Filosofía en español 
Filosofía en español


[ Julián Sanz del Río ]

Curso de Historia de la Civilización de España, por D. Fermín G. Morón, tomo II

El señor Morón continúa realizando dignamente las altas esperanzas que desde sus primeras producciones hizo concebir de sí a todos los amantes de la ciencia que profesa y de nuestras glorias literarias. Cuando oíamos su primera lección en el Ateneo de Madrid admirábamos lo grande de la empresa que acometía, la multitud escogida de datos, la fuerza y elevación de pensamiento filosófico que requería su desempeño; y más que todo, la virtud de ánimo que era necesaria para seguir basta el fin el camino nuevo, largo y trabajoso que se había escogido. Ahora nosotros admiramos al profesor que se ha mantenido siempre a la altura de su objeto, y que dedicado con fe desinteresada y entusiasta al culto de las grandes ideas, está dando a la juventud un honroso ejemplo en medio del escándalo de envilecimiento intelectual y moral que le ofrecen todos los días los que tienen el deber público de trabajar para que sea más ilustrada y virtuosa.

Había explicado el señor Morón en el tomo primero, el cual puede considerarse como la introducción general al estudio de la civilización española, que la idea científica de civilización comprende como su contenido esencial y permanente la perfección progresiva de los elementos que constituyen la sociedad; el elemento moral, el elemento intelectual, el elemento material; más claro la vida interior o moral, la vida exterior o material de los pueblos.

Demostró en seguida la unidad de la civilización moderna y su carácter dominante, a saber: el de lucha, tenaz, constante, indeclinable de la razón y del derecho contra la tiranía de los principios absolutos y exclusivos; mientras que la civilización antigua en sus diversas fases y sucesiones solo nos presenta la lucha de estos mismos principios entre sí, o el triunfo completo sin condición ni reserva de uno de ellos. Pero esta lucha, que caracteriza la civilización moderna, decía el señor Morón en su cuarta lección, se determinó en España de una manera original y propia. Porque, dejando aparte la civilización goda que en nuestro humilde parecer más debe considerarse como un apéndice de la romana, que como principio de la moderna, una cruzada de cinco siglos, en la que los vencedores aprendían de los vencidos las ciencias, las artes y la cultura, pero conservando unos y otros su espíritu religioso y civil, mantuvo en agitación y movimiento continuo los elementos políticos de nuestra sociedad, sin permitirles organizarse regular y sólidamente, aunque conservándolos unidos en un sentimiento común y enérgico de religión y nacionalidad. La naturaleza de la guerra, y las necesidades de la población dieron a nuestras ciudades una organización precoz y conocida preponderancia política, al paso que debilitaban el poder de los ricos-omes, cuerpo irregular, dotado de ciertos privilegios incompatibles con la unidad social, y que como elemento político fue más dañoso que útil. Pero acabada esta situación con la toma de Granada, ambos elementos se desconcertaron, y los monarcas auxiliados de la iglesia, triunfaron de proposición, abolieron poco a poco sus derechos, suprimieron su antiguo espíritu político, e hicieron fácil a Felipe V, y sus sucesores, establecer el sistema de las monarquías absolutas modernas; pero conservando cerca de sí cierta sombra de representación popular para servirse de ella en los casos graves más que para respetar su derecho.

Delineado el plan y las dimensiones de su obra comienza el señor Morón la lección quinta (primera del tomo segundo) afirmando que el estado primitivo de España era el de la semi-barbarie; y pasando luego en revista los resultados parciales y aislados aunque útiles a nuestra civilización, que produjeron en la Bética y en las costas al Este de España las colonias fenicias y griegas, y el activo impulso que dio al genio belicoso y heroico de algunos pueblos del interior, la ambición de Annibal por lo demás tiránica y violenta para los vencidos, se ocupa en describir los nuevos elementos de civilización y cultura que nos trajo la dominación romana. Roma no ahogó el germen de vida que yacía en el fondo de la anarquía y fraccionamiento entre los pueblos, que habitaban en España; sino que al contrario fomentó su crecimiento y desarrolló romanizando digámoslo así, y asimilándose en todas las comarcas el espíritu de independencia local, y moderando sus tendencias viciosas, ó mas bien completándolo por medio de un alto gobierno en lo judicial, en lo administrativo y en la hacienda. El profesor describe después a grandes rasgos los resultados capitales de esta sabia organización; la unidad nacional casi realizada, la prosperidad material del país asombrosamente fomentada, fecundado el genio español en la ciencia y en las artes, civilizado en fin nuestro carácter original por la cultura superior de los romanos, con los cuales tenían los españoles más de una analogía y semejanza.

Aquí hace alto el profesor, y antes de estudiar la civilización moderna de España examina en las lecciones sexta y sétima, dos hechos precursores de la civilización europea moderna, y que la explican como el desarrollo lento; pero continuo e indeclinable de ellos mismos. Estos dos hechos son el cristianismo y las costumbres germánicas. ¿Qué sería el mundo si el evangelio no hubiera resucitado al hombre? Las sociedades antiguas vivían por virtud de principios meramente seculares y políticos; esclavizaban al hombre exterior, pero el hombre interior estaba fuera de su poder; mientras duraba la preocupación que habían creado artificialmente para que sirviera como de piedra angular del edificio, la sociedad se mantenía al parecer vigorosa y robusta; pero desvanecido el prestigio, desecho el encanto, la corrupción ganaba la sociedad con una rapidez asombrosa y el más ligero viento llevaba tras sí los restos inanimados de cuerpos que se creían imperecederos. Pero el Evangelio funda la sociedad sobre el hombre; el hombre sobre su naturaleza divina. El Evangelio manda al hombre el amor y la justicia para con todos los hombres; manda a la sociedad respetar la dignidad moral del hombre, la inviolabilidad de su conciencia, la libertad de su pensamiento. El Evangelio ha acabado con todas las tiranías, con todos los principios excéntricos y absolutos; ha condenado todo poder material; ha dado el imperio del mundo a los poderes morales, a la razón, a la inteligencia, al derecho. Este es un reino universal que solo en Dios tiene su objeto y su fin.

El señor Morón demuestra cómo el evangelio rehabilitó la humanidad revelando al hombre su deber y su destino, santificando el buen derecho entre todos los hombres, entre el hombre y la mujer. Considera después el espíritu de la ley evangélica aplicado por san Pablo al orden doméstico, al gobierno de la sociedad eclesiástica modelo de la civil; por último, a la educación y vida exterior del hombre. Nos pinta por último en rasgos animados y elocuentes cómo el cristiano realizaba su misión propiamente social y pública, propagando la buena doctrina, protegiendo al débil, reprimiendo al poderoso, fundando en fin el imperio del espíritu sobre el de la materia. Su presencia se hacía sentir en todo; en la legislación, en la administración, en la ciencia; en las costumbres. En todo el curso de esta lección hace resaltar el profesor la profunda diferencia que separaba la sociedad cristiana de la gentílica; aquella naciente, regular en su organización, firme y robusta por la fuerza de su principio, llena de fe viva en el porvenir; esta decrépita, gangrenada, gigante herido de la mano de un niño. Concluye esta lección con un pensamiento de alta importancia en nuestro siglo. Sería preciso maldecir de la libertad como de una calamidad pública si solo condujera a la impiedad, y al materialismo, al triunfo de la fuerza brutal sobre el derecho, si no condujera al amor del trabajo, a la regeneración moral del hombre, al cumplimiento de la justicia sobre la tierra.

Comienza el señor Morón la lección sexta describiendo las costumbres germánicas en tiempo de Julio César y Tácito y hace notar por la importancia que tienen para el objeto especial de su curso algunas diferencias características del pueblo godo. Los pueblos del Norte son como el elemento secular de la civilización moderna: sus costumbres revelan el germen de una sociedad original que más tarde fecundizó el cristianismo. Hay espontaneidad, elevación, vigorosa energía en el carácter germano; hay severidad en sus costumbres domésticas, una rectitud sorprendente aunque ruda en las ideas de derecho: en la vida pública se observa una organización sencilla pero regular, y sobre todo profundamente arraigada en el sentimiento de la dignidad del hombre y del derecho individual.

El señor Morón sostiene justamente que la irrupción de los pueblos del Norte fue solo la causa material, exterior digámoslo así de la caída del imperio romano, determinada ya necesariamente por la extinción del elemento político y la interna corrupción moral. Sobre sus ruinas comenzaron a levantarse las sociedades modernas destinadas a una larga y trabajosa educación antes de tocar en su edad madura, antes de realizar la unión práctica genuina del evangelio con la libertad, del orden con el progreso.

Aquí se encuentra el profesor en medio de su objetos. De lados opuestos de la Europa se ven partir estas dos fuerzas, estos dos principios que resumen todos los demás que le han agitado en ella por espacio de diez у nueve siglos, que han sobrevivido a todas las aberraciones, a todos los abusos engendrados por la pasión o la ignorancia, y que son hoy como hace casi dos mil años los polos del mundo. El profesor entra en este magnífico período explicando en una narración concisa, pero animada y filosófica la sucesión de los acontecimientos más notables que señalaron la emigración de los godos desde las orillas del Danubio hasta España; sus luchas continuadas con otros bárbaros y con el imperio su triunfo definitivo en España.

Hace observar las grandes ideas de poder y de organización, aunque frustradas en parte, de Ataúlfo, Eurico y Leovigildo; cómo éstas se realizaron y fundaron una situación regular y permanente desde Recaredo y por medio de la influencia eficaz y directa de los obispos católicos tan favorable al espíritu monárquico.

Demuestra por último cómo la indócil aristocracia goda, al paso que degeneraba después de sus costumbres militares y enérgicas, impedía con sediciones y perturbaciones continuas que se consolidase enteramente el elemento monárquico conforme a su naturaleza y condiciones necesarias; la corrupción de las costumbres del clero, la guerra civil, todo concurriendo inevitablemente a que se hundiera en tres días un imperio, que al considerar solo ciertas apariencias prometía aún larga duración.

La octava lección es una reseña principalmente filosófica de la legislación, que sirve de preliminar al examen del fuero-juzgo, monumento el más importante de la civilización visigoda. La idea que el señor Morón tiene de la legislación es justa y elevada; aun hubiéramos deseado que hubiera explanado más su pensamiento; nunca más que hoy lo necesitan las grandes ideas que pierden su valor y significación propia en un siglo trasminado por el espíritu de cálculo y por la seducción de los goces materiales. La legislación comienza en lo que el hombre tiene de ideal y divino; y dueño de este tino el legislador estudia todo lo que tiene relación con el hombre y la sociedad, y lo estudia no por pura especulación, sino con un fin práctico exterior; para dirigir la conducta del hombre y de la sociedad. Muchos legisladores o preocupados con un fin limitado y exclusivo, o impelidos por circunstancias externas se han creado tipos parciales, y a ellos han acomodado sus leyes; pero han olvidado buscar en el estudio del hombre el tipo racional y eterno de la vida individual y social.

Colocado en este punto tiende el profesor una rápida ojeada sobre la Grecia y la India. Juzga las legislaciones de estos dos países con severidad, como legislaciones parciales e incompletas. Al llegar a Roma el espíritu del profesor se manifiesta preocupado de la jurisprudencia, y sus consideraciones no se mantienen a la altura de los precedentes, ni a la de la grandeza del pueblo cuyos legisladores conocieron mejor al hombre, y que impuso sus leyes y su civilización al mundo. A la verdad la legislación en este pueblo no presenta un cuadro regular y sistemático: la unidad no está en las formas, pero está en el espíritu. Ningún pueblo de la antigüedad poseyó tan profundamente como el romano el sentimiento moral: ninguno tuvo una inteligencia más acertada y sólida del carácter del derecho; ninguno fue digámoslo así más idéntico asimismo en toda su conducta, no se puede juzgar a Roma por las mismas reglas que a los demás pueblos: su verdadera legislación está en su carácter, en sus costumbres, en su gobierno. Lo mismo decimos de la jurisprudencia que no puede juzgarse por lo que tenia de incompleto su principio interno o moral ni por la irregularidad aparente de sus formas, sino por el juicio recto y profundo que los jurisconsultos romanos manifiestan de los negocios; por su exacta y viva inteligencia del derecho en general y de su naturaleza, por el espíritu científico y la lógica inflexible que señala todas sus obras. La manera histórica con que se formó la jurisprudencia era conforme a todos los demás hechos de la vida civil de este pueblo; indudablemente fue útil a la ciencia, aunque no nos parece que pueda ser absolutamente aplicable a otro pueblo que al romano.

La transición atropellada e irregular de los pueblos germanos desde el clima y las costumbres del Norte al clima del Mediodía y a las necesidades de una situación enteramente nueva la serie de hechos de violencia y de verdadera anarquía que pasaron sobre la Europa durante algunos siglos fueron fatales al progreso de la legislación. Por todas partes reinaba la ignorancia, la materialización estéril de la idea de derecho, la división y la debilidad. El profesor describe los esfuerzos de algunos hombres superiores a su siglo, de Carlo Magno, por ejemplo, para restaurar el imperio de la ley y organizar la sociedad. Cuando se abrió la primera escuela de Bolonia un movimiento general y espontáneo se apoderó de la Europa sedienta de oro tras tantos esfuerzos y violencias. La política monárquica favoreció esta inclinación de los ánimos; pero nos parece que no la causó ni hubiera podido crearla por sí sola.

El señor Morón se muestra también un tanto severo con el derecho romano en esta segunda época de renacimiento, y aunque nosotros aceptamos muchas de sus calificaciones, pero no podemos olvidar que fue un poderoso elemento de organización política, y que él comenzó la educación jurídica de Europa. A la verdad el estudio del derecho romano no estuvo exento de errores, ni su aplicación de abusos; pero estamos profundamente convencidos que los bienes que produjo fueron mucho mayores y de mayor cuantía que los males, y aún de éstos los más se debieron a la ignorancia del siglo. ¿Cuál era el estado de las demás ciencias tanto especulativas como prácticas y de gobierno?

El profesor considera como los fundadores de la reforma de la ciencia, y que inspiraron en ella el espíritu filosófico, y ensancharon sus dimensiones a Leibnitz, Grocio, Descartes y Bacon. Forma juicios exactos sobre Montesquieu, Beccaria, Filangieri, combate con elocuencia у sinceridad de convicción el principio de Bentham, aunque elogiando la extensión y regularidad de su plan y el admirable método científico con que desenvuelve su doctrina. Concluye esta lección el profesor por algunas consideraciones oportunas acerca de la legislación en general, y de la administración.

La lección nueve comprende el examen filosófico del Fuero Juzgo. Comenzando por el libro del facedor de la ley y de las leyes, obra principalmente de S. Isidoro, se elogia con razón la justicia y sublimidad de las máximas que contiene debidas a las doctrinas de la Iglesia. Continuando el profesor por el examen de las leyes políticas, no duda en afirmar que ofrecen una organización completa, y sobre todo original; que se consignaron en ellas las garantías fundamentales del ciudadano, las cuales forman hoy como el núcleo de las constituciones modernas. Para nosotros sin embargo, para quienes el carácter predominante de todo sistema de leyes escritas debe ser el de la utilidad y aplicación práctica, no tienen digámoslo así, más que la mitad de su valor máximas generales, las más con sanción puramente religiosa, cuando los hechos del legislador mismo las desmienten. Reconoce el señor Morón que el poder moderador de los concilios dependía de la voluntad del rey; que la nobleza servía, que no tenía privilegios políticos; que el pueblo era un agregado confuso de personae viliores, iberti et servi. ¿Qué valor tenían las leyes políticas en un pueblo así constituido? Demasiado abona esta aserción la historia del pueblo visigodo en España. Reconocemos en las leyes civiles preciosísimas disposiciones, reformas muy felices de las costumbres germánicas y del código Teodosiano, juicio recto y sano y aún cierto espíritu general y filosófico, especialmente en las leyes formadas en la época floreciente de esta legislación desde Recaredo hasta Wamba.

En las criminales elogia justísimamente el profesor aquellas en que el legislador se eleva a la consideración moral del delito y a su relación con el interés general; pero muchas de estas adolecen de un rigorismo exaltado por el espíritu religioso que degeneró a veces la práctica en injusto y cruel. Al examinar las leyes de procedimiento censura de nuevo el profesor la jurisprudencia romana en este capitulo; sin embargo, creemos que no puede mejorarse esta jurisprudencia en cuanto al punto de vista fundamental del procedimiento, es decir, su relación lógica con los derechos que pone en acción: cuidar de que esta acción se ejerza con claridad, con utilidad, con prontitud solo puede y debe hacerlo el legislador no el jurisconsulto. Ojalá hubieran imitado los legisladores de nuestra edad media muchas disposiciones del código Teodosiano sobre esta materia; por ejemplo, las que sobre algunas partes del procedimiento criminal contienen el tit. 3.º lib. 9: y algunas del título 37 lib. 9. Concluye el profesor esta lección con varias comparaciones de los códigos contemporáneos al fuero-juzgo que es infinitamente superior a todos ellos.

Comienza la lección 10 dando una merecida importancia para conocer la civilización de un pueblo al sistema de su gobierno. El gobierno es el pueblo en acción; todo es práctico en él, todo puede utilizarse para conocer la índole y el estado de este pueblo; para determinar el lugar que le corresponde en la escala general de la civilización. Una sociedad con malas leyes si tiene un gobierno acomodado a su situación, puede vivir, y aun llegar a mejorar sus leyes; pero dadle buenas leyes y dejadla abandonada a un mal gobierno; las leyes no bastarán para contener el desorden y la corrupción de toda la máquina.

Explica el profesor el gobierno visigodo como fundado sobre el principio de concentración ilimitada de toda coacción social en el poder del monarca. Todo procedía del rey en el orden judicial; todo se hacía en su nombre y por delegación suya; todo estaba sujeto a los jueces y a una especie de consejo supremo que residía cerca del rey a quien éste consultaba en los casos graves; no había diferencia entre las contiendas judiciales y los negocios de policía o de hacienda; ni aún había privilegios para los obispos. Se consentían a la verdad algunas ligeras variantes de este principio como la intervención supletoria del obispo en ciertos casos; el consejo que el juez podía tomar en los negocios, la libertad de las partes para elegir árbitros de sus contiendas; pero esto no debilitaba lo absoluto del principio. Evidentemente esta organización era romana; pero creemos que fue demasiado centralizadora; que por mucho que ayudasen a ella las circunstancias de nuestro país más que las de ningún otro pueblo de Europa, no convenía a las costumbres de un Pueblo originario del norte; creemos que sofocó en vez de mantener y dirigir el espíritu nacional, y los hechos de este pueblo justifican demasiado nuestra opinión.

El profesor sostiene fundadamente que la curia romana desapareció durante el reino Visigodo. Entre otras razones que da de su opinión nos parece lo más concluyente las leyes mismas del fuero Juzgo acerca de la administración. ¿Qué podía quedar a las curias de las ciudades cuando hasta en los más leves negocios intervenía el juez o el conde y sus delegados, sin que dar al «conventus vicinorum» o «boni homimes» otras funciones que las de testigos o aún fiadores de sus convecinos en algún caso? Sabemos que las curias eran odiosas al pueblo, que eran una carga no un privilegio, ¿y cómo podría sostenerse una institución que el príncipe no necesitaba, y que repudiaba el pueblo?

Después de reseñar muy oportunamente el gobierno de la iglesia de España en esta época, consagra el profesor la última parte de esta lección al examen del estado material de la civilización visigoda. Conjetura con razón que debió adelantar principalmente nuestro país en la industria agrícola. Aunque carecemos de datos precisos acerca de esto, como acerca de todo lo relativo a esta sección, sin embargo, los títulos 3.º 4.º 5.º 6.º del lib. 8, el tit. 1.º del lib. 10 y la ley 9 título 2.º libro 9 en que Wamba se queja de que sus súbditos se daban al cuidado de los campos más que a los ejercicios militares nos hacen creer que la agricultura no declinó mucho de su estado floreciente en la época rumana.

Pero creemos que también fue conocido en España el cultivo por siervos colonos fuera del de arrendamientos y enfiteusis que menciona especialmente el profesor, nos mueve a pensar así fuera de otras razones la ley 17, tit. 1.º, lib. 10, algunas palabras de la ley 19, título 4.º, lib. 3.º, y la existencia general de estos colonos desde los primeros tiempos de la reconquista, como lo demuestran los documentos contemporáneos. Concluye esta lección con algunas preciosas consideraciones sobre la literatura en general, y manifestando el estado de la de España en asta época, que a la verdad fuera de lo que inspiraba el espíritu del Evangelio nada tuvo de original, sino que era una pálida semejanza de la Romana, como lo demuestran las mismas obras de S. Martin y S. Isidoro, cuyo análisis hace el profesor.

(Se concluirá.)


El Correo Nacional
Madrid, martes 14 de junio de 1842
año quinto, número 1592
página 4

(Conclusión.)

Todavía creemos que pudieran citarse también en primera línea algunas causas materiales y externas como las diferencias entre los pueblos que habitaban en España (el contacto peligroso del germano con el romano y el judío) no ligados todavía por un vínculo de nacionalidad común, el contacto peligroso del germano con el degenerado romano y el judío y la concentración exagerada de toda vida pública en el poder monárquico y en el espíritu religioso. Pero la ruina en tres días del imperio visigodo, que Ataúlfo imaginó levantar sobre los mayores de la tierra, es un ejemplo solemne que por distantes que estemos del suceso jamás debiéramos olvidar.

Con esta lección termina el señor Morón el segundo tomo de su obra, que comprende el curso de 1841. Nos hemos detenido en detalles que parecerían ajeno de nuestro objeto por dos razones: primera, por la importancia y novedad del asunto: segunda, porque en nuestro país no basta para estimular a la lectura de un libro dar una idea general de él; es preciso excitar la atención, haciéndolo conocer lo más completamente que sea posible.

Poco nos resta que decir en cuanto al pensamiento general del profesor, el método científico con que le desenvuelve y explica, y las cualidades del estilo tanto respecto de la naturaleza de las ideas, como del ornato y forma exterior del lenguaje.

Nos parece que el señor Mirón ha comprendido justamente y en toda su extensión el objeto de su obra. Estudiar la vida sucesiva de un pueblo bajo todas sus fases y en todas sus relaciones; buscar el enlace que tiene con la vida de la humanidad; deducir de todo, de un lado apreciaciones generales pero de una utilidad práctica en lo presente, y de otro la verdad sobre la ley de la vida y del progreso de la humanidad, esto es lo que se propone el profesor y con ello nos parece que llena enteramente su objeto.

Pero observamos con placer que la demostración de la ley moral de las sociedades es un punto que sobresale en todas las explicaciones del señor Morón. Y decimos esto, porque jamás podremos avenir nuestro convencimiento con cierta opinión bastante acreditada hoy, la cual atribuye a las sociedades una especie de perfectibilidad fatalista necesaria, cuyo término se imagina como un enigma que en balde se han esforzado algunos por descifrar. No: las sociedades progresan, se perfecciona mientras realizan en el mundo la ley moral de su existencia; mas si declinan de ella, toda la fuerza de la inteligencia, todos los adelantos en la cultura material no apartarán las consecuencias inevitables de su conducta.

Reconocemos el estado de progreso de las sociedades modernas; pero no creemos que él asegure el porvenir. La opinión que combatimos es corruptora e inmoral; porque conduce a una vana exaltación de espíritu y a la esterilidad del corazón.

La lección 11 puede resumirse en un principio y una deducción. El principio es, que las sociedades se disuelven y perecen por dos causas generales y fundamentales, a las que se refieren como subordinadas y secundarias todas las demás. Estas causas son la fuerza material y la inmoralidad. Reconocemos la verdad íntima de esta aserción. Y en cuanto a la segunda causa, aceptamos con todo nuestro corazón la utilidad actual de erigir en dogma científico esta verdad al parecer de partido común. Caminar hacia el bien por sí, caminar constantemente, caminar con inteligencia, con moralidad y la ley eterna indeclinable de la vida individual y social. Pero este fin general y absoluto de la vida se traduce y determina en sociedades imperfectas, que no poseen la conciencia reflexiva de sí mismas por fines temporales específicos, unos concebidos por los legisladores, otros creados por las circunstancias de la sociedad o por su época en la historia del mundo.

Pero todo fin social, todo lo que se llama el carácter individual y constitutivo de un pueblo supone para existir para conservarse, para cumplirse no solo la inteligencia de sí mismo, sino principalmente cierto grado de energía y cohesión de todas las fuerzas activas que en diferentes grados, pero armónicamente han de cooperar a este fin, han de mantener este carácter. Pues es absolutamente imposible esta energía de acción, esta armonía de los elementos activos de la vida social si no hay orden, regularidad y constancia en las costumbres que es el sentido propio en que nosotros aceptamos aquí la palabra moralidad, lo mas íntimo y fundamental de la vida del hombre no es la inteligencia sola, es la conciencia de sí mismo la moralidad: lo mismo decimos de un pueblo, de todos los pueblos de la humanidad.

Podrá la moralidad no ser perfecta, podrá no ser bastante inteligente, ilustrada; pero debilitado el carácter moral, la inteligencia es como un hilo débil y flexible, se desconcierta a cada obstáculo, en cada situación grave, y el pueblo queda esclavo de las pasiones privadas y públicas; cualquiera acaso lo entrega a una fuerza material extraña, que cumple la ley de justicia de la Providencia.

Aplicando el profesor este principio a la sociedad visigoda encuentra que fundada en el orden político sobre el elemento monárquico y sostenida principalmente en sus costumbres por el espíritu religioso del clero, se debilitó porque el primer elemento carecía de condiciones esenciales a su naturaleza, y fue constantemente acometido por la ambición y los crímenes políticos; porque la ignorancia y la inmoralidad del clero propagaron la corrupción y la debilidad en el pueblo.

No nos atrevemos a seguir al profesor cuando disintiendo de M. Guizot (lecc. segunda, tit. 1.º) niega que la idea científica de civilización contenga esencialmente la idea de progreso. Precisamente la sucesión, y la sucesión tendiendo al progreso, es el carácter distintivo del hombre respecto de Dios y de la naturaleza material. Podrá el progreso ser lento, imperfecto, errado; pero jamás pierde la humanidad este carácter: no se nos argüirá con algunas comarcas excepcionales; en África, por ejemplo, en donde la naturaleza material parece que tiene encadenado al hombre; pero las sociedades asiáticas no han vivido, rigorosamente hablando, en perpetuo estacionamiento; sus variaciones y reformas religiosas son la prueba.

Observemos que predomina mucho en las lecciones del señor Morón el punto de vista político y de aplicación a las épocas contemporáneas. A la verdad no creemos que deba ser una regla inviolable de este género de trabajos el mantenerse siempre en la verdad general descarnada y abstracta; pero este es un camino resbaladizo en que no siempre es posible conservar la independencia y severidad de el pensamiento científico. Por lo demás cuando el profesor desciende a este terreno, lo hace siempre para condenar con voz severa y elocuente las miserias y la degradación de nuestro estado presente; y para alentar el ánimo de los jóvenes decaído y desconcertado a la vista de la triste realidad, y anudar otra vez el hilo de los tiempos y a que confíen en los destinos de España.

En el estilo, el señor Morón representa fielmente sobre todo con sinceridad y sin artificio su pensamiento. No ha caído en el vicio bastante común de afecto para las grandes ideas un tono hinchado y confuso; la palabra del profesor es siempre clara y perfectamente acomodada a la inteligencia de sus oyentes: cautiva y sostiene la atención más por la elevación de las ideas por la fuerza y severidad del raciocinio, por el espíritu de alta moralidad y de sincera convicción que revelan sus explicaciones, que por la armonía artificiosa y la esmerada corrección del lenguaje. El giro de la supresión es en general rápido, animado, a veces elocuente: en las lecciones tercera y sexta hay trozos modelos en el pensamiento y en el estilo.

No concluiremos sin estimular eficazmente al señor Morón a que sea perseverante en la carrera que tan gloriosamente ha comenzado. Lo que ha hecho hasta hoy, y el constante y vivo interés con que el público ha escuchado todas sus lecciones, debe inspirarle confianza en sí mismo, y en la importancia de una ciencia profesada por primera vez entre nosotros, y la sola capaz de elevar y rectificar el juicio de la juventud sobre las grandes cuestiones sociales y políticas.

Julián Sanz del Río.