Filosofía en español 
Filosofía en español


Willem Sassen

La Haya, actualmente en el frente oriental

El arte en la Unión Soviética

Busqué mucho tiempo, busqué constantemente, porque lo que buscaba merecía la pena, pues buscaba el arte en la Unión Soviética.

Que la política económica llevada a cabo por los gobernantes del Kremlin no podía menos de ser devastadora es algo que yo mismo igual que cualquier otro había podido averiguar enseguida, después de una rápida observación; pero que fuese posible organizar la vida de todo un pueblo, “configurar” el día de trabajo de tal forma que no quedara ni el más mínimo rastro de valores estéticos; que en ninguna parte fuese interrumpida la gris monotonía de las ciudades soviéticas y la miseria deprimente de los pueblos y que la vista no se pudiera alegrar un solo momento con la creación de un artista, eso no lo hubiese esperado jamás.

Al darme cuenta de que el último tiempo no había producido nada que pudiese merecer el nombre de arte, he buscado los residuos de arte antiguo. Y entonces hallé el síntoma característico del encuentro de bárbaros con un arte superior, extraño, enemigo para ellos, con este resultado: todo lo que el país de la Ucrania, tan colmado de riquezas por la naturaleza, encerraba de obras de arte, todo lo que el pueblo de la Ucrania, nación muy dotada y amante del arte, había coleccionado en el transcurso de los siglos y lo que daba fe de una prosperidad mayor y de un fino sentido artístico, todo quedó aplastado bajo la ancha bota del terror rojo. He estado en iglesias de las que viejos campesinos me habían descrito el antiguo aspecto interior de un modo tan arrebatador que me parecía verlo con mis ojos espirituales y con esta imagen en mi alma entré y encontré allí un vacío desolador, donde se había intentado sin piedad, destruyendo las bellezas preciosas, matar también al espíritu que las había creado. Estuve en palacios y en casas magníficas que guardaban bajo sus techos obras de arte admirables y que desde hacía 20 años habían sido reducidos a edificios insustanciales del partido. Pasé por casas campestres en las que los habitantes supieron guardar de generación en generación sus imágenes santas de las tormentas que habían bramado tantas veces sobre el país y el pueblo de la Ucrania. Pero no pudieron esconder estas imágenes ante la sagacidad certera de los judíos; las más hermosas han ido a parar en manos de los reyes americanos del Dólar. También ellos contribuyeron al fin a organizar el ejército rojo que echó a estos campesinos inocentes de sus casas y de sus cortijos.

Yo puedo decir de mi mismo que he hecho todo lo posible para comprender todo lo que se puede contar como arte soviético. Intenté entender, concebir la voluntad o el símbolo, el espíritu o la idea que allí se manifestaban. Incluso me he abismado en los manifiestos y discursos interminables por los que este arte trataba de justificarse con sentencias persuasivas: a propósito he tapado mis oídos ante la verdad crítica de que este movimiento artístico debe ser una cosa pobre si para comprenderlo se necesita los programas y discursos de sus creadores. Incluso he investigado la vida de algunos artistas soviéticos y he intentado hallar allí una explicación para lo que me resultaba incomprensible, un esclarecimiento de los enigmas que me parecían densas tinieblas. Todo esto no me ha conducido a ningún resultado. La única realidad que quedaba era el “arte” mismo. Si se manifestaba bajo la forma horrible de una imagen de yeso en la que ni siquiera eran exactas las proporciones físicas o en un verso que pecaba contra las leyes más elementales de la poesía o si el “arte” se expresaba por los colores de un cuadro, cuyo “primitivismo” era tan completamente inorgánico que no surgía del alma sencilla del artista, sino que se basaba únicamente en la incomprensión de los principios de su profesión; siempre el “arte” bolcheviquista seguía vacío, insípido e inexpresivo. Para la vista mimada de todo europeo aparece repugnante. Me quedé asombrado ante el hecho que aun talentos cuya potencia original se sentía todavía en sus primeras obras, podían hundirse tan pronto en la masa descolorida que es lo único esencial para el bolcheviquismo. Busqué una contestación a la pregunta, ¿cómo ha sido posible que un sistema pueda esclavizar, incluso destruir, de un modo tan espantoso las fuerzas artísticas del espíritu y del alma? Hallé una solución para este enigma al averiguar, que en toda la Unión Soviética con sus fábricas innumerables no existe ni una fábrica de juguetes para los niños. El artista y el niño, que están tan cerca uno de otro como el pulmón del corazón, fueron destruidos los dos por este sistema. Siendo ambos inconcebibles por si y no cabiendo en ningún sistema y en ningún método, no pudieron salvarse de las garras que estrechaban la tea roja amenazando quemar a los países y a las naciones.

Y cuando al anochecer caminamos bajo nubes majestuosas, teniendo delante hasta perderse de vista el país del que se adivina, que sólo espera para regalar silencioso su riqueza inconmensurable, entonces comprendemos y sentimos la canción que nos llega del cortijo lejano.