Filosofía en español 
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1 de Febrero

Bernardo del Carpio

No hay en todo el pueblo español, aun descendiendo a las clases donde esté más bajo el nivel de la cultura intelectual, quien no haya oído alguna vez el nombre que va al frente de esta página, por haber leído o escuchado esos mil romances y novelas en que se relatan los hechos de aquel héroe legendario, cuya sombra se alzará eternamente en el Pirineo como escudo de la nacionalidad y terror y espanto de todos los invasores. Pero, si las leyendas retratan puntualísima y circunstanciadamente todo cuanto a la vida del paladín concierne, muy poco es en verdad lo que sabe la historia, hasta el punto de que no falta quien niegue o ponga en duda la existencia de tal personaje. He aquí, sin embargo, lo que acerca de él consta de un modo bastante cierto y seguro.

Alfonso II de Asturias, que, por haber guardado absoluta continencia toda su vida, mereció el sobrenombre de Casto, tenia una hermana que profesaba sin duda menos amor a esta virtud, predominante en el monarca asturiano, que a un cierto conde de Saldaña; porque de él tuvo, como fruto de relaciones que aquel reprobó y la iglesia no llegó a bendecir, un hijo que, andando el tiempo había de hacer su nombre celebérrimo y glorioso. Este fue Bernardo del Carpio, a quien su tío Alfonso crió en la corte, demostrándole tanto cariño como iracundo enojo hacia su padre, que fue condenado a pasar el resto de sus días encarcelado y ciego; pues era costumbre de aquel tiempo castigar a los magnates haciendo que les fuesen arrancados los ojos.

Inútilmente empleó el hijo ruegos y lágrimas a fin de obtener la libertad del autor de sus días: el rey se mantuvo inexorable, y entonces Bernardo, justamente resentido, pidió inspiración y consejo a la venganza. Pronto vino a ofrecérsele una ocasión propicia a sus intentos. Sabido es que Alfonso el Casto fue grande amigo del famoso Carlomagno, y que tal vez pidió auxilio a tan poderoso monarca a fin de acabar con la dominación de los árabes en nuestro país; y el rey de Francia, cuyo pensamiento político era restaurar el antiguo Imperio de Occidente, acudió presuroso al llamamiento del príncipe asturiano con la secreta intención de hacerse dueño de nuestra península, después que hubiese arrojado de ella a la morisma. Por eso cuando los cristianos de Asturias tuvieron noticia de que el emperador Carlomagno acababa de penetrar en territorio español, al frente de aquel formidable ejército que había ya domeñado a los Sajones y a los Lombardos, y cuyos principales caudillos eran los Doce Pares de Francia, aquellos heroicos paladines cuyas hazañas ha cantada la musa épica y desfigurado los libros de caballería, no solo impidieron con varonil resolución y patriótica entereza que su rey Alfonso fuera a incorporarse a la hueste advenediza, encerrándole en un castillo y privándole temporalmente de la autoridad real, sino que también acordaron volver sus armas contra la gente extranjera que, en apariencia, venía con el intento de esgrimir las suyas a favor nuestro.

Ni aún admitida tal hipótesis, querían nuestros mayores recibir ajeno auxilio; porque la dignidad nacional exigía que, pues los españoles habían dejado perder el patrio suelo, ellos tan solo debían recuperarle. Y, ¿quién es el héroe que personifica esta gran protesta del genio nacional contra la torpe o antipatriótica conducta de Alfonso II? Bernardo del Carpio su sobrino, que poniéndose a la cabeza de aquel gran movimiento contra la afrancesada política de su tío, halla ocasión de satisfacer personales agravios, al mismo tiempo que de formular los sentimientos de independencia, propios de la nación española.

Marcha, pues, Bernardo al frente de los suyos, en busca de Carlomagno que, viéndose rechazado por el wali de Zaragoza que le había llamado también, aunque por diferente motivo que el rey de Asturias; noticioso además de que éste no podía cumplir sus compromisos; y, sobre todo, notando que, lejos de hallar simpatías entre los españoles, procuraban estos combatirle y hostilizarle, emprendió la retirada desde Zaragoza: pero cuando iba ya a trasponer el Pirineo y todo su ejército se hallaba en el angosto desfiladero de Roncesvalles, fue acometido por la gente del país y la que conducía Bernardo del Carpio. A manos de este murió, sin embargo de ser invulnerable, según los libros de caballería, el hasta entonces invicto Roldán, primo de Carlomagno y primero de los Doce Pares, que casi todos encontraron allí el glorioso término de sus proezas; y por eso el eco de aquellos lugares, recogido por el numen popular del romancero, todavía repite entre nosotros:

«Mala la hubisteis, franceses,
en esa de Roncesvalles.»

Despojando a este suceso y a sus protagonistas del ropaje fabuloso con que le han revestido las crónicas del obispo Turpín y de nuestro Rodrigo Sánchez, siempre quedará, como fondo histórico del mismo, la alta significación que le hemos atribuido. Del vencedor en tan memorable jornada no se tiene noticia posterior exacta, aunque algunos afirman que vivió en lo sucesivo como caballero andante y murió en Francia; pero no determinan el punto ni la fecha.