Filosofía en español 
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13 de enero

Lucano

La épica trompa que alentó Virgilio, yacía arrinconada sin que ningún vate romano fuera osado a sacar de ella sonido alguno, cuando un hijo de este suelo español, siempre querido de las musas, la aplicó audazmente a sus labios, perfumados con el azahar de Andalucía, y supo arrancarle aquellos vibrantes clamores que forman los versos de la Farsalia.

Marco Aneo Lucano, que es el autor de este gran poema épico-histórico, vio la primera luz hacia el año 39 de nuestra era en Córdoba, esa privilegiada ciudad que, así en lo antiguo como ahora, parece un semillero de insignes poetas: su padre, Aneo Mela, era hermano de Séneca; y bajo el patrocinio de este se educó Lucano en Roma, siendo presentado a Nerón, que le cobró grande afecto: pero ¡ay! la amistad de los poderosos ofrece grandes peligros, o como dijo el gran fabulista latino: «Nunquam est fidelis cum potente societas.» El divino César, que al morir solo sentía perder la vida porque el mundo se iba a quedar privado de un gran artista; el que tenía en más sus lauros de triunfador en los juegos olímpicos, que la diadema del orbe; el que, obedeciendo a su entusiasmo poético, mandó prender fuego a Roma, mientras él, vestido de músico y loco de alegría, cantaba al son de la cítara desde lo alto de su palacio los versos de la Eneida en que se pinta el incendio de Troya; el que representaba y cantaba en los teatros para embriagarse con los aplausos de sus súbditos, y ¡ay del que no aplaudiera!; el que celebraba certámenes literarios para tener la gloria de alcanzar siempre el galardón; el déspota, en fin, que presumía ser el mejor poeta del mundo, mal podía consentir que en uno de dichos certámenes cometiera el pueblo la imprudencia de entusiasmarse con la composición del sobrino de Séneca más que con los cesáreos versos del hijo de Agripina.

Así fue que este prohibió a su amigo, por de pronto, que cultivara la poesía, y luego, atribuyéndole como a su tío, complicidad en la conjuración tramada por Lucio Pisón contra el César, tuvo el sentimiento de condenarle a pena capital; pero, eso sí, fue generoso con su rival en poesía, pues le dio a escoger el género de muerte que más le agradara. El popular Bertoldo, en circunstancias análogas, no halló árbol a propósito para ahorcarse; pero el autor de la Farsalia no era tan listo como el personaje de la novela alemana, y eligió, como también su tío, la sangría suelta. Se metió en el baño, se abrió las venas y aguardó estoicamente el último momento (65). Ni aún éste fue perdido para las letras; pues cuéntase que, cuando ya iba sintiendo el sopor cercano a la agonía, púsose a corregir aquel pasaje de su gran poema en que describe el suicidio de Catón en Utica.

El poema de Lucano, distribuido en diez cantos, no es una epopeya en el sentido rigurosamente clásico de la palabra; sino más bien una mera narración poético-histórica, cuyo argumento le constituye la guerra civil que personifican César y Pompeyo; y como el hecho más culminante de ella fue, mientras vivió Pompeyo, la batalla de Farsalia, de aquí toma título la obra. Esta ha merecido a la crítica los más contrapuestos juicios; pues mientras unos le tributan grandes encomios, otros la condenan sin piedad. Lo que no puede negarse es que su estilo resulta hinchado por el abuso de la hipérbole; pues Lucano, como buen andaluz, fuerza a menudo la metáfora hasta convertirla en exageración violenta, y se deja arrastrar por los vuelos de su meridional fantasía. Este defecto, si lo es, constituye el sello de su raza: todos los vates cordobeses, en todos los tiempos, ya se llamen Lucano, Juan de Mena, Góngora o Grilo, tienen la exuberancia de imaginación, la lozanía de estilo, las galas de lenguaje que tanto brillan y campean en la Farsalia, y que, si a los ojos de críticos extranjeros son grave falta, entre nosotros todo esto arrebata y seduce.

Bajo la magnificencia de esta forma literaria tan pródiga en adornos, tan recargada de flores, atavíos y caireles, como hija que es de la andaluza tierra; bajo este sonoro y desbordado lenguaje poético, rico y deslumbrador como opulento bazar de joyería, late la idea del escritor, que es en filosofía estoico y en política republicano. Para él ni César ni Pompeyo son la figura principal en el sangriento drama de la guerra civil a que dan nombre: la personalidad gigante a los ojos de Lucano, y por tanto el héroe de su poema, es el último republicano, aquel fiero Catón que había dicho, y lo cumplió estoicamente: «Si triunfa Pompeyo, me desterraré de Roma; y si triunfa César, me daré la muerte.»