Filosofía en español 
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1 de enero

Murillo

Bartolomé Esteban Murillo, el primero de nuestros pintores, es también la primera figura que colocamos en esta Galería de retratos históricos que ha de extenderse entre el 1.º de Enero y el 31 de Diciembre, por la circunstancia de que aquel gran genio pictórico vino al mundo el día primero de Enero de 1618, en la oriental Sevilla, cuna de tantos y tan egregios artistas. Los esplendores de su cielo eternamente diáfano y azul, las perspectivas de su horizonte fascinador y panorámico, las auras voluptuosas de su ambiente siempre tibio y perfumado, son grande parte a encender el fuego de la inspiración y determinar la vocación artística en los afortunados hijos que amamanta la hermosa reina del Betis.

Por eso el hijo de Gaspar Murillo y de María Pérez, –que así se llamaban los padres del gran pintor,– reveló desde sus más tiernos años su extraordinaria aptitud para el arte divino de Apeles, recibiendo las primeras lecciones de su pariente Juan del Castillo; pero, obligado el joven discípulo, por la fuerza de la necesidad, a vivir de su pincel antes de haber aprendido a manejarle, y no viendo por entonces en su arte más que un oficio que le daba de comer, no fue hasta los veinte y cuatro años más que un pobre pintor de pacotilla. Cuéntase a este propósito que un día, al regresar a su casa con un lienzo que acababa de comprar en una tienda miserable del arrabal más triste de Sevilla, le detuvo un amigo que, examinando la compra, le dijo:

—¡Hola! parece que hay trabajo largo. ¿Cuánto ganas?

—¡Ay, amigo! contestó el interpelado. Poco sabes de mis apuros: con lo que me dieron por diez cuadros que en la pasada feria vendí, he comprado este lienzo para hacer cuatro cuadros mayores. Hoy todavía no he comido.

—Pues vente a almorzar conmigo.

—Mil gracias: pero no es hoy el primer día en que esto me sucede. Además, tengo que ponerme a pintar en seguida, y ya estará aguardándome en casa mi modelo: es una hermosa joven que…

—Sí; ya comprendo, exclamó su amigo despidiéndose.

En efecto, aquella joven, que inspiró a Murillo sus primeras Vírgenes, y que se llamaba Beatriz, fue más tarde la esposa del pintor.

Por la época a que esta anécdota se refiere, tuvo Murillo ocasión de conocer al gran colorista Moya, que estuvo algún tiempo en Sevilla, y que despertó quizás el verdadero sentimiento estético en el futuro rey de la pintura española, el cual comenzó ya a dar a sus obras aquella armonía general de tintas y colores que caracteriza su escuela.

Ya con las alas del arte y con el producto de algunos trabajos que le encargaban los traficantes, pasó a Madrid el mancebo andaluz, donde visitó a su paisano el célebre cuanto afortunado Velázquez, quien proporcionó a su nuevo discípulo copias de los mejores cuadros de la colección del rey. Con tales medios, y al cabo de dos años de estudios, regresó a Sevilla, donde comenzó a pintar en el convento de San Francisco, eclipsando ya a todos sus compañeros, y adquiriendo recursos que le permitieron salir de la indigencia y casarse con su amada D.ª Beatriz de Cabrera y Sotomayor, de quien tuvo dos hijos y una hija.

Por entonces pintó el célebre cuadro de San Antonio, que se halla colocado en el altar de la Capilla del bautismo de la catedral de Sevilla, y que recientemente fue robado, y conducido a los Estados Unidos, de donde se pudo al fin rescatar. Ya a la terminación de nuestra Guerra de la Independencia, el duque de Wellington trató de adquirir esta obra clásica, proponiendo al Cabildo de Sevilla cubrir el lienzo con una triple capa de onzas de oro, si quería vendérsele; pero no fue admitida la oferta. El cuadro, sin embargo, no había valido a su autor más que diez mil reales.

Las demás producciones debidas al pincel de Murillo que han alcanzado mayor celebridad, son: San Francisco en éxtasis; Santa Clara moribunda; Santiago con los pobre; La huida a Egipto; La Sacra Familia; El Hijo pródigo; S. Leandro; S. Isidoro, y varias Vírgenes o Concepciones, grabadas con el sello de una idealidad inimitable y una expresión divina.

Habiendo pasado a Cádiz con el fin de pintar un cuadro de grandes dimensiones que representara Los Desposorios de Sta. Catalina, para el altar mayor del convento de Capuchinos, hoy Hospital de dementes, se cayó del andamio en que trabajaba, y esto le ocasionó una grave dolencia que le obligó a regresar a Sevilla, dónde murió en 3 de Abril de 1682.

La mayor parte de sus obras están en la ciudad que lo vio nacer y que recientemente le ha erigido una estatua digna de su memoria: el Museo de Madrid, frente al cual se ha levantado otro monumento al príncipe de nuestros pintores, también posee muchos de sus buenos cuadros, y en el Louvre hay una Concepción, La Virgen del Rosario, Jesús en el Monte Olivete y otros varios. Copias de sus grandes creaciones las hay en todas partes, porque el genio de Murillo es y debe ser patrimonio del mundo; pero su gloria pertenece solo a España.