Filosofía en español 
Filosofía en español


Universidad. “Universitas studiorum”

Centro docente donde se cursan todas las Facultades de Derecho; Medicina, Farmacia, Filosofía y Letras; Ciencias Exactas, Físicas y Naturales; o bien algunas de estas Facultades, y se confieren los grados correspondientes. El nombre de Universidad se dio algunas veces a las escuelas famosas de Atenas y Alejandría, pero por norma general su aplicación se estableció en la Edad Media; los datos son seguros acerca de las establecidas a partir del siglo XIII, pero los referentes a las anteriores son dudosos; por ejemplo, la de Oxford se supone fundada por el rey Alfredo; la de París, por Carlomagno, y la de Bolonia, por Teodosio II (año 433). Sabido es que en los siglos XI y XII se vio revivir los estudios, y así la medicina se cultivó en Salerno; las leyes, en Bolonia, y la teología, en París, La dialéctica recibió impulso en esta última capital por obra de Roscelino y Abelardo, lo cual produjo un eventual desplazamiento de los filósofos clásicos, sobre todo en Chartres; igualmente, el método dialéctico fue aplicado a las cuestiones teológicas y se desarrolló en la Escolástica. Así, no sólo se sometieron a discusión todas las cuestiones, sino que se constituyó una nueva base para la exposición de la doctrina, y la propia teología se sujetó a la forma sistemática que presenta la obra de santo Tomás, sobre todo en la Suma. Por otra parte, la influencia de Irnerio introdujo el estudio sistemático de todo el Corpus juris civilis, y diferenció el curso de leyes del de las artes liberales; Graciano, en su Decretum, aplicó el método escolástico a las leyes canónicas y aseguró para esta ciencia un lugar aparte de la teología.

Por la “auténtica” Habita dada en 1158, Federico I tomó bajo su protección a los escolares, de forma que pudieran defenderse por sí mismos ante los profesores o ante el Obispo, lo cual contribuyó al auge de la Universidad de Bolonia, a la par que sirvió de base a muchos privilegios concedidos después a esta y otras muchas escuelas. En París fueron tres las escuelas preeminentes; la de “San Víctor”, unida a la iglesia de canónigos regulares; la de “Sainte Geneviève du Mont”, dirigida primero por canónigos seculares y luego por regulares, y la de “Notre Dame”, escuela catedralicia. Algunos autores creen que estas tres escuelas reunidas formaron la Universidad; Denifle (Die Universitaten, 655 y sig.) opina que para el establecimiento de ésta sirvió de base solamente la última. El nombre de “Facultad” designó al principio una disciplina o rama de conocimientos, y fue empleada en este sentido por Honorio III en su carta a los escolares de París (1219); posteriormente se empleó para designar al grupo de profesores dedicados a la enseñanza de aquella materia. A la organización en Facultades dieron pie en primer lugar las cuestiones que se suscitaron en 1213 acerca de la concesión de grados, y fue reconocida por Gregorio IX en la Bula Parens scientiarum (1231). Los escolares se dividieron lógicamente en diferentes grupos por nacionalidades, lo cual dio lugar a la formación de “naciones”; las cuatro naciones de París estuvieron formadas por franceses, picardos, normandos e ingleses, Las naciones, por lo tanto, no constituyeron la Universidad ni fueron idénticas a las Facultades; los maestros en artes fueron incluidos en las naciones y al mismo tiempo pertenecieron a la Facultad de Artes, debido a que el curso de esta clase era sencillamente una preparación para estudios superiores en otra Facultad; por esta razón, los maestros de artes pertenecían a una Facultad “inferior” y se les consideraba como escolares; los profesores de las Facultades superiores no pertenecían a las naciones.

Cada nación elegía entre sus miembros un maestro de artes en calidad de “proctor” o procurador, y cuatro procuradores elegían al rector (el director de las naciones, pero al principio, no el de la Universidad); no obstante, como la Facultad de artes estuvo estrechamente unida a las naciones, el rector se convirtió gradualmente en el director o jefe oficial de aquella Facultad y fue reconocido como tal en 1274. La autoridad del rector se extendió después a las Facultades de Leyes y Medicina (1279) y finalmente (1341) a la de Teología; poco más tarde, el rector pasó a ser el jefe de la Universidad. El cargo de rector no traía aparejados grandes poderes, ya que desde el principio la autoridad máxima fue ejercida por el canciller, como representante del Papa; esta su autoridad por razones de conflicto con la Universidad, fue reducida algunas veces durante el siglo XIII, pero, así y todo, el canciller conservó poder suficiente como para hacer sombra al rector. Antes de que la Universidad tuviera existencia legal, el canciller confería la licencia para enseñar, y esta función continuó a través de todo el proceso de organización, después del establecimiento de las Facultades. En 1219, el papa Honorio III dio al archidiácono de Bolonia autoridad exclusiva para conferir el doctorado, con lo cual creó un cargo equivalente al de canciller de París. El auge de Oxford semejante al de París; a mediados del siglo XII mi hubo allí escolares tan competentes como Roberto Pulleyn autor de las Sentencias y Vacario, el eminente jurista lombardo; ambos fueron también profesores. El canciller, al principio, ostentó un cargo oficial independiente, siendo nombrado por el obispo de Lincoln para actuar como juez eclesiástico en asuntos escolásticos; paulatinamente fue absorbido por la Universidad hasta convertirse en el de su dirección.

El acrecentamiento de los dos grandes centros docentes de París y Bolonia explica el término studium generale con que fue designada al principio la Universidad. En la Edad Media se empleó el vocablo Universitas, con el cual se quiso designar una Asociación considerada en su totalidad, como entidad corporativa, y tomó su acepción del Corpus juris civilis; el término Universitas, tomado con referencia a las escuelas, no significó una reunión de todas las ciencias, sino más bien el grupo de personas que lo integraban, es decir, el cuerpo de profesores y alumnos; así Alejandro IV, en el Breve de 1255, dijo ser la Universidad el “conjunto de maestros y escolares residentes en París, cualquiera que fuese la Sociedad o Congregación a que pertenecieran”. Paulatinamente, los términos Universitas y Studium vinieron a mezclarse para designar un centro docente, y así Oxford fue conocido con el nombre de “Universitas Oxoniensis” y de “Studium Oxoniense”; hacia el 1300 se hizo uso de la expresión “mater universitas” para Oxford, tomada de un documento de Inocencio IV (1254), en el que este Papa habla de Oxford y la titula “fecunda mater”; posteriormente el título de “alma mater” fue dado a París (1389), Colonia (1392) y Oxford (1411).

Al principio las Universidades no poseyeron edificio propio, por lo cual, cuando estudiantes y profesores no hallaban adecuado un lugar se trasladaban a otro; el hecho fue causa de frecuentes disgustos con las ciudades, sobre todo cuando alguna de ellas rivalizaba ofreciendo ventajas superiores a las de otras. De esta forma se efectuaron los cambios de Bolonia a Vicenza (1204), Arezzo (1213) y Padua (1222); la “gran dispersión” de París (1229), y la migración de Oxford a Cambridge (1209). A las Universidades de Bolonia y París les fueron concedidos numerosos privilegios, lo cual hizo que sobre todo la última fuera tomada como modelo por otras muchas europeas.

La contribución de las Universidades a la cultura y al progreso fue extraordinaria, por lo cual los príncipes y legisladores civiles trataron de arrogarse las prerrogativas de su erección; en el siglo XIII prevaleció el punto de vista de que la fundación de las Universidades correspondía al Papa, y hasta el siglo XVI los monarcas buscaron en esta cuestión una forma de emancipación. Hasta la falsa Reforma se habían fundado 81 Universidades, 13 de las cuales se desenvolvían “ex consuetudine”; 33 estaban en posesión de carta pontificia; 15 habían sido erigidas por potestad imperial o real, y 20 disponían de carta pontificia y real al mismo tiempo. En las Siete Partidas (1256-1263), el rey Alfonso el Sabio declaró que un “studium generale” debía ser establecido por el Papa, el emperador o el rey; santo Tomás, por su parte, afirmó que la erección de Universidades pertenecía al legislador del reino, y especialmente a la Santa Sede (Op. contra impugn. relig. c. III), interesando que la enseñanza y los grados conferidos fueran reconocidos en todo el orbe cristiano. Corno en el orden civil los emperadores eran soberanos, pudieron conferir cartas y conceder la facultad de emitir grados en todas las Facultades, pero las cartas imperiales debían ser reconocidas y confirmadas por los Papas, y en algunos casos éstos adicionaron privilegios. Así, no puede decirse que la fundación de la Universidad de Wittenberg por Maximiliano I fuese un acontecimiento que hizo época (1502), ya que Carlos IV había hecho antes lo mismo en Siena, Arezzo y Orange, y las cartas de fundación de las Universidades de Pavía y Lucca precedieron en veinte años a las concesiones papales.

Los reyes no se encontraron en el mismo plano que el emperador; podían establecer una Universidad, nombrar el canciller y autorizarle para conceder grados, pero no podían fundar un “studium generale” en el amplio sentido de la palabra; la Universidad lo era “respectu regni”, es decir, que la validez de los grados se restringía a los límites del país; para adquirir el reconocimiento universal era necesaria la disposición pontificia. Esta fue la situación de muchas Universidades y especialmente la de las de Castilla y de la Confederación catalanoaragonesa; así el papa Honorio III reconoció la de Palencia (1220), Cemente VII la de Perpiñán (1379) y Pío II la de Huesca (1463). Asimismo, el poder de los obispos y Municipios era restringido, ya que si podían nombrar profesores, establecer cursos de estudio y proveer dotaciones, se veían obligados a pedir autorización al Papa.

Algunos han opinado que la fundación de Universidades por los poderes civiles y su organización por laicos con miras a estudiantes también laicos fue un síntoma del antagonismo hacia la Santa Sede o un intento de emancipación para con la autoridad de la Iglesia. Por el contrario, existió siempre un espíritu de cooperación o de emulación hacia una meta común, lo que no hubiera sido posible sin la unidad de fe y jurisdicción jerárquica que mantenía a Occidente unido a la Iglesia; si esta unidad hubiera incluido a toda la cristiandad, es indudable que Oriente habría participado en el movimiento universitario. En cualquier caso, es significativo que ni Rusia ni los demás países adheridos al cisma griego establecieran ninguna Universidad en la Edad Media.

Aparte la concesión de cartas, los Papas contribuyeron de otras formas a la prosperidad de las Universidades. Así, los clérigos que poseían beneficios fueron dispensados de la obligación de residencia, si ello era para atender a un “studium generale”; los estudiantes, ya clericales, ya laicos, gozaron de algunas exenciones, como las de impuestos, servicio militar, jurisdicción de Tribunales ordinarios y citación ante Tribunales distantes de París (“privilegium fori”). La salvaguardia de estos privilegios pertenecía al conservador apostólico, generalmente un obispo o arzobispo nombrado por el Papa. Igualmente, por la Bula Parens scientiarum (1231), la carta magna de la Universidad de París, el papa Gregorio IX concedió determinados privilegios; en algunas ocasiones, los Sumos Pontífices intervinieron para resolver los conflictos internos universitarios, y en otros casos lo hicieron para asegurar el pago de los salarios a los profesores.

Al principio, las lecciones se dieron durante todo el año, con ligeras vacaciones en Navidad, Pascua y Pentecostés, y más largas en verano. En París, las vacaciones se limitaron a un mes por orden de Gregorio IX (1261), pero a finales del siglo XIV se habían extendido, para la Facultad de Artes, desde el 25 de junio al 25 de agosto, y para la de Teología y Derecho canónico, desde el 28 de junio al 15 de septiembre; el año escolar empezaba realmente el 1 de octubre. En Alemania existieron mayores diferencias, ya que en general el año escolar empezaba a mediados de octubre y concluía a fines de junio. No obstante, las vacaciones no significaban la cesación absoluta de la labor académica; los bachilleres daban lecturas extraordinarias y se concedían créditos a los estudiantes que asistían a ellas. Tanto el calendario anual como la cédula diaria distinguieron entre lecturas ordinarias y extraordinarias; la distinción se originó en Bolonia, donde el Digestum Vetus y el Codex se clasificaron como ordinarios, y el Infortiatum, el Digestum novum y otros textos menores, como extraordinarios. En cuanto al Derecho canónico los libros ordinarios fueron el Decretum y los cinco libros de Decretales de Gregorio IX; los extraordinarios fueron las Clementinas y las Extravagantes. Las lecciones ordinarias las tenían los doctores, en las horas de la mañana, y las extraordinarias los maestros o bachilleres, en las de la tarde. Durante las vacaciones, las lecciones extraordinarias podían darse a cualquier hora, ya que las ordinarias estaban suspendidas. En todas las Facultades, la labor docente se basaba en textos, compilaciones o glosas considerados como la principal autoridad en la materia. La lección, en sentido estricto, era una “praelectio”; el profesor leía el texto, y en las clases ordinarias no estaba permitido dictar nada que fuese más allá de las divisiones y conclusiones; los escolares debían poseer copias del texto, y en caso de que los medios económicos no se lo permitiesen, el profesor podía dictar el texto a los que se encontrasen en estas condiciones, pero no en la clase general, sino en clases especiales (“repetitiones”).

El plan de la clase era analítico: se atendía cuidadosamente a la explicación y definición de los términos, a la división de materias y discusión de los diversos puntos, seguidos por un sumario de lo esencial; a la presentación del problema sugerido por el texto y a la solución de las objeciones. En las lecciones de leyes, las glosas constituyeron un aspecto importante; no estaba permitido exponer cuestiones en las clases ordinarias, pero sí en las extraordinarias, en las que incluso se animaba a los escolares a exponer sus dudas y a solicitar información sobre puntos obscuros. Entre todos los ejercicios académicos, el más importante fue la “disputatio”; ésta se dividía en dos clases, la ordinaria y la de quolibet. La ordinaria se celebraba semanalmente y duraba desde la mañana hasta el mediodía o hasta la tarde, según el número de participantes; en el día dedicado a alguna de ellas, se suspendían las demás clases y ejercicios, de forma que podían intervenir en ella maestros, bachilleres y alumnos. Uno de los maestros anunciaba en forma de cuestión o tesis la materia puesta a debate; otros maestros presentaban luego argumentos en contra, y las respuestas a estos argumentos eran formuladas por dos o tres bachilleres nombrados al efecto. El número de argumentos se regulaba de conformidad con un estatuto o era fijado por el decano de la Facultad, que presidía; durante la disputa se empleaba la forma silogística.

La disputa de quodlibeta se tenía una vez al año, con más solemnidad que la ordinaria; el maestro designado al efecto ponía a debate separadamente la cuestión con otros maestros; la discusión duraba varios días, y tanto los argumentos como las soluciones se conservaban por escrito. Un espécimen de esta clase puede hallarse en los Quolibetos de santo Tomás. De estas disputas puede decirse que salieron las grandes obras de la Edad Media; de suerte que los distintos comentarios, Sumas y libros de sentencias dan la mejor idea de la enseñanza universitaria en aquellas épocas.

La Universidad confería generalmente tres grados: el de bachiller, el de licenciado y el de doctor; los requisitos para obtenerlos variaron con las épocas y las Universidades, y cada Facultad, además, poseía sus reglamentos propios. En la Facultad de Teología, los textos empleados fueron la Biblia y las Sentencias de Pedro Lombardo; en la Facultad de Leyes, los libros mencionados anteriormente; en la de Medicina, las obras de Galeno, Avicena y otros autores prescritos para Montpeller en 1309 por el papa Clemente V. Para graduarse en esta última disciplina era preciso acompañar al profesor en sus visitas a los enfermos, al objeto de perfeccionar el estudio clínico. En cuanto a la edad de admisión, las diferencias eran considerables; un muchacho podía matricularse en artes entre los doce y quince años y graduarse a los veinte o veintiuno; los estudiantes de las Facultades superiores eran desde luego hombres de más edad. Los candidatos al doctorado de teología en París debían tener alrededor de los treinta años, y fue muy corriente que sacerdotes que ya llevaban algunos años de profesión se matriculasen luego en la Universidad; un abad, un preboste o un obispo podían convertirse en estudiantes sin menoscabo de su dignidad.

El uso frecuente del vocablo “clericus” para designar a un estudiante universitario, no quería decir necesariamente que todos los estudiantes fueran eclesiásticos; antes de la creación de las Universidades, los clérigos gozaban de ciertos privilegios e inmunidades, que después se extendieron a toda clase de estudiantes. El laico llevaba el vestido eclesiástico, no sólo como vestido académico, sino para dar fe de que gozaba de los privilegios clericales. En París y en Oxford, donde predominaba el elemento clerical, el disfrute de estos privilegios no dependía de la recepción de la tonsura. El celibato, no obstante, era obligatorio para los escolares y para los maestros; si alguno de estos últimos contraía matrimonio, perdía su posición. En cuanto a los alumnos, aunque se mencionan algunos casados, estaban descalificados para graduarse. De todas formas, el celibato no era obligatorio de forma universal; en Salerno hubo profesores de Medicina que estaban casados, y en la Universidad de la Curia romana, que se hallaba bajo la inspección directa del Papa, los maestros de Leyes tenían esposa e hijos. Uno de los canonistas famosos de Bolonia fue Juan Andrés (1270-1348), cuya hija Novella enseñó algunas veces en su puesto. En París, el celibato para los maestros de Medicina fue abolido en 1452 por el Cardenal Estouteville, y para los de Leyes en 1600. En algunas Universidades alemanas la obligación del celibato se mantuvo en vigor durante mucho tiempo, debido a que muchas cátedras estaban dotadas con las rentas de canonjías.

Las Órdenes religiosas constituyeron un elemento importante en el cuerpo estudiantil universitario y en la vida entera de la Universidad. Los Dominicos se establecieron en París en 1217, y en Oxford en 1221; los Franciscanos lo hicieron en París en 1230 y en Oxford en 1224; en las dos Universidades, los Carmelitas y los Agustinos tuvieron también sus conventos. Para los estudiantes pobres se establecieron colegios dotados por fundadores generosos; éstos fueron casi siempre obispos, canónigos u otra clase de eclesiásticos, aunque también contribuyeron los laicos, inclusive los soberanos. En Bolonia, el colegio más famoso fue el fundado por Egidio (Gil) Albornoz, cardenal arzobispo de Toledo (m. en 1367). La importancia de estos colegios fue cada vez en aumento, ya que en ellos los maestros repetían las enseñanzas dadas en la Universidad; a mediados del siglo XVI casi la totalidad de la vida universitaria residía en los colegios, así, la Sorbona, que al principio fue un hospicio para clérigos pobres, se convirtió en el centro de la enseñanza teológica de París.

El desarrollo de las Universidades se vio afectado por distintas agitaciones. París, desde 1232 a 1261, y Oxford, desde 1303 a 1320, se vieron envueltos en la cuestión de los frailes mendicantes. La Bula de Bonifacio IX de 1395, exceptuó a la Universidad de la jurisdicción episcopal y archiepiscopal, pero la oposición del arzobispo de Oxford hizo que Juan XXIII revocase la orden en 1411; finalmente, el papa Sixto IV renovó la Bula en 1479. El conflicto entre nominalismo y realismo fue en sí mismo una discordia escolástica; pero se halló allí estrechamente unido a la falsa “reforma” inaugurada por Wicklef, y es interesante hacer notar, entre los errores suyos que fueron condenados en Constanza (1415) y por el papa Martín V (1418), la proposición de que “las Universidades, con sus estudios, colegios, graduaciones y profesorado, fueron introducidas por un vano paganismo, y hacen tanto bien a la Iglesia como el propio diablo” (Denzinger-Bannwart, Enchiridion, n. 609).

El Renacimiento produjo un efecto revolucionario en las Universidades alemanas; los humanistas ridiculizaron el latín bárbaro de la Universidad y las deficientes traducciones de Aristóteles empleadas en comentarios y lecciones; posteriormente atacaron el método escolástico de enseñanza y trataron de substituir la retórica por la dialéctica. Las Epistolae obscurorum vivorum fueron escritas contra los profesores de artes y teología, especialmente contra los de Leipzig y Colonia; los mejores días del escolasticismo habían pasado, y las Universidades no contaban ya con directores de pensamiento como los del siglo XIII; así, los estudios y la disciplina comenzaron a declinar. El humanismo triunfó en primer lugar porque, como reacción y novedad, hizo un llamamiento a los jóvenes que deseaban liberarse de la aridez de los ejercicios escolásticos y de las restricciones impuestas por los estatutos colegiales. Llegó así la reforma universitaria, que situó a los humanistas en los puestos directivos; pero antes de que se posesionasen de ellos, los humanistas habían ganado a las clases más importantes del pueblo, favoreciendo, bajo formas literarias, el espíritu de lujo engendrado con el crecimiento y la riqueza de las ciudades. Indudablemente, resultaba  seductora la dicción elegante de los humanistas,  pero su mayor fuerza de atracción residía en la rehabilitación de los ideales de vida de que fue expresión el naturalismo del mundo pagano. Aristóteles, triunfante en el siglo XIII, fue vencido en el XV por los oradores y los poetas. El RENACIMIENTO, originado en Italia, se extendió pronto, entre otros países, a las comarcas del Norte, pero no fue contra la Iglesia; los Papas lo favorecieron, y muchos humanistas distinguidos permanecieron leales al catolicismo. Por el contrario, en Alemania e Inglaterra el Renacimiento se mezcló con otro movimiento de peores consecuencias. Lutero, aunque no simpatizó con el HUMANISMO (V.), se inclinó a desterrar la teología escolástica, para volver, según su opinión, a una enseñanza pura del Evangelio.

Las violentas discusiones teológicas suscitadas por la doctrina de la falsa Reforma fueron de efectos desastrosos, no sólo para el Humanismo, sino para la vida de las Universidades; algunas de éstas cerraron sus puertas. Melanchthon declaró que la filosofía era el culto de los ídolos, y que el único conocimiento para un cristiano residía en la Biblia; no obstante, los propios reformadores no tardaron en ver que su causa no prosperaría sin una educación superior, y fue el propio Melanchthon quien reformó las Universidades existentes y organizó las nuevas, como las de Marburgo; Königsberg y Helmstedt; la dotación correspondiente fue tomada principalmente de las rentas de los monasterios confiscados y de otras propiedades eclesiásticas. La filosofía clásica y la nueva teología ocuparon el lugar del escolasticismo, y las Universidades se convirtieron en instituciones estatales bajo la intervención de los príncipes seculares. El resultado fue que los centros docentes perdieron en gran parte su carácter internacional, y al “studium generale” de la Edad Media sucedieron multitud de instituciones, limitada cada una a su propio territorio; la decadencia de la Universidad fue entonces notoria. En Inglaterra se desató un espíritu de iconoclasia; altares, imágenes y estatuas fueron sacados de las capillas colegiales, muchos valiosos manuscritos fueron quemados, y el Código de Isabel permaneció en vigor durante casi tres siglos. En París, son característicos de este período los disturbios entre  la Universidad y los Jesuitas, los ataques del galicanismo y del jansenismo y la substitución de la supremacía papal por el poder real. Ya en 1475, Carlos VII había puesto a la Universidad bajo la jurisdicción del Parlamento, y a fines del siglo XVI la secularización fue ya completa. Richelieu, al reconstruir la Sorbona, y Mazarino, al fundar el Colegio de las Cuatro Naciones, lograron dar a la Universidad su antiguo esplendor, pero no llegaron a dotarla de vigor suficiente para oponerse al nuevo movimiento filosófico que culminó en la obra de los enciclopedistas y la Revolución. En 1793 la Universidad fue suprimida y con ella todas las instituciones de Francia. Napoleón I reorganizó luego las Universidades, convirtiéndolas en Facultades sujetas a la Universidad de París, disposición que continuó hasta 1896, en que las Facultades fueron restituidas a la categoría de Universidades.

El siglo XVIII trajo para Alemania cambios decisivos, que algunos autores han considerado como origen de la Universidad moderna. Desde Halle (fundada en 1694), la filosofía racionalista cristiana de Wolf se extendió a todas las Universidades protestantes, y desde Gottinga (1737) se difundió el humanismo moderno, sobre todo el estudio del griego. La libertad de investigación fue la característica de la Universidad, y la lección o explicación sistemática substituyó a la exposición de los textos; los ejercicios de seminario suplantaron a la disputa, y el alemán fue empleado como vehículo de instrucción en lugar del latín. La fundación de la Universidad de Berlín, en 1800, constituyó otro paso en el camino de la cultura científica libre, y la filosofía se convirtió en la materia preferente de estudio; en las ciencias naturales se consideró indispensable la práctica de laboratorio, y la investigación especializada substituyó a la acumulación de conocimientos. Al profesorado se añadió la categoría de los “Privatdozenten”, es decir, de profesores que tenían el privilegio de enseñar, pero desprovistos de derechos y de deberes oficiales. En Inglaterra y Escocia, el siglo XIX trajo asimismo numerosos cambios; los textos religiosos fueron abolidos y muchos de los juramentos tradicionales desaparecieron. El monopolio de la educación superior ostentado por Oxford y Cambridge quedó sin efecto al ser creadas otras Universidades, y las mujeres fueron admitidas a la obtención de grados. En los Estados Unidos, las Universidades más antiguas tomaron por modelo a las de Inglaterra; luego los estudiantes que marcharon a Alemania, introdujeron mucho del estilo germánico en su país. El movimiento coeducativo empezó en las Universidades del Oeste, desde donde se extendió después a todos los ámbitos del país.

Las Universidades de Francia, Italia y España, aunque afectadas en alguna extensión por la falsa Reforma, permanecieron leales a la fe católica y conservaron sus cátedras de ciencia eclesiástica. Lovaina, especialmente, sin dejar de llevar a un alto grado sus estudios humanísticos, resistió los ataques del protestantismo. El Concilio de Trento ordenó lo que debía hacerse en el estudio de las Escrituras, los beneficios de que gozarían los clérigos que estudiasen en las Universidades, y la preferencia que debía concederse a los profesores y graduados universitarios para ser elegidos obispos o para otras dignidades. A pesar de la pérdida de las rentas ocasionada por la confiscación de propiedades eclesiásticas, se establecieron Universidades católicas en Dillingen (1549), Wurzburgo (1575), Paderborn (1613), Salzburgo (1623), Osnabruck (1630), Bamberg (1648), Olmutz (1581), Graz (1586), Linz (1636), Innsbruck (1672), Breslau (1702), Fulda (1732) y Múnster (1771). En el mismo período se fundaron las Universidades francesas de Douai (1559), Lila (1560), Pont-á-Mousson (posteriormente Nancy, 1572) y Dijon (1722), las italianas de Macerata (1540), Cagliari (1603) y Camerino; las españolas de Granada (1526) y Oviedo (1574), la de Manila, en las Filipinas (1611) y las que se erigieron en Sudamérica. La mayor parte de estas nuevas Universidades fueron confiadas a los Jesuitas, cuyos colegios rivalizaron con las Universidades en cuanto a estudios clásicos y las superaron en materia de disciplina, Después de la supresión de la Compañía (1773), las cátedras que habían desempeñado los Jesuitas fueron abolidas o traspasadas a profesores seculares. Entre los documentos pontificios relacionados con las Universidades merecen citarse la Constitución Imperscrutabilis (1730), dirigida por Cemente XII a Felipe V de España, concerniente a la Universidad de Cervera. La Quod divina sapientia (1824), publicada por León XII acerca de la reforma de los estudios universitarios en los Estados Pontificios y en algunas provincias italianas: el Breve de Gregorio XVI (1833), que aprobó la conducta de los obispos belgas al restaurar la Universidad de Lovaina, y las Letras Apostólicas de Pío IX (1852) por las que se aprobaban los estatutos de la Universidad de Dublín. En la segunda mitad del siglo XIX, las Universidades españolas e italianas fueron incorporadas al Estado, y las Facultades de Teología desaparecieron. En Francia no existen, a la sazón, Facultades de Teología en las Universidades; las Facultades católicas de París, Burdeos, Aix, Ruán y Lyón fueron abolidas en 1882; las Facultades protestantes de París y Montauban se convirtieron en escuelas libres de teología en 1905; no obstante, los obispos franceses pudieron establecer Universidades católicas independientes en Angers, Lila, Lyón, París y Tolosa del Languedoc en 1875. En Alemania, aunque todas las Universidades son instituciones estatales, existen Facultades de Teología católica en Bonn, Breslau, Friburgo, Munich, Múnster, Tubinga y Wurzburgo.

Disposiciones canónicas concernientes hoy a las Universidades en general, figuran en el C. I. C. can. 2332 para las que apelan, &c.; y se refieren de modo expreso a las Universidades católicas en diversos puntos los cánones que a continuación se mencionan: en lo atinente a quién las erige, c. 1376 § I; estatutos, c. 1376 § 2; cuándo se ha de procurar su erección, c. 1379 §§ 2,3; clérigos que han de enviarse a ellas, c. 1380; profesión de fe del Rector y de los profesores, c. 1406 § I n. 8; quiénes están excluidos de enseñar en ellas, c. 642 § I n. 2, § 2.

No puede fundarse una Universidad católica completa, en la que se incluyan las Facultades de Teología y Derecho canónico, sin la autorización del Papa, la cual es además suficiente si la fundación se ha efectuado con fondos eclesiásticos o dotación particular; si se emplean fondos públicos, hay que solicitar autorización del poder civil. La Iglesia, asimismo, reconoce el derecho del Estado, de las corporaciones o de los individuos sujetos a intervención estatal, a establecer Facultades puramente seculares, como las de Leyes o Medicina (Clemente XII, Constitución Imperscrutabilis, 1730). La Iglesia exige que en las Universidades fundadas por el poder civil para los católicos, las Facultades de Teología y Derecho canónico se sujeten a la autoridad eclesiástica suprema y que los profesores de las restantes Facultades sean católicos y su enseñanza esté de acuerdo con la doctrina católica y los principios morales. Según resulta de las disposiciones pontificias actuales, la Universidad goza de autonomía en el nombramiento de profesores, en la regulación de estudios y en la concesión de grados, de acuerdo con los estatutos. Según la Constitución Sapienti Consilio (1908), a la Congregación de Estudios corresponden todas las cuestiones relacionadas con el establecimiento de las nuevas Universidades católicas y los cambios de efectuar en las ya establecidas. Los grados conferidos en teología y Derecho canónico sin examen de la Santa Sede por medio de la Congregación de Estudios, confieren al recipiendario los mismos derechos y privilegios que los grados conferidos después de examen por una Universidad católica (Cong. Stud., 1903; Roviano, De jure ecclesiae in universitatibus studiorum, 1864; Wernz, Ius decretalium, 1901). Las Universidades y Facultades eclesiásticas se rigen por la Constitución Apostólica de Pío XI “Deus scientarum Dominus” de 1931 y las Ordenaciones correspondientes de la Sagrada Congregación de Estudios.

El Concordato de fecha 27, VIII, 1953, entre la Santa Sede y España, establece textualmente, con referencia a cursos en las Universidades, en el Artículo XXVIII:

“I. Las Universidades del Estado, de acuerdo con la competente autoridad eclesiástica, podrán organizar cursos sistemáticos, especialmente de filosofía escolástica, sagrada teología y Derecho canónico, con programa y libros de texto aprobados por la misma autoridad eclesiástica.

“Podrán enseñar en estos cursos profesores sacerdotes, religiosos o seglares, que posean grados académicos mayores otorgados por una Universidad eclesiástica, o títulos equivalentes obtenidos en su propia Orden si se trata de religiosos y que estén en posesión del “nihil obstat” del ordinario diocesano.

“2. Las autoridades eclesiásticas permitirán que en algunas de las Universidades dependientes de ellas se matriculen los estudiantes seglares en las Facultades superiores de Sagrada Teología, Filosofía, Derecho canónico, Historia Eclesiástica, etcétera, asistan a sus cursos –salvo a aquellos que por su índole estén reservados exclusivamente a los estudiantes eclesiásticos– y en ellas alcancen los respectivos títulos académicos.”

Las Universidades católicas son actualmente las siguientes:

a) En Roma:

Pontificia Universidad Gregoriana. Tuvo su origen en el Colegio Romano fundado por san Ignacio de Loyola y por san Francisco de Borja, y constituido con todos los derechos de Universidad de Estudios por el papa Julio III en 1552. Su dirección fue confiada a la Compañía de Jesús. Gregorio XIII, en 1582, la enriqueció con dotaciones y edificios, y así llevó el nombre de Gregoriana. Le han sido asociados, a partir de 1928, por Motu Propio de 30 de septiembre, el “Pontificio Instituto Bíblico” y el “Pontificio Instituto de Estudios Orientales”. En 1932 erigió la Facultad de Historia eclesiástica y de Misiología.

b) Fuera de Roma:

Angers (Francia). Université Catholique de l'Ouest; erigida canónicamente en 14 de agosto de 1877.

Beyrouth (Líbano). Université Saint-Joseph de Beyrouth; en 25 de marzo de 1881.

Bogotá (Colombia). Universidad Javeriana; en 31 de julio de 1937.

Lila (Francia). Université Catholique de Lille; en 16 de diciembre de 1876.

Lima (Perú). Universidad Católica del Perú; en 30 de septiembre de 1942.

Lyón (Francia). Facultés Catholiques de Lyón; en 16 de abril de 1886.

Lovaina (Bélgica). Université Catholique de Louvain; en 9 de diciembre de 1425.

Lublin (Polonia). Katolicki Uniwrsytet Lubelski; en 25 de julio de 1920.

Manila (Islas Filipinas). University of Santo Tomás; en 20 de noviembre de 1645.

Maynooth (Irlanda). St. Patricks College, en 29 de marzo de 1896.

Medellín (Colombia). Pontificia Universidad  Católica Bolivariana; en 16 de agosto de 1945.

Milán (Italia). Università Cattolica del Sacro Cuore; en 25 de diciembre de 1920.

Montreal (Canadá). Université de Montréal; en 30 de octubre de 1927.

Nimega (Holanda). Roomsch Katholicke Universiteit; en 29 de junio de 1923.

Ottawa (Canadá). Université d’Ottawa; en 5 de febrero de 1889.

París (Francia). Institut Catholique de París; en 19 de junio de 1911.

Porto Alegre (Brasil). Pontificia Universidade Católica do Rio Grando do Sul; en 1 de noviembre de 1950.

Québec (Canadá). Université Laval; en 15 de marzo de 1876.

Río de Janeiro (Brasil). Pontificia Universidade Católica do Rio de Janeiro; en 20 de enero de 1947.

Saô Paulo (Brasil). Pontificia Universidade Católica de Sâo Paulo; en 25 de enero de 1947.

Santiago (Chile). Universidad Católica de Chile; en 11 de febrero de 1930.

Tolosa del Languedoc (Francia). Institut Catholique de Toulouse; en 28 de diciembre de 1889.

Washington (Estados Unidos de Norteamérica). Catholic University of America; en 7 de marzo de 1889.

Comillas (España). Universidad Pontificia de Comillas; en 29 de marzo de 1904 (clasificada con el precedente título bajo el epígrafe de “Ateneos de Estudios Eclesiásticos”).

Salamanca (España). Universidad Pontificia de Salamanca: en 25 de septiembre de 1940 (clasificada con el precedente título bajo el epígrafe de “Ateneos de Estudios Eclesiásticos”).

En algunos países, Italia y de la América del Norte sobre todo, son de notar Facultades aisladas de Estudios Eclesiásticos, de mayor o menor importancia. Por orden de antigüedad de su fecha de erección canónica, son, hasta la fecha, las siguientes:

1. En Baltimore, Estados Unidos de la América del Norte: “Facultad Teológica de la Universidad de Santa María” (St. Mary's University), Erección canónica en 1 de mayo de 1822.

2. En Nápoles, Italia. “Facultad Teológica de San Luis”. Adjunta al Seminario Pontificio Campano. Erección canónica en 16 de marzo de 1918.

3. En Cuglieri, Italia. “Pontificia Facultad Teológica del Sagrado Corazón de Jesús”. Adjunta al Seminario Pontificio Regional. Erección canónica, el 5 de julio de 1927.

4. En Chicago (Mundelein), Estados Unidos de América del Norte. “Facultad Teológica del Seminario Arzobispal de Santa María del Lago” (“St. Mary of the Lake”). Erección canónica en 30 de septiembre de 1929.

5. En Venegono Italia. “Facultad Teológica”. Adjunta al Seminario Mayor Arzobispal de Milán. Erección canónica, en 8 de agosto de 1933.

6. En Milán, Italia. “Instituto Pontificio Ambrosiano de Música Sacra”. Erigido canónicamente el 12 de marzo de 1940.

7. En Nápoles, Italia. “Facultad Teológica para la Archidiócesis Napolitana”. Adjunta al Seminario Mayor Arzobispal. Erección canónica, el 31 de octubre de 1941.

8. En Toronto, Canadá. “Instituto de Estudios Medievales”. Erigido el 18 de octubre de 1943.

9. En Buenos Aires, República Argentina. “Facultad Teológica de la Inmaculada Concepción”. Adjunta al Seminario Pontificio Metropolitano. Fecha de erección canónica, 9 de diciembre de 1944.

Asimismo son de notar bajo el título de Facultades las siguientes:

Facultad Teológica del Colegio Internacional de los Carmelitas Descalzos. Esta Facultad Teológica, exclusiva para alumnos de la expresada Orden, fue erigida por decreto de la S. Congregación de Seminarios y de las Universidades de los Estudios, en fecha 16 de julio de 1935. Al frente de este organismo se halla el Prepósito general de los Carmelitas Descalzos, como Gran Canciller, aparte un Presidente y un Secretario.

Facultad Teológica de los Frailes Menores Conventuales. La Facultad Teológica de los Frailes Menores Conventuales es una continuidad histórica de las tradiciones científicas de los antiguos Estudios Generales (universitarios) que florecieron en la Orden a partir de la primera mitad del siglo XIII y, especialmente, del Colegio Pontificio de San Buenaventura, fundado por Sixto V en el convento de los Doce Apóstoles, en Roma, por la Bula Ineffabilis divinae Providentiae (18 diciembre 1587). Suprimido este último en 1873, se erigió por Prescripto del 24 de enero de 1905, de la Sagrada Congregación de los Obispos y Regulares, la actual “Facultad Teológica” en el Colegio Seráfico Internacional. La Sagrada Congregación de los Seminarios y de la Universidad de los Estudios, al aprobar por Decreto de 13 de junio de 1935 los estatutos de dicha Facultad conforme a la Constitución Apostólica Deus Scientiarum Dominus, vino a confirmarla con el título de “Pontificia Facultas Theologica Fratrum Minorum Conventualium in Urbe".

Facultad del Magisterio para las Religiosas. Esta Facultad, reservada a las Religiosas, confiere la Licenciatura civil en Materias Literarias, Pedagogía, Lenguas Extranjeras y el Diploma de Inspección en las Escuelas elementales. Organismos:

1) Castelnuovo Fogliani (Plasencia). Instituto Apostólico del Sagrado Corazón. (Sección de la Facultad del Magisterio de la Universidad Católica del Sagrado Corazón en Milán.)

2) Roma. Instituto Universitario de la Asunción de la Santísima Virgen, para Magisterio Femenino.

V. asimismo INSTITUTOS PONTIFICIOS.