Filosofía en español 
Filosofía en español


José María Quadrado Nieto

Fe literaria

No hay cosa de que hagamos uso más frecuente en los actos de la vida y en toda suerte de conocimientos que de la fe moral, ora en el dicho de nuestros semejantes; ora en la esencia misma de las cosas que rara vez penetramos. Todo cuanto no entra directamente por los sentidos, o no se deduce de un modo inmediato de los axiomas o primeros principios innatos en nuestra razón, puede llamarse objeto de fe en una acepción más o menos lata; y hasta en las materias físicas las más sujetas a los sentidos confesamos que la naturaleza tiene también sus arcanos, y arcano es la misma facultad de sentir. La fe por tanto es en todas materias el complemento de la razón, supliendo con sus alas lo que esta no alcanza con sus pasos; y así tiene más necesidad de fe humana quien tiene la razón menos expedita o cultivada, y debe creer más el que menos sabe: Pero como no hay ciencia aun de las más exactas y tangibles que no sea inapeable, forma la fe el fondo y la base de todas ellas, y las hipótesis más ingeniosas, los más luminosos sistemas no son más que dogmas interinos, digámoslo así, para los cuales nos piden fe sus autores, si no queremos rodar de duda en duda y de abismo en abismo.

La misma literatura producto de la imaginación, facultad la más libre de nuestro espíritu, que no solo se cierne en su vuelo sobre todo lo criado, sino que crea a menudo, que no solo domina lo existente, sino que extiende su acción a todo lo posible, ni es tan libre que no encuentre un límite cual es el de la posibilidad o verosimilitud misma, ni tan independiente [32] y creadora que no necesite de la fe en su apoyo; antes bien la necesita a proporción de lo que se levanta sobre la esfera de los sentidos. Tan cierto es esto, que en el lenguaje moderno se han hecho inseparables los nombres de fe y poesía, porque no hay entusiasmo sin fe, ni poesía sin entusiasmo; y así se reconocen por más poéticos aquellos siglos y aquellos pueblos que se gobernaban por la fe más bien que por la razón fría, y se confiesa que la poesía se evapora cual precioso aroma de aquel corazón del cual huyó la fe o llámense ilusiones.

Mas ¿en quién debe fijar la imaginación esta fe que le presta sus alas?, ¿acaso en la autoridad cuando prescinde de ella por su naturaleza, tendiendo siempre a la originalidad?, ¿acaso en las cosas mismas que a sabiendas inventa, adorando en cierto modo sus hechuras? No seguramente: pero tiene fe en cierto tipo, en cierto modelo infinito al cual bien sabe que jamás llegará, pero al cual se esfuerza en conformar en lo posible sus creaciones; y este tipo a falta de otra palabra, pues que atendida la vaguedad de la idea pudiera apellidarse de mil modos, lo llamaremos belleza. A ella bien o mal entendida tiende siempre la imaginación, como tiende el corazón al bien, como a la verdad el entendimiento.

Pero el primer constitutivo de la belleza es el orden y concierto, es decir, conveniencia de las cualidades de un objeto, de suerte que en nada repugnen la existencia. Todo lo imposible es monstruoso, todo lo bello debe ser verdadero o posible, ya que la verdad en su sentido más abstracto prescinde de la realidad y se confunde con la verosimilitud. He aquí soltada en nuestro concepto la contradictoria disputa de si la poesía o creación literaria reside en la ficción o en la verdad: ficción será respecto de lo real, pero verdad respecto de lo posible. Llamábanla ficción los antiguos, que tenían mas limitadas ideas del origen y destino del hombre, y no conocían otro mundo que el de los sentidos; pero nosotros consideramos que en la idealización de las cosa, contemplándolas [35] no como son, sino como pudieran y tal vez debieran ser, hay más verdad porque hay más concierto y más belleza, porque todo defecto es un desorden, un principio de muerte, un falseamiento de la esencia de un objeto. La imaginación no se eleva de la tierra, sino porque está malcontenta en su crasa esfera, y se encarga de reconstruir todo lo trastornado y degenerado; es una memoria vaga de una existencia primitiva y más perfecta, preludio de otra mejor y más duradera.

La belleza no es pues la realidad, pero sí la verdad absoluta o relativa, existente o posible; y como todas las facultades de nuestro espíritu prueban un objeto del cual deriven, y en el cual, digámoslo así, se sacien, nuestra imaginación, nunca satisfecha no menos que nuestro corazón, no menos que nuestro entendimiento, demuestra la existencia de una belleza infinita o increada, origen y término de nuestras creaciones. Así nuestras facultades cada cual por su camino vienen a parar a un mismo punto, y prueban a su manera al Hacedor en quien es uno mismo el nombre de bien, de verdad y de belleza suma que le da cada una de ellas; y cuanto más se acercan estas a su fuente, Mayor es la vida de que gozan. Ciencia, amor y poesía son dones que a menudo profanamos, o ídolos ficticios a quienes damos este nombre; pero comprendidos en su verdad y pureza solo de Dios pueden emanar, y a él sólo tenerle por último objeto.

La imaginación, es una facultad que cómo las demás puede extraviarse, siendo muy posible que lo que contempla como belleza, en sí no lo sea; pero siempre será cierto que aquella belleza la mira como verdad, que tiene fe en ella; de otro modo no se abalanzaría a abrazarla, ni la escogería por modelo de sus concepciones. En su creación hay algo semejante a la del hombre por Dios: este no conociendo nada igual a él mismo hizo al rey de las criaturas a su imagen y semejanza; la imaginación crea también a semejanza de lo mejor que en su esfera conoce: solo que en el primer caso la criatura como [34] finita debía quedar precisamente muy inferior a su Criador, y en el segundo casi siempre vale más que el Criador la criatura.

Bajo este concepto no andaba tan descarriado cual parece a primera vista el que colocaba la poesía en la imitación, que no deja de serlo por más que el original nos sea desconocido y difícil a veces de señalar. No hay facultad que en su desarrollo y movimiento sea más independiente de nosotros mismos que la imaginación, ni en la cual valga tan poco el estudio y el cultivo; el entendimiento se forma, pero la imaginación nace, y si las ideas de aquel se llaman adquisiciones no se halló otro nombre más propio para las de esta que el de inspiraciones, como que bajaban de lo alto.

Todo lo dicho manifiesta cuánta parte debe tener la fe sobre la imaginación, como facultad que más distante está de la fría razón y del alcance de los sentidos. El escepticismo no destruye menos toda belleza que toda verdad; y cuanto más vasta es la esfera de creencia en que gira la imaginación, tanto más bellezas y relaciones y armonía descubre, y tanto más rica es de poesía. Nada hace al caso lo justificado o erróneo de la fe: los pueblos bárbaros, las creencias supersticiosas encierran más poesía que todas las sociedades, cultos, que todas las observaciones filosóficas. Juzgar que se puede separar el culto de la belleza de la fe en ella, admirarla y contrahacerla, y por otra parte declararla ilusión, es la mayor de las ilusiones; y si de ejemplo necesitáramos, bastaría dar unan ojeada al estado en que ha quedado la literatura en manos de nuestros desencantados poetas. Toda la hermosura de formas sin un alma, sin una fe que las vivifique; no será más que la hermosura de un cadáver. La poesía es un sacerdocio, no una secta filosófica, cree y no discute, vivifica y no mata.

Nada hay en la literatura que no indique esta tendencia a confundir la belleza con la verdad, y a persuadirse de un objeto antes de cantarlo. ¿Qué otra cosa es el colorido uniforme [35] que baña comúnmente las obras de escritores contemporáneos o compatricios, cualesquiera sea la diversidad de su genio, sino el reflejo de las ideas o creencias de su época y de su país? ¿Qué otra cosa es el influjo que en las concepciones literarias posee todo cuanto nos rodea en lo exterior, y que en lo interior ejerce la naturaleza de nuestros sentimientos o la situación de ánimo que en aquel momento nos afecta? ¿Por qué si no, se reputan mejores aquellas inspiraciones que salen de lo más profundo del corazón, o han pesado sobre nuestro espíritu más largo tiempo? ¿Por qué, aun cuando queremos salir de nuestra habitual esfera, o trasmigrar, por decirlo así, a otro cuerpo, necesitamos poseernos de la nueva situación, y colocarnos bien en aquel punto de vista conformándonos con la virtud hipotética? Y los preceptos que determinan las formas, la propiedad de caracteres, la propiedad de imágenes, la propiedad de estilo, ¿qué otra cosa son sino leyes de verdad, proporción y concierto, a que estamos obligados a sujetar nuestras creaciones?

Así pues como la esfera de la imaginación es vasta a proporción de lo que se cree, la perfección y originalidad de sus obras está en razón de la intensidad con que se cree. El genio tiene fe en la belleza misma, pero siendo su fe elevada, ni puede creerla encarnada en algunas formas y circunscrita a un punto, ni se conceptúa capaz de crearla artificialmente de la nada. Las imaginaciones rastreras idolatran en algún sistema o en algún hombre privilegiado, confundiéndolos con la belleza misma y abdicándose a sí propias: las imaginaciones que en nada creen sino en sí, se lanzan a producir la belleza por medios artificiales, y esperan fecundizar la nada, como el que intentara crear por medio de operaciones químicas: las unas pueden llamarse supersticiosas, las otras impías en literatura, y estos extremos sobradas veces suelen andar unidos.

Los sistemas y autoridades, cuando ganan excesivo crédito, lo roban a la belleza misma, y son otros tantos pesos atados a [36] las alas de la imaginación para impedir el remonte de su vuelo; y así se aumenta el número de preceptos a medida de lo que decae la fe en la belleza, como crece el fárrago de leyes con la corrupción de costumbres. Nunca como ahora se había disputado con tanto encarnizamiento acerca de las reglas, nunca se había dado tanta importancia a los hombres y a las escuelas, nunca se había puesto tan en boga el furor de la imitación: todo esto produce ideas mezquinas, obras pálidas, parodias de lo mismo que se quiere imitar; todo esto rebaja la literatura al rango de manufactura, y no está lejos el día en que pueda tejerse un poema como una tela, sin que entre en ello por nada la cabeza. Los sistemas son tan fatales a la fe literaria, como los partidos a la política, como las sectas a la religiosa; pues circunscribiendo la esfera inmensa de la belleza un círculo reducido, o personificándola en algún modelo creado, la hacemos responsable de su estrechez misma, o de las faltas de que jamás carece su supuesto tipo. Reflejada la belleza de una en otra concepción pierde todo el brillo e intensidad de su luz; pierden su vigor y lozanía los sentimientos trasplantados a otro corazón que aquel en que brotaron; pierden su vida las imaginaciones, porque pierden la espontaneidad su dirección y la verdad de su esencia, siendo tantas las causas que en su desarrollo influyen, que acaso no haya dos parecidas sobre la tierra. Y no solo los sistemas vician lo presente y esterilizan el porvenir, sino que contaminan hasta lo pasado, evocando, por decirlo así a los muertos para hacerles tomar parte en sus rencillas y combates, desfigurando sus inmortales obras para hacerlas entrar en su molde, y explicar lo que la fe concibió por el frío análisis o por gratuitas teorías.

No seremos nosotros quienes neguemos ni la existencia de preceptos, ni la necesidad de la crítica; ni la deuda de veneración a genios ilustres y a profundos observadores: pero sí negaremos que constituyan estas cosas un elemento extraño que limite la independencia de la imaginación, o que sirvan de guía [37] a su camino. En las concepciones literarias no reconocemos más reglas que las que sean condiciones de existencia y nazcan de las entrañas mismas del asunto, y siendo los asuntos infinitos, e infinitos los modos de tratarlos, dicho está que fuerza podrán tener preceptos universales. La crítica no es más que el juicio formado sobre la conveniencia o disconveniencia de aquellas cualidades, y decide acerca de la verdad relativa de la producción, más bien que acerca de la absoluta; así es que todo buen crítico debe colocarse bajo el punto de vista del escritor juzgado. En canto a la autoridad de los literatos que nos precedieron y al respeto a ellos debido, parécenos que será más cumplido el homenaje, si atribuimos a la fuerza de imaginación, más bien que al apoyo de las reglas, la altura a que se elevaron, y su ejemplo sirve menos para trazarnos la senda que para darnos esfuerzo y lirio con que abrírnosla. No debe olvidarse que la literatura no es una ciencia en la cual se vaya ganando terreno palmo a palmo, y cuyos adelantos se eslabonen con los pasados, sino un arte cuyas producciones son por sí solas aisladas y completas con su principio y con su término; no es un camino en el cual queden impresas las huellas de los que nos precedieron, pudiendo descansar en él trechos para plantar grandes piedras miliarias, sino un espacio inmenso en el que se vuela, y no se anda, sin quedar en él rastros algunos del vuelo. Las ciencias son una herencia que progresivamente se aumenta y se trasmite; la literatura es un don puramente individual que nace y muere con su dueño. Y cuenta con atender demasiado a las cuestiones de escuelas y sistemas, porque todo el tiempo que gastamos en definir la dirección que seguimos, o en rastrear la que otros han seguido, perdemos de vista a la belleza objeto y término de ella.

No se tema que nuestros principios estableciendo una especie de fanatismo en la inspiración y un desprecio de toda autoridad y regla, tiendan a rebajar el estudio y a destruir el arte, escudando con el pretexto de original cualquier, extravío y [38] monstruosidad. Cuanta más fe se tiene en una idea, más limadas y perfectas son las formas con que se la reviste, así como adornamos de más ricas joyas a la efigie que más veneramos. Sucede en esto lo que con las ideas bien concebidas, a las cuales sigue de por sí la expresión más exacta. Los sistemas vaciando en su molde las producciones dispensan de mucho trabajo, y a la sombra de sus códigos y entre la confusión de la lucha pueden abrigarse muchas medianías; pero cuando uno es literato porque piensa, y no piensa en cómo ha de ser literato, cuando no pregunta a la moda dónde está la belleza, sino que la señala, la conciencia de su trabajo suele estar en proporción de la fe que tiene en la idea y en la estabilidad de su belleza.

En otros tiempos cuando la literatura era reina en su esfera y daba leyes al gusto y a la opinión en vez de recibirlas, eran regias también sus obras en solidez y majestad. El literato recibía el sello de su siglo sin buscarlo y aun sin conocerlo, pues se imprimía sobre sus ideas y sentimientos; pero ejercía a su vez sobre el siglo con sus producciones un influjo mucho más activo y marcado. Estudiaba más sus obras y no tanto a sus lectores, consultaba menos a la sociedad que a su imaginación, aspiraba a la belleza, los aplausos los dejaba al acaso, y producía tanto más efecto cuanto menos se esforzaba en producirlo. Aquella fe viva, aquel culto desinteresado le inspiraban mejor que todos los reclamos de periódicos, que las más brillantes proposiciones de un editor. En vez del incienso anticipado de los anuncios respiraba por largo tiempo el polvo de sus libros; vivía años enteros de una sola idea, y todo lo que veía y sentía durante aquel período lo refería a ella; investigaba la creación entera, y todo le parecía poco para adornar aquella idea querida; sepultábase en el silencio de su estudio, como los astrólogos y alquimistas de la edad media en las entrañas de la tierra, y al cabo de prolongadas vigilias y de misterioso trabajo volvía a la faz del mundo con su obra inmortal en la mano, clamando: «la hallé, la hallé», como Arquímedes. Ni les importaba acumular obras: [39] como el viajero que en las llanuras de la Mancha ve desde el principio de su jornada el pueblo en que ha de dormir aquella noche, desde su juventud primera veía tal vez el blanco al cual había de dirigir los esfuerzos de toda su vida; trabajaba como las abejas sin pensar en si gozaría del fruto de su trabajo, ni se apresuraba a publicarlo; ¿no había producido ya?, ¿no gozaba contemplando su producción?, ¿qué mérito podía añadirle el que la vieran y aplaudieran los otros? Y además todo no moría con él; quedaba su obra, quedaba una posteridad para admirarla, y ni aun comprendía que una vez admirada pudiera ser olvidada por la generación siguiente, ni que estuviera sujeta la belleza al giro de los siglos. Sin hablar de los tiempos anteriores a la invención de la imprenta en que la nombradía andaba perezosa y lenta al par de la pluma de los escribientes, ¡cuántas obras aun después no salieron póstumas, cuántas no quedaron inéditas! Dícese que ahora se escribe más abundantemente; dígase que se imprime más, que todo se imprime; pues sumando lo inédito y lo impreso no sé si caería a favor nuestro la balanza. En una palabra los literatos antiguos aspiraban a la celebridad, los nuestros a la popularidad; medítese bien el sentido de estas dos palabras, y se hallará la diferencia que los separa.

Se ha dicho que los grandes genios no sabían lo que producían; lo sabían, sí; lo que no sabían o no curaban era lo que dirían de ellos los demás. La fe en la belleza al paso que les llenaba de noble orgullo emancipándoles del juicio ajeno, lo restringía saludablemente reconociéndose instrumentos de un impulso, de un numen superior. Pero cuanto menos se creían dueños de la idea, tanto más ponían de lo suyo el estudio del arte y la perfección de las formas. Once años trabajó Virgilio en su Eneida, y algunas leves incorrecciones fueron causa bastante para que legara a las llamas su inmortal poema; y Virgilio no era cristiano, no podía conocer más humildad que la que infunde la fe en el arte. ¿Se comprende esto en medio de una literatura de fragmentos, en un tiempo en que cada novel [40] autor se cree obligado a dar al público los primeros apuntes de su obra?

Varias son las causas de la decadencia de la literatura; decadencia que en vano procuramos ocultar con el clamoreo de los vítores y disputas, y con los trajes más deslumbrantes y refinados que ricos con que la engalanamos; pero todas vienen a reducirse a una misma, a la extinción de fe, a la carencia de originalidad. Asentamos que la mejor literatura era la que más se acercaba a la verdad; la que más espontáneamente nacía del alma y carácter del autor: júzguese ahora de la bondad de la moderna en general por su espontaneidad. El escepticismo por una parte, el materialismo o positivismo por otra han extinguido toda idea de bien, de verdad y de belleza; y el poeta encontrando su alma vacía pregunta a los otros; su imaginación en vez de vivir en sí vive en ellos y para ellos, acecha tras cada esquina lo que dicen de su primera obra antes de escribir la segunda, explota por el último alcance el estado del gusto y de la opinión, como el comerciante la alza y baja de los fondos para dirigir sus especulaciones, abre una tienda donde despacha sus géneros a gusto de los consumidores, y una colección de sus obras dispuesta por fichas sería tan seguro garante de la moda de sus respectivas épocas como una colección de figurines. Si quiere dar verdad a sus composiciones, tropieza con la realidad, y la escoge por tema; ¿qué importa la belleza, si es un retrato y se trata sólo de lo parecido? Si al contrario busca la belleza ideal, su imaginación, sin auxilio del corazón ni del entendimiento, seco el uno y sin luz el otro, no alcanza a producir sino un ardor ficticio que infunde una conmoción galvánica pero no vida a sus creaciones; y gracias si al remontarse a lo pasado como más poético, sus ojos inficionados no alteran los objetos, y le hacen calumniar lo que intentaba celebrar. Así se arrastra por lo general nuestra literatura entre mezquinas copias de lo presente y entre monstruosas adulteraciones de lo pasado, entre insulsos y cínicos cuadros [41] de costumbres y entre ampulosas y descabelladas leyendas, entre la chochez de la corrupción y el delirio de la fiebre, no sabiendo ser elevada sin tocar en hipócrita y declamadora, ni verdadera sin rayar en frívola y descarada.

Pocas pero honrosas excepciones hacemos en favor de ciertos escritores ilustres que, vindicando a este siglo de la incapacidad de producir genios, no hacen sino más culpables a sus contemporáneos: hablábamos aquí de esa literatura de consumo que abastece los folletines y los teatros, que anda siempre pegada a las esquinas, que se ha constituido en oficio permanente. La poesía dejando de ser inspiración, no es ya más que un arte; y el genio, de llama divina como se le llamaba, ha bajado a ser capital, cuyos réditos no tardarán en ser calculados tan matemáticamente como los de un banco. No hablemos ya de la gloria póstuma, en la cual hacen bien al menos en no confiar; pero ni aun esta ruidosa y de circunstancias en nada se aprecia sino en cuanto sirve para realzar el crédito de la fábrica y dar salida a sus manufacturas. Así se prodigan los elogios y distinciones como monedas de poca ley y valor, y se echan a los rapaces y principiantes para que se las disputen. En medio de esta instabilidad continua, de esta helada indiferencia, de esta desacorde gritería de miles y miles de voces, ¿quién sabrá guardar dentro de su corazón el entusiasmo?, ¿quién confiará bastante en su voz para dejarse oír?, ¿quién aceptará por recompensa una gloria tan envilecida, o esperará en una fama duradera?, ¿quién sabrá resistirse a tantas tentaciones por una parte, y a tantos desengaños por otra?, ¿quién aislarse dentro de sí mismo para rendir en el silencio de su corazón generoso culto a la desconocida belleza? No seamos rigurosos con esta generación, y compadezcamos al joven de genio que en ella se abrigue, que acaso le valiera más haber nacido durante la irrupción de los bárbaros o en las tinieblas del siglo X.

¿Qué estudio puede caber en el que trabaja a sueldo y a destajo?, ¿qué lima y perfección en lo que ya se sabe que no ha [42] de servir mañana? Cada cual se apresura a producir antes que pase la moda de su artefacto, y aun así a menudo llega tarde; los frutos se cogen en agraz por temor de que otro los robe; los principiantes siguen sus cursos y aprenden a versificar a costa del público; el público es su maestro. La misma facilidad de saber nos hace superficiales, la multitud de recursos nos embaraza; y aun los escritores más concienzudos ceden a la tentación o a la necesidad de la época improvisando y corriendo. Las obras, incompletas aun, nos son arrebatadas de las manos por una corriente ineluctable que mucho tememos no sea la del Letco. Será aprensión nuestra, pero a vista de los montones de volúmenes que este siglo ha lanzado, en muchos de los cuáles reconocemos con todo muy buenas prendas y muy dulces encantos, nos sobrecoge el mismo pensamiento desconsolador que asaltó a Jerjes a vista de su ejército de dos millones antes de pasar a la Grecia: ¿Vivirá alguno de estos de aquí a cien años?

Antes de concluir indicaremos, aunque muy de paso porque nos reservamos exponerla con más extensión, otra causa íntimamente ligada con la decadencia de fe literaria, y es la decadencia de la religiosa. Hemos dicho que los siglos de fe eran también los de poesía, y siendo esto cierto aun respecto de las falsas creencias, ¿cuánto más lo será respecto de la cristiana, que descubriendo al hombre la verdad le señala el camino de la belleza? El cristianismo vino a regenerar todas las facultades humanas, y con una sola palabra descifró el enigma y calmó las ansias del corazón, del entendimiento, de la imaginación, que se agitaban afanosos por falta de objeto en quien saciarse. Las que fueron verdades para el entendimiento, fueron bellezas para la imaginación: y la naturaleza espiritualista y el sello sobrenatural que llevaban las ideas contribuyeron no poco a realzar su poesía. Así se ha reconocido en este siglo, apenas serenada algún tanto la tormenta que en el pasado sufrió el cristianismo; y algunos, para quienes sus dogmas habían dejado de ser verdades, quisieron cantar sus bellezas; pero sus himnos han sido [43] una profanación nueva, y una fuente además de extravío y de mal gusto literario; porque de mal gusto es todo lo falso. La imaginación es muy libre para lanzarse a esta o aquella belleza, pero una vez escogida no puede desfigurarla; puede vivir en un orbe cualquiera, pero debe conformarse a las leyes de aquel en que vive. No es preciso que un poeta cante las bellezas religiosas por más que sean las superiores y fuente de todas; y aun algunos abrigaron una imaginación gentílica en una alma muy cristiana, sin que por esto faltara belleza a sus obras, pues había en ellas verdad relativa: pero entrando en la esfera de la religión la imaginación debe ser estricta y ortodoxamente religiosa, sin poder apartarse de la verdad so pretexto de mejorarla. No puede haber belleza donde hay contradicción, y la hay mucha en estas monstruosas adulteraciones del dogma cristiano que vemos a cada paso en los modernos poetas: porque si no creen, están de sobra los homenajes, y si creen, son sacrílegas las restricciones.

No diremos lo mismo con respecto a la literatura escéptica, pues en ella puede haber poesía, puede haber belleza, puede haber verdad respecto a la situación en que el hombre se coloque. Byron, Goethe, Fóscolo ¿quién les negará el título de poetas?, en aquella estrepitosa alegría y melancolía profunda, en aquella amenazadora serenidad y en aquellos martirios del corazón, en aquel caos de abyección y grandeza hay una belleza satánica, si se quiere, pero indeleble; ahora bien, colocad al hombre de espaldas a la luz, apagad la antorcha de la revelación, y habrá también en aquel cuadro una verdad asombrosa. Además es tal la naturaleza del espíritu, que mientras dé señas de vida vive con él la poesía, porque aspira siempre a la belleza; y sus gemidos, sus delirios, su sed inextinguible, su continua protesta contra los sentidos nunca dejarán de ser alto y sublime asunto. Solo una cosa puede matar el espíritu y la poesía con su traidor beleño, y es la indiferencia o sea el materialismo. [44]

En estos tres artículos que son una exposición más lata de las ideas del prospecto y la base de las que nos proponemos desarrollar, intentamos probar que la fe era vida de la razón, vida de las sociedades, vida de la imaginación; que entendida en su recto y genuino sentido, solo de Dios podía derivar en los tres órdenes religioso, político y literario, y que si de él la extraviábamos debíamos colocarla en algún principio humano, sujetándola a un dominio más degradante y menos seguro. Ignoramos si hemos logrado nuestro propósito, pero al menos se comprenderá que hayamos escogido por título de nuestra publicación lo que es en nuestro concepto la explicación y la base del universo.

José María Quadrado