Filosofía en español 
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Historia del Partido Comunista de España1960


 
Capítulo tercero ☭ La guerra nacional revolucionaria

Periodo de duras pruebas

En el Gobierno Negrín, que sucedió al de Largo Caballero la dirección de la guerra recayó sobre IndaIecio Prieto.

Su actuación como ministro de Defensa fue la expresión más aguda y negativa de su falta de fe en el triunfo, de su desconfianza en el Ejército democrático y en los mandos populares. Para reducir lo más posible el número de mandos del Ejército, miembros del Partido Comunista, Prieto puso en práctica su teoría de la «proporcionalidad» para designar a aquéllos, lo que tuvo como natural consecuencia elevar a puestos de mando de importancia a militares poco competentes o carentes de entusiasmo en la defensa de una causa que no sentían. El ministro prohibió la participación de los militares en los actos populares y, ya que no podía destruir al Comisariado, hizo cuanto pudo por burocratizarlo y sustituyó a numerosos comisarios de valor y capacidad probados en decenas de combates –la mayoría comunistas– por otros entre los que abundaban los ineptos y carentes de espíritu revolucionario. Su «apoliticismo» le impulsó a prohibir la propaganda dirigida a las filas enemigas. La poca que se hizo la realizó el PCE poco menos que conspirativamente, ante la oposición del ministro.

Su política militar se traducía, prácticamente, en el planteamiento sistemático a las fuerzas populares de objetivos limitados, en la falta de creación de reservas estratégicas suficientes y de enlace estratégico entre los diversos frentes, esto es, de cooperación operativa entre ellos. Así se desaprovecharon, por falta de su necesario desarrollo, éxitos iniciales importantes de las fuerzas republicanas, como el de Brunete, el de la toma de Quinto, Belchite y otros puntos, y el de Teruel.

Manifestación saliente de la política de Prieto fue, precisamente, la batalla de Teruel considerada en su conjunto en sus dos fases: la operación ya fue planteada con el objetivo [182] limitado de tomar la ciudad, pues se suponía que con ello quedaría frustrada la ofensiva del enemigo sobre Guadalajara. Preparado el ataque con perfecto secreto, las fuerzas republicanas tuvieron a su favor el importante factor de la sorpresa y arrebataron la iniciativa al enemigo. Después, el mando republicano renunció a ella al no proponerse otros objetivos, no explotó el gran éxito inicial logrado con la conquista de la ciudad y pasó inmediatamente a la defensiva sobre unas posiciones a todas luces desventajosas.

La idea sistemática de Prieto de que las acciones del Ejército Popular sólo podían tener objetivo limitado tenía por consecuencia que no se preparasen reservas suficientes, ni se organizase la cooperación operativa de otros frentes. Indalecio Prieto, sin tomar en consideración que el enemigo, en cambio, concentraba importantes reservas sobre Teruel, tres veces dio por terminada la operación, tres veces sacó del frente las divisiones de maniobra y la aviación y otras tres tuvo que volverlas a emplear por partes en la batalla a causa de los ataques enemigos. Resultado de estas vacilaciones fue el desgaste extraordinario del Ejército de Maniobra y otras unidades y la falta absoluta de aprovechamiento del que también había sufrido el enemigo. Con esa acción vacilante, a pesar de que en el transcurso de la operación fueron empeñadas 18 divisiones, las fuerzas republicanas resultaron débiles frente a las enemigas, excepto al comienzo de la operación. La gran confusión que el mando franquista mostró en los comienzos de la acción en una serie de contraataques desacertados y mal organizados, facilitaba a las fuerzas de la República emprender acciones decisivas, pero la pasividad de su mando supremo salvó a los franquistas de un desastre, que tal hubiera podido ser esa batalla que duró dos meses y medio y que, por su intensidad y por los medios técnicos empleados, era la más importante de todas las libradas hasta entonces. Teruel fue abandonado por las unidades populares el 22 de febrero de 1938. La moral de los combatientes republicanos, que tanto había elevado la conquista de la ciudad, sufrió un rudo golpe.

La política militar de Prieto se tradujo en un desgaste tal de las mejores fuerzas del Ejército Popular que permitió al enemigo desarrollar con buen éxito una potente en Aragón durante el mes de marzo, mientras la aviación «legionaria» de Mussolini sometía a Barcelona a salvajes bombardeos. El embajador alemán cerca de Franco, Von Stohrer, decía a su Gobierno, en un telegrama fechado el 21 de marzo de 1938:

«… los resultados de los bombardeos aéreos que los italianos han realizado recientemente pueden calificarse de terribles… No hubo indicio del menor intento de apuntar a objetivos militares… Hasta ahora se han contado mil muertos, pero se supone que se encontrarán muchos más entre las ruinas. Se calcula en 3.000 el número de heridos…»

Esos crímenes no movían a los Gobiernos de la No-Intervención a modificar su actitud respecto al fascismo. Benevolentemente habían observado la invasión de Austria por las fuerzas de Hitler el 11 de marzo de 1938 y la anexión de ese país por Alemania tres días después. Esos Gobiernos deseaban acelerar el fin de la contienda en España con la derrota de la República y para ello alentaban las campañas derrotistas, abiertas o encubiertas, la corriente de los capituladores. Indalecio Prieto actuó como paladín de ellos.

El hombre que en los días de mayor peligro para Madrid, en 1936, ocupando el puesto de ministro de Marina, no había vacilado en mostrarse partidario del abandono y entrega de la capital, ahora, en momentos también muy graves para la suerte de la República, desde su puesto de ministro de Defensa hizo al Consejo Supremo de Guerra la propuesta siguiente: Concentrar todas las fuerzas militares de la República en Cataluña y abandonar al enemigo no ya sólo Madrid, sino toda la zona Centro-Sur de la República, todo el resto del territorio español. Era un plan de verdadera capitulación.

Azaña mostró también su actitud entreguista en una reunión a la que asistieron los dirigentes de los partidos políticos, convocados por él. Pero José Díaz, que en representación del Partido Comunista asistía a la reunión, al contestar a Azaña subrayó con energía que las manifestaciones de éste eran impropias del alto cargo que ocupaba, pues trataba de [184] influir en los presentes en un sentido que no era precisamente el de defensa de la República. La actitud de José Díaz la apoyaron, más o menos explícitamente, todos los otros dirigentes políticos y así el plan derrotista Azaña-Prieto se vino abajo.

Para quebrantar los manejos de los capituladores, el Partido apeló principalmente a las masas. Y éstas respondieron al llamamiento del PCE y del PSU. El 16 de marzo de 1938, Barcelona, sede ya del Gobierno, fue testigo de una grandiosa manifestación que demostró la decisión del pueblo de seguir luchando hasta la victoria porque sabía que de ella dependía su libertad y su porvenir. Al mismo tiempo, llegaban al Gobierno millares y millares de cartas de combatientes que condenaban todo intento de compromiso o capitulación y pedían la realización de una política de guerra mucho mas firme.

Ante las maniobras de la capitulación se produjo un proceso de diferenciación en el seno de la CNT. Algunos dirigentes anarquistas entraron en el juego de los capituladores. Pero las masas de la CNT, y los dirigentes más ligados a la clase obrera, comprendieron la necesidad de unirse al PCE para frustrar los planes de quienes pretendían entregar la República.

El Partido, sobre la base de su programa antifascista, logró establecer, primero, un acuerdo de unidad de acción con la CNT y, un mes después, el esfuerzo del PCE y del PSU en pro de la unidad alcanzó otro éxito de importancia con la firma de un pacto de unidad de acción entre la CNT y la UGT de Cataluña en la que tenían los comunistas decisiva influencia.

Al manifiesto que el PCE publicó el 18 de marzo, se unieron los de la CNT y la UGT de ese mismo día. Todos ellos llamaban a la resistencia y a continuar la lucha sin desmayos.

El 28 de ese mes, expresando así, implícitamente, la disconformidad del Gobierno con el ministro de Defensa, el Presidente Negrín pronunció un discurso por radio contra los derrotistas y anunció el comienzo de la campaña de recluta de cien mil voluntarios.

Desde el frente, los combatientes exigían la realización [185] de una política de guerra enérgica y, como indispensable premisa para ello, la salida de Prieto del Ministerio de Defensa. Por voluntad de los combatientes y del pueblo en general, Negrín prescindió de Prieto en el Gobierno que el 8 de abril de 1938 reorganizó, asumiendo él la cartera de Defensa y heredando las secuelas de la obra negativa de Largo Caballero y de Prieto. La política de guerra de Prieto había facilitado un hecho de extraordinaria gravedad para la República: la llegada al Mar Mediterráneo de las fuerzas fascistas el 15 de abril de 1938.

En el nuevo Gobierno estaban representadas la UGT y la CNT, hecho que saludó el Partido como positivo para el refuerzo de la unidad. El PCE, para facilitar la solución de la crisis, accedió a retirar uno de sus ministros del Gobierno reiterando su disposición a realizar todos los sacrificios necesarios en aras de la unidad de las fuerzas democráticas y de la victoria.

El primer acto político importante del nuevo Gobierno fue la publicación, el 30 de abril de 1938, del documento donde formulaba su programa político en los famosos Trece Puntos de guerra. En ellos se establecían y concretaban los objetivos por los cuales se continuaba la lucha y sobre los cuales podía establecerse un principio de acuerdo con los que luchaban frente a la República.

El programa contenía los siguientes puntos: Mantenimiento de la independencia y la integridad de España y la liberación del territorio de la República de sus invasores; que la forma social y legal que habría de darse a la República después de dar fin a la guerra, sería determinada por la voluntad nacional, libremente expresada por medio de un plebiscito: respeto de las libertades nacionales de los pueblos de España; libertad personal y de conciencia y el libre ejercicio de las creencias religiosas; respeto a la propiedad legalmente adqurida, dentro de los límites impuestos por los supremos intereses nacionales; reforma agraria que diera la tierra a los que la trabajan; respeto a las propiedades de los extranjeros que no hubieran apoyado directamente a los rebeldes; adopción de una política exterior de paz y de apoyo a la Liga de las Naciones y a la seguridad colectiva, y la reclamación de un puesto para [186] España en el concierto de naciones, como una potencia mediterránea capaz de defenderse con sus propios medios; una amnistía general para todos los españoles que quisieran tomar parte en la liberación y en la reconstrucción de España.

El Buró Político hizo pública en una nota la aprobación del Partido a ese programa por estimar que respondía al carácter de la lucha que sostenía el pueblo español en defensa de la independencia de España y de la democracia y que constituía la base sobre la que debían unirse en aquel momento todas las fuerzas antifascistas del país.

Nadie tan interesado como el Partido Comunista, habida cuenta de su enorme contribución de sangre, en poner fin a la guerra. Pero poner fin a la guerra no de cualquier manera, sino garantizando al pueblo la vida y la libertad. Y en ese sentido los Trece Puntos del Gobierno Negrín, que el Partido apoyó sin ninguna reserva, significaban un ofrecimiento de paz y de entendimiento a los sublevados para terminar la guerra de una manera razonable, sin represalias, sin violencias.

El Comité Central del Partido ratificó esa aprobación en su Cuarto Pleno de guerra, que celebró en Madrid los días 23, 24 y 25 de mayo de 1938.

Constituyó ese Pleno un acto político de gran importancia trascendencia en la lucha antifascista del pueblo y del Partido, pues en él levantó el Partido la bandera de la Unión Nacional, para la salvación de España.

El informe que presentó al Pleno Dolores Ibárruri, exponía con toda claridad cuál era la verdadera situación. La llegada de las fuerzas franquistas e invasoras al mar y el consiguiente corte de las comunicaciones terrestres entre las dos zonas de España, creaba una situación de extrema gravedad.

La situación internacional también se hacía más desfavorable para la causa popular con la firma, el 16 de abril de 1938, del tratado anglo-italiano que contenía una cláusula en virtud de la cual a todo lo que se comprometía el Gobierno fascista de Italia, con relación a España, era a «retirar sus tropas y su material bélico después de haber terminado la guerra». Esa cláusula significaba que el Gobierno inglés proclamaba de antemano su aprobación a la derrota de la [187] República lograda por la descarada intervención de las tropas italianas. Mientras se elaboraban en Berlín y en Roma los planes militares contra la República, en Londres y en París se trenzaban las sogas que debían servir para ahogar a nuestro pueblo.

El arma para hacer frente a esa grave situación, para rechazar la acometida de los potentes enemigos del pueblo tenía que ser la que el pueblo había esgrimido para alcanzar todas sus anteriores victorias, también en muy difíciles circunstancias: el arma de la unidad.

Pero ante la cada vez más intensa invasión del país, el corte de su territorio en dos partes, la amenaza, más grave que nunca, que pesaba sobre la independencia nacional, el Comité Central del Partido declaraba en su informe:

«La unidad que hoy necesitamos, es una unidad nueva, más amplia, más sólida, más efectiva y eficaz que la que ha existido hasta el presente. Debe ser una unión nacional… debe permitirnos movilizar, organizar y arrastrar al combate contra los invasores a nuevas capas del pueblo, a los que viven en nuestra zona y no pertenecen a ningún partido y aquéllos que en la zona invadida han caído por la fuerza o engañados bajo la influencia de las organizaciones fascistas».

En el informe, que en nombre del Comité Central hacía, la camarada Dolores se dirigía a todos los españoles de uno y otro lado de las trincheras para decirles:

«A través de las barreras de odio y de sangre que la traición ha levantado entre las dos Españas, entre aquella que mira al porvenir, recogiendo todas las tradiciones gloriosas de nuestra historia, y la que mira al pasado para tratar de resucitar todo lo viejo y todo lo podrido, nosotros llamamos a todos los hombres que sienten el orgullo de ser españoles y les decimos: Son únicamente los españoles los que pueden resolver los litigios de España, los que tienen derecho a resolverlos».

El Comité Central opinaba que sobre la base de los Trece Puntos podían unirse los españoles de una y otra zona que [188] quisieran salvaguardar la independencia nacional y sus libertades.

El PCE salía al paso de los que pretendían ver una contradicción entre los Trece Puntos que el Partido defendía y sus principios políticos. El Comité Central recordaba que ya en su primer manifiesto de agosto de 1936 el PCE había proclamado:

«Contra los fautores de la guerra, unión nacional de todos los que quieren una España grande por su cultura, una España libre, una España de paz, de trabajo y de bienestar».

También recordaba el Partido a los que criticaban que los Trece Puntos incluyesen la amnistía total que, desde los primeros momentos de la lucha, los Gobiernos republicanos habían declarado que no habría represalias. El PCE había apoyado siempre esas declaraciones.

El Pleno, que en la historia de los del Partido podría designarse con el título de «Pleno de la Unión Nacional», dedicaba particular atención a la necesidad del refuerzo de la unidad de todos los pueblos de la República y especialmente de la de Cataluña con el resto de España. Después de la ruptura de las comunicaciones terrestres entre ambos, esto era más necesario que nunca.

Indalecio Prieto, que salió del Ministerio aireando la idea de la capitulación, empezó muy pronto sus ataques contra Negrín y otros socialistas contrarios a ella, y fue agrupando a su alrededor a todos los elementos disgregadores y derrotistas. Bajo la presión de Prieto y otros socialistas, y asimismo de la II Internacional, la Ejecutiva del PSOE publicó una declaración que recogía algunos infundios anticomunistas. Sin atreverse a romper el Comité de Enlace, la Ejecutiva paralizaba de hecho su actividad.

El PCE hizo frente a tan compleja y difícil situación, apelando, una vez más, a las masas. Durante el resto del mes de junio el PCE y el PSU, y con ellos las otras organizaciones antifascistas, realizaron una campaña de movilización de las masas alrededor de la consigna de ayudar a Valencia. Y en los primeros días del mes de julio el Partido logró que se [189] celebrasen reuniones conjuntas de socialistas y comunistas en Guadalajara, Valencia, Albacete y otros puntos. En ellas se tomaron resoluciones de apoyo a la política de resistencia del Gobierno y en pro de la unidad obrera. También abundaban las resoluciones de la CNT en el mismo sentido. De este modo, iban formándose cada vez con mayor claridad dos corrientes: los partidarios de la resistencia, que justamente tenían en cuenta para preconizarla no sólo los factores interiores sino los exteriores, y los partidarios de la capitulación que querían poner fin a la guerra fuese como fuese. Entre los primeros, encabezados por el PCE, estaban el PSU de Cataluña, la JSU, parte del PSOE, de la UGT y de la CNT y representantes de los partidos republicanos.

La política de resistencia tuvo como primer resultado positivo la detención de la ofensiva fascista en Cataluña en las orillas de los ríos Segre y Ebro, donde se estabilizó el frente.

La salida al mar de los franquistas había dejado en Cataluña un importante núcleo de las fuerzas más combativas del Ejército republicano. Con ellas fue creado el famoso «Ejército del Ebro».

Los franquistas iniciaron a comienzos de junio una ofensiva sobre Levante. El 16 de junio entraron en Castellón. Tres días antes, el Gobierno francés había dado otra prueba de su enemistad a la República española con el cierre total de la frontera franco-española.

Cada vez más acuciados por sus valedores extranjeros, los franquistas reanudaron su ataque en Levante. El 14 de julio nueve divisiones enemigas se dirigieron contra Valencia y Sagunto y, simultáneamente, otras fuerzas fascistas iniciaron un ataque sobre Almadén. Pero, en esa segunda mitad de julio, cuando la situación en la zona Centro-Sur había llegado a un punto de máxima gravedad, las fuerzas republicanas bajo la dirección de los camaradas Modesto y Líster, secundados por los comisarios políticos que, como los comunistas Santiago Álvarez, Luis Delage, Matas, Farré y otros realizaron un gran trabajo político, pasaron el Ebro entre Mequinenza y Amposta e iniciaron así la más dura y prolongada de las batallas de la guerra. [190]

En ella se cubrió de gloria el Ejército del Ebro, los efectivos del cual no llegaban a la décima parte de los del Ejército Popular. El retuvo durante 113 días a la fundamental masa de maniobra del Ejército enemigo, constituida por no menos de 13 divisiones, todos los tanques, la mayor parte de la artillería y la casi totalidad de la aviación. Más de 1.300 aviones fascistas extranjeros participaron en la batalla.

Entusiasmado el pueblo por el paso del Ebro realizado por su Ejército, por el Ejército Popular, al que los capituladores daban ya por no existente, manifestaba su alegría y su emoción en canciones que resonaban en los frentes y en la retaguardia:

Hemos pasado el Ebro,
novia mía, mi bien amado,
los unos en las barcas
y otros a nado.
¡Ay amor mío!
En barcas y nadando
se pasó el río.

Otra, refiriéndose a la participación italiana fascista, decía:

En el Ebro se han hundido
las banderas italianas
y en los puentes sólo ondean
banderas republicanas.

Al paso del Ebro van ligadas las más hondas emociones de los combatientes republicanos que aún hoy siguen recordando que

El Ejército del Ebro
una noche el río pasó
y a las tropas invasoras
buena paliza les dio.
[191]

A mediados de agosto los capituladores hicieron un intento de derribar al Gobierno Negrín por medio de una conspiración que Negrín llamó «el complot de la charca». En él estaban complicados Besteiro y otros socialistas, grupos de republicanos burgueses (incluido el Presidente de la República) nacionalistas catalanes y vascos y ciertos señores anarquistas.

Tomando como pretexto las incomprensiones de Negrín respecto a Cataluña, la Esquerra retiró del Gobierno a su ministro, a mediados de agosto de 1938. Los nacionalistas vascos, por solidaridad con los catalanes, retiraron también el suyo. Claro está que esa retirada, estaba motivada por el deseo de los elementos burgueses nacionalistas de romper las amarras con el Gobierno de la República, partidario de la resistencia para, en momentos favorables, plantear la rendición en forma de «paz separada».

La intervención del Partido Comunista y el Partido Socialista Unificado permitió dar una solución a la crisis parcial sin que quedaran excluidos los representantes de Cataluña y Euzkadi. En el Gobierno entraron el camarada José Moix, del PSU, y Tomás Bilbao en representación del Partido Acción Nacionalista Vasca.

La victoria del Ebro tuvo también profundas repercusiones políticas en el campo rebelde: en el Ebro los franquistas perdían la flor de sus ejércitos. Se agudizaron considerablemente las contradicciones internas en el campo fascista entre los grupos que lo constituían. Se extendía entre ellos la idea de que no podían ganar la guerra.

Los hechos demostraban que, aplicando consecuentemente la política de resistencia, podían obtenerse resultados positivos.

Historia del Partido Comunista de España, París 1960, páginas 181-191.