Filosofía en español 
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3 de enero

Viriato

Aunque la Historia es el tribunal más justo que tiene la Humanidad, algunas veces también, por no haber esclarecido suficientemente los hechos, dicta fallos que la crítica reconoce luego como destituidos de fundamento sólido, y entonces la sana razón los anula y revoca en homenaje a la verdad y en desagravio de la justicia. Tal ha sucedido con la gran personalidad cuya biografía colocamos en esta efeméride. Porque los escritores romanos, que sirvieron de fuente histórica a los nuestros, calificaron de bandolero a Viriato, como tal se le ha tenido hasta la presente edad de crítica; pues como tal aprendíamos a considerarle desde la escuela, donde nos hacían leer la Historia de España compuesta en verso por el célebre P. Isla, y en la cual hay estos pareados:

«Viriato guerrero,
pasando de pastor a bandolero
y de aquí a general, &c.»

Más exacto y justo que el español, un historiador extranjero, el ilustre belga Laurent, dice en sus Estudios sobre la historia de la Humanidad: «Los romanos, como los franceses, calificaban de bandoleros a los nobles defensores de la independencia nacional y se creían dispensados de observar con ellos las leyes de la guerra. Estos bandolero eran héroes.»

En efecto, héroe y héroe gloriosísimo fue aquel joven lusitano que apacentaba rebaños en los montes de su país, cuando el pretor Galba le hizo bajar a él y otros muchos de las montañas a la llanura con falsas promesas, y luego los acuchilló bárbara y cobardemente. Viriato, que pudo salvarse de esta matanza alevosa, se propuso entonces vengar aquellas víctimas, y, transfigurándose de pastor en guerrero, lanzó contra los romanos un grito formidable, que halló eco y resonancia en muchos corazones. Cuando reunió en torno suyo algunos hombres audaces, inició ese sistema de guerrillas, clásico de nuestro país y, emboscando a su gente, atacó al pretor Vetilio, que pagó con la vida y con la derrota de sus legiones la perfidia de Galba, ya relevado del mando. Sorprendió más tarde en un desfiladero al cónsul Serviliano, que, para salvar su existencia y la de sus soldados, tuvo que firmar un pacto en que se reconocía la independencia de los territorios insurreccionados por el intrépido español. El Senado de Roma, que a Cineas, el embajador dle Pirro, le había parecido una asamblea de reyes, pactó de igual a igual, de potencia a potencia, con el humilde pastor la Lusitania y ratificó el tratado; pero encargó al cónsul Cepión que, si no podía con la espada, lo rasgara con el puñal.

Hízolo así aquel inepto gobernante: sobornó a tres jefes, compañeros de Viriato, y estos indignos españoles, cuyos nombres (Audax, Ditalcon y Minuro) ha recogido la historia para entregarlos a execración eterna, mataron a puñaladas al invencible guerrillero, mientras dormía sobre sus laureles. Por eso hasta un historiador romano, Valerio Máximo, escribe lo siguiente: «La muerte de Viriato fue obra de doble alevosía: una, la de sus amigos, porque estos le mataron con sus propias manos; y otra, la del cónsul Quinto Servilio Cepión, porque, habiendo sido el autor de ella, compró con infamia la victoria que no tenía merecida.»

Tal es la historia de este hombre ilustre, que nunca robó ni asaltó mas que a los romanos, que eran los verdaderos ladrones de nuestra patria. Por eso la crítica moderna, desagraviando su memoria y borrando de su frente la mancha con que la calumnia trató de ennegrecer la gran figura del héroe lusitano, no solo ha dejado de llamarle bandolero, sino que le coloca al frente del largo martirologio de la independencia nacional, y aun le considera como uno de esos hombres que llamamos superiores a su tiempo; pues, así como los altos montes ven doradas sus cimas por el sol naciente cuando todavía los humildes valles se hallan envueltos en las sombras de la noche, también la frente de algunos hombres privilegiados se ilumina con las ideas del porvenir.

Era entonces tan estrecha y circunscrita la idea de patria, que no traspasaba los muros de la ciudad natal o la montaña que cerraba su horizonte; pero Viriato no combate solo en la Lusitania, sino que va por todas las provincias agitando el espíritu público a fin de que, alzándose en todas simultáneamente, Roma no pudiera vencerlas. Hé aquí por qué los romanos, viendo el gran peligro que corría su dominación, procuraron a todo trance deshacerse de tal enemigo. Saludemos nosotros en él al primero y más ilustre de todos nuestros guerrilleros; y sustituyamos los versos, antes citados, del P. Isla, con estos otros que, si han brotado de una humilde pluma, encarnan más fielmente la verdadera significación histórica del personaje que nos ocupa:

Viriato no fue nunca un bandolero
Ni esclavo de la sórdida avaricia:
Es el tipo ideal del guerrillero
Que es clásico y genial de nuestra España,
Y surge de los campos y los valles
A salvar nuestro honor e independencia,
Y se llama Bernardo en Roncesvalles
Y se apellida El Cid sobre Valencia.