Filosofía en español 
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30 de enero

Teodomiro

Frente a la imagen de Pelayo se alza en nuestra memoria el retrato de aquel otro héroe, menos conocido del pueblo sin duda porque su obra fue menos trascendental y duradera que la realizada por el fundador del reino asturiano, pero que es merecedor de igual renombre y de la misma gratitud nacional; porque antes, mucho antes de la jornada de Covadonga, ya el Conde Teodomiro que es de quien hablamos, ceñía la corona de un pequeño reino cristiano, salvado por él de la servidumbre mahometana, por lo cual muchos historiadores, Masdeu al frente, consideran a este príncipe, y no a Pelayo, como el primer caudillo de la Reconquista y el primer monarca de los Estados que ella funda.

Era el Conde Teodomiro un magnate godo, gobernador de la Vandalusía o Andalucía en tiempo de Don Rodrigo y el primero que notificó a este, en una carta que se ha hecho célebre, la invasión de los árabes en nuestra península. Un inspirado vate de nuestros días ha formulado en magníficos versos el asunto de esta carta; y de ellos entresacamos los siguientes, que son notables por su belleza y valentía:

«Ha aparecido aquí, como un nublado,
Gente extraña, del África venida,
Y avanza cual torrente desbordado.
. . .
Nunca vi tales hombres ni tal guerra:
Atacan en tropel y sin concierto
Y moviendo un estrépito que aterra.
Si oís decir que mi hueste fue vencida,
No preguntéis, Señor, cuál fue mi suerte.
Antes que ser esclavo, ser suicida;
Sino muero en la lid, me daré muerte.»

El Sr. Velarde, que es el inspirado autor de la celebrada epístola en que se hallan estos versos, formando parte de su bello poema Teodomiro o la Cueva del Cristo, supone efectivamente, porque asó lo exige el fin artístico de su creación, que el bizarro capitán hubo de suicidarse después de la catástrofe; pero la historia nos dice, con autoridades coetáneas y testimonios fehacientes, que el egregio Teodomiro, después de luchar con gallardía en los campos de Jerez, o, como otros pretenden, junto a la laguna de la Janda, salvó de aquella rota algunas reliquias del ejército visigodo y se encerró con ellas en la fuerte plaza de Orihuela.

Sitiáronla con todas sus fuerzas los moros, ya extendidos como asolador torrente por la península entera; más fue en vano, porque su heroico defensor, uniendo al valor más indomable la astucia más ingeniosa, hizo que las mujeres disfrazadas de guerreros, juntándose a los soldados, coronasen las murallas de la ciudad a fin de hacer creer a los árabes, como así sucedió, que era numerosísima la guarnición de Orihuela, y levantaran el cerco.

Volvió a ponerle el emir Abdelaziz; pero éste, ya por la resistencia invencible que halló también, o ya porque, habiéndose casado con Egilona, la viuda del rey D. Rodrigo, no podía sustraerse a la influencia de su esposa que naturalmente le inclinaba a tratar con cierta dulzura a la gente española, entró en negociaciones con el defensor de Orihuela, y de sus resultas vino a firmarse un pacto, por el cual se reconocía al conde Teodomiro como soberano de un pequeño reino cristiano, que los moros llamaban reino de Tadmir, y que comprendía, a más de Orihuela, los pueblos de Valéntola, Alicant, Mula, Lorca y otros. Las condiciones de este reconocimiento eran: por parte de Teodomiro y los suyos, fidelidad al califa de Oriente y el pago anual de una contribución no muy crecida; y por parte de los moros, respeto a las personas y cosas de los cristianos, así como también a su religión, que podían observar pública y libremente. Esta capitulación sirvió luego de norma a otras ciudades; y a los cristianos que, en virtud de tales acuerdos, quedaron así mezclados con los árabes, se les da por esto en nuestra historia el nombre de Mozárabes o Muzárabes, los cuales fueron después un poderoso auxiliar de la Reconquista.

Pero el reino de Teodomiro, situado en medio de la España árabe, no podía ser muy duradero. Respetáronle los musulmanes mientras vivió su ilustre fundador, y aún después de muerto aquel, todavía consintieron que en su lugar fuera proclamado otro príncipe llamado Atanagildo; pero al fin rompieron los pactos y se hicieron dueños y señores absolutos de aquel Estado, que no por haber sido poco tiempo independiente, es menos digno de nuestro cariñoso recuerdo.