Filosofía en español 
Filosofía en español


26 de enero

Pelayo

Nos hallamos en presencia de una figura homérica, de un héroe mucho más grande que los de la Ilíada, aunque todavía la epopeya a que él dio principio no ha encontrado su Homero. Su nombre, que arriba estampamos, le pronuncia siempre con legítimo orgullo el labio de los españoles y con admiración y respeto la sociedad cristiana en general; porque, merced al sublime esfuerzo y al ímpetu sobrehumano del caudillo de Covadonga, fue detenida en los riscos de Asturias la ola de aquel diluvio de nuevos bárbaros que inundó nuestro suelo a principios del siglo VIII, y España pudo continuar siendo una nación regida por el Evangelio, cuando estuvo en peligro de convertirse en lo que es hoy Marruecos o cualquiera otro de esos pueblos, donde proyecta su sombra mortífera, como la del manzanillo, la impura enseña de la religión mahometana.

Y sin embargo de que tan alta deuda de gratitud tenemos contraída con el valeroso iniciador de la Reconquista, no nos hemos cuidado gran cosa de averiguar noticias biográficas suyas, pues ni aun sabemos cuando y donde nació; y aunque acerca de su genealogía hemos creído siempre tener datos más positivos, pues casi todos nuestros historiadores antiguos han emparentado al primer soberano de Asturias con el último rey godo y dádole por padre a D. Favila, Duque de Cantabria, la crítica moderna por medio de Saint-Hilaire y otros autores extranjeros, dudan de tal filiación. Estos, cuyo dictamen siguen ya muchos españoles, fijando mientes en que el nombre Pelayo nada tiene de gótico puesto que es el latino Pelagius, y atendiendo a que los cronistas árabes por su parte, siempre que hablan de Pelayo le llaman el Rumi, esto es, el romano, se inclinan a creer, que el supuesto magnate godo era más bien perteneciente a la raza hispano-latina, la cual, en odio a sus dominadores los godos, no tomó parte en la acción del Guadalete; pero cuando ya aquellos habían desaparecido en las enrojecidas aguas de dicho río, se irguió potente en toda la cordillera pirenaica, acometiendo la inverosímil empresa de reconquistar el suelo de la patria que gemía, por su culpa hasta cierto punto, bajo los cascos de los potros árabes.

Como quiera que sea, este hombre animoso fue el primero en alzar contra la vencedora Media Luna el estandarte de la Cruz y la bandera de la patria. El emir o gobernador árabe Alahor envió contra él a uno de sus tenientes, llamado Alkamah, que halló a los nuestros encastillados en el monte Auseva (718): confiado en la superioridad numérica de su ejército, aunque éste no podía desplegar sus fuerzas, porque tenía que pasar desfilando entre la abrupta montaña y el río Deva que lame su pié, no vaciló en atacar a aquel puñado de valientes que bajo la dirección de Pelayo se había encerrado en una gruta llamada de Covadonga, que hay en la falda de dicho monte. Saludemos con religiosa veneración este humilde lugar, que es la gloriosa cuna de la nacionalidad española: allí se plantó, regada con sangre de héroes, la bellota sagrada que ha de ser luego la robusta encina de cuyo tronco, según la bella frase de un elocuentísimo escritor, cortarán sus lanzas los guerreros y sus liras los poetas, y cuyas ramas algún día prestarán sombra a dos mundos. Postrados ante una imagen de la Virgen Santa los cristianos, piden fuerzas al Cielo para aquella titánica lucha que, a no estar alentada por la fe, hubiera parecido una locura sublime. La Reconquista, no hay que dudarlo, tiene desde el principio hasta el fin un pronunciado carácter de guerra de religión: los que en ella contienden no se llaman extranjeros y españoles, sino moros y cristianos: el signo de la Redención es la bandera nacional: portentos y milagros acompañan a los soldados de la Cruz en todos los combates: Santiago, San Millán y San Jorge batallan en su favor; y la Virgen de Covadonga desencadena en lo más recio de la acción horrísona tempestad, que desgajando los torrentes de las cumbres, arrastra y precipita a los infieles en la embravecida corriente del Deva, y hace que las flechas por ellos lanzadas, rebotando en la dura roca que cierra la entrada de la gruta santuario, vayan a clavarse en el pecho de los mismos que las arrojan. Con este sobrenatural auxilio, Pelayo, sin haber perdido un solo hombre, causó al enemigo tal número de bajas, que ha dado motivo a la tradición para la hipérbole encerrada en los siguientes versos de un poema del Sr. Duque de Rivas.

«El valeroso Pelayo
Cercado está en Covadonga
Por cuatrocientos mil moros
Que en el Zancarrón adoran:
Solo cuarenta cristianos
Tiene, y aun veinte le sobran;
Pues la Virgen le promete
Darle completa victoria.»

Sobre el mismo teatro de sus hazañas fue proclamado rey el soldado de Covadonga, que, por no haber vuelto a tomar desquite los musulmanes, distraídos por entonces en su proyectos de invadir la Francia, pasó el resto de sus días en completa paz y murió (737) en Cangas de Onís, donde fue enterrado. Hoy duerme el sueño de la gloria bajo el techo de aquel mismo santuario que fue testigo de su valor y escudo de la nacionalidad.