Marruecos, Provincia española
“Franco, elegido de Dios salvador de España y redentor del Mogreb español, ha hecho este milagro, nos ha dado este orgullo con su espada victoriosa.” Gran Visir.
Hablaba Ovidio de un ímpetu sagrado de que se nutren los poetas. “El ímpetu sagrado de que se han de nutrir los pueblos que ya tienen valor universal, dijo Maeztu, es su corriente histórica”. La corriente histórica española está vivificada por principios fecundos. Esos principios, que, llegando al fondo de los acontecimientos, transforman maravillosamente su esencia y los subliman al rango merecido. En la actualidad nos hallamos frente a un hecho concreto. Esa zona africana que denominamos Marruecos, ha sido escenario de un gesto heroico. Un puñado de hombres, forjados en sus breñas, curtidos por su sol, tuvo el arranque de atravesar el Estrecho y reconquistar la Península desde Algeciras hasta los Pirineos.
Consumado el hecho, urgen la compensación. Quizá no ha llegado ya, porque la grandiosidad del caso exige dimensiones proporcionadas.
Navarra luce su Laureada. Lo mismo Valladolid. Una y otro son eco, no grito; ambas responden, no llaman; secundan, no inician. La que grita y llama es África; quien inicia y se lanza es Marruecos. El 18 de julio es “Día Peninsular”; el 17, “Día de África”. ¿Qué compensación se impone?
Séneca dijo que “jamás España se dejaba llevar por algo ajeno a su espíritu”. “Nuestro mayor orgullo, añade R. de Maeztu, es haber identificado nuestro ser con nuestro ideal”. Lope de Vega pone en labios de un tercero estas palabras: “Sólo temo a un español, que pone en el alma todo...” Ahí está. Ser, alma y espíritu, al servicio del Ideal. Y el Ideal, ¿cuál es?
Admitida la concepción moral del género humano, a tenor con nuestros teólogos de Trento y concebido el hombre –parodia de José Antonio– como envoltura corporal de un alma, portadora de valores eternos, el paso está dado. ¿Que hay un Estrecho de por medio? “Nunca fueron motivo de separación sino de unión, el Mediterráneo y el Estrecho”, ha dicho Serrano Suñer en Ceuta. Pero si acaso acobarda, recordemos que un día salvamos el Océano. Las Columnas de Hércules no son sino jalones de nuestra Unidad, el trampolín de nuestros anhelos.
Y dado el paso, ¿qué resta? Caracterizar oficialmente esta unión, porque efectiva ya es.
En efecto: “Nada más halagüeño para nosotros que ver cómo los hombres de mi tierra son una misma sangre y una misma virtud que los de España, dijo el Gran Visir. Pero si razones de actualidad no bastasen, abramos el pétalo de las rosas africanas; y estrujemos su esencia. Un Califato cordobés, que es luz y emporio del saber en siglos de tinieblas universales. Moisés-ben-Hanoch funda en la misma ciudad una escuela talmúdica “superior a sus correligionarias de Europa y Asia”; gracias a Maimónides, en su “Guía de los que dudan”, “nos adelantamos en originalidad a Espinosa”. Abu-Mohamed-A. ofrece en su “Colección de medicamentos” el “mejor trabajo botánico de la Edad Media”. Tofail, se adelanta a Rousseau en la imaginación de su “Emilio” y resta fama a Cousin y Hegel. Averroes, comenta las obras de Aristóteles y da pie a escritos de Santo Tomás y A. Magno; Avicebrón, en su “Fons Vite”, disminuye celebridad a las peregrinas teorías de Scoto. Y el maestro León, Judá Abranel, Aben-Job, Abdelaciz, Judh-Leví y otros muchos forman esa escuela arábigo-española cuya magnificencia canta Menéndez Pelayo.
Habla de nuestra comunidad de cultura artística, la Alhambra y la Aljafería, los alcázares sevillanos y las torres mudéjares de nuestras iglesias. Testifican la acción musulmana en España, nombres como Almonacid, Alcober, Alfambra, Guadalaviar; y sella nuestra alianza esa comunidad de ideas, costumbres y virtudes que enunciaba Serrano Suñer al decir: “El Islán, es espiritualista, defiende un más allá, es monoteísta y rinde tributo a la cortesía como forma la más delicada de la hermandad”. Y por eso, porque “sabe que la misma horda que arrasó las agujas de nuestras catedrales hubiera derribado los minaretes de sus mezquitas”, es por lo que ha venido a nosotros. Pero no se llegó como puede ser uncido el indígena de las Indias –es un ejemplo– a una guerra en pro de la Gran Bretaña; ni siquiera como es llevado el súbdito del Marruecos francés al servicio de la Metrópoli. ¡No! El musulmán español ha venido a nuestra guerra “adelantándose”, tomando la iniciativa, sentando el jalón de su decisión heroica como acicate, estímulo y consigna para la Península.
Y es ahora, en el momento de recompensa; cuando, vueltas las banderas victoriosas y “florecientes los rosales de la paz”, se dispone el Caudillo a cumplir su promesa, “donándoles las mejores flores”; es ahora cuando toca exponer: LA INCORPORACIÓN REAL Y EFECTIVA DEL MARRUECOS ESPAÑOL A LA PATRIA, NO POR COLONIAJE Y PROTECTORADO, COMO HASTA AHORA, SINO COMO REGIÓN ESPAÑOLA, COMO UNA PROVINCIA MÁS EN LA ORGANIZACIÓN GEOGRÁFICA Y POLÍTICA DE ESPAÑA, CON SU ADMINISTRACIÓN PECULIAR, EN ATENCIÓN A SUS USOS Y COSTUMBRES, ¿no sería el galardón más justo y digno de la Post-Guerra? Recordemos que fue este el sueño de Cisneros, que el espíritu de nuestra corriente histórica –el de Trento, el de los Padres Vitoria y Arintero– se cumple una vez más. Que la flecha de nuestro Destino, desviada según algunos hacia América, cuando su rumbo debió ser el África, por razones de cercanía y dominio, se endereza certeramente. Pero sobre todo reflexionemos que en ello realizamos un Ideal de superación, pues si nuestros Reyes Católicos llamaban sus “amigos los indios” a los indígenas de América, nosotros haremos hermanos a nuestros moros de África; y sobre todo sellaremos un deseo que es reclamo de Justicia y Redención: “Franco, elegido de Dios, salvador de España y Redentor del Mogreb español, ha hecho este milagro, nos ha dado este orgullo con su espada victoriosa”.