Filosofía en español 
Filosofía en español


31 de Diciembre

Fray Luis de Granada

Al cerrar su ímprobo trabajo de copiar una extensa obra, escribió estas palabras uno de aquellos pacientes y hábiles calígrafos de la Edad Media, que nos trasmitieron multiplicados los monumentos literarios de la antigüedad: «Así como se alegra el peregrino al ver de nuevo la tierra natal, así me he alegrado yo al llegar al final de mi tarea. Dulce cosa es el escribir la palabra fin al pie de la última hoja.» Hoy que el autor de este libro llena también su última hoja, se siente regocijado como el amanuense de los tiempos medios, y deja, como piadoso ex-voto, su cansada pluma al pié de la estatua de aquel varón, tan insigne en virtud como en letras, que se llamó en el mundo Fray Luis de Granada.

Su apellido era Sarria, pero lo dejó al abrazar la vida religiosa, tomando por patronímico el nombre de la ciudad que le vio nacer (1504). Habiendo quedado huérfano a la edad de 5 años, le amparó generosamente el conde de Tendilla, que le costeó también sus primeros estudios para la carrera eclesiástica. A los 19 años profesó en la orden de predicadores o de Santo Domingo, yendo a completar sus estudios a Valladolid, donde muy luego se hizo notar por su piedad, saber y felices disposiciones para la oratoria. Con tales elementos y una infatigable laboriosidad llegó a adquirir tal renombre, que se le considera como el príncipe de la elocuencia sagrada española; y a los 28 años fue ya elegido general de su orden, siendo así que este cargo se reservaba siempre a la ancianidad.

Los momentos libres que le dejaba el púlpito, los invertía en escribir obras que no le han dado menos celebridad que sus predicaciones. Una de las primeras que compuso, fue la titulada Libro de la Oración y meditación, y a esta siguió la más notable y celebrada de todas, la Guía de Pecadores, que fue escrita en Badajoz cuando su autor estuvo en aquella ciudad a fundar el convento de Santo Domingo (1553). Así lo declara el mismo Fray Luis cuando, al reconocer más tarde, con tanta modestia como ingenuidad, el mérito de aquel opimo fruto de su inteligencia, no pudo menos de exclamar: «¿Es posible que yo hiciera este libro en Badajoz? Buen cielo y clima debe de ser el de esta ciudad.»

Atraído luego a Portugal por el cardenal D. Enrique, infante y luego rey de aquella nación, trasladó su residencia, primero a Évora y luego definitivamente a Lisboa, donde continuó ejerciendo el ministerio apostólico, con tanta admiración y aplauso de la gente lusitana, que la corte le brindó con el arzobispado de Braga; dignidad que él rehusó por querer mantenerse en toda la independencia que le daba su humilde carácter. De igual manera se negó a admitir el capelo que le ofreció en afectuosísima carta el Papa Gregorio XIII, prefiriendo a los más elevados puestos de la jerarquía eclesiástica la celda de su convento de Lisboa, donde acabó tranquilamente sus días el último del año 1588 y a los 84 de su edad; razón por la que nosotros concluimos la galería de este Año Biográfico con la venerable figura de tan insigne varón.

A más de las obras antes citadas, dejó las siguientes: Memorial de la vida cristiana; Introducción al símbolo de la fé; Vida de Juan de Ávila; Vida de D.ª Elvira de Mendoza; Vida de Milicia Fernández portuguesa, gran sierva de Dios; una Retórica eclesiástica; una traducción de la Escala espiritual de San Juan Climaco; otra de la Imitación de Cristo, de Kempis; y Trece sermones sobre las principales festividades de la Iglesia. Todas ellas, con ser grandiosos monumentos del habla castellana, han quedado oscurecidas por la Guía de Pecadores, cuya fama voló bien pronto por encima de los Pirineos; pues ya Moliére en una de sus comedias tiene estos dos versos que atestiguan la popularidad alcanzada en Francia por el libro español:

La Guide des pecheurs est encore un bon libre;
c’est lá qu’en peu de temps on apprendre á bien vivre.

Nuestro Capmani dice del autor de esta obra que «es en la clase de los místicos lo que Bossuet entre los oradores sagrados: una sola belleza de estos escritores hace olvidar veinte defectos. Jamás autor alguno ha hablado de Dios con tanta dignidad y alteza como el P. Granada, quien parece descubre a sus lectores las entrañas de la Divinidad, y la secreta profundidad de sus designios y el insondable piélago de sus perfecciones. El Altísimo anda en sus discursos como anda en el Universo, dando a todas sus partes vida y movimiento. Cuando se coloca entre Dios y el hombre, esto es, cuando pinta nuestra fragilidad y miseria en contraposición a su omnipotencia y misericordia, cuando encarece su infinito amor y nuestra ingratitud y rebeldía, es grande, es sublime, es incomparable… Al paso que muestra la pompa de la lengua castellana, ¡cómo esfuerza el tono de la verdad y de sus profundos sentimientos! No solo vemos un estilo claro, terso, lleno y numeroso, sino también locuciones de dulcísima elegancia, imágenes magníficas y sublimes y una dicción siempre pura, castiza y escogida.»