Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 1 ❦ Capítulo IV: 3
3. Los primeros socialistas utópicos. Tomás Moro y Campanella
A diferencia de los ideólogos de la burguesía, convertidos en apologistas del incipiente régimen burgués y del Estado centralizado, defensor de los intereses del desarrollo capitalista, en el alba misma del capitalismo aparecieron también pensadores avanzados que reflejaban los sentimientos y las esperanzas de las capas bajas del pueblo y que bosquejaban confusamente un porvenir lejano. Entre ellos figuraban, junto a Münzer, políticos y pensadores tan eminentes como Tomás Moro y Campanella, autores de las primeras utopías socialistas.
A principios del siglo XVI, a raíz del desplazamiento de las principales rutas comerciales del Mar Mediterráneo al Océano Atlántico, comenzó a desarrollarse rápidamente la economía de Inglaterra. Tanto en la propia Inglaterra como en otros países del continente (como Holanda, por ejemplo), el progreso de la manufactura textil exigía cada vez mayor cantidad de lana. La cría de ovejas, para la cual se daban condiciones naturales [282] favorables en Inglaterra, resultó más ventajosa que el cultivo de cereales. Con este motivo, recurriendo abiertamente a la violencia, los terratenientes expulsaron a los campesinos de los lugares donde estaban asentados, de aldeas enteras no dejaron piedra sobre piedra y cercaron las tierras libres, transformándolas en pastizales. El “cercamiento” de tierras es uno de los rasgos característicos de la acumulación capitalista originaria.
A comienzos del siglo XVI desplegó su actividad en Inglaterra Tomás Moro y surgió su doctrina utópica.
Tomás Moro (1478-1535) nació en Londres en el seno de la familia de un juez. Hizo sus estudios en la Universidad de Oxford y ejerció la abogacía en Londres, adquiriendo cierta popularidad entre los comerciantes. En 1504 fue elegido miembro del Parlamento, donde luchó contra las medidas impositivas de Enrique VII. Durante el reinado de Enrique VIII, Moro desempeñó importantes puestos públicos. En 1523 se le eligió Presidente de la Cámara de los Comunes, y-en 1529 fue designado Lord Canciller, pero después de algún tiempo renunció a todos sus cargos a causa de sus divergencias con el rey sobre la política eclesiástica. En 1534 fue encarcelado y, en 1535, decapitado. Moro se ha ganado un lugar en la historia como autor de su admirable Libro de Oro, tan útil como festivo, sobre la mejor organización del Estado y sobre la nueva isla de Utopia, obra que publicó en 1516. De ella procede el término de “utopía”, palabra que, traducida del griego, significa “lugar que no existe en ninguna parte”.
En su Utopía, Moro critica el régimen capitalista que a la sazón estaba desarrollándose, y que, según él, sólo traía innumerables calamidades a los campesinos y a los artesanos. “Vuestras ovejas... que tan mansas eran y que solían alimentarse con tan poco, han comenzado a mostrarse ahora, según se cuenta, de tal modo voraces e indómitas que se comen a los propios hombres...”43 El ganado, dice Moro, vive mejor que los pobres, arruinados con el “cercamiento” de las tierras, mientras que en el polo opuesto se enriquecen los parásitos, hundidos en el brillo, en el lujo y la depravación.
Con una extraordinaria sagacidad, Moro veía las raíces de estos males en la propiedad privada. Decía también que el Estado no era sino una confabulación de los ricos para oprimir al pueblo sencillo.
La Utopía pinta una sociedad ideal en la que no existe la propiedad privada, donde todo el mundo trabaja y no hay pobres ni ricos. Es característico que Moro, al proponer su vida social ideal, no haga hincapié en el consumo, sino en la producción. Sin embargo, se representaba la producción como el trabajo a mano medieval idealizado. Periódicamente, la parte de la población de la isla ocupada en la industria es transferída a la agricultura, y viceversa. Para Moro, la familia patriarcal es la célula económica fundamental.
En la Utopía de Moro hay también elementos que prefiguran el futuro: el atisbo de las ventajas que reporta la organización centralizada de la producción y la distribución, la idea de la electividad de todos los [283] funcionarios públicos, la elevada apreciación del arte y su moral optimista, llena de vitalidad.
Poniendo al desnudo el parasitismo social, Moro exige que todos los ciudadanos participen en el trabajo físico, del cual solamente pueden liberarse dos clases de ciudadanos: los que cumplen durante cierto tiempo funciones públicas y los que realizan una labor científica.
Otro utopista de esta época es el italiano Tomás Campanella (15681639). Nació en Calabria; a los catorce años ingresó en la Orden de los dominicos. En el convento consagró muchos esfuerzos a su propia formación filosófica. Sobre él ejerció una influencia especial el filósofo Telesio, que se caracterizaba por su independencia de pensamiento. En 1591, Campanella publicó su primera obra filosófica, La filosofía, demostrada por los sentidos. Como propagador de la nueva filosofía y de la libre ciencia, Campanella tuvo que comparecer más de una vez ante los tribunales eclesiásticos para responder de su independencia de pensamiento. Este ardiente patriota, movido por su amor a la patria martirizada por los invasores extranjeros, encabezó en Calabria en 1599 un levantamiento contra el dominio español. Fue encarcelado por ello, pasando en la cárcel veintisiete años. Sin embargo, ni los largos años de reclusión ni los tormentos pudieron quebrantar el espíritu de este valeroso propagandista de un mejor orden social.
En su soneto Sobre las raíces de los grandes males del universo, Campanella escribía:
Yo nací para aplastar estos vicios:
sofística, hipocresía y tiranía.44
Por sofística entendía la escolástica inerte, y por hipocresía, las untuosas prédicas de los oscurantistas eclesiásticos.
Estando en la cárcel, Campanella escribió en 1602 su célebre utopía La Ciudad del Sol (“Civitas solis”), que sólo pudo salir a la luz en 1623. Puesto en libertad en 1626, Campanella huyó a Francia, en 1634, ante la amenaza de ser detenido de nuevo; finalmente, murió en este país.
Es indudable que las ideas de su libro fueron dictadas por las calamidades de los trabajadores arruinados en aquel tiempo.
Campanella traza un cuadro utópico de la sociedad ideal en la que se han abolido la propiedad privada y la familia individual. Esta nueva sociedad se basa en el trabajo general que represénta la tarea más honrosa; con semejante organización social, cada individuo sólo necesita trabajar cuatro horas al día. El fin de esta “ciudad del Sol” es la felicidad terrena de sus habitantes (los “solianos”) y el desarrollo de la cultura.
Campanella daba una gran importancia a los descubrimientos e inventos científicos y léenicos, viendo en ellos la base de toda transformación de las relaciones sociales.
Al igual que Moro, Campanella atribuía una gran significación a una elevada organización militar, ya que preveía el peligro de que la sociedad ideal pudiera ser atacada por codiciosos vecinos. Moro y Campanella [284] hablan de la superioridad moral, organizativa y técnica de los “utopianos” y de los “solianos” en los asuntos militares. Las ideas filosóficas de Campanella se caracterizan por el entrelazamiento de lo viejo y lo nuevo, propio de la época del Renacimiento. Al proyectar sus aparatos volantes, Campanella cree al mismo tiempo en la magia y en la astrología, y habla de la animación de todo el cosmos. Incluso los planetas son para él seres animados independientes.
En las doctrinas de Moro y Campanella, que formularon las primeras utopías socialistas ya en el período de la acumulación capitalista originaria, se reflejaban las reivindicaciones progresivas de las capas bajas del pueblo, a saber: establecimiento de la plena igualdad, del bienestar y de la paz, y desarrollo de las fuerzas espirituales de la humanidad. Por esta razón ambos pensadores ocupan un lugar de honor en la historia de las doctrinas socialistas y en el desenvolvimiento del pensamiento social avanzado.
{43} Tomás Moro, Utopía, versión del latín por Agustín Millares Carlo. En Utopías del Renacimiento, pág. 17, Fondo de Cultura Económica, 2ª ed. México-Buenos Aires, 1956.
{44} T. Campanella, La Ciudad del Sol, Soneto VIII, trad. rusa. Moscú, 1954.