Filosofía en español 
Filosofía en español


Fantasías de centinela

Se ha dicho que la noche encierra en sí un gran fondo de poesía, y que han existido hombres tan enamorados del firmamento en una noche serena, que han robado al sueño sus ambiciones y se han dejado llevar de un legítimo paroxismo ante el espectáculo majestuoso que se les ofrecía. Nada tiene esto de extraño. Hace mucho tiempo que venimos examinando la noche bajo todos sus aspectos, y la verdad, nos parece poco cuanto de su belleza y grandor se ha escrito y los suspiros tiernos que pechos sentimentales han exhalado, independientemente de su voluntad. Nos explicamos los anhelos de Mónica y Agustín en el puerto de Hostia, así como las tristezas de Lutero y su enamorada, frente a tal espectáculo. Y es que la majestad de la noche invita a todo. Tanto grandor y maravilla produce en el pecho un cúmulo tal de sentimientos, que este rebosa alborozado, y al querer dar expansión al corazón, brotan de los ojos fuentes de lágrimas sin que sea dable a los labios pronunciar palabras exactas y adecuadas.

Este fenómeno lo habrán observado y aún quizá experimentado miles y miles de soldados, que durante la actual campaña no se habrán entregado una noche completa en los brazos de Morfeo, sin haber rendido a la Patria el tributo de servicio, al principio, en el medio, o al fin de la noche. Pero, como en todas las cosas la costumbre mata la impresión, y habrá pasado a ser fenómeno ordinario lo que en un principio era admirable y extraordinario.

¡Oh! aquellas noches de verano en que, hasta la misma luna parecía mostrar rostro halagador y simpático, e invitaba al sufrido centinela a un festejo placentero; aquel rosicler encantador que teñía el cielo de fuego y parecía formarse en señal de satisfacción por los triunfos logrados en pro de muestra santa Causa, aquel día la aurora brillante de la mañana, precursora de un nuevo día colmado de nuevos triunfos… todo esto, con la costumbre, no viene a causar más impresión que la producida por la luz del día en el común de los hombres. Momentos hubo en que la mente se veía obligada a repetir los versos inmortales de Fray Luis de León:

Morada de grandeza,
templo de claridad y de hermosura
mi alma que a tu alteza
nació, ¿qué desventura
la tiene en esta cárcel baja, oscura?

Pero después, y con el tiempo, nada llama la atención y el canto de un pájaro distrae más que la noche con todas sus maravillas.

Ahora bien ¿quién será capaz de expresar por medio de guarismo, las ideas, los pensamientos, las ráfagas de luz que cruzan por la mente y la fantasía del centinela en las largas horas de parapeto durante el silencio de la noche? ¿Habrá cuestión, habrá objeto, existirá asunto, sustentará la tierra cosa alguna sobre todo lo cual el centinela no piense, no medite, no desee, no opine, no bendiga o maldiga? No. Por aquella fantasía como por una cámara cinematográfica, va desfilando la guerra con todos sus agentes, sus causas, sus consecuencias: los personajes que la dirigen, los ejércitos que intervienen, las conquistas que se realizan... por allá cruzan las naciones desempeñando cada una su papel; allí se recuerda el estado luctuoso que a la contienda nos trajo; se ambiciona la paz, bien insuperable que las naciones no conocen sino cuando lo han perdido; allí se hace memoria de la familia, del hogar, del pueblo, de los amigos, allí... pero ¿a qué seguir, si la luz en su carrera no es más veloz que la fantasía en sus expansiones?

En días sucesivos, iremos exponiendo algo de esas ráfagas fugaces que cruzan y han cruzado por nuestra imaginación en los interminables turnos de centinela, para que vea la retaguardia que el soldado español no solo es instrumento material en esta guerra, sino agente formal que piensa, medita y desea.

E. Gutiérrez Lasanta.
Soldado de Infantería.




Fantasías de centinela
II
Nuestra causa

Nada más admirable en la guerra presente que la Causa que defendemos.

Hay que reflexionar atentamente sus significados, para concluir que en esta cuestión, el Pueblo Español ha progresado de una manera maravillosa. Lo han dicho nuestros Generales muchas veces: El Ejército Español, secundado por las briosas Milicias Nacionales, se lanzó a la calle el día memorable de julio, no por defender un sistema ni una dinastía sino para salvar la santa Causa de Dios y de la Patria. ¡Ah! y cuántas veces el centinela en el curso de sus fantasías viene a hacer estación sobre este asunto y expuesto a caer en la tentación que produce una larga campaña de sacrificios y penalidades, se ve sostenido por el súbito recuerdo de la Causa me defendemos, que no es un hombre, que por muy destacado y patriota que sea al fin es hombre: ni un sistema político, cosa fugaz y pasajera: ni una dinastía que por respetable que ella sea al fin es cosa humana. La causa inmortal, justísima y santa por la que batallamos es de una Patria y una Religión. Y lo admirable en el caso presente es esto: No solo defendemos una Causa alta y excelentísima sino que hemos supeditado las demás a ella: todas las causas y razones que en otros tiempos eran motivo suficiente para lanzar al campo de batalla miles y miles de hombres. Política, partidos, sistemas, regímenes, dinastías, mesianismos, todo está sometido al Ideal sagrado que llevamos grabado en nuestro corazón.

El mismo Caudillo, única Personalidad que resalta en nuestro Movimiento, por encarnar sus esencias y sus causas, ha demostrado por medio de sus actuaciones, de sus decretos y de sus discursos, que cifra toda su grandeza en ser el primero y más fiel Servidor de la justa Causa que defendemos.

Y hace rebosar el pecho de entusiasmo, saber que entre los caídos en esta guerra, los ha habido de sangre y estirpe real; y rebasa los límites de la admiración cerciorarse que entre los pretendientes a forjar con su defensa y su sangre el Pabellón de la Nueva España, los hay legítimos príncipes de sangre y abolengo real español. Es que como acaba de decir García Sanchiz “los príncipes se han dado cuenta que una corona hay que ganarla”. Sí, hay que ganarla como la ganaron nuestros grandes Reyes, que, antes de subir al trono subieron muchas veces al caballo enjaezado con los arreos de la guerra: y antes de pasear en carro triunfal por las ciudades, cruzaban penosamente pueblos y caminos en pro de conquistas, de triunfos y de trofeos. La causa inmortal se ha impuesto, y a ella se ha supeditado toda una política, todo el sector civil de la nación, toda opinión particular sobre cuestiones secundarias, porque al encarnar la representación de nuestra Causa el Elemento Militar, único que hoy nos gobierna y dirige, nadie más, absolutamente nadie, debía mover un solo dedo de su mano si no es requerido por la propia Autoridad Militar.

No ha podido encontrarse coincidencia más feliz, que la de representar nuestra santa Causa, una Organización más justa, más imparcial y más disciplinada que el Ejército.

Ahí está la garantía de nuestra constancia, de nuestra resistencia y de nuestros triunfos. El soldado en la trinchera examina la Causa que cobija nuestras operaciones; somete a juicio las personas que lo encarnan y no descubre ni en una ni en otra el menor atisbo de egoísmo, injusticia y sinrazón. Aplicando al caso presente un principio de mística, diríamos que luchamos por Causa tan justa, que nos hallamos al margen de toda ingratitud y no corremos riesgo de ser mal retribuidos.

Si Dios, parodiando un pasaje eclesiástico, pidiese algo más a la noble nación española, ésta podía responderle con la mano puesta sobre el pecho: He ofrendado en aras de tu amor y de tu Causa las esencias puras de mi ser: profeticé esta santa Cruzada con Mártires del deber y del patriotismo; sacrifico diariamente vida, sangre y voluntad; emplearé mis reservas, después de la contienda, en levantar un magnífico Alcázar de mi Fe ¿qué más puedo yo hacer? Emplearé también mi voz en repetir el canto de mis glorias: “Cristiano y español con fe y sin miedo. Canto mi Religión, mi Patria canto”.

E. Gutiérrez Lasanta




Fantasías de centinela
III
La religión

Consagramos el artículo anterior a hablar de nuestra Causa, pero en términos generales y sin detallar lo suficientemente requerido por el asunto. Cada una de las partes que componen nuestro Ideal, ofrece pábulo abundante para emplear grandes resmas de papel sin traspasar nunca el preámbulo del asunto. ¡La Religión! ¿Es esta cuestión indiferente para el soldado pensativo en sus horas de fantasía? De ninguna manera. Y cómo va a serlo si aun cuando su educación cristiana sea deficiente, recibe todas las semanas cartas de su madre y en ella le dice “que ruega continuamente a la Virgen del pueblo por su suerte”, y que aún no ha terminado una “novena” cuando comienza tres más? Pero aparte de esto, ¿cómo va a ser indiferente para un soldado el tema de la Religión si no hay libro en lengua española que no relate sus maravillas, si no hay obra de arte que no lleve estampado el sello de la Religión, ni pueblo que no nos hable de la fe de sus mayores “con la elocuente voz de un santuario en ruinas”?

Desfilan por la mente del centinela los Monumentos religiosos, que una Piedad ardiente levantó en nuestro suelo. El Pilar de Zaragoza, Fundamento de nuestra Fe; Santiago de Compostela, la Tradición Religiosa incrustada en piedras de granito; el Monasterio del Escorial, Palacio, Convento y Mausoleo a la vez; la Catedral de Burgos, Giralda de Sevilla, Mezquita de Córdoba, Cerro de los Ángeles… las joyas artísticas, compendiadas en la Custodia de Toledo, el Cuadro maravilloso y significativo del entierro del Conde de Orgaz, las Inmaculadas de Murillo… los trozos literarios escritos sobre la Religión por nuestros grandes escritores, aquellos párrafos de Balmes, Donoso Cortés, Menéndez Pelayo, Vázquez de Mella, Aparisi y Guijarro, A. Pidal y Mon…

¡Cuántas lágrimas no se han derramado, solamente por la lectura del epílogo a la “Historia de los Heterodoxos españoles”! La Iglesia nos educó a sus pechos con sus Padres, con sus Mártires y Confesores, con el régimen admirable de sus Concilios. Por Ella fuimos nación y gran nación, en vez de muchedumbre de gentes colecticias, nacidas para presa de la tenaz porfía de cualquier vecino codicioso. No elaboraron nuestra “Unidad” el hierro de la conquista ni la sabiduría de los legisladores: la hicieron los dos Apóstoles y los siete Varones Apostólicos: la regaron con su sangre el Diácono Lorenzo y las Vírgenes Eulalia y Engracia: la escribieron en su Draconiano Código los Padres de Yliberis, brilló en Nicea y en Sardis sobre la frente de Osio y en Roma sobre la frente de San Dámaso; la cantó Prudencio en versos de hierro celtibérico…

Cruzan por la imaginación del centinela, como en tropel, las obras literarias y científicas que sobre la Religión se han escrito, desde los Tratados Morales de Séneca hasta el Divino Impaciente, haciendo hincapié en las Etimologías de San Isidoro; Libros Apologéticos de Raimundo Lulio; Teología Natural de Raimundo Sabunde; Políglotas de Arias Montano; Lugares Teológicos de M. Cano; Autos sacramentales de Calderón de La Barca; España Sagrada, del P. Flórez; Filósofo Rancio, de Alvarado; Protestantismo comparado con el Catolicismo, de Balmes; Ensayo sobre el Liberalismo, de Donoso Cortés; Historia de los Heterodoxos, de Menéndez Pelayo; Filosofía de la Eucaristía, de V. de Mella…

Y si no es tanta su cultura, y en sus oídos no han resonado jamás tales nombres, ¿no es poco decir en favor de la Religión, aquellas fiestas lugareñas que el centinela recuerda, con fruición, comenzadas con una misa solemne, seguidas de una rogativa a la Virgen de la Ermita, y terminadas con la alegre música de la tarde?

La Religión, se ha dicho, grande para con los fuertes, se hace pequeña para con los débiles y debemos añadir que la honran tanto las frases encomiásticas de los sabios, como los humildes recuerdos de los ignorantes. Por eso un suspiro lanzado por el humilde centinela, evocando aquellos tiempos de religiosidad, de paz, y felicidad es tan honroso para la Religión, como los brillantes argumentos de un Apologista.

¡Por Dios, por la Religión, por una España católica: Ideal sublime que a solo los españoles nos está reservado defender, mientras el resto del mundo se limita a creer!

Se repite la Historia, “Roma creía, España amaba.”

E. Gutiérrez Lasanta




Fantasías de centinela
IV
La Patria

«El sentimiento de Patria, ha dicho Menéndez Pelayo hablando sobre España, es moderno.» Frase que pudiera tacharse de paradójica o ambigua, pero que examinada a través de un tamiz reflexivo, no hay razón para ello. La Patria, como la Libertad, la Igualdad y la Democracia, son nombres adulterados, profanados y corrompidos por la malevolencia de un siglo que se goza en empañar con su aliento corrosivo el trasparente cristal del «habla humana». Con razón dijo Balmes que en las revoluciones, ni el lenguaje se libra de ser ajado y corrompido. ¡La Patria! invocamos frecuentemente los que soñamos con España grande; ¡la Patria! prorrumpen los que desean vender España a Moscú. Defendemos una «Patria grande» gritamos los que luchamos y morimos por Dios y por España. Defendemos una «Patria grande» responden los que luchan y mueren al grito de ¡Viva Rusia! con la saña de un apóstata. La «Patria» se desgarra de dolor en esta lucha sangrienta repetimos muchas veces; y otras tantas el eco de enfrente hiere nuestros oídos. Y es que la palabra «Patria» a fuer de ser invocada por unos y por otros ha pasado a la serie de términos equívocos, anfibológicos y aun paradójicos. Bajo su invocación se cobijan los sentimientos más nobles, las ideas más sublimes, los más leales deseos, es cierto; pero también se esconden las intrigas nefastas, las bastardas pasiones, el descarado caciquismo. ¿No se realizó la obra siniestra del Frente Popular bajo la salvaguardia hipócrita de la Patria? El sentimiento de Patria por muy hondas que quieran verse sus raíces, es moderno entre nosotros. Gloria será y muy legítima para la Roma imperial, haberlo cultivado desde tiempos inmemorables; nosotros los españoles, no hemos expresado nunca nuestros Hechos y Proezas con ese nombre, que aunque bello y sentimental para el resto del mundo, resulta para nosotros un poco seco, quizás frío y hasta poco significativo. España, pueblo especial de la tierra, que basa sus glorias en sus específicas cualidades y atribuye sus infortunios a las «generalidades» en que se nos ha querido moldear, europeizándonos y civilizándonos; España quiere algo más lleno, más candente y significativo. Los españoles en lugar de una «Patria» escueta, queremos una España grande, una «Nación Española» íntegra y unida, un Pueblo Español perfectamente organizado y justamente constituido; y a lo más, a lo más, queremos «Nuestra Patria» que ya es bastante más decir que la «Patria». Y es que nos gustan los nombres íntegros, los términos propios, las palabras bien definidas y asaz significativas.

¿Cómo vamos a usar los españoles –que ya es bastante decir «españoles»–, el mismo lenguaje que usa un ciudadano indistintamente, desde que sabe el nombre de su nación o mejor diríamos desde que conoce el trozo de tierra donde vio la luz? Y no es esto solo. ¿Cómo nos vamos a acomodar al léxico enemigo, pretendiendo, a lo menos verbalmente, lo mismo que él pretende? Bien interpretado está el «credo» patriótico que repetimos con entusiasmo: Una Patria, Un Estado, Un Caudillo. Pero es inseparable el complemento: Una Patria, España; Un Caudillo, Franco. Y si quisiéramos simplificarlo más, diríamos: Una España, Un Estado, Un Caudillo. Más acierto hay en el triple grito que pronunciamos con toda la fuerza de nuestra alma: España, Una; España, Grande; España, Libre. Aquí sí hay definición; no busquéis nada semejante al enemigo.

Pero… ¿Y esto también cruza por las fantasías del frente…? ¡Pues se ha de cruzar! Si el hombre es una «caña pensante» y no quiere sino pábulo y luz! ¡Ah! y tiempo para pensar que por ¿fortuna? el frente brinda bastante.

E. Gutiérrez Lasanta




Fantasías de centinela
V
Algo sobre Balmes

Cumplióse el día 28 el aniversario del nacimiento de Balmes. Si por solas razones de patriotismo es ya una obligación hacer en su día digna mención del gran filósofo español, profundo político e insigne sociólogo, este año acrecienta la obligación una nueva circunstancia: La horda salvaje de Cataluña en un acto de cerrilismo inexplicable, llegó a engañarse en el cuerpo por mil títulos respetable y digno de veneración del ejemplar sacerdote de Vich y lo profanó irrespetuosamente, dando así pruebas inequívocas del patriotismo acendrado que profesan los separatistas, pues con tanta saña se ceban en sus propias glorias regionalistas. Además las circunstancias que atravesamos obligan a que nos entretengamos en los diversos aspectos que ofrecen las obras magistrales del insigne español que llamó a cuestión a todos los problemas que ofrecerse pueden a un Gobierno. Frente a la situación española se plantean una buena serie de estos problemas, en todos los órdenes y tendencias. Aparte de aquellos que la guerra nos ha de dejar con urgencia apremiantes de solución, tenemos los encaminados a reconstruir nuestra Patria sobre bases sólidamente tradicionales sin despreciar el espíritu y estilo que traen consigo los tiempos modernos.

Y una de las fuentes que en la memoria se ha de tener para ello, serán las doctrines balmesianas, ámplias y universales como quizá ningún otro escritor las proporciona.

Fogueados todavía en medio del fragor de la lucha, no creemos oportuno exponer ideas sobre asuntos a los que el tiempo señalará su propicio lugar; únicamente vamos a glosar el juicio de Balmes sobre la civilización, causa indirecta que en la guerra actual defendemos. Este es el mejor tributo que se puede rendir a un maestro y el mejor resarcimiento que podemos tomar.

Balmes da por buena la definición de la civilización expresada en los siguientes términos: La civilización consiste en la «perfección de la sociedad». Pero hallándola muy elástica, pasa luego a exponer en sus justos términos las condiciones de la civilización. Y ¿en qué basamos esa perfección? Balmes responde de la manera más acertada y concreta al decir: entonces existirá la civilización, cuando coexistan y se coordinen en el más alto grado: La mayor inteligencia posible en el mayor número posible, la mayor moralidad posible en el mayor número posible y el mayor bienestar posible en el mayor número posible. Muchas veces hemos pensado, si Balmes al expresar tales condiciones –que no son accidentes sino la esencia misma de la civilización– procedió al acaso, por creer nosotros que la moralidad debía ocupar lugar preferente a la inteligencia: pero después de reflexionar, hemos comprendido que el autor del Criterio tuvo un acierto feliz en la expresión literal de los términos pues profundo pensador sabía, que lo primero, lo esencial y lo específicamente diferencial en el hombre es la inteligencia y después viene en consecuencia la moralidad que fundamentada en la voluntad previene necesariamente un entendimiento. Nihil volitum quin praecognitum.

Y Balmes aplicó su definición a la civilización, pensando quizá en el individuo, en el hombre, único ser capaz de la civilización. No obstante, considerando la definición a posteriori, y en su aplicación directa a la sociedad, más propiamente que al individuo, creemos la moralidad debe llevar la supremacía en el orden, continuar la inteligencia y complementarse con el bienestar. Una sociedad, no digamos civilizada sino tan solo fundamentada, requiere necesariamente la moralidad. La moralidad perfecta, no la estoica, es solo efecto de la Religión. Por eso decía Platón: Omnis humanae societatis fundamentum convellit, qui Religionem convellit, que vertido a nuestro idioma dice: Aquel que destruye la Religión, destruye los fundamentos de la sociedad. Plutarco creía más fácil levantar una ciudad en el aire que construir un pueblo sin creencias y conocido es de todos el famoso párrafo en que dice: Recorre la tierra en todas direccione; encontrarás ciudades sin murallas, sin senado, sin foro; lo que no encontrarás será un pueblo sin altares y sin dioses.

Donoso Cortés dice de Numa Pompilio, que queriendo hacer de Roma la Ciudad Eterna, hizo de ella la Ciudad Santa.

Para una intelectualidad superficial y un vulgo frívolo, la moralidad no tiene la importancia suficiente que para una legislación sabia y prudente requerimos, al hallarnos en ocasión de organizar el nuevo Estado español. Y es que se olvida que aparte efectos de reforma nacional y seguridad social la moralidad es un exponente económico que preserva de cuantiosos impuestos a la sociedad. No quiero traer más pruebas que una alusión: el discurso de Donoso llamado de los frenos. Allí se demuestra cómo a medida que el termómetro religioso desciende, sube el termómetro de la fuerza y viene entonces la creación de los ejércitos permanentes, de la policía oficial, de la policía secreta y de las mil otras instituciones coercitivas, encargadas de guardar un orden cada vez más en quiebra.

Todo ello se reformaría con una conciencia moral, individual primero, colectiva después, como poéticamente expresan estos versos,

«Si a reformarse primero
cada cual pone atención
como cosa fácil veo
poder reformar muy luego
por completo una nación.»

En pos de la moralidad viene la inteligencia. La inteligencia orla a la sociedad con un nuevo atributo: el de la cultura. Una sociedad moral y culta, produce los mismos efectos que un individuo moral e inteligente. Son tan maravillosos que a tales hombres los apunta la Historia como a faros luminosos colocados en los puntos estratégicos del mundo, para dirección y guía de la Humanidad. La inteligencia es luz y su cultivo produce una especie de «arco iris» plasmando cada uno de sus colores en los diversos ramos de la sociedad y conduciéndola en alas del progreso al puerto ambicionado del bienestar. El bienestar, tercer elemento constitutivo de la civilización, es consecuencia legítima de la moralidad y de la inteligencia. Es una especie de barniz social, la ornamentación del edificio. El bienestar supone la felicidad de los individuos, la dicha de la familia, célula de la sociedad, según Balmes. Una sociedad que puede apuntarse entre sus glorias legítimas, la de disfrutar de un bienestar envidiable, ha conseguido lo que la ambición, el interés y la preocupación no pueden conseguir. El individuo como la sociedad ha nacido para vivir pacíficamente, atendiendo a todas las necesidades que un ser racional reclama, con una base moral, una diadema de ilustración y un ambiente de bienestar. Hacer de la guerra el estado natural de las sociedades con ese conjunto de recelos, sospechas y preparativos, es invertir la naturaleza humana, trastrocar el orden de la civilización, dar la razón a Hobbes. Ojalá que nuestra Patria se constituya dentro de estos linderos de civilización ahondando en firmes fundamentos morales, cultivando las inteligencias y persiguiendo un apetecible bienestar. Lo demás, poder, grandeza, imperio, nos vendrá como por encanto. Busquemos primero la verdadera civilización, que todo lo demás se nos dará por añadidura.

E. Gutiérrez Lasanta.
Soldado de Infantería.




Fantasías de centinela
VI
Al fin Castilla

Santander ha vuelto a ser de España. Su conquista se ha realizado de una manera inusitada. Más que conquista, ha sido rendición. En esto hay algo notable que conviene destacar. Allá por el mes de Octubre, el briosísimo Coronel Yagüe, dirigía desde Radio Burgos un duro apóstrofe a la bella ciudad montañesa, única entre las castellanas que no había respondido al movimiento. Sus palabras estaban henchidas de razón, porque era algo incomprensible que la patria de Pereda y de Menéndez Pelayo, cuyo espíritu patriótico ha flotado siempre al nivel de los más acendrados espíritus españoles, retrajese su cooperación a este movimiento glorioso, dirigido a plasmar en la carne misma de España el sello de patriotismo que de luengos siglos ha se viene defendiendo.

Había sobre Santander una extrañeza inexplicable; cierta nota enigmática cuya explicación esperábamos con ansia; ansia que nacía de un verdadero afán de justicia. Y al fin su explicación ha llegado. ¡Santander se ha rendido!; he aquí la solución. Porque el esfuerzo hercúleo de la ciudad castellana, al presentir el acercamiento de nuestras fuerzas es digno de loa, y, a mi entender, es tan meritorio el gesto patriótico de Santander en el día de hoy, como lo hubiera sido el primer día del movimiento. Vamos a verlo. Examinando el proceso crítico de cada una de las provincias secundadoras del movimiento, se desprende con toda lucidez que su suerte se jugó accidentalísimamente, y la incorporación a la causa dependió de una circunstancia mínima, ajena a la voluntad de las personas civiles de la población. Concretándonos a Santander, aseguramos que la voluntad de la inmensa mayoría de la población, deseaba el movimiento salvador, y estaba con nosotros. Pero los jefes y dirigentes, a quienes estaba confiado el compromiso de la sublevación, por causas de mínima accidentalidad: falta de decisión, unos minutos de espera, cierta credulidad infundada; se dejaron ganar el terreno, y ya tenemos la suerte decidida. Ahora bien: por unas causas tan menguadísimas en que apenas es responsable uno o muy pocos individuos, culpar a toda una provincia; eso no es justo ni racional.

Es un proceder reprobado en moral e ilógico en filosofía, pues se echa mano del sofisma «particulari ad universale» y tal modo de argumentar se ha condenado siempre como opuesto a las sanas reglas del buen pensar. En el Movimiento Nacional, tienen las provincias no adherentes menos responsabilidad de la que se cree. La responsabilidad cae íntegra sobre determinados individuos. El apoyo a un Movimiento como el presente, llevado a cabo en aquellas circunstancias, tiene para las ciudades y los pueblos menos responsabilidad que una contienda electoral. En esta coexisten todos los componentes de un verdadero acto humano: conocimiento pleno de causa, voluntad libre, estímulo y pena. En aquel, faltan por completo estos factores esenciales del acto. No hay conocimiento pleno, porque la preparación del movimiento se hizo bajo el manto de un sigilo riguroso y solo con conocimiento de los dirigentes. Su descubrimiento al pueblo se hace casi cuando la suerte está ya decidida. No hay voluntad libre porque falta el conocimiento, y si llega a poseerse, está rodeado de confusión, recelos, sospechas y presentimientos todo lo cual produce en el hombre la turbación y el miedo, y es principio generalmente admitido en Ética, que si el miedo no despoja por completo de la libertad, la disminuye en sumo grado. Pero bueno; supongamos que hubo culpa, ¿no se ha resarcido suficientemente con el acto heroico realizado al hacer uso la población de Santander de tan astuta estrategia y adueñarse de los edificios de la capital, entregándola a las tropas de España como sabroso manjar en dorada bandeja? El gesto heroico de Santander se irá apreciando conforme se desarrolle el avance triunfal de nuestras fuerzas y presenciemos la conquista de otras ciudades. Vamos a ver cuántas secundan el ejemplo de la noble ciudad castellana. El primer paso se ha dado; tenemos ya el primer caso de rendición digno de imitarse. Si la dificultad está en los primeros pasos, se ha desvanecido. La cosa tenía que suceder así. Se trataba de una ciudad de recio españolismo, al fin Castilla. En este acto, único realizado hasta ahora por una ciudad de las liberadas, vemos además un rasgo de arrepentimiento, algo así como cierta semejanza con el pasaje del Hijo pródigo. ¿Del Hijo pródigo? No: que este en sus aberraciones y satisfacción de sus pasiones, fue responsable único y directo de sus malos pasos; mas el pueblo santanderino no recaba para sí ninguna responsabilidad en las pasiones y aberraciones de sus dirigentes. La semejanza más bien está con el pasaje de José en el Antiguo Testamento. Unos hermanos –de nombre solamente– mayores de edad, vendieron la noble ciudad santanderina a los mercaderes traidores del comunismo. Cuando esta quiso darse cuenta, se hallaba ya entre sus garras. Pero corriendo el tiempo, conoció que sus verdaderos hermanos se acercaban a comprar a costa de sangre y vidas un artículo de primera necesidad: su adhesión a la Causa española con las esencias todas de su espíritu montañés; y entonces el pueblo leal se descubrió y se entregó entre lágrimas y sentimientos con todas las riquezas de su suelo y el «sabor de su tierruca», a los soldados de Franco sus verdaderos hermanos. ¡Santander es ya España! Como lo fue en el principio y siempre: Santander ha vuelto a ser la corona topográfica de Castilla y a abrir a sus hermanas las restantes ciudades castellanas el balcón hermoso de su puerto.

Por él puede mirar Castilla y con Castilla España entera, en ansias de Imperio espiritual.

E. Gutiérrez Lasanta




Fantasías de centinela
VII
Misión del soldado español

Medio sepultados en la tierra, harapientos, sucios y morenos, los soldados de España van dando cima momento tras momento, día tras día, sin desmayo ni depresión, al glorioso Movimiento, preñado de gestas épicas y acontecimientos victoriosos. Mientras en un sector, cumpliendo órdenes superiores, se consiguen con creces los objetivos marcados, en los demás se vigila constantemente, deteniendo la avalancha enemiga y rechazando sus tan necios como frecuentes ataques. Ambas operaciones, la de avanzar y la de contener, son efecto de obediencia y por lo mismo ambas son igualmente meritorias. Mañana se trocarán los papeles y el soldado que hasta hoy defendía sus trincheras, resguardado relativamente del enemigo, avanzará a pecho descubierto, en medio de una lluvia de balas y del horror que supone contemplar cómo caen a un lado y a otro compañeros y hermanos queridos en el Ideal y en la Causa. Aún queda un tercer sector en las operaciones militares: aquel que en su suerte o desgracia goza de una mediana tranquilidad frente al enemigo, que por causas de todos conocidas no da señales de vida. Pero hasta en tal situación ¡cuán grande espíritu se requiere y qué inmenso es el sacrificio que el soldado ofrenda diariamente en el altar de la Patria! Podemos expresarlo con solo decir, que el soldado vigila noche y día como en los demás frentes, no duerme ni una sola noche a lo largo de ella sin hacer un paréntesis de servicio –las horas eternas de centinela con sus fantasías– y, cuando abrumado de cansancio y sueño va a tomar el reposo correspondiente, se encuentra con una cama, que al decir de Cervantes no peca de estrecha pues mide la longitud de la tierra, ni de blanda, pues las muelles plumas y cómodos colchones no existen ni en recuerdo. Desde luego que sin despojarse de sus uniformes y aun quizá de su correaje.

Frente a misión tan alta y sacrificio tan acendrado, se ocurre preguntar: Y el mundo ¿se ha dado cuenta de la misión que esos soldados desempeñan y el célebre papel que la Historia les ha encomendado? Sin más riqueza que su macuto y sus harapos, sin más medios que sus armas, sin más ejercicios que el de obedecer, la misión del soldado español en los momentos presentes es más alta, más noble y más benéfica que la desempeñada por cualquiera de los hombres que en el mundo tengan hoy encomendada una misión. Sobre todo contrasta notablemente con el turbio proceder de esos hueros diplomáticos, embaucadores de la opinión mundial, con sus frases tan rimbombantes como vacías de sentido. Esas actitudes teatrales de quienes parece quisieran hacer suya la redondez de la tierra, esos gestos tan hipócritas en pro de una paz que no desean, esos cuidados tan excesivos que jamás pasan de meras palabras, todo ese fárrago de farsa e hipocresía en que se pone al servicio del mal y de la revolución todo un caudal de inteligencia, oratoria y autoridad; todo esto contrasta de una manera notable al lado de la actuación humilde de esos olvidados soldados que desde lo hondo de sus trincheras impiden la extensión y propagación de tanta farsa y vana doctrina. Sí, de tan vana doctrina, porque al decir de Hitler, el gran Canciller alemán, desde que se cruzan las bayonetas ya no pasan las doctrinas.

Las bayonetas de España sostenidas y manejadas por soldados españoles, están impidiendo el paso de las ideas nefastas de la revolución a través de la Europa civilizada. El ventarral de las falsas doctrinas, no logrará agostar con su ardiente fuego las espigas lozanas de una civilización cristiana y secular, porque cumpliendo inmortal consigna, el pueblo español, representado en sus soldados, ha levantado una serie de pirámides que desbaratarán sus furias. Cada uno de nuestros soldados puesto al servicio del Bien, en contraposición a cada uno de los hombres de la zona roja y de sus simpatizantes en el extranjero puestos al servicio del mal, tiene a los ojos de Dios más dignidad y grandeza de mira que aquellos hombres llevados al pináculo de la fama en alas de una falsa reputación. El último de nuestros combatientes es más grande ante la Historia que el prócer diplomático, mantenedor de ese tinglado de falsedades, llámese Sociedad de Naciones, llámese Comité de no Intervención –en quien no creen ya sino los tontos– y sean quienes así obran un Eden, un Blum o un Delbos.

Con el servicio del primero se da cima a la obra de reconstrucción nacional; con el turbio proceder del segundo se enmaraña más y más la situación internacional. El ideal mantenido por el soldado en la punta de su bayoneta es el ideal de la civilización: los efectos perseguidos por el segundo con sus equívocas actitudes son de malévola confusión. Europa y el mundo se consolidan a cada paso triunfal del soldado español: el mundo y Europa se bambolean en cada frase proferida por ese sofista «pacificador». Si nos diésemos perfecta cuenta de la misión de ese puñado de valientes defensores de la civilización, nos cuadraríamos ante ellos y besaríamos sus huellas, huellas gloriosas de paz, de progreso, de civilización.

E. Gutiérrez Lasanta.
Soldado de Infantería.