Filosofía en español 
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Comentarios críticos al Diccionario soviético de filosofía

Sócrates

Sócrates en el Diccionario soviético de filosofía


 

Sócrates · Daniel López Rodríguez · 21 de abril de 2019

Sócrates (469-399)

1. Las fuentes

En la edición de 1939 la entrada «Sócrates» no figura en el Diccionario soviético de filosofía. Para que apareciese habría que esperar a la segunda edición publicada en 1955 (que doctrinalmente dependía, al igual que la primera edición, de lo acordado en el XVIII Congreso del PCUS celebrado en marzo de 1939).

Si la edición de 1955 señala a los escritos de «Platón, Jenofonte y Aristófanes» como las fuentes por las que podemos conocer las doctrinas de Sócrates, las ediciones de 1963 y 1980 señalan a «los testimonios de Platón y Aristóteles», dejando fuera las aportaciones de Jenofonte y Aristófanes. Otras fuentes fueron Teodectes de Faselis, Demetrio de Falero, Plutarco, la declamación de Libanio y la kategoría (acusación) del sofista Polícrates.

2. ¿Un idealista y un reaccionario?

La edición de 1955 empieza señalando el carácter «idealista» de Sócrates, es decir, idealista en tanto «adversario del materialismo, de las ciencias naturales y del ateísmo». La edición de 1963 afirma que con Sócrates la filosofía griega dio un viraje «del naturalismo materialista al idealismo» (cosa en la que se insiste en la edición de 1980).

La edición de 1955 señala el repudio de Sócrates al conocimiento de la naturaleza, pues el filósofo ateniense, frente a sus precursores «presocráticos» jónicos y eleáticos, pensaba que tal conocimiento era inaccesible. Cicerón había dicho que Sócrates bajó la filosofía del cielo y la instaló en las ciudades y moradas de los hombres, lo que supone una oposición entre un periodo cosmológico y un periodo antropológico o humanístico de la filosofía. Pero ésta es una interpretación superficial. «¿Acaso los sistemas del eterno retorno no contienen un mensaje moral, como Nietzsche supo ver?» (Gustavo Bueno, Ensayos materialistas, Taurus, Madrid 1972, pág. 187). Es más, «el período crítico que lleva a la constitución de la filosofía en la época sofística no es meramente un período antropológico (Protágoras, Sócrates) puesto que inmediatamente de él resultan de nuevo concepciones cosmológicas (Demócrito, Platón, Aristóteles)» (Gustavo Bueno, La metafísica presocrática, Pentalfa, Oviedo 1974, pág. 32).

Sócrates es señalado (o más bien es condenado) como líder de un «círculo aristocrático» situado en «el centro de la lucha ideológica y política contra la democracia de Atenas». Tras la «reacción» de los Treinta Tiranos (que encabezaba Critias, el tío de Platón) se restauró la democracia ateniense, en la que Sócrates sería condenado a muerte por «su actividad antipopular». Pero tal democracia (aunque se trataba de la democracia genuina al existir realmente el «demos») era una democracia esclavista, en la que además había que hacer obligatoriamente el servicio militar (y, como vemos, existía la institución de la ejecución capital). Por su parte, Sócrates fue un héroe de guerra luchando en la Guerra del Peloponeso en las batallas de Potidea (429), Delio (424) y Anfípolis (422); y siempre estuvo al servicio de su Ciudad-Estado, a la que jamás traicionó ni pensó traicionar, pese a que le condenasen a beber la cicuta. Pero él exclamaba: «¡jamás, mientras viva, dejaré de filosofar» (Platón, Apología, 29d), y no se hubiese dedicado a otra cosa «aunque hubiera de morir muchas veces» (Platón, Apología, 30c). Porque una vida sin examen no tiene sentido. El sentido de su vida estaba en el filosofar, y con tal fin a sus conciudadanos se dedica a interrogar.

Vemos que el diccionario trata de presentar a Sócrates como un antimaterialista y un reaccionario. Pero –como decía Voltaire– Sócrates era un ateo que creía en un solo dios, el cual vendría a ser una modulación del Dios terciario que, en su versión filosófica, culminaría en el Acto Puro de Aristóteles. Es decir, Sócrates, lejos de ser un reaccionario (término que, tal y como es empleado en el diccionario, suena anacrónico), vendría a ser un filósofo subversivo contra el delirio politeísta de las religiones secundarias, aunque como la encarnación misma de la filosofía mundana y ágrafa (frente a la subversión de Platón que representaría la filosofía académica y escrita). En cualquiera de los casos (mundano o académico), tal ateísmo terciario (frente a politeísmo secundario) era subversivo y por ello era una clara exposición de lo que llamamos implantación política de la filosofía (frente a toda implantación gnóstica que tan sólo es fenomenológica o emic). En cualquier caso, la actividad de Sócrates sí puede considerarse como «antipopular» en el sentido de que las religiones politeístas eran muy populares en Grecia; y por tal razón (o tal sinrazón, tal delirio) fueron impopulares casi todos los filósofos griegos (muchos de ellos perseguidos, exiliados o ejecutado como fue el caso del propio Sócrates).

3. ¿Un místico o un escéptico?

No obstante, Sócrates interpretaba su misión educativa como «servicio al dios» (Platón, Apología, 30a). Pero este dios era un daímon que se le manifestaba como una voz interior que le persuadía de lo que no tenía que hacer. Su «servicio al dios» no se consagraba a «la humanidad» sino a su polis; de ahí que no escribiese y se centrase en hablar e interrogar a los hombres presentes de carne y hueso. De ahí que veamos en Sócrates a la encarnación misma de la filosofía mundana.

Respecto a la inmortalidad del alma, Sócrates era escéptico, tal y como lo retrata Platón en Apología 40c: «La muerte es una de estas dos cosas: o bien el que está muerto no es nada ni tiene sensación de nada, o bien, según se dice, la muerte es precisamente una transformación, un cambio de morada para el alma de este lugar de aquí a otro lugar». Y en 29a-b: «temer la muerte no es otra cosa que creer ser sabio sin serlo, pues es creer que uno sabe lo que no sabe. Pues nadie conoce la muerte, ni siquiera si es, precisamente, el mayor de todos los bienes para el hombre, pero la temen como si supieran con certeza que es el mayor de los males. Sin embargo, ¿cómo no va a ser la más reprochable ignorancia la de creer saber lo que no se sabe? Yo, atenienses, también quizá me diferencio en esto de la mayor parte de los hombres, y, por consiguiente, si dijera que soy más sabio que alguien en algo, sería en esto, en que no sabiendo suficientemente sobre las cosas del Hades, también reconozco no saberlo».

4. Conócete a ti mismo

En la edición de 1955 el diccionario destaca que el principal objetivo de la filosofía de Sócrates es «enseñar la virtud», para lo cual es necesario primero conocer las normas éticas generales: «el bien universal». Para Sócrates virtud y conocimiento son una y la misma cosa. Este conocimiento empieza por la duda: «Sólo sé que no sé nada»; y se señala el «conocimiento de sí» como la «fuente de la virtud»: «Conócete a ti mismo».

Ahora bien, tal precepto, desde las coordenadas del materialismo filosófico, debe ser redefinido no como si hiciese referencia a un predicado autotético (que consideramos metafísico al postularse como aislado de los demás entes y por ello sólo puede ser considerado en el límite, como por ejemplo el Acto Puro aristotélico en tanto «ser autista absoluto» que ni crea ni conoce al mundo y simplemente vive en la eterna incorporeidad e inmovilidad de su propio pensar), sino más bien como un predicado alotético (que consideramos dialéctico al darse necesariamente en una pluralidad de conexiones y relaciones). Semejante precepto «no nos remite a una sabiduría absoluta o metafísica (sin referenciales), sino a una sabiduría relativa a otros referenciales dados (por ejemplo, los animales domesticados). Una sabiduría dialéctica, que implica la confrontación relativa con otras sabidurías, y la destrucción de las pretendidas sabidurías absolutas mediante la rectificación dialéctica (por anástasis o por catástasis) de la idea de tales sabidurías absolutas» (Gustavo Bueno, Ensayo de una definición filosófica de la Idea de Deporte, Pentalfa, Oviedo 2014, págs. 109-110). El ser humano «no pretende conocerse a sí mismo metaméricamente, en el ámbito metafilosófico del espacio cósmico teleológico, sino diaméricamente, en el espacio constituido por las morfologías externas (minerales, vegetales, animales)» (Ibid., pág. 131). Solo alotéticamente podemos rescatar la máxima délfica que hace suya Sócrates. Por ejemplo, «conócete a ti mismo» significa: «conoce o mide los límites de tus fuerzas, en relación a las fuerzas de los demás, y sólo entonces redefine tus planes y programas de acción» (Ibid., pág. 110).

5. Mayéutica, ironía y definición

El método de Sócrates –continúa el diccionario– trata de alcanzar la verdad a través de las disensiones. Para ello Sócrates propone preguntas a sus interlocutores para que así reconozcan su ignorancia. De este modo los interrogados son auxiliados por Sócrates, el cual –como si de una comadrona de las almas se tratase– ayuda al pensamiento de estos ignorantes a «dar a luz». Hete aquí el arte de la «mayéutica».

Como matiza la edición de 1963, Sócrates interroga e interroga hasta hacer ver al interlocutor cómo se contradice a sí mismo, y al ser consciente de esto deseche finalmente aquel conocimiento que tenía por tal (que sólo era «conocimiento aparente»); y así, con este estímulo, ponga su pensamiento «en busca de la verdad auténtica», que es tanto como situarse en el lado crítico frente al sectario y dogmático afectado y dañado por el cerrojo ideológico. Hete aquí la «ironía» y la ética racionalista de Sócrates, para el cual la ignorancia es el mal «y no hay nadie que sea malo por su propia voluntad»; o –como leemos en la edición de 1980– «nadie puede ser malo por buena voluntad».

El diccionario menciona la «inducción» a través de la cual Sócrates –siempre con su insistente interrogatorio mayéutico como un incómodo tábano que molesta con su aguijón para despertar al prójimo– trata de llegar al bien en sí (el bien general) sirviéndose, como peldaños, de la confrontación de casos particulares (por vía apagógica, cabría decir). Este método (un método muy relacionado con la sobriedad del método empírico de los médicos) supone la división (la clasificación) de los conceptos en géneros y especies, y sólo así se obtendrá la «definición», la cual hace que se comprenda la esencia de aquello que es objeto de estudio. Definir es comprender. Este es el mayor mérito atribuido a Sócrates. La edición de 1980 añade que, según Sócrates, «el conocimiento es idea, concepto de lo general».

6. El médico del hombre interior

La edición de 1963 insiste en que para el pensamiento socrático (socrático del propio Sócrates) la estructura del mundo y la naturaleza física de las cosas son incognoscible, y que sólo cabe el conocimiento de uno mismo como prescribía el precepto délfico. De ahí que se añada que «el objetivo supremo del saber» no es de carácter teórico sino práctico, esto es, el objetivo está en el arte de vivir (de vivir bien y para el bien en la verdad). Para Sócrates es peor realizar el mal que padecerlo, y más vale el bienestar de la psyché (que para Sócrates era el verdadero yo) que la riqueza terrena o la fama y reputación en el mundanal ruido. De ahí que en la perfección moral está la verdadera felicidad. «Sé que también testimoniará en mi favor el futuro y el pasado, haciendo ver que jamás hice daño a nadie ni volví peor a ninguna persona, sino que hacía el bien a los que conversaban conmigo, enseñándoles gratis todo lo bueno que podía» (Jenofonte, Apología, 26).

Es decir, para Sócrates el sentido de la vida está en el cuidado del alma y no en divagar sobre metafísica presocrática y otros asuntos anantrópicos. Sócrates se presenta como el médico del hombre interior, porque el alma es lo que hay de divino en el hombre. Luego para Sócrates nada de lo humano le era ajeno, pero todo lo que no era humano le era ajeno. A Sócrates –como le hace decir Platón en el Fedro– ni el campo ni los árboles le enseñan nada, es decir, el Mundo (Mi) queda reducido a un Ego trascendental (E) suprasubjetivo (frente a la reducción del Mundo al Ego subjetivo que ejercita Protágoras). La sabiduría de Sócrates «es sabiduría propia del hombre» (Platón, Apología, 20d). Por eso Sócrates aseguraba que sólo sabía que no sabía nada, con lo cual quería decir lo siguiente: «Es el más sabio, el que, de entre vosotros, hombres, conoce, como Sócrates, que en verdad es digno de nada respecto a la sabiduría» (Platón, Apología, 23b).

Finalmente la edición de 1955 advierte que Sócrates «Predicaba la teleología vulgar». Tal vez haciendo referencia implícita al visto bueno de Sócrates al Nous de Anaxágoras; al cual –a juicio de Sócrates– el filósofo clazomeno una vez que lo introdujo no fue consecuente y no supo sacarle todo el jugo porque su explicación del mundo la llevaba a cabo mediante aires, éteres, aguas y otras cosas absurdas.

Daniel López Rodríguez

 
→ Edición conjunta del Diccionario soviético de filosofía · índice de artículos del DSF
Las cuatro versiones soviéticas del Diccionario filosófico de Rosental e Iudin
Diccionario filosófico marxista · Rosental & Iudin · Montevideo 1946
Diccionario de filosofía y sociología marxista · Iudin & Rosental · Buenos Aires 1959
Diccionario filosófico abreviado · Rosental & Iudin · Montevideo 1959
Diccionario filosófico · Rosental & Iudin · Montevideo 1965
Diccionario marxista de filosofía · Blauberg · México 1971
Diccionario de comunismo científico · Rumiántsev · Moscú 1981
Diccionario de filosofía · Frolov · Moscú 1984