa los domingos, uniformados y con tambores. Mi vocación castrense siempre ha sido mínima, de manera que nunca quise ir a campamentos. Y como ir a misa de esa manera tampoco me gustaba, conseguí que hicieran cabo a otro de mi escuadra, y a mí me hicieron “asesor local de formación nacional-sindicalista”.

—¡Coño!

—Todo eso duró los años 1939, 1940 y 1941. Ahora bien, en el sentido ideológico yo no he sido nunca falangista. Mi paso por eso era porque se trataba de lo que todo el mundo hacía en el pueblo, y además yo era el hijo del jefe de falange. Me obligaron un par de veces a hablar a los niños de la escuela sobre José Antonio, según las orientaciones que me daban.

—¿En qué lengua hablabas tú a los niños?

—En castellano, claro, ¡tú verás!, en castellano.

Al ir a estudiar a Valencia todo el carlismo-falangismo de Fuster fue acabándose. “Empecé a ir por las librerías y a tomar contacto con otro mundo ideológico mucho más amplio.” Después de terminar la carrera de Derecho, Fuster trabajó en una empresa de exportación de naranjas; luego ejerció la profesión de abogado hasta que sus actividades literarias crecieron y poco a poco se dedicó por completo al oficio de escribir. (Ha publicado varios libros: “El descrèdit de la realitat”, “Poetes, moriscos i capellans”, “L'home, mesura de totes les coses”, &c. Su libro más conocido es “Nosaltres, els valencians”, debido a su intención autonomista-nacionalista ligada a Cataluña.)

—¿Cómo te consideras? ¿Como un hombre político, como un hombre ético-político o como uno que puede hacer política desde el lado cultural?

—Hombre, en un país como éste no se puede ser no-político. Cualquier persona medianamente sensata ha de intervenir en la vida política. Pero yo no me creo dotado, ni tengo ganas ni creo que sea misión mía el dedicarme a la política activa. Sí, hasta ahora he hecho algo que puede parecerse a la política, sobre todo porque aquí no había nadie que la hiciese, en la línea que yo creía que se tenía que hacer. Ahora que ya hay más gente dispuesta a eso, yo ya me desentiendo de muchas cosas. Y aunque hago un poco el papel de “padre de la patria”, ya no es lo mismo del principio. Pero no, no tengo la menor vocación. El hombre político ha de tener unas condiciones personales muy distintas a las mías. Yo soy quizá demasiado corrosivo, demasiado intelectual... Mientras tanto, claro, hay que hacer cosas y colaboro para que las hagan otros; creo que mi preocupación por la vida pública siempre será la misma y que en cada momento haré lo que sea aconsejable.

Joan Fuster habla largamente de los proyectos autonomistas y unitaristas Cataluña-Valencia-Baleares...

En los últimos años, a Fuster se le clasifica como un escritor que, además de catalanista, es de izquierdas y más o menos socialista.

—¿Que clase de socialismo es el tuyo, Fuster?

—Mi socialismo no sé bien exactamente qué es. Realmente yo me he encontrado demasiado bien para ser marxista. Es decir, el marxismo encuentro que es toda una concepción del mundo tan radicalmente distinta a la que estamos acostumbrados los no-marxistas que procedemos de otra formación, que el adherirse en bloque a Marx es como pasar de la geometría euclidiana a la geometría no-euclidiana. Por tanto, yo no sería nunca capaz de sentirme marxista cien por cien. Pero hay muchas cosas del pensamiento marxista, tan claras y tan útiles sea como instrumento de comprensión del mundo y de la sociedad, y también como instrumento de acción política, que no diré que las haya hecho mías de una manera muy firme, pero sí las he asumido bastante. En definitiva, yo creo que soy un liberal.

—Pero, en definitiva, desde tu punto de vista, ¿se debe o no se debe aplicar el socialismo a la economía valenciana?

—Sí, se puede aplicar el socialismo a la economía valenciana, porque las pequeñas propiedades se demuestra que son antieconómicas. Es decir, por ejemplo hoy el cultivo del arroz es una cosa tremendamente jodida, porque las condiciones de trabajo y el grado de mecanización son anticuados y las soluciones no están al alcance del pequeño propietario... Unas formas de cooperación serían mucho más útiles... La gente de aquí no es que sea individualista; sabe unirse cuando la necesidad les obliga... Ahora bien, el sentimiento socialista ya es más difícil que penetre en el mundo agrario...

Sergio Vilar, Protagonistas de la España democrática. La oposición a la dictadura 1939-1969, París 1968, páginas 368-371.

En 1970 la editorial Seminarios y Ediciones SA, activada por el Congreso por la Libertad de la Cultura con dineros del gobierno de los Estados Unidos del Norte de América, publica su libro El hombre, medida de todas las cosas (nº 3 de la Colección Hora H), con un prólogo de Joaquín Molas Batllorí, personaje también vinculado al CLC.

Responde en 1973 como “escritor” al cuestionario de Fernando Lázaro Carreter en su encuesta Literatura y educación, publicada en 1974:

Joan Fuster

1. El prejuicio contra las asignaturas “inútiles” no es cosa de ahora. Hace cuarenta años, cuando yo empezaba el bachillerato, padres y alumnos ya se preguntaban –por ejemplo– “¿para qué el latín?”. La idea de que los estudios académicos son, ante todo, una preparación “profesional”, determinaba la reticencia: al fin y al cabo, para ser médico, o juez, o químico, o ingeniero de minas, no hacía falta saber latín. Dicho más exactamente: había dejado de ser necesario saber latín para aprender aquellos y otros oficios sabios. Quedaba en pie, sin embargo, un resto del venerable prestigio de la “cultura general”, y la Historia, la Literatura e incluso unos rudimentos de Filosofía se beneficiaban de ello. Y ese resto se está desvaneciendo. La polémica sobre “las dos culturas”, que C. P. Snow resumió tan limpiamente, fue un síntoma conclusivo. Pero la verdad era y es que, de cara al futuro, no hay dos “culturas” en fricción o en competencia: la “cultura humanística”, globalmente considerada, ha perdido la partida, y la otra, la “cultura científica”, se convierte en eje, no sólo de la enseñanza, sino también de los programas genéricos de la sociedad. Quizá todavía queda mucho camino por recorrer, en este sentido. De todos modos, por ahí van los tiros. Irreversiblemente.

No caben dudas acerca del particular: la “cultura” tuvo siempre, y sigue teniendo, carácter instrumental, al servicio de unos fines de clase evidentes, o, cuando menos, al servicio del mecanismo a la vez económico e ideológico que constituye cada sistema de producción. La “sociedad” –su clase dominante– estipula y promueve el repertorio de conocimientos y de técnicas que le son imprescindibles como dispositivo de supervivencia. Las “humanidades” no fueron nunca un saber gratuito. Al contrario eran cultivadas e impartidas con miras a una aplicación práctica muy concreta, que durante siglos, siglos de estructuras agrarias casi inmóviles, se traducía en simple justificación del statu quo, o, a lo sumo, apoyaba sus ligeras rectificaciones. Luego, a medida que el proceso de industrialización tomaba vuelos, las ciencias cobraron prioridad. Tenía que ser así. Las ciencias son indispensables para el despliegue del negocio, hasta el extremo de que la simbiosis negocio-ciencias, ambigua y compleja, deriva en una nueva “ideología”. Es el punto en que nos encontramos. Y, en tal planteamiento, las “humanidades” resultan superfluas. O casi.

La enseñanza pública y la privada hubieron de acomodarse a la situación. ¿Para qué el latín, en efecto? ¿Para qué la Literatura, la Filosofía, la Historia? A pesar de que “literatura”, “historia” y “filosofía” –en su “práctica”– continúan siendo resortes o armas de lucha ideológica, carecen ya de la importancia que antes tuvieron. Las suplantan en ello sus hijas espúreas, las presuntas “ciencias humanas” o “ciencias sociales”, que hoy proporcionan el utillaje de manipulación moral de las multitudes. Y los llamados “medios de comunicación de masas” se encargan de realizar el proyecto. Con esto hay suficiente. Lo demás pertenece a las ciencias de veras. Tanto en los países capitalistas como en los que no lo son del todo, las exigencias de los grandes tinglados de la producción –y de la distribución y el consumo, claro– determinan esa preferencia. Las cátedras y los laboratorios, y, por supuesto, las perspectivas “profesionales” de los estudiantes, se integran en la vasta operación “industrial”. La demanda de estudios va por este lado: el de los fármacos y las ibeemes, para condensarlo de manera rápida y emblemática. La sociedad actual, “tecnológica”, pide “técnicos”, y, naturalmente, “investigadores” que les alimenten de posibilidades de acción. Tal es el fondo de la crisis a que se refiere la pregunta.

Aunque tampoco estará de sobra añadir una observación complementaria. La sociedad en que vivimos es, también, “tecnocrática”. Lo cual significa que el poder tiende a ser ejercido en función de la dinámica exclusiva de la “tecnología”. Lo cual, a su vez, significa que en su seno ha de prevalecer una lógica desconfianza frente a materias como la Literatura, la Historia, la Filosofía, cuyo “arcaísmo”, paradójicamente, puede conducir a flexiones conflictivas. Caducas, las “humanidades” se desoficializan, adquieren libertad, y se vuelven “críticas”. Simplifico la descripción y el argumento, pero no creo tergiversarlos. Las “humanidades”, si vale la expresión, “hacen pensar”. Y la tecnocracia no desea que nadie piense por su cuenta: al promocionar las “ciencias” a expensas de las “letras”, no sólo obtiene una mano de obra intelectual calificadísima, sino también –y al mismo tiempo– una ciudadanía dócil. No olvidemos que la mayoría de los embrollos universitarios de los últimos años se originaron en las Facultades más o menos “humanísticas” (y las pseudociencias “humanas” o “sociales” entraban en el juego), y no fue por casualidad… En líneas generales, y con todas las reservas que se quiera, este esquema me parece válido.

2. Opino que sí: que se han de “mantener” los estudios de Literatura en los diversos grados de la educación –escribo “educación”– del vecindario. Pero lo que yo opine no representa nada… Haría falta una vasta campaña de persuasión y de explicación, dirigida a contrarrestar o a mitigar al menos las inercias que se desprenden del esbozo anterior. ¿Cómo emprenderla, y desde dónde? No lo sé. Puede que el establishment condescienda a fomentar ciertas enfáticas aureolas en concepto de “glorias nacionales” –Cervantes, Dante, Shakespeare, Racine y todo eso–: las percalinas patrioteras no llegarán a ser una premisa sólida ni bastante. Debería irse directamente a las razones de fondo. De un lado, habría que insistir en el valor autónomo de la “creación” cultural –metiendo en el mismo saco a la literatura, la música y las artes plásticas– como oferta de ayuda a una autorrealización personal, o como queramos llamarlo: una opción desalienante a través de la reflexión y, ¿por qué no decirlo?, del goce. Y, por otra parte, afirmar la ventaja liberadora, con alcance colectivo, que toda aventura intelectual comporta. Lo primero, podría inervar (y salvar) el “ocio” vacío que promete –o prometía hasta hace poco– la “sociedad del bienestar”; lo segundo, desde luego, conectaría con las aspiraciones “contestatarias” más elementales. No veo una tercera oportunidad. O sí: existe una tercera. La de convertir definitivamente las “humanidades” en arqueología, que es lo que pretenden “ellos” y a lo que colabora la triste caterva parasitaria de los “eruditos a la violeta” desde dentro de las trincheras “humanísticas”. Doy por descontado que ni el “ocio” ni la “contestación” serán tenidos en cuenta –y precisamente por la cuenta que les tiene– en las covachuelas administrativas. Las oficinas públicas, tal como van las cosas, y no sólo aquí, únicamente aceptarán la Literatura en la medida en que sea un adorno: un lujo. Y un lujo muerto. Soy pesimista respecto a las expectativas docentes a costas del Erario. Porque, en última instancia, hasta la arqueología –la literatura como arqueología– amenaza como amago de subversión. Villon, los Arciprestes castellanos, Anselm Turmeda o el Tirant, el mismísimo Balzac, Montaigne, Diderot, y Tolstoi, y Spinoza, y Romeo y Julieta, y Goethe, y todo, todo, sin descartar a don Rafael Pérez y Pérez, son “subversivos”. La Física nuclear, la Biología, las Matemáticas, en cambio, no crean dificultades (no esta especie de dificultades) y además son rentables. No sé si me hago entender…

3. Esta pregunta obliga a deslizar el tema a un nivel ya restringidamente “docente”. Puestos a enseñar Literatura, ¿en qué ha de consistir la maniobra?

La cuestión nos llega, más o menos, tal como la dejó don Claudio Moyano, que en paz descanse. La asignatura es, según parece, “Lengua y literatura española”. Dejaremos a un lado lo de la “lengua”, que ya es un lío bastante gordo. Pero la “literatura” tampoco es, de entrada, un concepto excesivamente diáfano. En mis tiempos de escolar, la dividían en “Preceptiva literaria” e “Historia de la literatura”. No estaba mal, bien mirado. La antigua “Preceptiva”, o “Retórica”, hoy podría recibir el título de “Teoría de la literatura”. Ignoro en qué medida lo uno y lo otro, “teoría” e “historia”, puedan caber en los horarios del bachillerato, por amplios que sean, ni si, dentro de las Facultades, habrá aulas para tanto. Sea como fuere, ahí no acabaría el problema.

Porque, ¿qué consistencia medianamente “enseñable” tendrá la “teoría de la literatura”? Quiero decir: consistencia objetiva, más allá de tal o cual moda ocurrente. De momento, la propuesta de dar a dicha “teoría” unas mínimas aristas “científicas” no pasa de ser una afectuosa alucinación. Como lo es ese “estructuralismo” con reuma y ciática, que se lleva en ciertos sectores de la crítica refinada. Habría mucho que hablar acerca de eso. ¿Y la “historia”? Parece, a primera vista, que la “historia” brinda mejores posibilidades. Las tiene, sin duda, en tanto que –con articulaciones de “manual”– da informaciones: autores y obras, fechas y géneros, estilos y épocas. Pero ¿estamos seguros de que la “historia literaria” es algo firme y circunspecto? Se me podría responder: “Igual que las demás historias”. Me temo que la comparación no sea justa. Algunas de las demás “historias” –la Historia tout court– admiten tratamientos de cuantificación que, al menos, dan un poco de entidad empírica a sus conclusiones. Para que la “historia literaria” se beneficie de este enfoque habría que desplazarla de la “escritura” –las obras– a la “lectura” –el consumo–, y aun así quedarían graves vacíos por cubrir, que, por ser “cualificativos”, se prestarán siempre a la interpretación arbitraria o tendenciosa. En la práctica, a escala de “historia literaria”, lo que no es simple y gloriosa erudición –fijando textos, exhumando documentos, buscando fuentes– es mera causerie. Hace años que lo denunció Roman Jakobson. La causerie, en su mayor o menor sugestión, depende de la categoría del causeur: de su cultura, de su ingenio para combinarla, de su sensibilidad…

Todavía queda, con todo, el rabo por desollar. Es el de la limitación nacionaloide. Cuando un muchacho de estas latitudes asciende a bachiller, y más todavía, consiguió la colación del grado de Licenciatura, incluso de Doctorado, ¿tiene alguna noción –suficiente– de Erasmo, del Gargantua, de Petrarca o de Eurípides, del Faust, de Rilke, de Pavese, de Ibsen, de Paul Éluard, de los dos inmensos “divinos” –el Aretino y Sade–, de Horacio, de Whitman, de los Essais, de…? Sospecho que, por los habituales conductos académicos, no. Conozco a jóvenes notoriamente aplicados que saben cosas –pocas o muchas– acerca de la herrumbrosa prosodia del Cantar del Mío Cid o de las aparentes anacreónticas de Menéndez Valdés, y quedan perplejos ante la mención de Dostoiewski, de Stendhal, del inconmensurable Diderot, y si alcanzan a Kafka o a Brecht es por la chamba lateral de la “actualidad” polémica. Da pena reconocer –dicho sea de paso– que, a estas alturas, 1973, aquí, Kafka y Brecht son todavía excusas de “emoción”…

4. No: no es nada sencillo precisar unos “objetivos” para la enseñanza de la Literatura. Si se ha de enseñar realmente “literatura”: es tremenda, apiñada, abruptamente contradictoria acumulación de experiencia humana que la gente ha producido “verbalmente”.

¿“Métodos”? Según lo que se pretenda, será el método. En principio. Haría falta el espacio de un libro, y denso, para ir precisando la plural angustia del asunto. Para empezar, ¿qué “literatura” habría que estudiar? ¿Sólo la “buena”?… Me detengo un instante en un par de escrúpulos: uno, sobre si “estudiar” y “enseñar” son funciones equivalentes, y me temo que no; otro, que si el estudio y la enseñanza han de centrarse en baremos previos, tradicionales… Si ahora, con mis cincuenta años resabiados, me sentase en los bancos de una cátedra cualquiera, mi primera interpelación al profesor sería –pongo por caso– ésta: “Demuéstreme usted que san Juan de la Cruz es mejor poeta que don Federico Balart”. Exigiría una demostración razonada. Puede que el azar me deparase un maestro tan hábil, que me convenciese. No sería lo normal… La elección del material a considerar sería anterior al “método”. O el “método” implica precisamente esa selección, que es lo lógico. Me pregunto lo que un catedrático de Literatura pueda enseñar: ¿“Literatura”?, ¿“historia literaria”? Si “literatura”, ¿qué “literatura”? ¿Sólo la conspicua, la cimera, la emperifollada por la tradición? ¿O la que dé de sí una virtualidad de “re-vivencia”? Eso ya sería ingresar en el terreno de la “historia”, a beneficio de inventario. Y la “historia”, siempre, lo incluye todo, derrotas y victorias, reyes y vasallos: poemas geniales y engendros de novelas por entregas –El cementerio marino y El judío errante. ¿Qué hacer?… Como “método”, mi preferencia personal va por el de Lukács. Sólo que Lukács fue odiosamente sectario –sus horrendas tonterías sobre Zola le descalifican–, y la ambición de sus “panoramas” no estaba respaldada por una base responsable de noticias concretas y severas extraliterarias. Sabía poca historia, poca economía, poco marxismo –en última instancia–, Lukács. Pese a las apariencias. Pero sus fracasos no son inútiles. Todo lo contrario: apuntó el camino, con sus yerros. El método de Lukács no sirve para decidir si Yepes es un poeta mejor que Balart. Sirve para explicar a Yepes y a Balart. Es lo único que cabe esperar de la “enseñanza”. O explicar esa inconmensurable epopeya de los genitales que son los libros de Henri Miller. O la tililaciones eticistas de Camus y de Sartre. O ese bloque que yo llamo “la literatura de la Otan”, con Saint-John Perse, Robbe-Grillet, Passolini, los yanquis, y todo eso… Y a Simenon y a Dashiell Hammett. Y al Coyote y a la Corín Tellado… No sé lo que pensarán los catedráticos. Yo, afortunadamente, no lo soy.

5. Lo de la literatura catalana es harina de otro costal. La catalana, la gallega y hasta la vasca, si la hay, que, poca o mucha, debe haberla. Todo entraría en el debate. Pero rebasa los límites de la asignatura. La asignatura oficial es el castellano. Los que hablamos de otro modo –mi caso es el de los catalanoparlantes–, hemos de aguantarnos. Como éste es un problema político, lo orillaré: que conste, sin embargo, que es político, y será pura ignominia cualquier astucia para disimularlo. (El lector curioso puede seguir la resuelta decisión política de Américo Castro, desde La enseñanza del castellano, pasando por su pintoresca carta a Arturo Farinelli en la etapa de la Dictadura de Primo, hasta la crispación que le produjo la Universidad Autónoma de Barcelona entorno al 6 de Octubre.) Corto por lo sano, y omito alegaciones por otra parte obvias. Pero ¿qué menos que, en los territorios donde el catalán es lengua viva y literaria, viva y literaria –¡ay!– a trancas y barrancas, sea el catalán (“lengua” y “literatura”) de aprendizaje regular? Digo yo. Otro aspecto es el de la “convivencia hispánica”. En esta hipótesis, resultaría provechoso que el alumnado de tierra adentro se enterase, con las debidas exhortaciones, de que el catalán “existe”: que es lengua de un notable porcentaje de súbditos del Estado español, y que en ella se ha escrito y recitado una porción de literatura nada desdeñable, desde Ramon Llull a Salvador Espriu, desde Muntaner a Carles Riba o Joan Brossa, desde Ausias March y Jaume Roig a Maragall y Llorenç Villalonga, desde Tirant lo Blanc a Josep Carner y Josep Pla. Son mil años de lengua y literatura, y un pueblo que no las ha renunciado. La ocultación sistemática que se ha hecho de esta realidad ha tenido consecuencias obscenamente viciosas a todos los niveles públicos. Corregir, empezar a corregir el dislate sería una operación de higiene colectiva muy fructífera. Y lo mismo respecto al gallego: al portugués de los gallegos. Y al vasco.

Literatura y educación, Encuesta realizada por Fernando Lázaro Carreter, Madrid 1974, páginas 233-242.

1977 «Señor Director: Con respecto al artículo de don Joan Fuster titulado “Kant y el franquismo”, publicado en La Vanguardia del jueves 26 pasado en el que se afirma textualmente: “En aquella época básicamente (se refiere al año 1939 y próximamente posteriores) quienes se matriculaban con Filosofía y Letras se dedicaban a la paleografía y nunca se enteraron –o no mucho– ni de que Kant hubiera existido. Hablo de la Universidad Central. En la Autónoma de Barcelona tampoco parece que la cosa funcionase mejor.” Puedo dar fe, por mi parte, que asistí como alumno a la única Facultad de Filosofía que existía entonces en Barcelona (sección de Filosofía), a uno de los cursos que profesó en ella el doctor Xavier Zubiri, una de cuyas magistrales lecciones durante los años 1941-42 versó precisamente sobre el análisis de la Crítica de Razón Pura de Kant. Seguíamos las explicaciones con la traducción excelente de don Manuel García Morente, y también con ejemplares en el idioma original que los adquirimos sin dificultad en librerías especializadas de ésta. Entre mis compañeros recuerdo al malogrado Jaime Bofill (e.p.d.), don Maur María Boix (hoy monje en Montserrat), Raimundo Paniker, Miguel Siguan, Roberto Saumells, todos ellos conocidos en el mundo de la cultura. No éramos muchos, lo que recuerdo hizo exclamar alguna vez al doctor Zubiri: “¡Qué pocos adeptos tiene la filosofía!”... Pocos o muchos, nadie nos puso el menor impedimento para acudir a estos magníficos cursos del gran filósofo vasco, Francisco Solano Aguirre.» (Raimundo Paniker Alemany, “Cartas al director. Un filósofo precisa...”, La Vanguardia Española. Barcelona, 9 de agosto de 1977, página 6.)

En 1987 forma parte del Comité ejecutivo de 50 años después. Congreso Internacional de Intelectuales y Artistas organizado por la Generalidad Valenciana (Valencia, 15 al 20 de junio de 1987). Este Comité ejecutivo estuvo formado por Juan Cueto Alas, Joan Fuster, Juan Goytisolo, Fernando Savater, Jorge Semprún, Manuel Vázquez Montalbán y Ricardo Muñoz Suay, impulsor inicial del proyecto.

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