Filosofía en español 
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28 de Junio

Rousseau

¡Qué vida tan llena de azares y vicisitudes la de Juan Jacobo Rousseau! Descendiente de una familia francesa protestante, que en la época de las persecuciones religiosas tuvo que expatriarse y establecerse en Ginebra, nació en esta ciudad el 23 de Junio de 1712; su madre murió pocos meses después de haberle dado a luz, y su padre, que era relojero, descuidó bastante la educación de aquel hijo, que indolente y desaplicado por naturaleza, emprendió varias carreras y ocupaciones sin fijarse en ninguna. Fue primero amanuense de un escribano, luego aprendiz de grabador; y cansado de todo, se escapó de la casa paterna, yendo a pedir asilo a un cura de la Saboya, quien le recomendó a Mad. Warcus, que vivía en Annecy, y que, interesándose vivamente por el joven prófugo --el cual por su parte correspondió a su protectora con un amor vehementísimo-- le colocó en el Seminario de Turín, de donde él no tardó en salirse, prefiriendo a la reclusión el ser lacayo de la condesa de Vercelies y caballerizo de la reina de Cerdeña.

Hastiado también de estos oficios, que exigen harta sujeción, anduvo corriendo la tuna; pudo colocarse luego en las oficinas del catastro, y por fin se hizo maestro de música. Llamado de nuevo por Mad. Warcus, fue a pasar con ella otra temporada, la más feliz de su vida, y durante la cual comenzó el vagabundo ginebrino a mostrar gran afición al estudio, por lo que adquirió muy en breve profundos y variados conocimientos; pero habiendo notado que otro amor había desbancado al suyo en el corazón de su versátil protectora, la abandonó para siempre y tornó a su vida errante. Preceptor en casa de M. de Mably, vecino de Lyon (1740), trasladóse a París en 1741 para presentar a la Academia de Ciencias un sistema que había inventado de anotación por números para la música, pero que no fue considerado por aquella Corporación ni ingenioso ni nuevo. No tuvo mejor éxito una ópera que compuso bajo el título de Las Musas galantes. Por entonces se casó con una joven costurera llamada Teresa Levassem; pero los cinco hijos que de ella tuvo, los llevó a la casa de Niños Expósitos. Tenía ya treinta y siete años sin que nada hubiera revelado su genio, cuando se le ocurrió tomar parte en un certamen abierto por la Academia de Dijon en 1749 sobre esta cuestión: “¿El progreso de las ciencias y de las artes ha contribuido a corromper o a mejorar las costumbres?” La Memoria presentada por Rousseau obtuvo el premio, y desde aquel día el nombre de su autor pertenece a la celebridad.

Por entonces ganaba su sustento copiando música y escribiendo óperas. La que tituló El adivino de la aldea, alcanzó un gran éxito (1752); pero el carácter misantrópico de su autor, comenzó por aquella época, esto es, cuando se levantaba su genio, a crearlo numerosos enemigos, que aumentaron a la publicación de su Carta sobre la música francesa. Esto por una parte, y por otra el fiasco que hizo su comedia Narciso, y el no haber sido premiada su Memoria sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (1753), le causó tal disgusto, que abandonó a Francia, retornando a Ginebra, donde volvió a abrazar el protestantismo que había abjurado en el seminario de Turín a ruegos de Mad. Warcus. Sin embargo, a poco tiempo regresó a París y aceptó el hospedaje que, en una posesión llamada la ermita y situada en el valle de Montmorency, le ofreció Mad. de Epinay, una de sus admiradoras. En aquel ameno sitio escribió su famosa novela titulada La Nueva Eloísa, que vio la luz en 1759, causando la admiración general y produciendo mil controversias. Abrumado de acusaciones vergonzosas, aunque no todas probadas, tuvo que dejar la casa de Mad. de Epinay y acogerse al lado de los duques de Luxemburgo, que le dieron hospitalidad en el palacio de Montmorency, donde continuó trabajando, entre otras obras, su Carta a D'Alembert sobre los espectáculos, El Contrato social, que vino a ser como el evangelio de la Revolución, y El Emilio, en que desenvuelve todo un sistema de educación.

Pero estos libros de tal modo atacaban los fundamentos sociales, que el Parlamento de París lanzaba contra su autor un decreto de prisión al mismo tiempo que en Ginebra era quemado El Emilio por mano del verdugo. El rey de Prusia le autorizó entonces para fijar su residencia en el ducado de Neufchatel, señalándole además una pensión, y desde este punto respondió con sus Cartas de la Montaña (1764) al consejo de Ginebra; pero tampoco allí pudo estar tranquilo mucho tiempo: el mismo pueblo en que vivía, se amotinó contra él por excitaciones del clero. El historiador Hume le ofreció entonces hospitalidad en Inglaterra, y allá fue el escritor errante (1766), que compuso en dicho país la primera parte de sus Confesiones; mas, descontento de su mismo protector y no agradándole las costumbres británicas, volvióse a Francia, y después de andar huyendo por diferentes lugares, se estableció de nuevo en París (1770) con permiso del Gobierno, que se le otorgó bajo condición de que no escribiera sobre religión ni política. Finalmente se trasladó a la posesión que en Ermenouville tenía y le ofreció el marqués de Girardin, y en ella terminó la azarosa existencia de Rousseau, tal vez por suicidio (1778). Sus restos fueron trasladados al Panteón nacional en 1794 por decreto de la Convención. Además de las obras ya citadas, dejó un Diccionario de música, otro Diccionario de Botánica, unas Consideraciones sobre el gobierno de Polonia, y varios otros opúsculos.