Filosofía en español 
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8 de enero

Espartero

La pequeña villa de Granátula, situada en el campo de Calatrava, provincia de Ciudad-Real, se envanece de haber visto nacer, en modesta casa que aun se conserva y en el día 27 de Octubre de 1793, a D. Baldomero Espartero; es decir, a la personalidad más descollante de nuestra historia contemporánea, al hombre más popular que ha tenido España, al soldado glorioso de la libertad. Consagramos este día a su memoria, porque en 8 de Enero de 1870 entró Espartero, por los dominios de la muerte, en el reino de la inmortalidad.

Sus padres, labradores de escasa fortuna, quisieron darle la carrera del foro o de la iglesia, mandándole en 1806 a estudiar filosofía con un hermano mayor del joven Baldomero, que era sacerdote y residía en Almagro; pero a los tres años anunció Espartero su irrevocable determinación de cambiar el manteo escolar por el uniforme de soldado, revelando así la vocación de su vida. En efecto: pasó a Sevilla en 1809 y sentó plaza en calidad de soldado distinguido, a que le daban derecho sus estudios; y a los 15 días de haber ingresado en el ejército, recibió el bautismo de sangre en el desgraciado ataque de Ocaña, en que nuestras tropas fueron derrotadas por los franceses. Pasó luego a formar parte del batallón sagrado de la Universidad de Toledo, compuesto, como todos los de igual nombre, de jóvenes estudiantes; y más tarde, en 1812, ingresó, después de haber cursado en la academia militar de la isla de León, en el Cuerpo de ingenieros.

Terminada la guerra de la Independencia, el espíritu bélico del joven oficial buscó en América nuevo teatro en que manifestarse, y donde efectivamente obtuvo rápidos ascensos en galardón de su bizarría y dotes de mando. Vencido en la triste jornada de Ayacucho, que aseguró la independencia de las repúblicas americanas, volvió Espartero a la Península con ideas liberales que acaso no profesaba en sus primeros años; y cuando, a la muerte de Fernando VII, se levantó en el Norte la bandera carlista, solicitó ir con su regimiento al teatro de la guerra, siendo nombrado comandante general de Vizcaya en 1834. En este mismo año, y en recompensa de la acción de Guernica, obtuvo el grado de mariscal de campo, y no mucho después el de teniente general, como premio a los combates de Bilbao y Mendigorría.

Estos y otros cien hechos de armas, en que el nuevo caudillo mostró tanto arrojo personal como acertada dirección, le hicieron objeto del entusiasmo público y de la idolatría del ejército. La liberación de la Villa Invicta, llevada a cabo en aquella gloriosa noche de Luchana, acabó de dar a Espartero todo el renombre y toda la popularidad que ha tenido y de que no hay ejemplo igual entre nosotros; y la paz de Vergara, concluida por él en 31 de Agosto de 1839, atrajo sobre su frente las bendiciones de todo el país, desangrado en tan larga y triste guerra. A los títulos nobiliarios, que ya el Gobierno le había concedido, de vizconde de Banderas, conde de Luchana y de Morella, y duque de la Victoria, agregó el pueblo y le da la Historia el de Pacificador de España.

En alas de esta popularidad subió al poder el glorioso caudillo en 1840, siendo nombrado por las Cortes Regente del Reino, cargo que ejerció hasta el año 43, en que sus enemigos lograron derribarle. Entonces se expatrió, fijando su residencia en Londres: allí permaneció tres años, al cabo de los cuáles regresó a España y se estableció en Logroño, en cuyo punto vivió ocho años alejado completamente de las luchas de los partidos. Entre tanto, el moderado tenía como vinculado el poder en sus diversas fracciones, y la llamada de los polacos dio margen a varias conspiraciones abortadas y a la insurrección militar del Campo de Guardias, acaudillada por O’Donnell en 1854 y convertida, por el Programa de Manzanares, en un pronunciamiento general que, aclamando a Espartero, le sacó nuevamente de su retiro para encomendarle los destinos de la nación.

Un bienio duró el nuevo orden de cosas, minado desde su origen por un dualismo irresoluble, el elemento progresista, simbolizado en el Duque de la Victoria, y el de la unión liberal, representado por O’Donnell; y, como a favor de éste revolviera la Corona una crisis ministerial suscitada en Julio de 1856, estalló en Madrid una revolución que, si Espartero se hubiese colocado al frente de ella, acaso hubiera hundido la obra que él había salvado en la guerra civil. Pero, en tanto que la Milicia Nacional se batía en las calles, el duque de la Victoria tomaba el camino de Logroño, donde se encerró otra vez y ya definitivamente; pues desde entonces hasta su muerte, por nada ni por nadie quiso dejar la tranquila existencia que llevaba. Abandonó por completo la dirección de su partido, no contrariando, ni tampoco favoreciendo, la actitud antidinástica en que aquel vino a colocarse: vio impasible, sin hacer nada para acelerarle o impedirle, el triunfo de la Revolución de Setiembre de 1868: miró con indiferencia en las sienes de D. Amadeo de Saboya la diadema real, después de haberla desdeñado él mismo; y cuando los carlistas, dominando en todo el Norte, aullaron a las mismas puertas de Logroño, no tuvo aliento para sacar de nuevo la espada de Luchana, dejando así, con el fatalismo propio de un árabe, que se cumpliera la voluntad nacional, fórmula de su política, y dando a entender con tal conducta que el antiguo Espartero había ya muerto para el mundo.