Filosofía en español 
Filosofía en español


La reconstrucción nacional, fundamento de nuestra política exterior


Nuestra política exterior debe encaminarse rumbo al Imperio. El Imperio, dijo el Caudillo, no es una palabra vacía y sin contenido; hacia él vamos.

Pero nuestro Imperio ha de ser genuinamente español, que equivale a decir profundamente espiritual.

Este concepto, no resta el menor ápice de transcendencia y solidez. Todo lo contrario. La Historia atestigua que una comunidad de ideas, sentimientos e idiomas, es más firme y duradera que todo el armazón geográfico engendrado por la fuerza.

Con la rapidez de un meteoro, pasaron los antiguos imperios y nada quedó de ellos al fragmentarse el cayado de la fuerza que los sostenía. En cambio, desafiador y enhiesto permanece todavía el viejo imperio español; si bien desvinculados sus muros. Nuestro afán debe ser reanudar sus lazos, los viejos lazos de la Hispanidad; lanzar nuevamente al espacio la flecha de nuestro destino, reconstruirnos internamente para volver a encontrarnos con nuestros hermanos de América en los caminos entrañables del imperio.

Pero antes, cuidemos de no desviar el camino.

Pemán, en su obra “Cuando las Cortes de Cádiz”, escribió estas palabras del pueblo español; “Sabe descubrir un mundo, no lo sabe administrar”.

Y este defecto proviene de la inversión de método. Creemos más fácil administrar un mundo que descubrirlo, y no es así; como no es fácil tampoco administrar una fortuna heredada. Pensamos que una nación se reconstruye con la exaltación de un Estado perfecto, y precisamente la perfección de un Estado sólo tendrá lugar cuando encarne una sociedad perfecta.

Por lo mismo, la revalidez de nuestro imperio será un hecho cuando España inspire auras saludables de vida y perfección; cuando exorbitantes en combinada fecundidad de virtudes nacionales, podamos darnos al mundo –a nuestro mundo– sin desangrarnos, sin mermar en nuestro propio ser.

Cortemos en flor esa vana utopía de la expansión externa, al pensar en la política exterior. Concluyamos por convencernos que el manto de nuestro Imperio se irá expansionando al compás de nuestra reconstrucción nacional.

Urge por lo tanto concentrarse en sí mismo, formar en torno nuestro un imperio, el imperio de nuestro trabajo; fraguar alrededor de nuestra lucha oscura y diaria un tejido de ilusiones que trasciendan el hogar y lleguen hasta la Patria. Esta será la garantía más eficaz de nuestra política exterior como plasmada que está en nuestra reconstrucción.

El combatiente, convertido por el trabajo en artífice del nuevo Estado, constituye la célula de la reconstrucción nacional, forma “la adelantada aristocracia”, según el “Fuero del Trabajo”, y está llamado a puestos de honor.

Puntal el más firme de nuestra revolución, el trabajador debe convencerse de su alta misión, sentirse altamente patriota en su trabajo y abrigar justos afanes. Al contemplarse sencillamente aristócrata, debe ambicionar, con la procreación de sus hijos, la eternidad de su nombre; con el ejercicio de sus facultades en atención a su especial vocación, la dignidad de su vida y robustez de la economía nacional, y, con el sello que imprime a las cosas su actividad, la perpetuación de su obra.

Desenvolver todas las energías y actividades, es jalonar el camino, rubricando las esferas sociales con luces de meridiana claridad; es extirpar el viejo y decrépito individualismo egoísta, para elevarse en alas de la organización nacional a sublime universalismo espiritual.

Encauzar por rutas elevadas la actividad de las industrias; depurar el comercio del lastre judaico que lo denigra; exaltar la agricultura al primer plano social, hacer de la producción algo más que la producción misma, tarea es de urgente solución en la cual estamos empeñados. Coronado este conjunto armonioso por una aureola de moralidad, tenemos trazada la base de nuestra reconstrucción.

Asentada España sobre esta base no será ya la humilde matrona que desde su suelo mire el nivel de sus fronteras, será la reina que desde el escabel de su propia gloria, tenderá sus ojos henchidos de afanes por sobre los mares.

Codeados con nuestra hermana Portugal –punto de partida de nuestra política exterior– podremos mirar al océano. Y a través del océano, ¡qué perspectiva se nos ofrece! Todo un mundo en plenitud de edad y misión, ansioso de reanudar sus lazos de Hispanidad con la Madre, con España que orgullosa podrá tender sus brazos, mostrando a sus hijas ejemplos de heroísmo épico, de trabajo organizado, de espiritualidad sublime.

Suavemente mecidos por la brisa de nuestros afanes y confundidas con la Italia mediterránea, nuestras miras de destino –“Italia y España pueden trabajar en la más vasta medida posible”, dijo el Rey Víctor Manuel– tenderemos la vista al Continente africano... África que apuntalada ya por el Marruecos español y la Etiopía italiana, se nos ofrece como una esposa cargada en atractivos y voluptuosidad...

¡Y por último, ahí está nuestra “querida” Alemania, la Alemania centro-europea cuyos lazos de amistad, deben servirnos de comunicación con Europa.

“Decir Portugal, Italia y Alemania, ha dicho Pemán, es delimitar un fragmento humano, que no tiene más común denominador que elementales postulados de espíritu y de civilización. Decir Portugal, Italia y Alemania, es en todo momento decir una palabra de justicia y gratitud. Pero es además proclamar una política altísima de defensa de la Paz y del Espíritu.

E. Gutiérrez Lasanta