Filosofía en español 
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10 de enero

Linneo

Aquel naturalista insigne, a quien debe la Botánica su clasificación más científica y un tecnicismo completo y universal, aquel apasionado amante de las flores y las plantas, no vino al mundo ni pasó la vida en una de esas afortunadas regiones donde la benignidad del clima y la fertilidad del suelo desarrollan una vegetación rica y exuberante, que naturalmente convida al estudio con el lujo que ostenta y las variedades que ofrece. Carlos Linneo, que es de quien hablamos, es hijo de los países boreales de Europa, de esas altas latitudes donde ya las noches tienen larga duración y el frío aliento del polo, engendrador de nieve, como dijo Quintana, no consiente más que una flora pobre y raquítica. Rashult, pueblo de Suecia, fue cuna del gran botánico, que nació en 1707 y murió en Upsala el 10 de Enero de 1778; por lo cual colocamos esta efeméride bajo la advocación de aquel glorioso nombre.

Linneo era hijo de un sacerdote de su país, esto es, de un pastor luterano; y desde muy niño reveló, como todos los grandes genios, la vocación de su espíritu, que hallaba en la contemplación de las flores un encanto y una delicia tal, que, notándolo un médico amigo de su familia, se decidió a protegerle, haciéndole dejar el humilde taller de un zapatero, donde estaba de aprendiz, porque su padre no tenía recursos suficientes para costearle una carrera.

Gracias a dicho protector, cuyo nombre no debe callar la historia –se llamaba Stobeo– ni dejar de bendecir la posteridad, pudo Linneo, cuando tenía 23 años, ir a estudiar Botánica a la Universidad de Upsala, donde en efecto cursó dicha ciencia, siendo su primer catedrático de ella el célebre Olao Celsio, que, a más de naturalista, era también orientalista y teólogo, y que, prendado de la maravillosa disposición de su joven alumno, quiso compartir con el oscuro médico de Rashult la satisfacción, que pronto había de ser también gloria, de costearle los estudios.

Las lecciones de tan sabio maestro, las del no menos ilustre profesor Ruelbek y las conferencias con su amigo el naturalista Artedi, le hicieron concebir la idea de clasificar las plantas por la naturaleza de sus estambres y pistilos, llegando a fundar sobre esta base el sistema que había de darle tanta celebridad, y que reveló por primera vez en un libro que publicó en 1731 con el título de Hortus Uplandicus. Por entonces fue encargado de regentar la cátedra de su maestro Ruelbek, y en 1732,1a Academia de ciencias de Estocolmo le confirió la misión científica de viajar por la Laponia a fin de reconocer y estudiar bajo el punto de vista botánico dicha región; pero disgustos que le causó la envidia de los émulos que ya tenía, puesto que empezaba a distinguirse, le obligaron a abandonar tan honroso cometido, y aun el país sueco, trasladándose a Alemania y Holanda y estudiando medicina en este último país, donde trabó grande amistad con el doctor Boerhaave y con el opulento banquero Cliffort, que, siendo muy aficionado a la Botánica, confió al naturalista sueco la dirección y cuidado de sus gabinetes y jardines. Por entonces publicó Linneo su grande obra titulada Sistema natural (Leiden, 1735,) y no mucho después fue dando a luz otras que tituló: Fundamenta botánica; Biblioteca botánica; Hortus Cliffortianus; Flora lapónica; Genera plantarum; Critica botánica; Classes plantarum; y Fragmenta methodi naturalis (1736-1738.)

Volvió luego a su patria, donde obtuvo, a más de otros títulos honoríficos, gracias y mercedes, la cátedra de Botánica en la Universidad de Upsala, que desempeñó hasta su muerte, alternando las tareas académicas con los estudios de gabinete, fruto de los cuáles fueron, entre otros, los siguientes trabajos con que enriqueció las ciencias naturales: Oratio de memorabilibus in insectis; Flora suecica; Animalia Sueciae; Fauna Sueciae: Philosophia botánica; Species plantarum; Genera morborum, y otros muchos de menos importancia, entre los que debemos contar uno que lleva por título Amenitates academicae que es una colección de 130 disertaciones inspiradas por él a sus discípulos. Ningún profesor ha tenido entre estos el ascendiente, el prestigio y la influencia ulterior que ejerció Linneo; y ellos, como los de Sócrates, rodearon su lecho de muerte y luego propagaron su doctrina por todas partes. El rey de Suecia, Gustavo III, después de haber ennoblecido al antiguo aprendiz de obra prima, nombrándole caballero de la Estrella Polar y colmándole de favores, quiso honrar su memoria ante los Estados del reino, y en ello se honró a sí mismo, pronunciando el elogio fúnebre del más ilustre hijo de Suecia. Ninguno ha dado más impulsión que él a las ciencias naturales; y, aunque otros de sus ilustres cultivadores, como Buffon, Haller, Adanson y principalmente Jussieu hayan mostrado y corregido imperfecciones del sistema de Linneo, eso en manera alguna rebaja su mérito, como no oscurece la gloria de Colón que se equivocara juzgando una prolongación de Asia el nuevo Continente que descubrió.