Filosofía en español 
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21 de enero

Zurbano

Hoy es el triste aniversario de un trágico suceso que en 21 de Enero de 1845 presenciaron, llenos de consternación, los habitantes de Logroño. Un hijo de esta ciudad, tan ilustre como desgraciado, tan humilde por su cuna como ennoblecido por sus hechos, terror de los franceses en la guerra de la independencia y azote de los carlistas en la guerra civil, héroe de la patria y soldado de la libertad, víctima luego de nuestras discordias políticas, se vio condenado a muerte; y caliente aun la sangre de sus hijos, por la propia causa y de igual modo vertida, cayó revolcándose en la suya, que tantas veces había derramado con gloria en los campos de batalla. No tengamos ya en nuestros pechos rencor para los verdugos, pero honremos eternamente la santa memoria del mártir.

Su nombre, que nuestros padres nos enseñaron a pronunciar con veneración, era –¿quién no lo sabe en España?– Martín Zurbano. Este insigne guerrillero nació en Varea, pequeño suburbio de la capital de la Rioja, en 1788: sus padres, honradísimos labradores, quisieron darle una carrera; pero Zurbano, que tenía veinte años cuando sobrevino la invasión francesa, lleno de ardor juvenil y patriótico entusiasmo, lo dejó todo para lanzarse a la titánica lucha que forma nuestra grande epopeya nacional. ¿Qué fue en ella el adolescente riojano? Lo que fueron el Empecinado, Mina, Palarea, Manso y tantos otros dignos émulos y sucesores de aquel antiguo pastor lusitano que osó medir sus armas con las legiones de Roma y aprisionaba cónsules e imponía leyes al Senado.

Cuando, merced a tanto esfuerzo y a tanta gallardía, el águila imperial, herida y maltrecha, volvió a trasponer el Pirineo, el héroe envainó su acero como Cincinato, volviendo a la oscuridad de su modesta casa; y, con más fortuna que su compañero de gloria el Empecinado, atravesó sin tropezar con el verdugo, a pesar de sus conocidas ideas literales, aquel tristísimo periodo de la reacción absolutista que siguió a la vuelta de Fernando VII y que, salvo el paréntesis constitucional del año 20 al 23, duró hasta el fallecimiento de dicho príncipe. Poco después de este suceso estalló de nuevo el conflicto entre el antiguo régimen, cuyo símbolo era el infante D. Carlos, y el sistema constitucional, personificado en la tierna hija del rey, Doña Isabel II. Entonces el guerrillero de Logroño desnudó otra vez su espada cubierta de laureles, y que, si antes había sido espanto de los invasores, ahora fue rayo exterminador del carlismo. A la cabeza de un cuerpo de voluntarios hizo prodigios de valor, aunque, como de ordinario acontece en las luchas fratricidas, su ardimiento bélico y su fanatismo político le llevó a extremos de saña y de crueldad. Condenemos tales actos de barbarie, mas reconozcamos que tal vez sin ese brutal delirio, sin ese loco entusiasmo conque los liberales peleaban en defensa de su glorioso ideal, nosotros no nos sentaríamos a la sombra de su triunfante bandera, y el negro pendón del absolutismo se extendería aún por toda la nación como un sudario.

A la terminación de la guerra, Zurbano recibió en justo galardón de sus proezas la faja de general; y afiliado al partido progresista, a cuyo ilustre jefe Espartero mostró siempre una adhesión personal firmísima, no pudo resignarse a sufrir la situación creada en 1843 por la caída y expatriación de aquel popular caudillo. Así fue que en 1844 se puso al frente de una guerrilla, a cuyo movimiento habían de responder otras en diferentes puntos; mas las tropas del gobierno dispersaron su pequeña partida, haciendo prisioneros a dos hijos de Zurbano, que fueron pasados por las armas inmediatamente; y él mismo, después de haber permanecido oculto algún tiempo, fue descubierto, en virtud de infame delación que hizo un pariente suyo, y sentenciado a igual pena. Fueron inútiles cuantos esfuerzos practicaron en la Corte para obtener el indulto los hombres generosos de todos los partidos, que no podían ver, sin protestas del corazón, que el plomo de los liberales atravesara aquel pecho respetado por las balas francesas y por los aceros carlistas, y puesto siempre a los ojos del país como escudo de la patria o como égida de la libertad. No hubo misericordia para él, ni los merecimientos del héroe fueron bastantes en el ánimo del gobierno a borrar las faltas del adversario político. ¡Represalias brutales de las luchas intestinas!: al fusilamiento de León, ordenado por los progresistas, responde el fusilamiento de Zurbano, hecho por los moderados.