Filosofía en español 
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23 de Octubre

El abate L’Epée

No tan solo por los benéficos resaltados de su humanitaria obra, sino también por el ardiente espíritu de caridad y abnegación conque la llevó a cabo, el personaje cuya semblanza ofrecemos hoy, merece ser considerado como uno de los grandes bienhechores de la Humanidad, y es digno de que ante el altar de su memoria vayan depositando todas las generaciones un tributo de reconocimiento.

Este nobilísimo varón se llamaba Carlos Miguel de L’Epée, y había nacido en Versalles, el año de 1712, siendo su padre un distinguido arquitecto de Luis XIV. Habiendo revelado desde un principio vocación eclesiástica, fue llevado a un seminario, donde terminó su carrera, y recibió las sagradas órdenes cuando se hallaban en su mayor efervescencia las cuestiones religiosas suscitadas entre los jansenistas y sus adversarios. El nuevo sacerdote hubo de inclinarse en un principio a favor de aquellos, marchando a Port-Royal, que era su centro; mas no acomodándose su carácter al duro trato y severa disciplina que allí reinaba, adoptó el partido de abandonar las funciones del sacerdocio, proponiéndose hacerse abogado. En tanto que seguía esta carrera, pudo atraerle a su diócesis el obispo de Troyes, sobrino del célebre Bossuet y conocedor de las excelentes dotes personales de L’Epée, a quien dio una canongía. Sirvióla por algún tiempo, cultivando con muy buen éxito la elocuencia sagrada; pero, habiendo intimado relaciones más tarde con el obispo de Seez, que era jansenista declarado, fue objeto de las censuras canónicas fulminadas por el arzobispo de París. Entonces ya dejó definitivamente el servicio del altar, conservando tan solo el título de abate, que había de hacer tan ilustre.

Llevado de su espíritu filantrópico, se propuso nada menos que dar educación a dos jóvenes sordo-mudos, y habiendo conseguido algún resultado a fuerza de ingenio y perseverancia, concibió la idea de elevar a categoría de arte los medios de que se había valido en su primer ensayo. Ignoraba seguramente que el arte que trataba de inventar, hacía ya dos siglos nada menos que estaba descubierto por un español, el benedictino Fray Pedro Ponce de León, monje del convento de San Salvador de Oña; pues documentos fehacientes de dicho monasterio consignan que el mencionado siervo del Señor enseñaba a los sordo-mudos «a hablar, escribir, hacer cuentas, rezar y entenderse en griego, italiano y su habla propia.» Sin embargo, como no compuso obra alguna, que se sepa, donde diera a conocer su método, ni dejó tampoco discípulos que formaran escuela, quedó olvidada la invención y hasta el nombre de este hombre insigne; y por consiguiente no es extraño que el abate L’Epée no tuviera noticia alguna de él ni de sus procedimientos, cuando halló el modo de poner a los desheredados de la palabra en comunicación con sus semejantes, llevándose así con toda justicia la gloria de tan útil y beneficioso descubrimiento.

Su sistema consistía en reemplazar los sonidos por los movimientos de la mano y el oído por la vista. Al efecto compuso un alfabeto sencillo, y una vez aprendido por los discípulos, hallábanse estos ya en condiciones de entenderse con su maestro para instruirse en la escritura, lectura y demás conocimientos. Lejos de mostrarse avaro de su ciencia el buen abate, la expuso en un libro titulado Instrucción de los sordo-mudos por la vía de los signos (1774), que fue reimpreso diez años después con este título: Verdadero modo de instruir a los sordo-mudos. Además comenzó el Diccionario general de los signos empleados en la lengua de los sordo-mudos, concluido y publicado luego por el abate Picard, discípulo de L’Epée.

Para dar cima este glorioso filántropo a su humanitaria empresa, en la cual no fue ayudado jamás por el Gobierno, apuró todos los recursos de su modesta fortuna, y aun se impuso terribles privaciones, teniendo al fin la dicha de ver funcionando el primer establecimiento de sordo-mudos; pero su bondadoso fundador no se contentaba con dar a aquellos desgraciados el pan del alma, sino que también quería darles el del cuerpo, aunque él se lo quitara de su boca. Por eso hemos dicho que el abate L’Epée es uno de los hombres más dignos de la gratitud de sus semejantes. Y sin embargo, la muerte de este venerable apóstol del bien, ocurrida en 1789, pasó desapercibida para sus contemporáneos; más a poco tiempo se reconoció toda la magnitud y transcendencia de su obra. Patrocinada por la Revolución, que fundó un establecimiento nacional de sordo-mudos, modelo de cuantos se crearon después en toda Europa, hoy atrae sobre sí el interés de los gobernantes y las bendiciones de los pueblos. La Francia de nuestros días ha erigido a la memoria de su preclaro hijo L’Epée dos monumentos, uno en París, teatro de sus gloriosos hechos, y otro en Versalles, donde se meció su cuna; mientras que España tiene en completo olvido, lo mismo a Ponce de León, que al continuador de su obra Manuel Ramírez de Carrión, natural de Hellín y mudo de nacimiento. Este ilustre compatriota, que vivió en el siglo XVII, no solo ensenó a leer y escribir a varios sordo-mudos, entre ellos al marqués de Priego y a Filiberto Amadeo, príncipe de Saboya, sino que publicó en 1629 una obra titulada Maravilla de Naturaleza y Arte, donde expone su método, jamás aplicado por incuria nuestra.