Filosofía en español 
Filosofía en español


José Sebastián Coll

Homeopatía
Ventajas de la medicina homeopática, casos prácticos y reflexiones en su apoyo
por D. José Sebastián Coll, médico en la ciudad de Toro

Cerca de medio siglo hace ya que esta doctrina se halla difundida por la Europa, de donde se ha propagado a las otras tres partes del globo, y cerca de medio siglo hace también que a su primer anuncio es rechazada de cualquiera país, donde sin embargo, después de haber tenido que conquistar palmo a palmo, a puras penas y a costa de beneficios, el terreno en que sembrar otros nuevos, concluye por ser abrazada, aplaudida y defendida con empeño por los mismos que antes la miraban con tanta aversión.

En nuestra España se está hoy representando el primer acto de este mismo drama, que deberá tener igual desenlace que en las demás naciones; porque la verdad, siendo eterna como la divinidad misma de quien emana, tarde o temprano tiene que levantarse sobre el error. Mas para anticipar tan plausible desenlace, bueno sería que las corporaciones científicas de nuestra nación pronunciasen su voto acerca de una doctrina a quien la más necia y sostenida oposición solo ha servido de hacerla más compacta y más extensa.

Cese pues un silencio que, incapaz de persuadir a nadie que la Homeopatía ni aun los honores de la crítica merece, debe necesariamente refluir en descrédito de los que la usan, por ser poco cortés y porque envuelve la sospecha de que los que tanto enmudecen en cuestiones que les pertenecen y tan importantes son, o desconfían del poder de las razones que tienen para defender su opinión, o que aún no la tienen formada por indolencia o pereza de seguir a la ciencia en sus progresos.

Mientras las corporaciones dichas meditan su fallo (que quizá si nos lo hacen esperar será por no precipitarlo, y corresponder a su sensatez en materia de tanto peso) nada perdería la ciencia de curar en que entre los que la cultivan se abriese una polémica que armada siempre de la crítica más justa e ilustrada con el conocimiento de la cuestión que se ha de ventilar, no podría menos de aumentar la suma de nuestros conocimientos útiles, y por consiguiente la de las garantías que debemos a la sociedad. Este mismo periódico de vds., como destinado a la trasmisión de los adelantamientos médicos, sería el conducto más apto para tal comunicación amistosa y fraternal.

Yo conforme a este propósito, que no dudo merezca la aprobación de mis cohermanos, voy el primero a echar en la caja de las limosnas el ochavito de la viuda, que por tal tengo la consignación de los tres casos siguientes de clínica homeopática, y la exposición de las reflexiones que de ellos como otros tantos corolarios refluirán.

Caso Primero.

Antonio Barba Villar, vecino de Pozo Antiguo, pueblo distante legua y media al norte de esta ciudad, de edad de 40 años (medianamente carnoso, robusto y ejercitado en la doble ocupación de labrador y trajinante, y cuyo organismo, en que predomina el sistema vascular sanguíneo, hasta la época presente se había conservado virgen de otras enfermedades que las de la baja edad, en 16 de octubre de 1837 recibe sobre la región renal un recio par de coces, de que cayó en tierra sin ser dueño de poderse volver a levantar por sí solo. En este estado se le condujo a la cama trabajosamente y se llamó para que le socorriese al cirujano titular del pueblo, quien, considerando la lesión de mucha gravedad, no se determinó a proceder por sí solo y pidió la asociación de un médico: con este motivo fui llamado, y habiendo pasado a dicho pueblo al día siguiente de este acontecimiento, hallé al Antonio Barba Villar con los síntomas que a continuación se expresan:

Fiebre continua aguda con pulso lleno, fuerte y acelerado; rostro encendido, calor general muy aumentado con piel ardiente y seca; grande desasosiego, dolores contusivos que partiendo de la región renal se difundían a la pubiana y supra-pubiana, y le arrancaban continuos alaridos; imposibilidad de mover el tronco, y aún más las articulaciones sacro-lumbar e isquio-femorales, sin aumentarse enormemente dichos dolores; y abundante flujo de sangre por la uretra. Reconocido el sitio del golpe se halló sobre las tres últimas vértebras lumbares y parte alta del sacro, una grande magulladura muy elevada, sin solución de continuidad en la piel que la cubría, de color rojo violado en la periferia y violado oscuro en el centro, sumamente dolorosa al tacto.

Todo lo cual me persuadió tener a la vista una hemorragia renal traumática, y apoyado en la experiencia que tenía de la especificidad de la árnica para tales casos, me resolví a dar a mi enfermo tres glóbulos de azúcar de leche de los de a 100 al grano, empapados en la 6.ª dilución de dicho vegetal, encargándole y a sus asistentes que al día siguiente me avisasen el estado en que se hallase, y me retiré.

Ningún aviso recibí hasta los diez y ocho o más días después de mi visita, en que a lo largo de una de las calles más frecuentadas de esta ciudad, descubrí  al sujeto de este caso, que conducía unas caballerías cargadas de castañas pilongas: le llamé a presencia de varias personas, y reconviniéndole por la falta de aviso, me contestó que habiéndose hallado libre de todos sus padecimientos en el día en que debía darlo, lo había omitido hasta ver si empeoraba, lo que no habiendo sucedido se había resuelto a marchar a la Alberca a comprar castañas con ánimo de darme las gracias a su paso por esta ciudad de ida o de vuelta. Hasta la fecha sigue sin novedad en su salud, ocupándose en sus acostumbradas labores con actividad y de continuo.

Caso Segundo.

D. Francisco Pérez Peláez, vecino y hacendado de la presente ciudad, de edad de 54 años, robusto y bien constituido, en 2 de octubre de 1838, subiendo por la cuesta del puente se levantó de manos la yegua en que cabalgaba y cayó de espaldas, cogiendo a su dueño debajo del lomo y dejándolo bien magullado contra el empedrado de dicha cuesta, contribuyendo a la gran violencia del choque el ser la caída hacia atrás caminando cuesta arriba por un plano muy inclinado. Su cuerpo y miembros se llenaron de contusiones, cuyos vehementes dolores, aunque el que los padecía es sujeto de valor sereno y mucho sufrimiento, ni aun en la cama, en que al momento le colocaron, le permitían el menor descanso. En aquella misma tarde fui llamado a su socorro, y administrándole una pequeña dosis de árnica, antes de pasarse una hora ya habían cesado todos los dolores; pero lo que más sorprendió al enfermo y sus allegados, fue el no hallarse a la mañana siguiente ningún vestigio de contusión ni de equimosis; y como el sujeto se hallaba ya enteramente libre de toda molestia, abandonó la cama y se entregó desde otro día después a su método de vida y ocupaciones ordinarias, sin que a esta fecha haya vuelto a sentir la menor novedad en su salud.

Caso Tercero.

José Vázquez, de 54 años, extenuado por la miseria y mala alimentación, con una pierna (la izquierda) fracturada de bastantes días (y descuidada) por el tarso y metatarso, tibia y peroné, de cuyos huesos se habían desprendido varias esquirlas, hallándose además toda la pierna edematosa y con varias aberturas fistulosas que daban abundante pus, muy fétido y suelto; el día 6 de agosto del presente año tuvo entrada en el hospital general de esta ciudad, y sala llamada del Ángel, al número 40. Desde su entrada en el establecimiento, los profesores de cirugía del mismo le auxiliaron con los más exquisitos medios que sus luces y larga experiencia les sugería: el daño, sin embargo, en vez de disminuir progresaba; el paciente presentaba toda la piel de su cuerpo de un color blanco sucio y como edematoso; la pierna se hallaba ya casi toda esfacelada hasta la altura de la rodilla, y acompañaba a todo esto una calentura perene y baja, con insomnio continuo y exacerbaciones diarias nocturnas. En vista de todo lo cual se celebró junta de profesores el 23 de dicho agosto, y se acordó en ella por unanimidad practicar en el día siguiente la amputación del miembro, persuadidos de que sin esta operación solo se podría esperar una terminación funesta muy próxima. En efecto al siguiente día 24 fue amputado el miembro ocho dedos por encima de la articulación de la rodilla.

Los dolores subsiguientes eran atroces y conmovían grandemente el sistema nervioso, produciendo saltos de tendones y convulsiones clónicas generales con aumento considerable de la fiebre y pulso irregular, cuyas pulsaciones parecían convulsivas, o un temblor desordenado de la arteria. En este estado pocas horas después de la amputación se administró al enfermo árnica 4 1/100. A la hora y media de esta administración el dolor y conmoción del sistema nervioso habían ya disminuido conocidamente: a las seis horas se le administró otra igual cantidad del mismo medicamento, que inmediatamente desterró el insomnio e hizo dormir al paciente cuatro horas seguidas con mucho sosiego. Cuando despertó, solo se percibía en este enfermo un residuo de movimiento febril, habiendo cesado totalmente los demás síntomas. Entonces se le administró otra tercera e igual dosis de árnica, que a poco rato normalizó completamente el pulso y desarrolló el apetito de alimentos sólidos, que se le negaron al enfermo hasta el 10 del dicho mes, en que se le concedió la media ración de carne y de vino. El 14 el matiz del rostro y de toda la piel del enfermo era natural, el apetito a los alimentos sólidos mayor, la llaga resultante de la operación presentaba muy buen aspecto, la digestión se hacía muy bien, y la nutrición se veía progresar reparando la perdida de carnes del enfermo, a quien este día se concedió la ración entera y abandonar la cama algunos ratos.

José Vázquez continuó cada día más animoso, y en 4 de setiembre, estando ya la herida perfectamente cicatrizada, a cuyo estado había llegado rápidamente casi sin supuración y absolutamente sin molestia alguna desde que usó el árnica, tomó alta y todavía conserva la salud y robustez con que salió del hospital.

Los servicios que por espacio de tres años me ha hecho el árnica en casos como de los que va hecha mención, sin que jamás haya dejado de cumplirse su destino, son tan numerosos que podrían suministrar materia para un grueso volumen; por eso, ciñéndome a los liantes de un comunicado, solo consigno los tres casos prácticos que anteceden entre los muchísimos que al que desee enterarse de ellos le pondré de manifiesto en mi estudio, franqueándole los escritos que los contienen.

A pesar del examen de tantos hechos y tan auténticos, y presenciados por los contrarios más acérrimos de la homeopatía, prontos a aprovechar cuanto favorable a sus intentos percibiesen, aun me persuado que se les ha de resistir a muchos la creencia en la eficacia de las dosis infinitesimales que la homeopatía emplea, porque es este un escollo que ningún principiante de homeopatía ha podido evitar. Yo por mi parte confieso francamente que aun después de algunos centenares de pruebas siempre contestes a favor de dicha eficacia, buscaba razones para no creer en ella y tenerla por una ilusión de mis sentidos: tanto pueden, aun contra el testimonio de estos, las preocupaciones demasiado arraigadas.

Esta consideración de lo pasado por mí mismo me ha hecho ser indulgente hacia algún profesor que al darle las noticias de homeopatía que me pedía y responder a lo que me objetaba, me escuchaba con la sonrisa en los labios hasta que su convicción íntima le hizo tomar el aire de circunspección propio de la materia que se ventilaba; y estoy seguro, después de nuestras discusiones y después de haberme acompañado a la visita de la sección de clínica homeopática, establecida hace más de un año en el hospital general de esta ciudad y desempeñada por mí, después de haberme seguido también cuantas veces lo ha deseado en mi práctica particular; estoy seguro, repito, que jamás fallará a la profesión de fe homeopática que tiene hecha, porque entre los innumerables afiliados de la homeopatía no hay ejemplar de que uno siquiera haya abandonado su bandera, al paso que todos los demás sistemas médicos antecedentes han tenido y tienen infinitos desertores. ¿Creeremos falsa una doctrina que una vez abrazada nadie la deja, y a quien las contradicciones robustecen en vez de arruinarla? ¿Y qué doctrina falsa ha poseído el secreto de convertir en sus más celosos defensores, a sus más sabios y por eso más terribles enemigos, que creyendo arruinarla por los cimientos, han sujetado los hechos en que se apoya a repetidas pruebas y contrapruebas, de que siempre ha salido con más brillo y esplendor? Mas volviendo a la cuestión de la eficacia o ineficacia de las pequeñas dosis, voy a presentar algunas reflexiones.

Parece que repugna la creencia en la actividad de los átomos medicinales, porque no comprendemos como una cosa tan pequeña produce efectos tan notables. Pero discurriendo así caeremos en el error de querer medir la esfera de lo posible y encerrarla en los estrechos límites de nuestro saber: discurriendo así no deberemos creer, aunque lo veamos todos los días, que el extremo imanado de una brújula se dirige hacia el norte, pues no sabemos por qué sucede esto, a no ser que digamos que lo causa la atracción, y si nos preguntan qué es atracción, digamos también que es una virtud atractiva o cierto atractivo de dicho polo para el imán. Respuesta que sería tan satisfactoria como la del que preguntado ¿por qué el opio hace dormir? dijese que porque hay en él una virtud dormitiva, esto, que hace dormir. Dando semejante rumbo a nuestra creencia científica ¡a qué caos de confusión no nos conduciría! Negaríamos que un hombre de dos varas de estatura se viese con toda ella y no con la de una vara en un espejo de esta última dimensión; no creeríamos que los hombres conciben, que las semillas germinan... Casi nada creeríamos, porque de casi nada sabemos el modo de obrar: sin embargo, aunque lo ignoramos, aunque para siempre hubiera de permanecer oculto como quizá la esencia íntima de nuestra alma, ¿qué nos importa todo esto mientras tenemos la certeza de que sucede bajo el dominio de ciertas leyes naturales invariables, de que nos podemos apoderar y servir, porque las conocemos y conocemos las circunstancias necesarias para que la ley obre, y tenemos en nuestra mano el móvil que la solicite y obligue a accionar de un modo necesario y constante. Luego el saber o no cómo los átomos medicinales de la homeopatía se conducen con el organismo, no nos quita el obligarlo a reacciones curativas siempre que queramos mientras tenemos el conocimiento exacto de la ley que preside a este fenómeno, sabemos las circunstancias o condiciones necesarias para su ejercicio, y está en nuestra mano el agente terapéutico o móvil que lo determina, mediante la armonía exacta que entre este, ella y aquellas podemos establecer, haciéndonos así dueños de reproducir tales fenómenos de un modo necesario y siempre los mismos. He aquí lo que hay que saber para la curación de las enfermedades: saberlas curar sin inquietarse por lo demás; así como tampoco el náutico se inquieta porque ignore la esencia de la atracción; porque esto no impide a la brújula la continuación de sus grandes servicios.

Luego el no conocer de qué modo obran las dosis homeopáticas no es suficiente para que dejemos de aprovechar su constante utilidad: luego el dudar de su eficacia porque nos parece solo que no pueden tenerla, cuando lo podemos averiguar y no queremos, es el cúmulo de la necedad.

El error en que muchos médicos están de que la actividad de un medicamento haya de ser en razón directa de su masa, les persuade también que lo que no puede una masa enorme de medicamento en su estado grosero, menos lo podrá una fracción suya infinitamente pequeña, a pesar de todas las preparaciones homeopáticas.

Los que así raciocinan no tienen idea del portentoso cambio que sufren las sustancias naturales por medio de tales preparaciones: ignoran de todo punto el admirable desenlace y soltura que adquieren sus potencias virtuales, hasta entonces encadenadas por el estado tosco en que la naturaleza las presenta. Si a lo menos hicieran atención a que todas las reputadas insolubles hasta el día, después de conducidas por la homeopatía al millonésimo grado de atenuación, ya son indistinta y completamente solubles en el agua y en el alcohol; de aquí pudieran venir en conocimiento de lo que serían capaces después de sometidas a la 30ª o la 40ª, y aun la 100ª dilución, que pueden sufrir sin quedar despojadas de sus virtudes, y aun con aumento de la penetrabilidad de ellas.

Sostener que una porción pequeña de grano, supongamos de carbonato calcáreo, preparado homeopáticamente no puede producir en el hombre sano violenta tos seca, hastío por las carnes, movimiento de flatos, propensión a asustarse u otro de los síntomas artificiales propios de dicho mineral, que también puede hacerlos cesar en el que ya los padece y sostenerlo contra el testimonio de los sentidos, sin otra razón que la de no poderse hacer lo mismo con cantidades enormes, ni aun con una roca entera de dicho fósil, sería igual o mayor absurdo que negar la posibilidad de que con una finísima y pequeñita aguja de acero se haya hecho el muy delicado y admirable bordado que se tiene a la vista, sin más fundamento que la imposibilidad de ejecutarse igual labor con un quintal de la misma fundición, no contando con el cambio que la pequeña parte de aquella ha sufrido para recibir la forma de aguja y de lo que esta forma le hace capaz en una mano diestra que la dirige conforme a los designios y preceptos de un arte.

Que el más riguroso análisis químico se dirá no descubre ya vestigio alguno de materia en las altas diluciones homeopáticas. Sea así enhorabuena: esto quiere decir que la materia está allí tan atenuada y en tan corta porción que se huye de los sentidos; pero no probará jamás su total falta de existencia, porque aunque divisible al infinito la materia es indestructible, y un solo átomo suyo que subsista conservará sus propiedades como atributos inseparables.

¿Y qué cantidad de materia eléctrica recibirá en su cuerpo para que le produzca tanto o tan recio choque, la última persona de las ciento o más que se hallan asidas de las manos a la que comunica con la máquina? ¿Qué cantidad de materia contendrá la palabra de un príncipe enojado dirigida a su valido para causarle una alteración mortal? Yo no veo que una palabra considerada únicamente en cuanto a lo que tiene de materia, sea más que un poco de aire batido entre los labios, y sin embargo la forma que recibe este poquito de aire, la idea que le adhiere y la categoría y condiciones del que la pronuncia, le da el poderte trastornar el organismo del que la escucha.

Las pruebas de raciocinio expuestas a favor de la actividad de las pequeñas dosis deberían bastar para acreditarla; pero como el raciocinio, aun el que parezca más exacto, puede ser un absurdo, lo que no sucederá jamás con un hecho bien evidenciado, vuelvo a insistir en la prueba de los hechos.

Muchos de los que ignoran las precauciones tan prolijas como indispensables que requiere la experimentación pura, y aun también la de ub usu in morbis, practicadas con todo vigor homeopático, han intentado una y otra y muchas veces sin resultado, tomando de aquí ocasión de dudar de la verdad de la homeopatía, a quien se hacía responsable de un defecto que solo se debía imputar al experimentador inexperto.

Para orillar este inconveniente he dado a propósito la preferencia a la árnica, haciéndola servir de piedra de toque del poder de los átomos homeopáticos. Éste precioso vegetal, a la gran celeridad con que hace parecer sus resultados (cualidad de mucho valor para todo médico concencioso que teme perder el tiempo de la expectación) reúne la circunstancia de que entre los muchísimos estados patológicos en que ostenta su poder curativo, hay algunos como los tres citados arriba, las dislocaciones después de reducidas, las luxaciones, &c. de un diagnóstico tan fácil que no cabe equivocación.

En casos como estos, el que quiera averiguar lo que pueden las pequeñas dosis, le aconsejo que ensaye la árnica; porque como la simple vista de la lesión, o la noticia de haber sido ésta causada por violencia exterior, basta para decidirse al empleo de ella con seguridad de buen éxito; y como en homeopatía la curación es indefectible, supuesta la homeopaticidad o la afinidad exacta entre la enfermedad y el remedio; los resultados que obtenga por medio de este agente terapéutico le darán la medida de los demás que usa la homeopatía, puesto que todos obran bajo una misma ley sin más diferencia que la de la especificidad que marca para cada uno de ellos diversa esfera de acción. Entonces tendrá que renunciar a su duda sobre la ineficacia, y someterse a los secretos de la experiencia, único juez en las ciencias de la observación.

Al uso de una pequeñísima dosis de árnica verá, antes de una hora en muchas ocasiones, cede como por encanto neuralgias traumáticas violentas y otros varios estados patológicos, siempre que dicho remedio caiga en un organismo virgen de otras enfermedades que la que motiva su administración. Habrá casos en que esta se hallará complicada de otra u otras agudas o crónicas; entonces la árnica hará cesar la que cae bajo su dominio, dejando subsistir las demás, que después cederán igualmente a otro agente homeopático, bajo cuya jurisdicción se hallen. Cuando el vicio que complica es crónico, ordinariamente hay que reiterar las dosis tres, cuatro o más veces con cuatro o seis horas de distancia entre una y otra, para que cure la enfermedad sobre que tiene poder. Resiste entonces por estar ingerida, digámoslo así, en la afección crónica que le comunica algo de su cronicidad y pertinacia, sin que esto la impida el cumplimiento de su destino, aunque a costa de esta pequeña dilación y de la repetición dicha de las dosis.

De otras muchas afecciones morbosas que la árnica cura, como son varias especies de extravasaciones humorales, las afecciones reumáticas cuyo dolor sea muy semejante al que produce la contusión, las molestias subsiguientes a un parto trabajoso, las varices, varias especies de hemoptisis, de epistaxis, algunas metrorragias, algunas fiebres intermitentes &c. &c., solo deben ocuparse sujetos adiestrados ya, bajo cuya dirección cederán dichos estados morbosos con la misma prontitud que aquellos otros más sencillos siempre que los demás síntomas asociados o que forman grupo con cualquiera de los arriba dichos, se hallen entre los patogenéticos de la árnica y convengan con ellos en cuanto a la época, modo y circunstancias de manifestarse, agravarse, disminuirse &c. &c.

Por falta de esta pericia en la elección del remedio apropiado, sucede a menudo que los homeopatistas principiantes administran sin efecto en un caso dado de enfermedad el mismo medicamento que en otro caso a su parecer igual, produjo una curación pronta y segura. Esta falta de suceso les hace entonces sospechar que el medicamento acaso habrá perdido su virtud por descuidado, o que el método homeopático no es tan seguro como les había parecido por los admirables resultados que antes les había dado, y en este estado de perplejidad e indecisión no saben que hacerse. Si entonces por fortuna se halla cerca otro homeopatista ejercitado, no tarda en hacer conocer al principiante la falta que ha cometido, la corrige, y dando al enfermo el medicamento exactamente apropiado a su mal, en lugar del que por un error o descuido se había creído tal; la curación no se hace esperar mucho tiempo.

Por eso es muy conveniente que los principiantes en la práctica de la homeopatía tengan siempre que puedan a su lado otro homeopatista ya ejercitado en ella, que le dirijan en su práctica y les ahorre tales chascos, que no tendrán lugar cuando se emplee la árnica en los casos más sencillos que he designado, porque entonces no hay necesidad de indagar la homeopaticidad del remedio, supliendo este trabajo la simple vista de la lesión.

Creo pues que con el auxilio de las antecedentes reflexiones y de los hechos prácticos que aconsejó ensayar, el que de buena fe dude de la eficacia de las exiguas dosis homeopáticas tendrá en la árnica el hilo de Ariadna que le saque del laberinto de sus perplejidades, siempre penosas para el que cultiva una ciencia, que basando sobre la filantropía, le hace ávido de instrumentos y materiales con que labrar el bien de sus semejantes.

Concluiré este comunicado, ya demasiado largo, llamando la atención de mis comprofesores del ejército hacia las ventajas que su posición les facilita sacar del uso homeopático de la árnica a favor de los defensores del estado. Ella les proporcionará constantemente el medio de hacer desaparecer con prontitud, facilidad y como por encanto los enormes dolores que siguen a las grandes operaciones quirúrgicas, las convulsiones, la calentura, el insomnio, agitación y demás accidentes traumáticos: favorecer a la perfecta cicatrización, que será mucho más rápida de lo ordinario y casi sin supuración.

Iguales servicios deberán esperar en casos de contusión; golpe, caída y heridas recientes, lujación, dislocación después de reducida, mutilación casual de algún miembro a otra parte &c. Y esto, no es solo asequible en los hospitales con grande utilidad de la hacienda militar, por el grande ahorro de estancias, sino aun también sobre el mismo campo de batalla, donde el facultativo podrá llevar de prevención en su bolsa de cirugía un pequeñito pomo de glóbulos de azúcar de leche impregnados de la 4.ª o de la 6.ª dilución de árnica, y esto a tan poca costa como la de 10 o 12 rs. que podrá valer un millar.

Tengo también por oportuno advertir: que en la preparación y elaboración de los medicamentos homeopáticos nunca estará de más cuanto cuidado se ponga; porque como se administran en dosis infinitesimales, cualquiera descuido, aun el que por su pequeñez pueda llamarse también infinitesimal, basta muchas veces para inutilizarlos. Por tanto, hay una indispensable necesidad de asegurarse de la exactitud con que están elaboradas, probando antes su acción en una persona sana. En el número 223 de este periódico, correspondiente al 10 de setiembre del próximo pasado año, se anunció ya que en la botica de Toro se halla de venta un gran surtido de preparaciones homeopáticas, cuya eficacia se ha comprobado por mí, tanto sobre el organismo sano, como en los enfermos de la sección de clínica homeopática del hospital general de la misma ciudad y de mi práctica particular.

No debe ser pues excusable de hoy más la ignorancia del poder o impotencia de los átomos medicinales que la homeopatía emplea, y espero que muchos de mis compañeros aprovecharán estas noticias que les indican una fecunda mina, y ponen en sus manos los instrumentos con que explotarla, para enriquecer la ciencia de adquisiciones útiles a la humanidad sana y doliente, asegurándose de paso de si es o no la homeopatía fecunda en buenos resultados, y si encerrando en lo mínimo de sus dosis lo máximo de la terapéutica, llena el bello ideal del arte de curar. Cito, tuto et jucunde.

Toro a 11 de diciembre de 1839.

José Sebastián Coll.

El director y editor: M. Delgrás.
Madrid: Imprenta de Yener, calle de Segovia, núm. 6.