Filosofía en español 
Filosofía en español

Comentarios críticos al Diccionario soviético de filosofía

Carlos Marx

Carlos Marx en el Diccionario soviético de filosofía


 

Carlos Marx · Daniel López Rodríguez · 15 de mayo de 2019

Carlos Marx (1818-1883)

1. El fundador de todo esto

El diccionario presenta a Marx con toda pompa de honores y méritos: «El general fundador del comunismo, el gran maestro y guía del proletariado mundial». Marx creó, junto a Engels, «la concepción revolucionaria del mundo proletario, el materialismo dialéctico». Y en el terreno de la historia social «Marx creó el materialismo histórico». Con el materialismo dialéctico y el materialismo histórico se alcanzaría, según el diccionario, «el conocimiento más profundo de la historia universal… Marx descubrió genialmente el proceso de la generación del capitalismo, las leyes y tendencias de su evolución y las condiciones de su muerte». Y contemplaba al proletariado «como sepulturero del capitalismo y creador de la nueva sociedad comunista». Aunque tal sociedad no se entiende como un sueño (para otros una pesadilla) sino como «una necesidad objetiva», como se lee en la entrada «La ideología alemana». Para ello Marx ideó la «dictadura del proletariado», lo que el diccionario señala como «lo principal y fundamental del marxismo». Pues la dictadura del proletariado demarca al marxismo (al marxismo comunista que con la Revolución de Octubre se transformaría en marxismo-leninismo o, dicho en nuestros términos, en quinta generación de izquierda definida) del anarquismo (izquierda de tercera generación) y la socialdemocracia (cuarta generación), aunque esta última procediese de las enseñanzas de Marx y de la Segunda Internacional que fundó Engels, pero que se iría desmarxistizando a medida que pasaban los años.

Decía Lenin (citado por el diccionario): «La doctrina de Marx es omnipotente, porque es exacta. Es completa y armónica, da a los hombres una concepción del mundo íntegra, inconciliable con toda superstición, con toda reacción y con toda defensa de la opresión burguesa».

Como dice el diccionario, «Marx y Engels no se limitaron simplemente a ser los fundadores de una “escuela” filosófica, sino verdaderos jefes del movimiento proletario que no ha cesado de ampliarse y reforzarse». Marx y Engels –como leemos en la edición abreviada de 1955– «se convirtieron en educadores y dirigentes del proletariado, en campeones de la lucha por la emancipación de los trabajadores de la esclavitud capitalista». Escribía Lenin (citado por el diccionario): «Las leyendas antiguas ofrecen ejemplos conmovedores de amistad. El proletariado europeo puede decir que su ciencia ha sido creada por dos sabios y militantes cuyas relaciones personales rebasan las leyendas antiguas más conmovedoras relativas a la amistad de los hombres».

El proletariado se contempla como una clase «llamada a realizar un viraje radical en la historia de la humanidad». Leemos en la edición de 1963: «La teoría de Marx se ha forjado en lucha contra todo género de tendencias no científicas, antiproletarias y pequeñoburguesas, y se ha convertido en la forma única de la Ideología proletaria». Es decir, el marxismo fue abriéndose paso frente a las generaciones de la izquierda y frente a las modulaciones de la derecha, aunque la trama de la dialéctica de Estados que se codetermina con la trama de los enfrentamientos entre las generaciones y las modulaciones en la dialéctica de clases configuró el devenir de la historia hacia una situación muy diferente a lo esperado.

Leemos en la edición de 1980: «El partidismo y la intolerancia ante la menor desviación de la teoría científica es un rasgo característico de la actividad de Marx». La «teoría científica» del propio Marx, si bien es cierto que el marxismo no es una teoría científica (si es que, como entendemos, la economía no es una ciencia positiva en sentido fuerte, sino más bien una praxis tecnológica en tanto metodología β-operatoria, β2). El marxismo es más bien una filosofía política y una filosofía de la historia (y cuando se trata del materialismo dialéctico nos referimos a una ontología, a una gnoseología y a una epistemología que en no pocas de sus tesis cae en la metafísica y en el monismo más dogmático).

No desviarse de tal filosofía puede interpretarse como un dogmatismo férreo, como si se echase el cerrojo ideológico. No obstante, cabe la toma de partido sin dogmatismo haciéndolo de modo apagógico o por reducción al absurdo, es decir, comparando dialécticamente las diferentes alternativas que se van planteando y optar por la opción más potente o que menos contradicciones tenga. Eso sí, evitando los errores de interpretación o la mala fe de la falacia del hombre de paja. Sin demonizar ni denigrar a los adversarios.

Marx murió el 14 de marzo de 1883 «a las tres menos cuarto de la tarde», entonces –afirma el diccionario– «se detuvo la vida del más genial de los hombres geniales, que personificó el cerebro y el corazón del proletariado, de la clase más avanzada en la historia de la humanidad, llamada a realizar un cambio radical en la historia».

Ante su muerte Engels escribiría (citado por el diccionario): «Murió admirado, querido, llorado por millones de compañeros de armas, revolucionarios de toda Europa y América, desde las minas de Siberia hasta California».

La cuestión, a nuestro juicio, es que Marx pudo tener cierta influencia en vida, pero su verdadera repercusión a nivel mundial llegó con la Revolución de Octubre y la consecuente Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Sin la URSS, si se nos permite la ucronía, Marx sería simplemente un filósofo y economista alemán con mayor o menor interés (o con muchos interés, si se quiere). Pero sin la Unión Soviética no hubiese sido lo que ha sido para la historia de la filosofía y de la economía-política, y por supuesto de la política real. Ahora bien, si la Unión Soviética fue posible algo de potencia tenía que tener la filosofía y la economía-política de Marx y el marxismo. Y todo ello, pese a que la revolución comunista que se llevó a cabo no fue en una gran potencia industrial como predecía Marx sino en la Rusia semifeudal de los zares, aunque es cierto que en los últimos años de su vida Marx contempló la posibilidad de que se llevase a cabo la revolución comunista en Rusia sin pasar por un periodo prolongado de régimen burgués. Y, también, pese a tener la Unión Soviética sólo 74 años de existencia como Imperio con pretensiones universales, que sería derrotado por el Imperio Estadounidense, también un Imperio realmente existente con pretensiones universalistas pero con el capitalismo y militarismo como fuerza y la democracia parlamentaria de partidos políticos y mercado pletórico de bienes y servicios como propaganda y consumo.

En el diccionario se dice que «la doctrina de Marx es inmortal». Gustavo Bueno llegó a decir: «El marxismo no puede morir porque es una construcción racionalista de la historia del pensamiento. Se puede transformar, pero no morir. Es una mentira interesada [la identificación que ha hecho Occidente de la caída del muro y la muerte del marxismo]. Ha fracasado un experimento pero la propia teoría puede transformase para adaptarse, puede hacer lo que decía Marx: Umstüpung, es decir, darle la vuelta al calcetín» (Gustavo Bueno, Entrevista en Interviú, nº 999, págs. 68-70, 1995, corchetes míos).

Y sin la vuelta del revés a día de hoy Marx sí que sería «perro muerto». Pero hay que tener muy en cuenta que la caída de la Unión Soviética no deja intacta, ni mucho menos, la filosofía y la economía-política de Marx, y buenas partes de su sistema quedan trituradas, aunque de ese humus o vuelta del revés se nutre buena parte del armazón del materialismo filosófico. No obstante, éste bebe y se nutre de otras fuentes, como de la escolástica medieval que tanto despreciaron Marx, Engels y el Diamat por cuestiones no exentas del todo de cierto dogmatismo e incluso sectarismo. Dicho sea sin querer exagerar ni omitir nada, sin aplicar ningún tipo de metodología negrolegendaria igualmente dogmática y sectaria o, de modo más brillante, muy prudente para los intereses eutáxicos de un determinado Estado. La leyenda negra vendría aquí a ser la mentira política por razón de Estado, y durante la Guerra Fría fue muy útil para el Imperio vencedor de la contienda.

2. El joven Marx

Marx formaría parte de los jóvenes hegelianos, pero entre éstos –como leemos en la edición de 1963– ocupaba «una posición de extrema izquierda en virtud de sus ideas democrático-revolucionarias».

Cuando escribía su tesis doctoral, La diferencia entre la filosofía de la naturaleza en Demócrito y Epicuro, Marx estaba todavía bajo «posiciones idealistas». Aunque en su doctorado Marx –afirma la edición de 1963– «infiere de la filosofía de Hegel las conclusiones más radicales y ateas». Marx era un joven burgués radical, en la línea de su querido padre o, más bien, en la línea de su primer mentor que sería su suegro: Johann Ludwig von Westphalen.

Fue en 1842 cuando, trabajando para la Gaceta Renana, Marx pasaría –como comentaba Lenin– del idealismo al materialismo (así como también daba sus primeros pasos del democratismo revolucionario hacia el comunismo, tal y como se entendía por entonces pero que con su obra iría redefiniéndose). La lectura de Feuerbach –como anota la edición de 1963– contribuyó también a que Marx se aproximase al materialismo. Y su viraje del democratismo revolucionario al comunismo proletario estuvo muy influido por la sublevación de Silesia de 1844, así como su viaje a París y el estudio del comunismo francés de la economía política inglesa.

En 1843 escribiría para los Anales franco-alemanes editados por Arnold Ruge la «Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel» y «La cuestión judía». Ambos artículos eran de mucha importancia. Como afirmaba Lenin (citado por el diccionario), «En los artículos de Marx que publica la revista, nos aparece ya como un revolucionario que propugna “la crítica implacable de todo lo que existe” y, sobre todo, “la crítica de las armas”, que llama a las masas y al proletariado».

En 1844 escribió en París los Manuscritos económicos-filosóficos (obra que no es mencionada hasta la edición de 1963). En septiembre de ese año tuvo su encuentro con Engels en París. Desde entonces serían inseparables en la lucha del proletariado contra la burguesía y otras clases reaccionarias.

Juntos escribirían en 1845 La sagrada familia, una «crítica de la crítica crítica» contra Bruno Bauer «y consortes» (aunque la mayoría de los capítulos los escribió Marx). En esta obra, aunque se aprecia el materialismo de Feuerbach, Marx y Engels extienden su materialismo en filosofía a la historia de la sociedad, es decir, empieza a esbozarse el materialismo histórico. Asimismo, contra Hegel, los autores ponen en marcha el proceso de putrefacción del Espíritu Absoluto y de la concepción idealista de la historia que tal Espíritu llevaba. Leemos en la entrada «La sagrada familia»: «Según Hegel, la historia de la humanidad es el movimiento del espíritu absoluto; la humanidad, en cambio, sólo sirve de material para ese espíritu absoluto. Esta teoría de Hegel, dice Marx, “no es más que la expresión especulativa del dogma germano-cristiano de la oposición entre el espíritu y la materia, entre dios y el mundo”». Y critican la oposición que Bruno Bauer hizo entre el Espíritu Absoluto y la masa, pues Bauer «declara que la crítica es el espíritu absoluto y que él mismo es la crítica... De un lado está la masa, el elemento material de la historia, pasivo, sin espíritu creador, históricamente estéril; del otro lado, está el espíritu, la crítica, el señor Bruno y Cía., el elemento activo del cual parte toda acción histórica. La obra de la transformación de la sociedad se reduce a la actividad cerebral de la crítica crítica». Bauer despreciaba al proletariado como una masa no crítica: una «masa gris» incapaz de llevar a cabo cualquier acción histórica independiente. Pero para Marx y Engels son precisamente las masas (las masas trabajadoras) las que muestran que el contenido de la historia es la lucha de éstas contra los explotadores, de ahí que se hable del proletariado como «sepulturero del capitalismo».

Como comentaba Lenin, con La sagrada familia Marx pasaba del idealismo hegeliano al socialismo y al materialismo (aun criticando al socialismo y materialismo francés). Y así se ponían los cimientos del socialismo materialista revolucionario (frente al materialismo metafísico que sólo era subversivo en rebelarse contra la religión, como lo fue sobre todo el materialismo francés de la Ilustración).

También en 1845 Marx escribió las «Tesis sobre Feuerbach» (que el diccionario no menciona hasta la edición de 1963), y que no publicaría Engels hasta 1888 como apéndice de su Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana.

Después, entre 1845 y 1846, Marx y Engels escribieron La ideología alemana, donde exponen «ya formada, su nueva teoría del comunismo científico». La obra estaba pensada contra Feuerbach, Max Stirner y el «verdadero socialismo» (reaccionario por nacionalista) de Karl Grün y Moses Hess (el Rabino Rojo, un protosionista). El libro no pudo publicarse y aunque sirvió para que sus autores reordenasen su posición filosófica, finalmente quedó como pasto de la «crítica roedora de los ratones». La obra finalmente se publicaría en 1932 en la Unión Soviética.

Tras ser expulsado de París por tratarse de un «revolucionario peligroso» escribiría en Bruselas, contra Proudhon, Miseria de la filosofía (1847). Esta obra es considerada por el diccionario como «la primera obra del marxismo maduro». En la edición abreviada de 1955 de la entrada «Miseria de la filosofía» se concluye que tal obra «no ha perdido nada de su actualidad y constituye un arma en la lucha contra los reformistas que se inspiran en las ideas proudhonianas». Pero 1955, dos años después de la muerte de Stalin, no era 1847. Aunque el Mayo francés de trece años después tuvo algo de Proudhon y de Bakunin.

3. Y los proletarios de todas las naciones no se unieron

En Bruselas, Marx pertenecería a la sociedad secreta de la Liga de los Comunistas. Por encargo de ésta redactó junto a Engels el célebre o celebérrimo documento-programa titulado Manifiesto del Partido Comunista (que se redactó a finales de 1847 y se publicó en febrero de 1848). «Esta obra –afirma Lenin, como leemos en la entrada «Manifiesto del Partido Comunista»– expone con genial precisión y claridad la nueva concepción del mundo, el materialismo consecuente que se extiende también a los dominios de la vida social, la dialéctica presentada como la ciencia más vasta y más profunda de la evolución, la teoría de la lucha de clases y del papel histórico revolucionario del proletariado, creador de una nueva sociedad, la sociedad comunista». Y también decía el gran líder bolchevique: «Este pequeño libro equivale a tomos enteros, y su espíritu hace vivir y marchar, hasta nuestros días, a todo el proletariado organizado y combatiente del mundo civilizado». Stalin decía que el Manifiesto era «el cantar de los cantares» del comunismo.

Esta obra concluye con la célebre consigna «¡Proletario de todas las naciones, uníos!». Una cita que Marx y Engels tomaron de Karl Schapper: antiguo estudiante de la escuela forestal, cajista de imprenta y profesor de idioma.

Esto resultó ser, a la hora de la verdad, una unión imposible; de modo que Marx se equivocó al contemplar a los proletarios distribuidos en diferentes países como si fuesen una clase social virtualmente asociativa (atributiva). Es decir, con el lema «¡Proletarios de todas las naciones, uníos!» se trató de transformar una unidad isológica (polémica y dividida) en una unidad sinalógica (armónica y unida, o más bien solidaria frente a patronos y terratenientes de todas las naciones, aunque sin negar la depuración del partido mediante severas purgas). En 1890 Engels reconocía que «sólo unas pocas voces respondieron» (Friedrich Engels, «Prólogo a la edición alemana de 1890» del Manifiesto comunista, Gredos, Madrid 2012, pág. 644).

Ahora bien, habría que matizar que «¡Proletarios de todas las naciones, uníos!» no hace referencia al Género Humano, porque si no diría «¡Humanos de todas las naciones, uníos!». De hecho este lema se cambió por el de «Todos los hombres son hermanos», de Wilhelm Weitling. Marx dijo que por nada del mundo le gustaría que ciertos hombres fuesen sus hermanos.

El lema hace referencia, entonces, a los trabajadores asalariados (es decir, los «proletarios») de los países más civilizados, aquellos que estaban vinculados a las naciones políticas en donde la burguesía había consolidado su poder. Es decir, no se estaba postulando, frente a Bakunin (que debatiría con Engels en 1849), bajo ideas nebulosas como «la humanidad» o «la fraternidad», sino bajo la noción de dialéctica de clases de determinadas naciones políticas que a su vez estaban disputando su hegemonía en la dialéctica de Estados (lo que definitivamente acabó con la pretendida unión del proletariado y de los partidos proletarios de las diferentes naciones). De modo que la clase proletaria internacional no formaba propiamente una clase al estar fragmentada por las fronteras que separaban a las diferentes naciones políticas en la dialéctica de Estados. Dicho de modo más directo: el proletariado universal ni existía ni podía existir. Sin perjuicio de que se estableciesen alianzas de partidos políticos y otras organizaciones «internacionales».

Como pasa también por el lado capitalista con los negocios internaciones de las grandes «multinacionales» de enormes magantes financieros increíblemente ricos, como las familias Rothschild o Rockefeller, con empresas y organizaciones sinónimo de lucro distribuidos por buena parte del globo queriendo imponer la ideología de la Globalización: la ideología del capitalismo que se iría imponiendo –fundamentalismo democrático mediante– a medida que iba venciendo a la Unión Soviética en la Guerra Fría y más aún cuando ésta se derrumbó. Pero que, tras un cuarto de siglo del colapso, con una China cada vez más tecnológica y comercialmente imponente, y con una Rusia resucitada militarmente, la ideología de la Globalización oficial del capitalismo financiero pasa por horas bajas y parece que va hacia la bancarrota. El tiempo dirá si se trata de una apariencia veraz o una apariencia falaz.

4. El Marx maduro

Marx sería expulsado de Bruselas al estallar la revolución en febrero de 1848 en París. Al estallar la revolución en marzo de ese año en Alemania (en los diferentes Estados alemanes), Marx se instaló en Colonia, donde fundó la Nueva Gaceta Renana. Al ganar la contrarrevolución Marx sería juzgado y después desterrado. Volvió a París pero sería nuevamente expulsado y así terminaría en Londres hasta el resto de sus días.

Tras el golpe de Estado de Luis Napoleón Bonaparte (que sería Napoleón III) Marx publicó El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Allí Marx resumió el proceso revolucionario entre 1848 y 1851.

Tras el jaleo revolucionario, Marx se concentró en escribir su obra principal: El Capital. Pero esta obra sería la consecuencia de los manuscritos conocidos como Grundrisse (redactados entre 1857 y 1858) y de su obra Contribución a la crítica de la economía política (1859). Como decía Engels (citado por el diccionario), «Esta obra contiene la primera exposición sistemática de la teoría marxista del valor, incluyendo también la teoría del dinero».

La entrada «El Capital» considera a El Capital como «la obra más grande de historia y de filosofía». Y añade: «El Capital es también un modelo insuperable de análisis y de aplicación de la dialéctica materialista al estudio de la sociedad humana… El Capital reúne en sí la calidad científica más profunda con la más grande firmeza militante». El propio Marx afirmaba que se trataba de la mayor bomba jamás arrojada a la cabeza de los burgueses. Comenta Engels (citado por el diccionario): «la principal obra de Marx que expone los fundamentos de sus concepciones económico-socialistas, así como los fundamentos de su crítica de la sociedad existente, del modo capitalista de producción y de sus efectos». Como decía Lenin en Cuadernos filosóficos –que cita la entrada «El Capital» de la edición abreviada de 1955– «El Capital es la aplicación de la lógica, de la dialéctica y de la teoría del conocimiento del materialismo a una ciencia determinada».

El Capital, como el propio Marx reconocía, era la obra de su vida. Hasta el punto de que murió sin poder concluirla. El tomo I no aparecería hasta 1867 cuando fue publicado en Hamburgo. Engels publicaría después los tomos II y III en 1885 y 1894. También existe un tomo IV (aunque no es siempre llamado así). Nos referimos a las Teorías de la plusvalía que son los manuscritos que Marx redactó entre 1861-1863 y que Karl Kautsky publicaría a principios del siglo XX, «pero –como advierte la entrada «El Capital» en la edición de 1980– con sustanciales abreviaciones y con alteraciones arbitrarias en el texto». No olvidemos que para Lenin el socialdemócrata alemán era «el renegado Kautsky».

El Capital –como leemos en la entrada «El Capital»– «puso al socialismo sobre carriles científicos». Como leemos en la edición de 1963 (de la entrada «Carlos Marx»), esta obra haría que la concepción materialista de la historia se convirtiese «de hipótesis en ciencia». Y se dice desde el mayor de los dogmatismos: «Nunca se ha dado en la historia de la humanidad otra teoría que haya encontrado en la práctica una confirmación tan plena como la doctrina creada por Marx. Desarrollada por Vladimir Ilich Lenin y sus discípulos y seguidores en nuevas circunstancias históricas, se ha materializado en las victoriosas revoluciones socialistas de varios países y hoy es la base científica de la actividad de los partidos del proletariado y de todo el movimiento obrero y comunista internacional».

Ante este tipo de afirmaciones, hay que advertir que en los años sesenta los soviéticos tenían la apariencia falaz de ir ganando la Guerra Fría. E incluso por entonces Nikita Jruschov llegó a decir que el comunismo pleno se realizaría en la URSS en los años ochenta. Pero por entonces lo que vino fue su colapso y disgregación en quince repúblicas independientes o, más bien, codeterminadas por un Occidente (con Estados Unidos a la cabeza) dispuesto a no dejar ni los náufragos de ese Imperio. Cosa que el Imperio yanqui no consiguió porque Rusia ha resucitado militarmente y ha remontado su posición geopolítica en la que podríamos llamar «Segunda Guerra Fría» (contando con la colaboración de la República Popular China y la plataforma geopolítica del BRICS, de incierto futuro).

En 1980 seguía diciéndose en el diccionario en la entrada «El Capital»: «El Capital sigue siendo hasta la fecha un poderoso instrumento de la clase obrera en la lucha por su liberación y una manifestación de la imperecedera fuerza científica y revolucionaria del marxismo». Sólo tuvo que pasar una década para que se derrumbase el Imperio que quiso hacer visible las tesis que se defendían en El Capital (aunque de algún modo Rusia ha sabido reestructurarse sin defender las tesis de El Capital, aunque nada sale de la nada y algo queda de la herencia soviética, como es natural).

En 1864 Marx funda en Londres la Asociación Internacional de Trabajadores, la que retrospectivamente se conocería como la «Primera Internacional», bajo la cual –como se comenta en el diccionario– «Marx echó los cimientos para la lucha proletaria internacional por el socialismo». Con la Internacional Marx pretendía acabar con las sectas socialistas y semisocialistas, con las sociedades secretas (motivo que haría que fuese expulsado Bakunin, adepto a las sociedades secretas y masón). De este modo –comenta el diccionario– se llevaría a cabo «una efectiva organización de la clase obrera para la lucha».

En 1871 Marx escribía La guerra civil en Francia, donde explicaba el fracaso de la Comuna de París. La Comuna de París enseñó a Marx las medidas que debía aplicar el primer Estado proletario. Tras la caída de la Comuna, el Consejo General de la Primera Internacional se trasladó a Estados Unidos. Entonces el final de la Primera Internacional estaba garantizado, como así ocurrió en 1876.

Marx se concentraría en acabar los siguientes tomos de El Capital. Por entonces –leemos en el diccionario no sin cierta exageración– «Marx era el centro de atracción de todas las fuerzas revolucionarias del mundo».

5. Marx y Rusia

En su juventud Marx padecía una profunda rusofobia, aunque más exacto sería decir –si se me permite la expresión– «zarifobia». El joven Marx veía al Zar de todas las Rusias envuelto en todas las conspiraciones contrarrevolucionarias de Europa (como si también fuese el Zar de todas las Europas o algo por el estilo). Y de hecho, en parte, así era.

El 10 de octubre de 1868 le escribió Marx a Ludwig Kugelmann informándole de que un librero de San Petersburgo le sorprendió con la noticia de que la traducción rusa ya estaba en prensa y que deseaba que la firma de Marx estuviese plasmada en la contraportada. De todos modos Marx no le dio excesiva importancia y pensó que se trataba de la curiosidad de gourmands por conocer lo más extremista y radical procedente de Occidente. «Es una ironía de la suerte que sean los rusos, a quienes he combatido sin interrupción desde hace veinticinco años, y no sólo en alemán, sino también en francés y en inglés, quienes hayan sido siempre mis “protectores”. En 1843-44 eran los aristócratas rusos de París quienes acudían en mi ayuda. Mi obra contra Proudhon (1847), lo mismo que la que apareció en la casa de Duncker (1859), en ninguna parte se han vendido tan bien como en Rusia. Y la primera nación extranjera que traduce El Capital es Rusia» (Karl Marx, y Friedrich Engels, Cartas sobre El capital, Edima, Barcelona 1968, pág. 184).

En octubre de 1871 el economista y populista ruso y colaborador del revolucionario German Lopatin, Nikolai Frantsevitch Danielson, alias N.-on (que a finales de siglo sería muy criticado, por su populismo, por un joven llamado Vladimir Ilich Ulianov), terminó la traducción del libro uno de El Capital que había empezado G. A. Lopatin. El libro uno empezó inmediatamente a entrar en prensa en San Petersburgo. Danielson, mientras traducía o terminaba de traducir El Capital, mantuvo una correspondencia epistolar con Marx y Engels, en la que expuso el desarrollo económico de Rusia. En 1893 Danielson publicó un libro titulado Ensayos sobre nuestra economía social después de la Reforma que, junto a los escritos de V. Vorontsov, inauguró el populismo liberal, de ahí que se ganase las severas críticas del citado Vladimir Ilich Ulianov.

El libro se publicó el 27 de marzo del calendario juliano (8 de abril de nuestro calendario gregoriano) de 1872; es decir, el libro primero de El Capital se publicó cinco años después de que se hiciese en Alemania y quince años antes de que se hiciese en Inglaterra. Con esto Marx puso muchas esperanzas en los revolucionarios rusos. Cuando tuvo en sus manos el ejemplar encuadernado de la edición rusa, cuya traducción le parecía magnífica, eso supuso para él un signo de la época y una fiesta para sus familiares y amigos. Cuando Marx le preguntó a Lopatin en 1870 si sabía cuántos ingresos había ganado con el primer volumen de El Capital, el propio Marx le respondió: «Ochenta y cinco marcos» (citado por Hans Magnus Enzensberger, Conversaciones con Marx y Engels, Anagrama, Barcelona 1999, pág. 270).

Como le dijo Marx a Friedrich Albert Sorge, insurrecto del país de Bade en 1849 que emigró a Estados Unidos y que llegó a ser secretario general de la Internacional cuando ésta trasladó su sede a New York, «el 15 de mayo ya te habían vendido 1.000 ejemplares», lo que era un tercera parte de la tirada. Marx le cita al mismo Sorge las conclusiones del primer libro de El Capital del servicio de censura: «En los servicios de censura, dos censores han examinado y han presentado sus conclusiones a la comisión. Antes incluso de leer la obra se había tomado la decisión de no prohibir el libro a causa tan sólo del nombre de su autor, sino estudiar con precisión en qué medida correspondía realmente a su título. Lo que sigue es el resumen de las conclusiones adoptadas por unanimidad por la comisión de censura y transmitidas a la administración central para su ratificación». Y también: «Aun cuando el autor sea, por sus opiniones, un socialista cien por cien, y aun cuando todo el libro presente un carácter socialista claramente señalado, teniendo en cuenta, sin embargo, el hecho de que la exposición no puede ser calificada de accesible a todos y que posee por otra parte la forma de una demostración científica de carácter estrictamente matemático, la comisión declarada que es imposible perseguir esta obra ante los tribunales» (Cartas sobre El Capital, pág. 208). «Es posible establecer con certeza –concluyó el primero de los dos censores– que muy poca gente en Rusia lo leerá, y que todavía menos lo entenderá» (citado por Orlando Figes, La revolución rusa (1891-1924), Edhasa, Barcelona 2000 Pág. 179).

Los censores consideraban que se trataba tan sólo de una obra sobre el desarrollo económico industrial que no podía resultar muy perniciosa y subversiva en un país preindustrial. Los censores despreciaron la influencia que podía tener, como de hecho tuvo, un libro como El Capital.

A comienzos de la década de 1870 Marx centraría su atención en el movimiento de liberación social en Rusia. E incluso estudiaría ruso para leer las obras originales de los revolucionarios rusos. Y sólo pudo recibir con gozo la publicación en ruso del primer volumen de su obra magna: «en Rusia, donde se lee y se aprecia El Capital más que en cualquier otro país, nuestro éxito es aún más considerable» (citado por la edición de 1963).

Marx tuvo aprecio por revolucionarios rusos como Chernishevski y Dobroliázbov. Al día siguiente de que estallase la revolución de la Comuna de París en 1871, Marx y Engels pronosticaron la inminencia de la primera gran revolución rusa. El 21 de marzo de 1881 escribirían Marx y Engels (citado por la edición de 1963): «Cuando la Comuna de París hubo sido derrocada a consecuencia de las masacres organizadas por los defensores del orden, los vencedores no podían ni siquiera suponer que apenas diez años más tarde, allá lejos, en Petersburgo, se produciría un acontecimiento que debe conducir inevitablemente, aunque la lucha tenga que ser prolongada y cruel, a la Comuna rusa… ¡Así, la Comuna que las potencias del viejo mundo creían haber borrado de la faz de la tierra, vive todavía!». Como indicaba Lenin –comenta el diccionario– Marx y Engels pusieron su fe en la revolución rusa, y «estaban convencidos de su inmenso alcance mundial». No obstante, con tal revolución sus doctrinas pudieron propagarse por buena parte del mundo, y sin tal revolución su influencia se hubiese dado a otra escala.

6. Crítica del programa de Gotha: el escatologismo de Marx

En 1875 Marx redacta la Crítica del programa de Gotha, aunque no sería publicada hasta 1891 cuando lo hizo Engels en vísperas del Congreso de Erfurt del Partido Socialdemócrata Alemán, y –como se dice en la entrada «Crítica al programa de Gotha»– «a despecho de la resistencia de los oportunistas de la II Internacional».

En este texto Marx distingue dos fases del comunismo. La primera fase del comunismo (o fase socialista) se rige por el principio: «cada uno trabaja de acuerdo a sus capacidades y recibe de acuerdo a la cantidad y calidad de su trabajo». Se trata de la fase en la que –como se decía en los primeros días tras la toma del poder en la Revolución de Octubre– «el que no trabaja no come». Y en la fase superior del comunismo, con la producción del trabajo y la abundancia de productos, la sociedad podrá inscribir en su estandarte: «cada uno trabaja según sus capacidades, y recibe según sus necesidades». (Véase la entrada «Crítica al programa de Gotha»). Una vez alcanzada la fase superior, en la que consolidada la revolución comunista, las revoluciones políticas darán paso a las evoluciones sociales. O –como se dice en el tomo III de El Capital– el «reino de la necesidad» dará paso al «reino de la libertad».

El reino de la necesidad se comprende como la lucha competitiva por la existencia y como el reino del trabajo alienado, el reino de la explotación y la corrupción, el reino de lo horrible en la que los miserables son doblemente miserables por tener que soportar la carga de la ruina de sus almas y la putrefacción de sus cuerpos a causa de las duras horas de trabajo. Aunque también es el tiempo de los preparativos para la revolución.

El reino de la necesidad es la «prehistoria» del Género Humano, esto es, la historia de las guerras (en la dialéctica de Estados) y de las cruentas revoluciones (en la dialéctica de clases), que reforzaban la posición de los explotadores. Una vez destruido el Estado burgués, llega la primera fase del comunismo (o fase socialista) en la que el Estado proletario va paulatinamente extinguiéndose y con la fase superior (comunista propiamente dicha) llegaría el ansiado reino de la libertad, con la consecuente colectividad de la tierra y de los medios de producción.

El reino de la necesidad sería el reino animal y el reino de la libertad el reino del Género Humano, el reino del «hombre total», el hombre del futuro tras la secularización del reino de la necesidad en el reino de la libertad. Y así llegaría el fin de la prehistoria y empezaría la verdadera historia de esa enigmática señora llamada «Humanidad», a veces también conocida como «Género Humano», como se grita en el himno de la Internacional. Ahora esta humanidad metafísica (que ni existe ni puede existir) vivirá sin la opresión del Estado (de todos los Estados).

Con el comunismo final se inaugura la sociedad post-estatal. Pero la Realpolitik de la dialéctica de Estados hizo imposible la lucha revolucionaria en cada país que, con el que un supuesto proletariado universal unido en armas, haría una supuesta revolución mundial. Eso se quedó en papel mojado o en flatus vocis. Y la Unión Soviética fue la prueba de fuego; pues en la URSS, sobre todo durante el gobierno de Stalin, se tuvo que corregir, sin más remedio, el horizonte anarquista del marxismo (y del anarquismo que proponía Lenin el El Estado y la Revolución, su libro más utópico, donde quería enviar la maquinaria del Estado al basurero de la historia, o más bien de la prehistoria).

Hubiese sido distáxico que los bolcheviques hubiesen tomado la palabra de Marx, Engels y Lenin como la Ley y los Profetas. Y precisamente la falta de crítica contra Marx fue uno de los muchos motivos por los que se derrumbó la Unión Soviética. China supo jugar mejor sus cartas. Pero China más que marxista era maoísta y «ahora un país, dos sistemas» y «un enigma guardado en un secreto envuelto en un misterio».

La fase superior del comunismo no fue la extinción del Estado tras la dictadura del proletariado, sino la construcción del Estado soviético en la era del estalinismo. O, si se prefiere, la reconstrucción del Imperio Ruso o la transformación de éste en el Imperio Soviético. Con méritos indudables como la colectivización: que acabó con el problema de las hambrunas en Rusia (que eran cíclicas); la industrialización: que hizo de Rusia una de las principales potencias tecnológicas del planeta, partiendo de un notable retraso con respecto a las naciones europeas y Estados Unidos, pero que, entre otras cosas, supo poner en órbita el primer satélite, al primer animal y al primer hombre; y la construcción de una gran potencia militar que supo vencer en la Segunda Guerra Mundial (llamada por los bolcheviques «Gran Guerra Patriótica»). En caso de que la agricultura no se hubiese colectivizado, no se hubiesen llevado a cabo los planes quinquenales (la industrialización). Y en caso de que Rusia no se hubiese industrializado no se hubiese armado. Y en caso de que no se hubiese armado el otrora gran Imperio Ruso hubiese sido descuartizado y colonizado por las potencias occidentales y por Japón. Pero de ucronías no se vive y los comunistas en la ortodoxa Rusia hicieron lo que tuvieron que hacer, más allá del bien y del mal, más allá del triunfalismo fanático y de la leyenda negra que exagera lo que le interesa y omite lo que no le interesa y que a día de hoy es la ideología dominante. Del mismo modo que la leyenda negra del franquismo es dominante. Maniqueos son los hunos y los otros.

Ese reino de la libertad sin Estado es sólo un reino metafísico, que la política real puso en su sitio: en la papelera de los planes y programas incumplidos. Ese reino, en todo caso, fue una república o, más en rigor, una serie de repúblicas que se cohesionaron, con mayor fuerza o menor fuerza, durante 74 años en la llamada Unión de República Socialistas Soviéticas. Un Imperio que, si bien es cierto que sería ridículo llamarlo «reino de la libertad» del «hombre total», fue un Imperio generador, porque no era un Imperio que expoliaba colonias sino que fundaba ciudades.

Si, como decía Hegel la verdad es el resultado, la verdad de la doctrina de Marx fue la Unión Soviética como Imperio generador, como Imperio que supo imponerse en los entresijos del «Segundo período de desórdenes» en su política interior y en los entresijos de la «Segunda Guerra de los Treinta Años» en la política exterior. Luego, según esto, la doctrina de Marx –aunque tampoco hay que reducir la Unión soviética al marxismo y ni siquiera al marxismo-leninismo– no fue una absoluta patraña, pues tenía sus franjas de verdad; y además, por vía apagógica, demostró más potencia que otras tendencias (anarquismo, socialdemocracia, liberalismo ingenuo). No obstante, no demostró tanta potencia contra el capitalismo encabezado por Estados Unidos que sería el vencedor de la batalla geopolítica de la Guerra Fría. Aunque –como ya hemos advertido– si la Rusia actual ha sido capaz de resucitar militarmente eso sólo es posible por el buen hacer eutáxico de sus gobernantes y por la herencia de la Unión Soviética, por mucho que ésta se desmoronase. Las prolepsis se basan en las anamnesis.

Daniel López Rodríguez

 
→ Edición conjunta del Diccionario soviético de filosofía · índice de artículos del DSF
Las cuatro versiones soviéticas del Diccionario filosófico de Rosental e Iudin
Diccionario filosófico marxista · Rosental & Iudin · Montevideo 1946
Diccionario de filosofía y sociología marxista · Iudin & Rosental · Buenos Aires 1959
Diccionario filosófico abreviado · Rosental & Iudin · Montevideo 1959
Diccionario filosófico · Rosental & Iudin · Montevideo 1965
Diccionario marxista de filosofía · Blauberg · México 1971
Diccionario de comunismo científico · Rumiántsev · Moscú 1981
Diccionario de filosofía · Frolov · Moscú 1984