Filosofía en español 
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[ José Cadalso ]

Carta 53. De Gazel a Bem-Beley

Ayer estábamos Nuño, y yo al balcón de mi posada viendo a un niño jugar con una caña adornada de cintas, y papel dorado.

¡Feliz edad, exclamé yo, en que aún no conoce el corazón las penas verdaderas y falsos gustos de la vida! ¿Qué le importan a este niño los grandes negocios del mundo? ¿Qué daño le pueden ocasionar los malvados? ¿Qué impresión pueden hacer las mudanzas de la suerte próspera en su tierno corazón? Los caprichos de la fortuna le son indiferentes. Dichoso el hombre si fuera siempre niño.

Te equivocas, me dijo Nuño: si se le rompe esa caña con que juega, si otro compañero se la quita, si su madre le regaña, porque se divierte con ella, le verás tan afligido como un General con la pérdida de la batalla, o un Ministro en su caída. Créeme Gazel, la miseria humana se proporciona a la edad de los hombres. Va mudando de especie conforme el cuerpo va pasando por edades. Pero el hombre es mísero desde la cuna al sepulcro.

Carta 54. De Gazel a Bem-Beley

La voz fortuna, y la frase hacer fortuna, me han gustado en el Diccionario de Nuño: después de explicarlas, añade lo siguiente:

El que aspire a hacer fortuna por medios honrosos, no tiene más que uno en que fundar su esperanza: a saber, el mérito. El que sea menos escrupuloso tiene mayor número en que escoger, a saber, todos los vicios y las apariencias de todas las virtudes. Escoja según las circunstancias lo que más le convenga, o por junto, o por menor, ocultamente, o a las claras con moderación, o sin ella.

Carta 55. Del mismo al mismo

Los días de correo, u de ocupación suelo pasar después de comer a una casa inmediata a la mía, donde se juntan bastantes gentes, que forman una graciosa tertulia. Siempre he hallado en su conversación cosa que me quite la melancolía, y distraiga de cosas serias y pesadas, pero la ocurrencia de hoy me ha hecho mucha gracia. Entré cuando acababan de tomar café, y empezaban a conversar, una señora se iba a poner al clave, dos señoritos de poca edad leían con mucho misterio un papel en el balcón: otra dama estaba haciendo una escarapela: un oficial joven estaba vuelto de espaldas a la chimenea: uno viejo empezaba a roncar sentado en un sillón a la lumbre: un Abate miraba al jardín, y al mismo tiempo leía algo en un libro negro y dorado, y otras gentes hablaban. Saludáronme al entrar todos, menos unas tres señoras, y otros tantos jóvenes, que estaban embebidos en una conversación al parecer la más seria. Hijas mías, decía una de ellas, nuestra España nunca será más de lo que es. Bien sabe el Cielo que me muero de pesadumbre porque quiero bien a mi patria. Vergüenza tengo de ser Española, decía la segunda. ¿Qué dirán las naciones extrañas? decía la que faltaba. ¡Jesús, y cuánto mejor fuera haberme quedado yo en el Convento en Francia, que no venir a España a ver estas miserias! dijo la que aún no había hablado. Teniente Coronel soy yo, y con algunos méritos extraordinarios; pero quisiera ser Alférez de Húsares en Ungría, primero que vivir en España, dijo uno de los tres que estaban con las tres. [2058] Bien lo he dicho yo mil veces, dijo otro del triunvirato, bien lo he dicho yo. La monarquía no puede durar lo que queda del siglo. La decadencia es rápida, la ruina inmediata: ¡lástima como ella! ¡válgame Dios! Pero, señor, dijo el que quedaba, ¿no se toma providencia para semejantes daños? me aturdo. Crean ustedes que en estos casos siente un hombre saber leer y escribir. ¿Qué dirán de nosotros más allá de los Pirineos?

Asustáronse todos al oír tales lamentaciones. ¿Qué es esto?, decían unos. ¿Qué hay? repetían otros: proseguían las tres parejas con sus quejas y gemidos. Deseoso cada uno, y cada una de sobresalir en lo enérgico. Yo también sentíme conmovido al oír tanta ponderación de males, y aunque menos interesado que los otros en los sucesos de esta nación, pregunté cuál era el motivo de tanto lamento. ¿Es acaso, dije yo, alguna noticia de haber desembarcado los Argelinos en la costa de Andalucía, y haber devastado aquellas hermosas provincias? no, no me dijo una dama, no, no: más que eso es lo que lloramos. ¿Se ha aparecido alguna nueva nación de indios bravos, y han invadido el nuevo México por el Norte? Tampoco es eso sino mucho más que eso, dijo otra de las patriotas. ¿Alguna peste, insté yo, ha acabado con todos los ganados de España, de modo que esta nación se vea privada de sus lanas preciosísimas? Poco importaría eso, dijo uno de los celosos ciudadanos respecto de lo que pasa.

Fuiles diciendo otra infinidad de daños públicos, a que están expuestas las monarquías, preguntando si alguno de ellos había sucedido, cuando al cabo de mucho tiempo, lágrimas, sollozos, suspiros, invectivas contra los astros y estrellas, la que había callado, y que parecía la más juiciosa de todas exclamó con voz muy dolorida: ¿Creerás, Gazel, que en todo Madrid no se ha hallado cinta de este color por mas que se ha buscado?