Filosofía en español 
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[ Manuel Gálvez ]

Blasco Ibáñez y su literatura

Escritor mediocre, sensibilidad nula, el novelista español no deja un gran libro, ni una obra maestra, ni una novela humana y verdadera. Algunas de sus obras se seguirán leyendo, no por su valor artístico, –los mejores libros no son los que lee la muchedumbre– sino por su interés documentario o porque han puesto apasionantes trozos de historia al alcance de todo el mundo.

En 1906 conocí en Madrid a Blasco Ibáñez. Fue en su casa editorial. En mangas de camisa, sucio, desagradable, ocupábase en traducir la Geografía de Reclus. Realizaba este abrumador trabajo personalmente; pero no para que resultase mejor, por escrúpulos literarios, sino para economizarse las trescientas o cuatrocientas pesetas que corresponderían por volumen al traductor.

Días después le visité en su casa. En medio de inagotables exclamaciones groseras –que, en sus frases, reemplazaban a la puntuación– habló mal de los más interesantes escritores jóvenes de aquel tiempo: de Valle Inclán, de Giménez, de Machado, de Azorín. Su desprecio a los poetas fue acompañado de varios ternos que explicaban, mejor que nada, su opinión. La poesía, a su juicio, era, en estos tiempos, algo anacrónico y absurdo. Ahora “sólo podía concebirse un poeta anticlerical”.

A pesar de que, en aquellos años juveniles, yo padecía mi primer ataque de revolucionarismo, la estupidez de las palabras del novelista me hicieron sonreír de lástima. Porque si bien entonces yo admiraba a Mateo Morral, mi temperamento de artista me enseñaba que “poesía” y “anticlericalismo” eran palabras absolutamente, reciamente enemigas.

Ese día, Blasco Ibáñez quedó juzgado por mí, para siempre, en cuanto a la calidad de su espíritu y de su sensibilidad.

No haré un artículo anecdótico. Pero, como es importante dar una explicación a sus tiradas fabulosas y a la resonancia mundial de su nombre, referiré que en Santa Fe, en vísperas de dar una conferencia sobre don Juan de Garay, fue a casa de un hombre muy culto, versado en la historia de la localidad, al solo objeto de preguntarle sobre lo que había hecho “ese tío”. Estas palabras revelan el grado de honestidad intelectual de Blasco Ibáñez.

Carecía de cultura exterior e interior. A fuerza de traducir para sus casas editoriales, había adquirido un conocimiento informativo sobre muchas cosas. Los viajes le enseñaron otras. Pero no creo que hubiese estudiado en serio ninguna disciplina, salvo, quizás, algunos puntos de historia, relacionados íntimamente con sus novelas.

La obra de Blasco Ibáñez debe ser dividida en tres etapas.

La primera comprende seis o siete libros de asuntos valencianos. Hay entre ellos algunos soporíferos como Arroz y tartana, y otros discretamente interesantes como La barraca. Son cuadros de color, vigorososs, bien compuestos, y tienen fuerte sabor popular. Pero ninguna de estas novelas es una obra maestra ni un gran libro. No hay en ellas altos valores artísticos, ni caracteres hondamente estudiados, ni análisis de pasiones, ni bellos momentos de poesía, ni estilo, ni profunda ternura.

Después de estos libros, Blasco ambiciona retratar la vida de otras comarcas españolas. Madrid está en La Horda, Jerez en La Bodega, Bilbao en El intruso, Toledo en La Catedral. Además de estas cuatro, publica Luna Benamor, sobre el ambiente de los judíos sefarditas de Gibraltar; Los muertos mandan, en que pinta la vida en Mallorca y en Ibiza; y Sangre y arena, sobre Sevilla y el toreo. En las primeras cuatro, Blasco mezcla a la literatura sus preocupaciones revolucionarias. En La horda, que abarca el cinturón de miseria que rodeaba a Madrid por aquellos años, la concepción es interesante. Pero la penuria del estilo, la ausencia de caracteres y de pasiones, la vulgaridad de los incidentes, la tornan ilegible.

El mejor de sus libros en esta segunda época es Sangre y arena. La vida del torero aparece bastante bien documentada. Pero si artísticamente esta novela no nos satisface –por su redacción periodística y su falta de colorido– psicológicamente es la obra de un hombre que sólo advierte lo exterior de las cosas. Este libro no podría ser comparado con El embrujo de Sevilla, una verdadera obra maestra. En esta época, Blasco, que en La Barraca demostró su conocimiento de la técnica novelística, empieza a olvidarse de cómo se compone bien una novela. La Catedral contiene decenas de páginas sacadas de un conocido libro sobre la música religiosa española, y colocadas, en forma discursiva, en los labios de un padrecito aficionado al órgano.

En su tercera época, Blasco Ibáñez se convierte en ciudadano del mundo. Sus novelas y cuentos tienen ahora por ambientes la Argentina, la Costa Azul, la Italia actual y la de los Borgia, la Provenza, la Alemania de los años de la guerra, los Estados Unidos. Considero que ésta es la mejor época del novelista. En la concepción de Los cuatro jinetes del Apocalipsis hay cierta grandeza. Pero sus descripciones de la guerra son, evidentemente, falsas. En este sentido, y en todos, el libro del español es harto inferior al de Barbusse sobre análogo tema.

En esta época, el escritor comenzó a modernizarse ligeramente. En Los Argonautas, que contiene vigorosas descripciones de un transatlántico, hay varias imágenes ingeniosas, cosa rara en sus libros.

Pero al mismo tiempo que se siente un ciudadano del mundo, Blasco Ibáñez inicia, en esta época, la parte más simpática de su obra: aquella en que intenta evocar o rehabilitar a grandes figuras españolas. A los pies de Venus es una detestable novela, pero una excelente interpretación de conocidos documentos sobre los Borgia. Tiene este libro buenos retratos y eficaces descripciones de algunas escenas del Renacimiento.

Nuestro país interesó mucho a Blasco Ibáñez. En Los cuatro jinetes del Apocalipsis pasa, bien fotografiada, la vida en una estancia moderna. En cambio, La tierra de todos, de donde se ha extraído una película en que nuestro país y sus costumbres aparecen en ridículo, es la más estúpida de las novelas. Es preciso leerla para comprender hasta dónde descendió la vulgaridad y la chabacanería del autor. No contiene este libro ni una sola página estimable.

Como viajero, Blasco Ibáñez revela la sensibilidad de un mozo de cordel. Interesa cuando describe cuadros de color, y, más aun, cuando entra en juego el novelista, manejando diálogos y personajes: el patriarca griego de Constantinopla, en el libro Oriente, está retratado con gracia. Pero cuando Blasco opina sobre una obra de arte, su sensibilidad de patán no le dicta sino sandeces. Frente a las pirámides, no se le ocurre otra cosa que copiar las descripciones de las guías y exclamar: “¡Al fin te he visto!”.

Blasco Ibáñez poseía un talento vigoroso, pero carecía de sensibilidad, de buen gusto, de verdadera cultura y, sobre todo, de perspicacia psicológica. En esto asemejábase a su maestro Zola, pero el autor de Germinal, que llegó a la grandeza en el describir la vida de las multitudes, le supera enormemente.

Alguien deseará saber cómo explico la difusión fabulosa, en el mundo entero, del novelista español. El cinematógrafo fue el principal vehículo de su popularidad. Contribuyeron también a ella sus viajes, su propaganda, los asuntos de sus libros, sus conferencias y su vida novelesca. Al editar en castellano a escritores del mundo entero, se aseguraba en todas partes amigos y corresponsales. Su audacia y su carencia de escrúpulos no han dejado de colaborar en sus grandes éxitos. Pero todo esto no explica que el lector se divierta con sus novelas. Es que Blasco Ibáñez tenía el instinto del novelista, y sabía interesar. Para esto, nada le fue tan útil como su estilo. Poseía el verdadero estilo del novelista, aunque en exceso pobre. Y poseía, ante todo, y en el más alto grado, lo que en retórica se llama el “orden”. En cualquier página de Blasco que abramos, encontraremos que cada párrafo está perfectamente ligado al anterior y al que le sigue; y lo mismo debe decirse de cada una de sus frases. Difícilmente se hallará un tropiezo en su prosa correcta, pero que parece traducción del francés. Nada de palabras elegidas, de giros sabios o nuevos. Blasco Ibáñez escribía como un buen periodista, y, como un buen periodista, sabía utilizar los elementos pintorescos y sensacionales. Sobre sus páginas fáciles pueden andar los ojos en aeroplano, mientras que es preciso marchar al paso, y aun descansando, sobre las páginas de Claudel o de Valery.

Escritor mediocre, sensibilidad nula, el novelista español no deja un gran libro, ni una obra maestra, ni una novela humana y verdadera. Algunas de sus obras se seguirán leyendo, no por su valor artístico, –los mejores libros no son los que lee la muchedumbre– sino por su interés documentario o porque han puesto apasionantes trozos de historia al alcance de todo mundo. En la novela española, el autor de La maja desnuda no podía ocupar un primer lugar. Ninguno de sus libros puede ponerse a la par de la genial Niebla, de Unamuno; del Romance de lobos y de los tres volúmenes de La guerra carlista, de Valle Inclán; ni de Troteras y danzaderas y Belarmino y Apolonio, de Pérez de Ayala; ni de El amor de los amores, de Ricardo León; ni de La ciudad de la niebla o Las aventuras de Shanti Andia, de Baroja. Por un aspecto u otro de sus libros, estos escritores alcanzaron, a veces, una gran altura y alguno de ellos, como Unamuno o Valle Inclán, la genialidad. En Blasco no hubo sino intenciones que desaparecieron, faltas, quizá, de cimientos en que apoyarse, o ahogadas por el instinto comercial, que es el mayor enemigo del arte.

Manuel GÁLVEZ