Filosofía en español 
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Historia del Partido Comunista de España1960


 
Capítulo cuarto ☭ La dictadura franquista

Una gran esperanza

A comienzos de 1943, la gran victoria soviética de Stalingrado fue el comienzo de un viraje radical en la guerra a favor de la URSS y fue para toda la humanidad progresiva la aurora de la victoria sobre el hitlerismo.

A partir de entonces se sucedieron las derrotas del Eje fascista. La perspectiva de una victoria del fascismo, con la que hasta entonces había contado el general Franco, se desvaneció.

El pueblo español confiaba en que la derrota mundial del fascismo significaría el fin de la dictadura. Esta gran esperanza determinó en España el despertar del movimiento antifranquista. En tales circunstancias, el deber de los partidos democráticos era alentar el renacimiento del espíritu de lucha, dar confianza al pueblo en sus fuerzas, combatir las tendencias a la pasividad y a la espera, surgidas bajo el influjo del terror fascista.

Para reforzar el trabajo del Partido volvieron al país, después de la ejecución del grupo de camaradas encabezado por Jesús Larrañaga, varios dirigentes del Partido, entre ellos Santiago Álvarez, miembro del Comité Central y Sebastián Zapirain, más tarde detenidos y condenados a largos años de cárcel. [223]

Los comunistas ayudaban a los obreros a formular y plantear sus reivindicaciones, a unirse y a actuar de diversas formas para defenderlas. Se consiguió así que bajo el clima favorable de las victorias Soviéticas en los frentes, y a despecho del terror, se iniciase en España el resurgir del movimiento obrero.

El Partido incrementó su labor también en las zonas agrarias de Galicia, Asturias, Andalucía y Levante, en las que había un fuerte movimiento guerrillero.

El Partido consiguió ampliar su propaganda clandestina. «Mundo Obrero» se editaba en Madrid, Andalucía, Galicia y Asturias, a ciclostilo o a imprenta. Se publicaron también «Verdad» en Valencia, «Unidad» en Málaga, «El Obrero» en Canarias, «Nuestra Palabra» en Baleares, y otros periódicos.

Paralelamente, el Partido realizó tenaces esfuerzos en pro de la unidad antifranquista en el país, mediante la creación de Juntas de Unión Nacional para la lucha por el derrocamiento de la dictadura de Franco y Falange.

Finalmente, trabajó por rehacer la unidad de las fuerzas republicanas exiliadas; se dirigió en ese sentido al Dr. Negrín proponiéndole que reanudase la actividad del Gobierno republicano, a lo que éste se negó reiteradas veces.

En resumen, el Partido se esforzó por lograr que la situación favorable creada por el hundimiento de Hitler y la derrota del fascismo en el mundo fuera aprovechada por la democracia española para realizar una acción decidida contra la dictadura franquista, tanto en el interior como en el exterior. Y si esto no fue conseguido, en la medida necesaria, las responsabilidades no recaen sobre el Partido.

El principal factor que permitió a Franco mantenerse en el Poder fue la conducta de los Gobiernos de Inglaterra y EE.UU. En el curso de la guerra mundial esos Gobiernos realizaron una política de ayuda económica y política al franquismo; y cuando se acercó la «última hora» del hitlerismo, cuando en Francia, en Italia y en otros países surgieron poderosos movimientos populares y recibieron un fuerte impulso los Partidos Comunistas, que luchaban por una democratización radical de sus países respectivos, los imperialistas de Inglaterra y EE.UU. acentuaron la orientación a impedir [224] que en España triunfase la democracia y a conservar la dictadura de Franco como un reducto de la reacción en el occidente de Europa. Por su parte, Franco empezó a traspasar a los imperialistas norteamericanos, en el curso mismo de la guerra, la hipoteca hitleriana sobre España.

Esta actitud de Inglaterra y los EE.UU. y el temor de que en España se produjera un cambio democrático, determinaron que la gran burguesía española y otros sectores burgueses mantuviesen su apoyo a la dictadura franquista en un período gravísimo para ella.

Factor muy importante de la pervivencia del franquismo fue también la política de los principales dirigentes del Partido Socialista, de la CNT y de los partidos republicanos y nacionalistas vascos y catalanes en el exilio.

Cuando en España algunos socialistas y republicanos empezaban a colaborar con los comunistas en las Juntas de Unión Nacional, cuando incluso entre ciertos sectores burgueses comenzaba a abrirse paso la política de Unión Nacional, cuando un influyente sector católico –encabezado por un antiguo dirigente de la CEDA– daba su aprobación a los postulados de la política de Unión Nacional y aceptaba en lo esencial la solución política preconizada por el Partido en su manifiesto de septiembre de 1942, los citados dirigentes en el exilio proclamaron que la clave del problema español estaba no en España, sino en Londres y en Washington. En vez de orientarse a unir y movilizar a todas las fuerzas antifranquistas para la lucha común, se dedicaron a disputarse los favores del Foreign Office o del Departamento de Estado. Tal actitud equivalía a dejar en manos de los imperialistas la cuestión decisiva: liquidar o no a la dictadura del general Franco. Con semejante conducta, los mencionados dirigentes otorgaban a los Gobiernos de Londres y Washington algo así como una segunda hipoteca sobre España.

Mientras el PCE decía al pueblo que sólo con la acción y la lucha podría liberarse del yugo fascista y demostraba con su ejemplo que la lucha era posible, los dirigentes republicanos, socialistas y anarquistas repetían: «No hace falta hacer nada… no hay por qué arriesgarse ni gastar fuerzas… Franco caerá solo». El más activo propagandista de la [225] pasividad fue el dirigente socialista Prieto, que ya el 12 de octubre de 1943 había dicho en Méjico:

«Franco y su Falange se hunden por sí mismos… La caída ocurrirá sin nuestro esfuerzo».

Si el terror fascista era el gran freno que Franco manejaba para detener la lucha del pueblo, esa propaganda paralizadora actuaba, desde otra dirección, en el mismo sentido.

Los líderes del PSOE, de los partidos republicanos y de la CNT, que fomentaban esas corrientes de pasividad y rechazaban la unidad de las fuerzas antifranquistas, facilitaron objetivamente la política de los imperialistas de Inglaterra y EE.UU. tendente a la conservación del fascismo en España.

Esa labor desmoralizadora se completó con una maniobra enfilada a paralizar el movimiento de Unión Nacional que estaba en marcha en diversas regiones del país. El ala derecha del Partido Socialista, dirigida por Prieto, con el apoyo de un sector republicano y de una parte de la CNT, constituyó en España con tal móvil, a finales de 1944, una llamada «Alianza de Fuerzas Democráticas».

Los comunistas, considerando que la Alianza podía significar cierto despertar de la actividad antifranquista de otros grupos, se dispusieron a hacer los máximos esfuerzos por agrupar en un solo frente a todas las fuerzas opuestas a la dictadura, por grandes que fuesen sus divergencias en otros terrenos. Con ese fin, a principios de 1946, el PCE ingresó en la Alianza, dando así una prueba más de su voluntad unitaria. Mas pese a sus esfuerzos resultó imposible convertir la Alianza en un órgano de unidad y de acción contra el franquismo. Quienes integraban la Alianza –con excepción de los comunistas– subordinaban más y más su conducta a los dictados de Londres y Washington.

De hecho, la Alianza estuvo desde su nacimiento mediatizada por las Embajadas anglosajonas en Madrid; en ella se infiltraron profundamente los servicios policíacos franquistas, lo que acabó de descomponerla y de inutilizarla como órgano político antifranquista. [226]

Los hechos brevemente señalados explican cómo, a pesar de los esfuerzos y sacrificios de los comunistas, la dictadura fascista logró en España mantenerse en el Poder en los momentos en que en Europa se hundían los regímenes de Hitler, Mussolini y sus cómplices.

En el curso de la aplicación de la política de Unión Nacional, el Partido Comunista tuvo que combatir, en su propio seno, ciertas tendencias oportunistas cuyo principal exponente fue Jesús Monzón, que durante un período estuvo al frente de la organización del Partido en Francia y que más tarde se trasladó a España.

En el plano nacional, el Partido Comunista se esforzaba por establecer un compromiso con sectores de la burguesía en la lucha contra el fascismo. En la realización de una política de ese género los peligros de caer en el oportunismo aumentan, por una razón obvia: los partidos políticos de la burguesía o los representantes de ésta cuando discuten o conciertan un compromiso con el partido de la clase obrera intentan conseguir que éste hipoteque su independencia política, borre su fisonomía propia como partido marxista-leninista. Tales esfuerzos por parte de la burguesía –incluidos los sectores que aceptan colaborar con los comunistas– son lógicos: reflejan, en última instancia, su voluntad de privar al proletariado de su partido político propio.

Pero además, en los años 1943-1945, se daban ciertos rasgos en la situación internacional que podían facilitar la penetración de concepciones oportunistas. Existía una amplia coalición contra el fascismo en la que los comunistas estaban aliados con importantes fuerzas burguesas. Los ideólogos burgueses y reformistas realizaban una gran campaña, desvirtuando el verdadero carácter de esa alianza para convencer a los marxistas poco formados de que las diferencias entre la clase obrera y la burguesía, entre el socialismo y el capitalismo, ya no desempeñaban ningún papel, de que hablan sido «superadas por la historia», &c.

Actuaban, pues, en diversos planos, fuertes presiones de la ideología burguesa. Estas presiones influyeron en la aparición de actitudes oportunistas entre algunos militantes del Partido, sobre todo entre los que actuaban en Francia en el [227] período de la segunda guerra mundial. La principal manifestación de oportunismo fue que, bajo la influencia de Jesús Monzón, en el movimiento de Unión Nacional existente entre la emigración española de Francia, la cara del Partido Comunista, su personalidad, su actividad independiente, quedasen casi anuladas. Dicho movimiento era una especie de «seudopartido» o «superpartido». El Partido Comunista, siendo la fuerza principal, se diluía en un conglomerado amorfo de grupitos y personajes que participaban en la Unión Nacional.

Hubo también otras manifestaciones de oportunismo entre los militantes del Partido a los que más arriba nos hemos referido: subestimaban las acciones reivindicativas de la clase obrera y de otras fuerzas populares, lo que equivalía a dejar libre curso a las tendencias de pasividad despreciando, en general, el papel de las masas como fuerza decisiva en la lucha contra el fascismo.

Se manifestaba igualmente la tendencia a disminuir el papel de las fuerzas obreras y democráticas en el movimiento de unidad, y a preocuparse, principalmente, de buscar colaboraciones con fuerzas de derecha, monárquicos, militares, &c.

El oportunismo en el terreno político se combinaba con el oportunismo en las cuestiones de organización. Este consistía en postergar a los militantes más firmes y de mayor conciencia de clase, en particular los de origen obrero, y en elevar en cambio a cargos responsables a camaradas de escasa formación y débiles vínculos con las masas trabajadoras; a los menos capaces de resistir a la influencia de las ideas burguesas y oportunistas.

En la lucha contra las tendencias oportunistas desempeñó un gran papel la Carta Abierta del Comité Central de enero de 1945. Todo el Partido, pese a las dificultades de la clandestinidad, discutió este documento y lo aprobó unánimemente. Incluso las organizaciones en las que se habían expresado corrientes oportunistas aprobaron la política del Partido sin reservas y corrigieron los errores en que habían incurrido.

Historia del Partido Comunista de España, París 1960, páginas 222-227.