Filosofía en español 
Filosofía en español


Filosofismo

El abuso de la filosofía especialmente en todo lo que se refiere a impugnar la doctrina católica y sus misterios, suponiendo que son contrarios a la razón, se llama filosofismo. También se da este nombre a la filosofía racionalista, que no quiere admitir ninguna autoridad en materia de religión.

Se ha dicho que el filosofismo no es otra cosa que el protestantismo sin la Biblia, pero debe añadirse que este sacó las últimas consecuencias del protestantismo, y enarboló francamente la bandera de la incredulidad y del ateísmo, declarando la guerra a toda religión.

En el artículo Filosofía del siglo XVIII, hemos visto las doctrinas y tendencias del filosofismo y los graves peligros a que expone a la sociedad. Según Rousseau, en el Emilio, los filósofos destrozando y pisoteando todo cuanto los hombres respetan, quitan a los afligidos el último consuelo de su miseria, a los poderosos y a los ricos el único freno de sus pasiones, arrancan del corazón los remordimientos del crimen y las esperanzas de la virtud, y se vanaglorian todavía de ser los bienhechores del género humano.

El filosofismo hiere por su base a la religión y a todas las instituciones sociales fundadas sobre ella, y no puede sustituirlas con ningún motivo capaz de contener al hombre en el cumplimiento de sus deberes: lejos de eso da rienda suelta a todas las pasiones, quitando la creencia en la otra vida y presentando la nada como el último fin. Por esto escribía Bayle: “Si se considera a los ateos en la disposición de su corazón, se halla que, no estando detenidos por el temor de ningún castigo divino, ni animados por la esperanza de bendición alguna del cielo, necesariamente deben abandonarse a todas sus pasiones.”

Una triste experiencia confirma lo que acabamos de decir: Nadie ignora los espantosos trastornos de la revolución francesa y los increíbles horrores a que dio lugar. Todos los escritores convienen en que aquella revolución y sus consecuencias deben atribuirse a la influencia fatal del filosofismo. Es ciertísima la dolorosa exclamación de Luis XVI, preso en el Temple, al contemplar los retratos de Voltaire y Rousseau, que allí estaban: Esos dos hombres han perdido a Francia... El filosofismo, sobrexcitando las pasiones populares y falseando todas las ideas, preparó todas las revoluciones que han afligido y turbado a la Europa en el espacio de un siglo. Ellos han hecho derramar a torrentes la sangre. Sus obras sostienen siempre viva la fermentación de los ánimos y la propensión a la rebeldía, por la cual confesaba con mucha verdad Napoleón Bonaparte: “Yo no me considero con bastante fuerza para gobernar a gentes que lean a Rousseau y a Voltaire.”

El filosofismo era y es el alma de las sociedades secretas, cuyo objeto es poner en práctica sus principios, destruyendo o debilitando la religión, y fomentando en los Estados las turbulencias y la anarquía. Cuando se pudo conocer a los nombres que componían las logias, se vio con la más viva alarma que las formaban los filósofos anticristianos, juntamente con los hombres más impíos y los demagogos de la época. En lo sucesivo han pertenecido siempre a estas sociedades, y pertenecen hoy día los libres pensadores, los libertinos, los hombres sin religión, los enemigos de toda autoridad que proclaman los derechos del hombre sin acordarse para nada de sus deberes.

El filosofismo es el padre legítimo del moderno liberalismo con sus atrevidas doctrinas y sus funestas consecuencias. Como la impiedad es progresiva, el liberalismo ha erigido en sistema las teorías filosóficas; disfrazándolas con una forma halagüeña, predica las mismas libertades que aquellos proclamaron, y quiere tenazmente reducirlas a la práctica, no para todos, sino en cuanto conviene a sus intereses, desmintiendo con sus hechos su nombre. No son menos graves los efectos que produce sobre el individuo. Sofoca en su corazón los sentimientos generosos y le llena de egoísmo: le quita las esperanzas de la vida futura: llena su alma de dudas angustiosas, sin poder explicar satisfactoriamente nada de lo que pasa en el mundo, el origen de las cosas, sus relaciones con sus semejantes y su último fin. El libre pensador, necesariamente, debe vivir intranquilo al considerar que sus ideas se hallan en contradicción con la generalidad de los hombres que no piensan como él.

Solo la religión es la que puede consolar a estos espíritus descreídos y áridos; y ellos mismos no pueden menos de reconocerlo y confesarlo.

Por otra parte, la religión misma combatida rudamente por los ataques de los filósofos descreidos, ha sacado de ellos grandes ventajas, porque los pueblos han abierto los ojos al considerar los abismos a donde el error los había conducido. Así como las antiguas herejías sirvieron para corregir los abusos, explicar los dogmas y restablecer la disciplina eclesiástica, de la misma manera los impíos, aunque contra su intención y voluntad, sirvieron para afirmar la religión por los mismos sacudimientos que parecía habían de trastornarla. Ante los atrevidos y obstinados ataques de los incrédulos, se multiplicaron los apologistas y defensores de la religión, y progresaron los estudios para deshacer los sofismas de aquellos y descubrir sus peligrosas tendencias. Por último, los mismos filósofos han dado testimonio contra sí mismos, no pudiendo menos de reconocer muchas verdades católicas, y tributar elogios a su moral. Estos testimonios de plumas enemigas son muy importantes, y se convierten en argumentos poderosos contra la incredulidad. Así lo hizo Merauld en su obra Los apologistas involuntarios; Bergier, El deísmo refutado por sí mismo; Hæninghaus, La reforma contra la reforma, y otros.{1}

Perujo.

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{1} Véase mi Manual del apologista, 5.ª parte, capítulo V.