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Cuadernos de Ruedo ibérico París, junio-julio 1965 |
número 1 páginas 49-62 |
Juan Claridad [Eduardo García Rico] Pienso que la oposición española debería emprender un «aggiornamento» –por emplear la palabra de moda– de su lenguaje, aunque tal vez habría que plantearse previamente un «aggiornamento» en las actitudes y en las ideas, en correspondencia con la dinámica interna del país. Cuando se habla de la «lucha heroica» de los estudiantes se responde a una concepción romántica de la actual situación española, se trata de infundir una forma idealizada a una serie de complejos acontecimientos que requieren para su comprensión y racionalización un criterio analítico más sereno que el definido por el desmelenamiento oratorio, de tan rica tradición entre nosotros, o la fraseología seudorrevolucionaria. El ejemplo aludido, uno entre los mil que pueden extraerse de las declaraciones, manifiestos, notas informativas y llamamientos provenientes de cualquiera de los partidos o grupos de la amplia gama en que se despliega el antifranquismo 1965, nos invita, a los que día a día tocamos directamente nuestra realidad –y a los que concretamente hemos seguido de cerca el desarrollo de las recientes acciones estudiantiles– a considerar ineludible –si pretendemos asumir una política realista– la crítica de la diferencia entre las palabras y los hechos, entre los acontecimientos y las fórmulas a que habitualmente suelen reducirlos algunos. Contra la pereza retórica y el análisis rutinario sólo cabe un esfuerzo constante de desmixtificación, a partir de un propósito firme de ver nuestra circunstancia tal como verdaderamente es, con toda su complejidad, sus formas nuevas, su ritmo cambiante, sin desechar ninguno de sus condicionamientos por mínima que parezca su importancia. Pero no constituye nuestra intención de ahora formular una metodología, ni mucho menos programar dogmáticamente el deshielo de los criterios en vigor, sino más sencillamente apuntar un problema y de paso justificar la actitud que preside las notas que siguen, que pueden parecer redactadas con excesiva frialdad; es que creemos que la coyuntura española reclama de nuestra parte un enfoque menos febril y apasionado que el característico de los análisis políticos habituales. 1. ¿Es cierto que existen en el seno del gobierno profundas diferencias? Los técnicos de los distintos ministerios aseguran que los ministros no se entienden entre sí, que cada uno hace su política independientemente de los demás y por consiguiente se producen con bastante frecuencia enfrentamientos y contradicciones graves. El «enfant terrible» del equipo, López Bravo, se ha jactado más de una vez de su autonomía y no suele [50] ahorrarse críticas demoledoras sobre la labor de sus compañeros. No hace mucho, Muñoz Grandes –el «delfín»– y Camilo Alonso Vega creaban, con su disparidad de criterios acerca de algo tan importante para el régimen como es la Dirección General de Seguridad, un gran desconcierto entre los jefes de la Brigada Político-Social, en el momento en que la represión contra los estudiantes alcanzaba su punto culminante. Alonso Vega defendía la candidatura de un «duro», un militar de su línea, para el cargo de Director General. De la noche a la mañana –se dice– Muñoz Grandes resolvió la cuestión en favor de otro militar, proveniente del Estado Mayor, un «intelectual» del ejército con el natural disgusto del exdirector de la guardia civil. El estatuto de los acatólicos sigue archivado en el despacho de Carrero Blanco. Un hombre que goza de la confianza de Franco, Esteban Bilbao, declaraba hace meses a los periodistas de Madrid: «Si la Iglesia quiere suicidarse que lo haga; pero nosotros no la ayudaremos». Mientras tanto, don Fernando María Castiella, presionado por sus embajadores, se deshace en explicaciones ante los representantes de las diversas iglesias no católicas y difunde por todos los medios posibles la infinidad de apologías de la libertad religiosa que logran salvar la censura de Fraga, una barrera en la que los «integristas» se escudan todavía. Pero Fraga –ha redactado, como todo el mundo sabe, el discurso de fin de año del caudillo, apareciendo– a través de una campaña desarrollada con mucha habilidad en los periódicos europeos de mayor prestigio –como el gran campeón del llamado neofranquismo. Y al mismo tiempo establece íntima amistad con el jefe en Madrid de los goldwateristas, y condecora a generales, y organiza una amplia campaña en favor de Tchombé –a la que Ullastres no ha sido ajeno– con el pretexto sentimental, eficacísimo, del salvamento de unas monjas españolas. Y frena desde el sedicente «Departamento de Consulta» –discreto eufemismo que disfraza la censura pura y simple –las audacias del «Gallito» de primera página de Pueblo. Y alienta en secreto, según se dice, a los «ultras» de Qué pasa, El Cruzado Español y Juan Pérez. El comisario López Rodó se atrinchera en una revista, Desarrollo –que aspira a la condición de diario– para defender su plan, cubiertas sus espaldas por la oligarquía (en la composición del Consejo de Administración de esta empresa figuran miembros del Opus y de la Falange de derecha). Los falangistas que se dicen de izquierda y los partidarios de Solís ponen un buen día en circulación el bulo de su fuga con los fondos (?) del Plan de Desarrollo. Durante una semana se verá obligado a mostrarse en público y posar para los fotógrafos de prensa. ¿Y el plan? Como es sólo un plan indicativo nadie podrá demandarle nada a su autor, por más que la curva del desarrollo real descienda cuando la del Plan remonta a las alturas, y al revés. Por su lado, Solís cree ver aproximarse velozmente su caída: los precios suben y los salarios están congelados. Solís sabe que la responsabilidad de la inexistencia de una dialéctica normal empresa-trabajador corresponde a los que defienden a muerte a estructura esclerosada del sindicalismo vertical. Aunque los trabajadores no gritasen tan fuerte, su amigo Emilio Romero se lo hubiera dicho al oído. Pero la burocracia sindical, enriquecida y ligada estrechamente a la oligarquía, con muchos privilegios que defender, le impediría todo movimiento renovador si la vieja guardia de la Falange –Raimundo, Pilar, en el lenguaje familiar de los más fanáticos– aflojara la presión. No hay posibilidad de revisionismo. Romero Gorría, este hombre gris relegado a un oscuro segundo término por [51] la mayor labia de los demás, anuncia medidas espectaculares para evitar que la carrera de los precios se derrumbe sobre el bolsillo de los trabajadores. Pero la política de rentas del señor Navarro Rubio no parece marchar en el mismo sentido. Tal es el gobierno que preside un caudillo senil que sofoca sus nostalgias guerreras dedicado a la caza en los latifundios de Andalucía, en la Babia feliz que continúa la tradición de los antiguos reyes leoneses. Tal es el gobierno que han minado con su presencia en la calle los estudiantes de Madrid. ¿Cuánto durará? ¿Tiene reservas la oligarquía? 2. Mientras que una acción obrera, mucho más eficaz y decisiva en una perspectiva larga, se halla siempre sometida a una enérgica reacción puesto que la oligarquía se siente en peligro, una acción estudiantil, aunque menos trascendente, se desarrolla en un clima social de mayor benignidad y puede incluso lograr la complicidad, o al menos la neutralidad, de amplios sectores de las capas social y económicamente dirigentes, poco satisfechas de algunos de los matices de las estructuras políticas en vigor. Como consecuencia, cunde la desmoralización o el desconcierto entre los instalados en los puestos de responsabilidad afectados por los acontecimientos, pues no encuentran en su base social el apoyo que necesitan para adoptar actitudes sólidas. En esta particularidad reside, a mi modo de ver, la razón de la acelerada extensión del movimiento estudiantil y de la impotencia del gobierno para establecer los diques indispensables para su contención, sin que por ello debamos descontar el paciente trabajo político de los distintos grupos oposicionistas a través de muchos años de esfuerzos parciales, ni las repercusiones positivas logradas por las acciones obreras últimas, si queremos establecer una valoración objetiva de lo realizado. Porque, en efecto, hay que retornar a una época anterior, al menos a la definida por las huelgas de la primavera del sesenta y dos, y aún más atrás, si se pretende alcanzar una visión totalizadora de los acontecimientos. No es nuevo el malestar que se siente en las Universidades; data de hace varios lustros. Tal vez habría que volver a 1956 para conseguir una explicación cabal del fenómeno, y fijar en 1958 –como lo han hecho en una declaración conjunta acerca del historial del proceso los estudiantes de Madrid– la primera conquista seria en orden al aumento de representatividad del SEU, al llegar esta última «a nivel de centro» después de una fuerte presión estudiantil. A la vista del peligro que se cernía sobre sus estructuras, los dirigentes de entonces, presididos por Ortí Bordás, se reunieron en Cuenca, en Consejo Nacional, para dar un nuevo sentido a la reestructuración decretada al comenzar el curso de 1961 de un modo muy insatisfactorio. Pero los integristas de la Falange hicieron imposibles los intentos de democratización allí nacidos. A partir de este momento, el SEU empieza a sufrir una crisis de desintegración que lo irá despedazando sin remedio. Facultades y escuelas especiales anuncian abiertamente su desgajamiento, operación automática cuando se resuelve no reconocer la autoridad de las jerarquías designadas desde arriba. En Barcelona y en Madrid se van sumando a la rebeldía una y otra facultad. En Bilbao, la de Económicas decide su propia autonomía. En Madrid es también la de Económicas la Facultad que arranca en este sentido. El anterior jefe [52] nacional, quizá, se ha comprendido sobrepasado por la situación y ha regresado a sus enchufes menores, y la entrada de Regalado en la jefatura reviste gran espectacularidad. Su primera resolución consiste en desviar el planteamiento de la problemática universitaria de sus cauces reales, para situarlo, en jugada política que sin duda se pretende hábil, en la zona de las posibles diferencias entre estudiantes y profesores. Su caída se produce de modo fulminante. Ortí Bordás, raro ejemplar de dirigente falangista, caracterizado por un masoquismo político sin precedentes, se instala, una vez más, en el punto más golpeado por la ofensiva estudiantil. El nuevo jefe recurrirá a toda clase de marrullerías para conducir a puerto un barco a la deriva: tenderá trampas, se servirá del chantaje, utilizará la represión cultural o económica según los casos. Pero ya no se le dará tregua; las Facultades se mantendrán firmes en su autonomía, establecerán entre sí vínculos estrechos, saldrán a la calle unidas y por último coordinarán formalmente el movimiento y vitalizarán un instrumento de lucha de poderosa efectividad: las Asambleas Libres. Y se elegirá, cuando desaparezcan todas las plataformas de un posible diálogo, la acción en la calle. La anécdota de la agitación estudiantil en la primavera de 1965 ha sido ya difundida muy matizadamente a través de diversas publicaciones y por tanto no reiteraremos un relato de sobra conocido. Trazaremos, sin embargo, un esquema de sus principales capítulos para fijar el contexto en que debemos insertar las reacciones, los cambios de rumbo personales o de grupo, las radicalizaciones individuales en el plano de la oposición, los desconciertos e inquietudes en las esferas dirigentes; y en definitiva, los avances impresos al ritmo evolutivo que experimenta el Régimen. 26 y 29 de enero, y 12 de febrero. Marcha sobre Madrid de los metalúrgicos del «cinturón», manifestaciones de los obreros ferroviarios y de la construcción, reprimidas con extraordinaria dureza. Muchos detenidos y despedidos. 18 de febrero. Manifestación estudiantil ante el Rectorado para protestar contra la suspensión de un ciclo de conferencias anunciado bajo el lema «Hacia una verdadera paz, hoy». 19 de febrero. Conferencia del canónigo señor González Ruiz, en el salón de actos de la Facultad de Ciencias. El sacerdote granadino declara: «En el marco de la más pura teología cristiana debemos luchar honradamente contra toda forma de alienación religiosa junto con los marxistas». Le aplauden 2000 universitarios. 20 de febrero. Suspensión definitiva del ciclo de conferencias. Se constituye la Asamblea Libre de Estudiantes. Es la cuarta edición de este eficaz instrumento de representación y de lucha creado en 1956 y vigorizado en 1962 para sumarse a las acciones obreras de abril y mayo. 22 de febrero. El rector, Gutiérrez Ríos, atemorizado por el signo adquirido por los acontecimientos pide la intervención de la policía. Millares de estudiantes convocados en la Facultad de Ciencias para continuar las sesiones de la Asamblea, son dispersados por los agentes, sin respeto alguno para el fuero universitario. 24 de febrero. «Primera asamblea de profesores y estudiantes». Desde la «mesa» se solicita la presencia de los catedráticos. Sin vacilar, se ofrece a los universitarios el latinista García Calvo, que se hallaba entre los reunidos. [53] Se resuelve demandar el apoyo de José Luis Aranguren, que accede a prestarlo. Se unen después los profesores Montero Díaz y García de Vercher. Aranguren pide a los asambleístas que marchen pacíficamente y en silencio, para presentar ante el Rectorado un documento en que se reclama la creación de un Sindicato autónomo, la amnistía total para los estudiantes represaliados, la libertad de expresión y de asociación, la reforma de la Universidad, la solidaridad con los trabajadores en sus acciones en favor de un Sindicato libre y el cese del clasismo que preside el acceso a los centros de enseñanza superior. La manifestación, al frente de la cual figuran los profesores citados, es cortada por la policía a mitad de camino. Aranguren ruega a los participantes que se sienten en el suelo mientras él gestiona la autorización para seguir. Sin previo aviso y a toque de clarín, comienzan a funcionar las mangueras de los coches-cisterna. Después hay una violenta carga policiaca; son detenidos los catedráticos y veinticinco estudiantes. Se registra un herido grave: Luis Tomás Poveda Sánchez. Por reflejar en su periódico objetivamente lo sucedido se le retirará el carnet de periodista al corresponsal de Le Monde, J.-A. Nováis, contra el cual desatarán una virulenta campaña los órganos del Ministerio de Información. 25 de febrero. La «Asamblea Libre» reunida en la Facultad de Letras declara la huelga general, y pide ser reconocida oficialmente como organismo estudiantil representativo. Ofrecen su adhesión los profesores Tierno Galván –que ha llegado de Salamanca, donde enseña Derecho Político– y Aguilar Navarro, quien declara: «Este será un combate penoso, puesto que se trata de un largo proceso de liberación». 26 de febrero. Se anuncian drásticas sanciones contra todos los profesores adheridos al movimiento estudiantil. Se cierra la Facultad de Filosofía. Los universitarios se reúnen en «Asamblea libre» en la Facultad de Medicina. 28 de febrero. Clausura de la Facultad de Medicina. Doscientos profesores acuerdan aprobar por unanimidad la acción emprendida por los estudiantes. 1 de marzo. Nueva «Asamblea» para preparar el «Día del Estudiante Libre». Se comunica la adhesión al movimiento universitario del exministro Ruiz Jiménez. 2 de marzo. «Día del Estudiante Libre». Manifestación en la plaza del Callao, ante la dirección de la Asociación de la Prensa, para protestar por la falsedad, de las informaciones publicadas acerca del acontecimiento. Espectacular destrucción de periódicos en este lugar, uno de los más concurridos de Madrid. Una hora después, impresionante manifestación en torno a la Cibeles, con participación de más de cinco mil estudiantes. Dura represión. Se reciben noticias de Barcelona: casi todas las Facultades siguen la línea marcada por Madrid. En Valencia, «Primera Asamblea Libre» y adhesión a la de la capital. En Sevilla 1500 universitarios son dispersados por la Policía Armada. En Salamanca se tributa una emocionante despedida al profesor Tierno Galván y se organiza una manifestación. Los alumnos del «Estudio General de Navarra», universidad opusdeísta, recorren las calles de Pamplona gritando «slogans» anti-SEU, y asaltan el periódico El Pensamiento Navarro. En Oviedo es detenido y expulsado del país un estudiante cubano matriculado en la Escuela de Comercio. 3 de marzo. El SEU, en una nota facilitada a la prensa, anuncia su voluntad de modificar sus propias estructuras. Esteban Bilbao da cuenta de que las [54] Cortes preparan una nueva ley de reforma universitaria. 4 de marzo. Herrero Tejedor se reúne en Villacastín con representantes del movimiento estudiantil. 6 de marzo. El SEU celebra una asamblea en el Valle de los Caídos. Por su lado los estudiantes madrileños exigen la dimisión del rector, Gutiérrez Ríos. 22 de marzo. Manifestaciones, protestas, declaraciones... Todo el mes político ha sido configurado por la acción estudiantil, desarrollada a escala nacional. El gobierno, en escuetas y ambiguas notas, se ha mostrado poco dispuesto a ceder. Herrero Tejedor es prácticamente desautorizado, por haber aceptado la propuesta de creación de un sindicato, único, obligatorio, democrático y autónomo. En Barcelona se han reunido delegados de Bilbao, Madrid, Oviedo, Salamanca, Valencia... Se acuerda la redacción de un anteproyecto para la constitución de un sindicato estructurado en secciones profesionales, independiente y representativo. Asimismo, se dispone la ruptura del diálogo oficial u oficioso con los hombres del Régimen mientras no queden en suspenso las sanciones impuestas como represalia. 7 de abril. Nueva manifestación –obrera y estudiantil– ante la Delegación de Sindicatos. Los ministros Lora Tamayo y Solís Ruiz reciben el encargo de redactar un plan de reforma del SEU «de acuerdo con la legalidad y las organizaciones existentes». Se anuncia que este plan no será dado a conocer antes de tres meses. La decisión del gobierno encuentra en los medios universitarios una repulsa general. 3. ¿Qué significado ha revestido, al nivel de la lucha contra el Régimen la gran marca universitaria de 1965 ? En primer término conviene considerar el sentido y la forma que han asumido las acciones, elocuentemente definidos por los estudiantes en sus documentos, como expresión de decisiones libremente adoptadas en las sucesivas asambleas. El 6 de marzo, la «Cuarta Asamblea Libre» daba a conocer el resultado de sus diez primeras sesiones. Entre los puntos aprobados figuran los que suponen una toma de posición con respecto a los problemas generales de la lucha antifranquista: «Solidaridad con los trabajadores en sus justas reclamaciones sindicales». Proclamación por unanimidad «del carácter apolítico de la Asamblea». «La exposición de las reivindicaciones se hará por medios pacíficos». «Sindicato Libre» y «Libertad de expresión docente y discente en la Universidad». El punto citado inicialmente expresa muy bien la moderación de la actitud universitaria. La solidaridad con la clase obrera se establece en el plano de las reclamaciones sindicales. De ahí que la influencia directa en el frente general de la oposición deba considerarse limitada, en una valoración objetiva. Algunos grupos se esforzaron, a lo largo del desarrollo de las distintas acciones, en politizar abiertamente algunos de los actos celebrados (por ejemplo, el de la Facultad de Medicina). No solamente no alcanzaron ningún éxito sino que, incluso, pusieron en peligro la unidad estudiantil al suscitar recelos en los sectores menos radicalizados. Las reivindicaciones formuladas poseen un carácter específico: son reivindicaciones estrictamente inscritas en el campo profesional. Cabe pensar que si las organizaciones universitarias situadas a la izquierda no estuvieran atravesando una aguda crisis original por sus problemas internos, se hubiera [55] conducido el proceso hacia un planteamiento más profundo y enérgico, del que no sólo resultaría beneficiada la oposición: el esfuerzo desplegado hubiera, de este modo, conseguido una mayor rentabilidad en el orden de las reivindicaciones profesionales formuladas. Pero si frontalmente, al nivel de la oposición política, la acción estudiantil, aunque muy importante, no ha alcanzado la trascendencia deseada, en el cuadro, sometido a evolución, de las condiciones generales del país ha jugado un papel primordial, al constituir uno de los factores de mayor influencia en la progresiva desmoralización de la por algunos llamada «clase política» del Régimen, provocar la desconfianza de ciertas capas de la clase dominante en sus instituciones, suscitar una aceleración en la toma de conciencia de amplias zonas intelectuales, crear en todo el país un clima de desconcierto en extremo desfavorable para actuales formas de poder, y radicalizar las posiciones de los diversos grupos de la «oposición democrática». Anotemos, en una visión muy parcial, muy esquemática, algunas de las reacciones provocadas. 4. A la derecha, las organizaciones universitarias del tradicionalismo han contribuido, en medida no despreciable, al éxito de muchas de las acciones desarrolladas. Su ideología aúna difícilmente un programa político socializante y una reivindicación dinástica poco acorde con la época; pero su propaganda y la actividad de sus grupos –sobre todo en la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas– han sido bastante eficaces. Instalados en la oposición a pesar suyo, los tradicionalistas –y en especial sus organizaciones juveniles– han desplegado una intensa labor al servicio de la firmeza frente a la represión y en favor de las reivindicaciones planteadas en las Asambleas. Unidos al «Opus» tantas veces –basta pensar en la composición de la Redacción de periódicos como El Alcázar o La Actualidad Española– defienden un programa independiente y tratan por todos los medios de justificar su actualidad a pesar de la raíz de su doctrina. Pero el Opus tampoco ha estado ausente en esta compleja coyuntura. Aparte de la filiación de Herrero Tejedor y de las manifestaciones de Pamplona –reducto de la Obra– en Madrid han intentado, con ejemplar paciencia, y a veces con mucha suerte, conducir el agua de la rebeldía hacia su molino. Los acontecimientos han representado una llamada de atención para muchos de sus miembros: el subsecretario de Comercio, Villar Palasi –uno de los colaboradores de Arias Salgado en el Ministerio de Información– ha abandonado voluntariamente su cargo para ganar, en no muy problemática oposición, la cátedra de Derecho Administrativo de la Universidad Central. No obstante, una de las notas más destacadas de esta movida primavera nos la han proporcionado las reservas de la Falange, y concretamente la «Agrupación de Antiguos Miembros del Frente de Juventudes», que se reunió en Asamblea cuando el curso de las luchas estudiantiles llegaba a su punto culminante. En el acto fundamental, que tuvo lugar en los salones del Instituto de Previsión, su líder, Cantarero del Castillo, trazó las nuevas líneas programáticas: «Negamos –dijo– la lucha de clases en el sentido de que en el óptimo de nuestro sistema socioeconómico vendrá naturalmente superada. Pero entretanto tal sistema no se alcance –y no se nos oculta la lejanía actual de su posibilidad– entendemos que la lucha de clases está ahí y que de nada vale querer ocultárnosla». Y más adelante: «Estamos [56] asistiendo a una grave crisis de las instituciones, como consecuencia de una total desadecuación entre la realidad y las estructuras». Otro de los oradores, José Antonio Baonza, fue aún más radical al defender, «la plena realización de la libertad y la justicia entre los hombres, pero sin ensoñaciones mesiánicas de paraísos imposibles». 5. Dividida la Falange, sus mil reinos de taifas coinciden en asumir una actitud de descontento que, sin embargo, nunca llega a alcanzar una formulación precisa. Cuando en Gijón, a raíz de la manifestación minera de Mieres, de inusitada violencia, y de la radicalización del movimiento estudiantil, el gobernador de Asturias, Mateu de Ros –un «ultra» que no admite la más mínima disidencia– trata de convocar a los falangistas locales, junto con los máximos representantes de los oligarcas de la ciudad, para organizar una manifestación con motivo de la clausura de la asamblea de alféreces provisionales, los componentes del «Círculo José Antonio», a la vista de su papel de «compañeros de viaje» del capitalismo abandonan la reunión y escriben a la dirección de su grupo en Madrid, justificando su postura, y exigiendo dramáticamente la vigorización de los postulados fundacionales del falangismo. La manifestación se realizará finalmente, y Mateu de Ros hará un desesperado llamamiento a la unidad, presentando el acto como un ejemplo de la vitalidad de los «principios del 18 de julio». Pero cuando en La Coruña se repite el «número» con la presencia de Nieto Antúnez, éste, de regreso en Madrid, convencerá al gobierno de la inutilidad de tal clase de demostraciones «porque he comprobado –confesaba a sus íntimos– que no tenemos a la juventud con nosotros, que allí sólo había hombres de cincuenta años». 6. El mismo descontento reina en la zona que se autotitula «pura», y que tiene su biblia en las Obras Completas de José Antonio Primo de Rivera. Ya están en curso las acciones estudiantiles cuando el grupo de «La Ballena Alegre», presidido por Ceferino Maestú, sedicente «sindicalista», llama a Emilio Romero para intervenir en uno de los coloquios que ofrece en el Café de Lyon, antiguo lugar de reunión de la tertulia de José Antonio. Emilio Romero acaba de publicar su libro Cartas a un príncipe, en el que marca su desacuerdo con la Falange y formula su peculiar socialismo. En su intervención, Romero se enfrenta sin reservas a sus oyentes. Emplea un lenguaje desusado. Dice : «Vosotros los falangistas», y «el general Franco», y «nosotros los socialistas»... Les habla de la invalidez del sindicalismo vertical, de la imposibilidad de realizar la política joseantoniana. A Romero se le acoge con estupor, con desconcierto... Nadie reacciona. Nadie tiene nada que decir. 7. Emilio Romero ilustra muy bien la evolución que se registra en algunas esferas del régimen. No hace mucho, a finales del año pasado, en una agria polémica sostenida con el colaborador de Pueblo que firma «Felipe» –el turbio Felipe Mellizo– a propósito de un asunto muy oscuro referente a la construcción de viviendas en una céntrica zona de Madrid, el «ultra» del periódico Arriba, Antonio Izquierdo, aludiendo claramente a Emilio Romero, se sirvió de Unamuno como recurso polémico: si en tu camino encuentras un ladrón «llámale ladrón y sigue adelante». Pocos [57] días después, y como para disculparse, Romero reunía en torno suyo, en el flamante edificio de Pueblo, a todos los directores de los periódicos madrileños. Cerca de Romero se sentaba Rodrigo Royo, director de SP y uno de los «ultras» más calificados. Emilio Romero trató de razonar su posesión de un «Mercedes», su «dolce vita», ganada con el sudor de su pluma –venía a decir– su actuación pública y privada. Como Rodrigo Royo se «sobrepasara» en la afirmación de ciertas concepciones políticas, Romero le interrumpió para decirle muy suavemente: «Si yo estuviera en el poder, Rodrigo, a los hombres que piensan como tú los fusilaría». Royo, que no tiene pelos en la lengua, replicó rápido : «Si yo estuviera en el poder, Emilio, las cosas ocurrirían a la inversa». 8. Pero donde Emilio Romero se vio obligado a definirse enteramente fue en los Colegios Mayores. A medida que los acontecimientos universitarios se sucedían, Romero, aparte de enviar emisarios a las Facultades para seguir de cerca el fenómeno, iba tomando contacto con los sectores más conscientes de la Universidad madrileña. En una consecuente peregrinación de Colegio en Colegio, Romero fue exponiendo su «socialismo superador», su fe en una renovación dentro de los condicionamientos del Régimen. Todo marchó bien para él hasta que, en el Colegio Mayor Menéndez Pelayo, se analizó la postura de Pueblo en relación con lo que en la Universidad estaba sucediendo. Romero trató de justificarse con la censura y confesó su adhesión al movimiento estudiantil, lamentando que se desarrollase con mezclas «extrañas». Pero no se sintió con valor para aceptar el posible resultado de una votación a mano alzada entre los presentes, para enjuiciar la moralidad de su situación al frente del periódico. Hay que anotar, sin embargo, que la aproximación de Emilio Romero a la izquierda es un intento real, no sé si sincero pero sí en apariencia limpio. Romero al que se le ha ofrecido la subdirección de ABC para cuando salga de Pueblo ha sostenido entrevistas con diversos dirigentes de la oposición, sin ocultar nunca sus temores, sus dificultades, su deseo de emprender otro camino. 9. Mientras Pueblo mantenía una postura indecisa, limitándose a reflejar escuetamente en sus páginas los comunicados de la agencia oficial, otros periódicos sostenían puntos de vista precisos sobre la situación creada en la Universidad. ABC, por ejemplo, se fue, desde el primer momento, por la vía del anatema, destacando tipográficamente una carta de la Asociación de Padres de Familia que condenaba lo sucedido y dando acogida, en sus páginas de «hueco» a artículos críticos o satíricos acerca de los acontecimientos. Ya siguió, sin embargo, un comportamiento muy diferente. En sus editoriales no ocultó la preocupación que le embargaba a la vista de los sucesos acaecidos. Subrayó el absurdo papel de un SEU reformador de sí mismo en la teoría desde hacía años y esclerosado en la práctica. Habló de «esta hora confusa» y al mismo tiempo que condenaba el desorden pedía una renovación real de las estructuras universitarias. Arriba, periódico contradictorio dirigido por Sabino Alonso Fueyo, un hombre que se proclama castrista a gritos en los salones de la Embajada Cubana y apela a su condición de hijo de socialista para persuadir al auditorio de [58] su sinceridad, consagró todo un serial, en sus páginas editoriales, al análisis del fenómeno estudiantil, presentándolo como producto de una lenta labor de subversión, más que como resultado de un malestar cierto y justificado. Pero a medida que la ola de protesta cobraba mayor ímpetu, fue modificando sus posiciones, para terminar, bajo la batuta de uno de los «izquierdistas» de la Falange –José María del Moral– defendiendo la necesidad perentoria de la institucionalización de la oposición. (Los artículos animados por Del Moral serían luego reproducidos por la mayor parte de los periódicos de la cadena del Movimiento.) 10. La prensa de la Iglesia es ahora la víctima propiciatoria de la censura. Los artículos que desarrollan temas religiosos gozan de la preferencia de los inquisidores de la «Consulta» del Ministerio de Información: los estudian a fondo, los releen sin prisa, les buscan todas sus posibles vueltas, para terminar mutilando lo que en los sectores integristas, que aún dominan las estructuras eclesiásticas españolas, se pueda entender como «progresismo» ; es decir, todo aquello que corresponda al rumbo adoptado por el Concilio. Signo, órgano de los Jóvenes de Acción Católica, constituye uno de los manjares predilectos de los Torquemadas de Jiménez Quílez y Robles Piquer, ávidos de prosa «progresista» y ligeros en el juego del lápiz rojo. El equipo de Signo, juvenil y combativo, carece sin embargo de la audacia de un Emilio Romero, que siempre que quiere se salta a la torera las normas establecidas y publica sin «visto bueno» lo que luego causará estupor al lector ingenuo. Conoce el truco y está bien respaldado: se le abrirá expediente en el Ministerio y acaso pagará una multa y Pueblo seguirá saliendo todos los días. Pero el equipo de Signo sabe que, de vulnerar las reglas, pone en el tablero la vida de la revista. 11. La actitud de la prensa eclesiástica oficial ha sido, pues, moderada, sin que ello dé pie para sospechar de su postura no manifiesta o expresada veladamente. Entre los publicistas católicos más jóvenes predominan los que tienden decididamente la mano a los enemigos de ayer, en nombre de un diálogo al nivel de la teoría y de la práctica. Ha habido jóvenes católicos entre los estudiantes más combativos. Jóvenes católicos hay, plenamente conscientes de su responsabilidad en la coyuntura histórica española, en el equipo de Cuadernos para el diálogo, que sostiene y anima Joaquín Ruiz Jiménez y cuyas páginas están abiertas al entendimiento y la comprensión, sobre posiciones católicas no sectarias. Con pocos seguidores en su círculo íntimo, el profesor Aranguren sigue simbolizando, por su coraje y su valor en los más difíciles momentos, la corriente católica renovadora a nivel universitario. Ha dicho públicamente otro catedrático, que el seminario de Aranguren «es el único reducto donde se ha podido refugiar la dignidad humana en este país». Esta afirmación resulta exagerada: tales reductos se han multiplicado en los últimos tiempos. Pero es cierto que Aranguren ha alentado con eficacia, desde su rincón universitario, las empresas más dignas, aunque también lo es que en torno suyo no ha cuajado una agrupación, orgánicamente constituida de alguna consideración, tal vez por no haberlo pretendido el profesor. Víctima de la represión, ha contado Aranguren, sin embargo, desde el primer momento, con millares de testimonios de adhesión, encarnándose así en él –lo mismo que en el [59] profesor Tierno Galván hombre con más amplia «base» –un sentimiento, muy general en la Universidad española, de franco desacuerdo con la conducta oficial. Aranguren no ha ido a Los Molinos. Aranguren no es, tal vez, como apuntábamos, un hombre político: su concepto de la dignidad profesional y su conciencia de español lúcido han determinado su salida al escenario de la lucha contra el Régimen. A Los Molinos –cincuenta kilómetros al Norte de Madrid– han ido los jóvenes católicos más radicales, animados con tenacidad ejemplar por el veterano Jiménez Fernández, antiguo ministro de la CEDA, y por varios dirigentes de Acción Católica. Y en Los Molinos, al fundar la Unión Demócrata Cristiana, han formulado con mucha claridad lo que debe significar en España un movimiento católico que pretende representante del «humanismo cristiano y de la democracia económica, social y política». Por lo pronto, la Unión Demócrata Cristiana –nacida al calor de la batalla estudiantil de febrero– «rechaza toda colaboración con el actual Régimen español», a la vez que «propugna una amplia y leal apertura al diálogo y a la colaboración con todos los grupos y organizaciones políticas y sindicales democráticas que respeten sus principios». 12. Al esfuerzo de la Iglesia por revisar el criterio reaccionario que ha presidido su conducta pública desde, por lo menos, el siglo pasado contribuyen muchos de sus hombres «de base». Mientras Herrera Oria, al dejarse abrazar por el caudillo, consagra definitivamente su solidaridad con las supervivencias de una guerra civil a cuyo estallido él tanto había aportado, el cura de Ajurias, don Alberto Gabicagogeascoa, defiende desde el púlpito a un grupo de nacionalistas vascos maltratados por la guardia civil y la policía política. «Son muchos los cobardes –grita el padre Alberto– y sin embargo los cristianos tenemos la obligación de manifestar nuestra opinión en defensa de la justicia y luchar por ella en la medida de nuestras posibilidades, aún cuando ello nos acarree complicaciones». Si las jerarquías íntimamente comprometidas con el Régimen callan, el padre Alberto tiene suficiente voz para gritar: «En las comisarías de policía del país vasco se tortura con frecuencia en estos últimos años. Esto no es lícito; es contra todo derecho; es contrario a los derechos del hombre». Naturalmente, el cura de Ajurias será sometido a proceso, lo mismo que el catalán padre Dalmáu, cuya comparecencia ante el tribunal coincide con el flujo de la marea estudiantil. Es el 13 de febrero y el padre Dalmáu deberá responder, junto con otros intelectuales catalanes, a varios cargos de naturaleza política. «Para llevar el Evangelio al pueblo debemos tomar parte en su vida». El padre Dalmáu se mantiene firme ante el juez. Firmes se mantienen también, frente a los «grises», cerca de cien sacerdotes que han venido a acompañarlo y que ahora entonan, mientras la acusación se formula jurídicamente, una «Salve» impresionante, en los locales del tribunal de «orden público». 13. Estudiantes y obreros han contado con la colaboración de los intelectuales más conscientes, expresada en un documento dirigido a Fraga Iribarne en el cual se solicitan, en ponderados términos, las reivindicaciones democráticas más elementales. Tras las de mayor prestigio en el ámbito de la inteligencia española, figuran otras mil firmas de funcionarios, empleados, [60] clérigos y obreros, que infunden al escrito un carácter eminentemente representativo. Cierto es que algún líder político –de la que podríamos denominar «oposición de derecha», aunque reniegue de esta filiación– se ha manifestado contrario al documento, a pesar de haberlo firmado. (Cualquiera que milite activamente en el antifranquismo se figurará enseguida de que líder se trata.) Cierto es también, que los documentos dirigidos a Fraga terminan sin pena ni gloria en los archivos del Ministerio (no es precisamente un secreto la sordera del ministro a la voz intelectual), después de haber sido químicamente analizados en los laboratorios particulares de Jiménez Quílez (en estos análisis es muy docto el escritor Alfonso Albalá, lo mismo que el seudoensayista seudopolítico y antiguo seudomarxista, Gabriel Elorriaga, jefe del «Departamento de Anticomunismo» del Ministerio de Información) para descubrir las «contaminaciones» comunistas. Y después, asimismo, de haber confeccionado listas, dentro del mejor estilo maccarthista, con destino a los organismos oficiales, para denunciar a los «malos». 14. Debatiéndose entre sus mil contradicciones, el ministro Fraga juega su papel «liberalizador» con enorme dificultad. El periodista vallisoletano Arean es juzgado y condenado por un ingenuo artículo en el que ha vertido conceptos que el ejército considera injuriosos. Pero el ministro Fraga es «el hombre de los generales», por muy «liberalizada» que presente su cara al auditorio. Es el mismo fascista duro, con nostalgias mussolinianas, de su tiempo de estudiante, discípulo de Carl Smith; aunque ahora ha cambiado de añoranzas. Según confidencias de los más cercanos a su despacho, sueña con un régimen burgués estabilizado, semejante al mejicano. Sueña con la presidencia de esta república hipotética, para cuya construcción ideal, Elorriaga, su «teórico», le ha facilitado los materiales. Y Fraga, el ambicioso, necesita a su lado a los «duros», a los africanistas de la guerra civil. Por eso, Arean es juzgado y condenado ante la impasibilidad cómplice del Ministerio de Información. Los periodistas españoles -los profesionales con menos independencia y peor tratados del mundo– parecen identificarse con su ministro en tal complicidad. Sólo un tímido y estéril documento en favor de Arean buscará inútilmente las firmas de los redactores de los diarios de Madrid. Algo parecido sucederá semanas más tarde, cuando la ira de «Manolo» se vuelque sobre Nováis, corresponsal de Le Monde en España, culpable del nefando pecado de contar la verdad. 15. Esta fría y agitada primavera tiene la virtud de resucitar a los muertos. José María Gil Robles, mudo durante treinta años, sepultado en el anonimato de su fructífero bufete, es el Lázaro que obedece al «Levántate y anda» de la Universidad y el «cinturón» obrero de Madrid. Se levanta, anda... y no va demasiado lejos. Ni sus arterias físicas, ni las políticas, le permiten caminar mucho, pero le autorizan a llegar por lo menos a la «catacumba» de los «europeístas» –en la gran vía madrileña reducto de los sedicentes «conservadores liberales»– curiosa y contradictoria ideología debe ser la suya –para rendir homenaje a la memoria de Winston Churchill, al lado de Satrústegui y Tierno Galván. Los asistentes al acto vivirán, no sin estupor, el choque de dos épocas, de dos mentalidades radicalmente diferentes, de dos ideologías que en otras condiciones se excluirían. Gil Robles habla. Es el orador florido, parlamentario a la medida de los [61] años treinta, de latiguillo fácil y recursos sentimentales. A su intervención se asoma el nombre de Churchill, naturalmente, pero el personaje central de la oración es otro que no se nombra. Un viejo amigo de Gil Robles. Aquel general que él instaló en el Ministerio de la Guerra hace treinta años para que dirigiera la represión de Asturias. iCómo pasa el tiempo! Su ataque es duro, acerado, implacable. Gil Robles jura –qué lejos está ya su pasado político– sostener firmemente una actitud de repulsa total al amigo de entonces, al entonces «salvador». Pero tenemos la sensación de que son sólo palabras, palabras... ¿Dónde está su «base»? ¿Quién colocaría el futuro de España en sus manos? En contraste, Tierno es escueto, serio, hombre de verbo contenido: «Yo soy socialista». Gil Robles no se inmuta; cómo pasa el tiempo... Qué poder tiene esta fría y agitada primavera... ¿Se ha iniciado el deshielo político? ¿Será autorizada una oposición hecha a la medida? ¿Resistirán la presión que llega de abajo las actuales estructuras políticas? Para llevar a cabo un análisis objetivo de la realidad española, hay que partir de unos hechos cuya presencia es tan palpable que constituiría un grave error desconocerlos o menospreciarlos. El capitalismo español está en período de transformación, se registra un desarrollo económico desigual, pero real, en un sentido que podríamos denominar «neocapitalista». La oposición está dividida; no hay por el momento posibilidad de plataforma común. Politizada en ciertas regiones –Asturias y Vizcaya, principalmente– y muy escasamente en otras, la clase obrera plantea reivindicaciones específicas y desoye las consignas políticas que la inducen a llegar más allá; los trabajadores más conscientes y combativos reconocen esta dificultad. El régimen no la ignora. «A los comunistas los temimos en 1959 y en 1960. Ahora no tenemos preocupaciones» comentaba no hace mucho López Bravo entre sus amigos. No hace falta subrayar el carácter revestido por la lucha estudiantil. No cabe, pues, pensar, en un proceso revolucionario próximo. La presión obrera y universitaria, que se hará sin duda más fuerte en un futuro inmediato, ¿determinará una evolución de las actuales estructuras? ¿Puede permitírsela la oligarquía? El entendimiento de la oposición, seguido de una comprensión realista de las condiciones objetivas que presenta hoy el país, deben de constituir nuestras metas inmediatas. Abandonemos el reino de los mitos, de las bellas palabras seudorrevolucionarias, y entremos en el mundo real sin miedo, con la seguridad de que éste es el camino que más derechamente conduce a la revolución española. Y pongamos también todas nuestras fuerzas al servicio de la exposición ante nuestro pueblo del panorama en que se encuentra inserto y adormecido tal como éste es, para hacerle cobrar conciencia de que la historia tiene que continuar su marcha y él, el pueblo, debe de impulsarla. Hace algún tiempo, el ministro Alonso Vega contó a los periodistas reunidos en su despacho una anécdota que vamos a transcribir, de acuerdo con la versión que nos han facilitado. «Charlando un día con el embajador americano –decía don Camilo– él me reprochaba lo que calificaba de falta de democracia en España. (Risas entre los periodistas más serviles.) Y entonces yo le puse el siguiente ejemplo: los pueblos son como los perros. Hay perros [62] pequineses que los puedes tener en el regazo, jugar con ellos, porque no molestan, no ensucian, y perros callejeros de los que hay que guardarse, porque muerden. Esta es quizá la diferencia entre el suyo y el mío.» Nos parece obvio todo comentario. |
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