Filosofía en español 
Filosofía en español


9 de Julio

Balmes

Aunque no llevó mitra su frente ni alcanzó otras elevadas jerarquías del sacerdocio, D. Jaime Balmes constituye indudablemente la figura más alta del clero español contemporáneo y es uno de los genios más vastos que ha conocido el mundo. Diéronle el ser unos humildes pero honrados menestrales de Vich, en cuya ciudad vino al mundo el 28 de Agosto de 1810; y notando aquellos el precoz talento de su hijo, se decidieron a darle estudios, matriculándole en el Seminario que había, muy acreditado por cierto, en dicha población. Honor de sus aulas fue desde el primer día el nuevo estudiante, quien, después de cursar allí las Humanidades y la Filosofía, pasó a continuar su carrera de teología en la Universidad de Cervera. Los anales de este centro de enseñanza no registran hoja de estudios ni triunfos académicos semejantes a los del escolar de Vich; porque este unía a su claro talento una aplicación tal, que para él no había otro pasatiempo ni más grata compañía que los libros. Realmente Balmes no tuvo juventud; esto es, no pagó tributo a esa hermosa edad del amor y los placeres. Sin llegar a misántropo, era de carácter muy poco expansivo: reconcentrado siempre y amante de la soledad, pasábase días enteros leyendo y meditando, sobre todo desde que un día se fijó en estas palabras escritas por Hobbes con referencia a los eruditos: “Sí yo hubiese leído tanto como ellos, sería tan ignorante como ellos.”

A contar desde aquel día, el joven filósofo se dedicó mucho mas a pensar que a leer; esto es, a formarse en propia reflexión sus conocimientos, ejercitándose de continuo en proponerse a resolver por sí mismo cuestiones y problemas científicos. Esto le dio una superioridad tan grande sobre todos sus compañeros que aun sus profesores le miraban con asombro; pero tanto trabajo juntamente con los disgustos que la envidia hubo de acarrearle, quebrantó su salud en términos de serle preciso abandonar por algún tiempo la Universidad y acogerse al amoroso seno de la familia, donde los solícitos cuidados maternales y el aire natal pudieron devolver por entonces a su robusta naturaleza el vigor perdido, aunque no fueron bastante poderosos a extirpar el funesto germen de la terrible enfermedad que había de llevarle tan prematuramente al sepulcro. Reanudados sus estudios y terminada su carrera cuando todavía era muy joven, continuó en su querida Universidad, no ya como alumno, sino como profesor de ciencias sagradas, al propio tiempo que estudiaba particularmente las profanas, habiendo aprendido por sí mismo las matemáticas. Con tales elementos hizo oposición a la canonjía magistral de Vich; pero, aunque sus ejercicios fueron tan brillantes que aun los mismos jueces le felicitaron con entusiasmo, la plaza no fue para él. Balmes no pasó nunca de presbítero. Demos de lodo a la investigación del porqué, y sigamos diciendo que  cerrada la Universidad de Cervera, o mejor dicho, trasladada a Barcelona, el más ilustre de sus catedráticos, desgraciadísimo en todo cuanto a su medro se refería, no fue llamado a dicha capital, y se quedó en su pueblo (1837), explicando la cátedra de matemáticas en un colegio allí creado. En 1840 dióse a conocer como escritor político con la publicación de un folleto titulado: Observaciones sociales, políticas y económicas sobre los bienes del clero. La reputación que alcanzó con este trabajo y una Memoria sobre El celibato del clero, que fue premiada por una corporación religiosa de Madrid, le dio ánimo  para convertirse en publicista, y medir sus fuerzas en el palenque de la prensa periódica. Asociado al efecto con otros renombrados escritores, fundó una revista política y religiosa bajo el título de La Civilización; y simultáneamente con los trabajos de redacción, el laborioso catalán confeccionaba su magna obra El Protestantismo comparado con el catolicismo, que bastaría para su gloria, y que vio la luz en 1841. Al año siguiente, y en el espacio de treinta días que pasó en la casa de campo de un amigo, escribió esa joya literaria que denominó El Criterio y que no fue dada a la estampa hasta 1845). En este mismo año lanzándose ya resueltamente al campo de la política, se trasladó a Madrid para fundar un periódico titulado El pensamiento de la Nación, que fue por tres años órgano del partido absolutista, en que militó siempre el gran pensador a quien por eso no hemos de negar el homenaje de nuestra admiración; que las glorias de la patria han de ponerse por encima de las divisiones políticas. Las prensas de Barcelona crujían en 1846 para dar a luz otro libro inmortal del fecundo escritor: era su Filosofía fundamental, seguida a poco de la Filosofía elemental, de su folleto Pío IX y de otros trabajos; pero habiendo llegado ya su mortal dolencia al último período, retiróse en busca de alivio a Vich, y allí murió el 9 de Julio de 1847. Momentos antes de espirar, su anciana madre, le decía con acento profético: “Hijo mío, el mundo hablará mucho de tí.” En el centro del bellísimo claustro de la catedral de Vich álzase hoy la estatua del profundo filósofo, en actitud meditabunda. ¡Ojalá que todos los pueblos de España imitaran el ejemplo de la patria de Balmes y erigieran monumentos a sus hijos más preclaros! Además de las producciones citadas, dejó aquel malogrado ingenio estas otras: Cartas a un escéptico; La religión demostrada al alcance de los niños; Máximas de S. Francisco de Sales para todos los días del año, y varias Poesías. ¡El autor de tantas y tan admirables obras aún no había cumplido 37 años cuando le arrebató la muerte!