Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 1 ❦ Capítulo V: 1
1. Se sientan las bases científicos-naturales del materialismo mecanicista y del método metafísico en el siglo XVII
El progreso de la filosofía materialista en el siglo XVII y principios del XVIII se halla ligado íntimamente al impetuoso avance de las ciencias naturales, es decir, a los descubrimientos científicos de los siglos XVI-XVII.
A raíz del descubrimiento de Copérnico las ciencias de la naturaleza comenzaron a desarrollarse con toda rapidez. Paulatinamente se fue superando la antigua e ingenua filosofía natural; fueron creados métodos experimentales y matemáticos muy exactos de investigación de la naturaleza y, por último, se procedió a acumular sucesivamente material basado en hechos y a sistematizarlo. Todo ello lo debía Ja ciencia, en primer lugar, al incremento de las fuerzas productivas y a la necesidad, aparecida en el seno de la sociedad, de introducir perfeccionamientos técnicos.
La ampliación del comercio de ultramar y-los largos viajes marítimos relacionados con ello plantearon la tarea de determinar con precisión la longitud y la latitud. La apremiante necesidad de resolver esa tarea condujo, a su vez, a un intenso desarrollo de la astronomía. La necesidad de regular las corrientes de agua en las montañas en la Italia de los siglos XVI-XVII dio vida a nuevas ramas científicas, a la mecánica de los líquidos y la hidrostática. Finalmente, las necesidades de la construcción civil y militar, en pleno desarrollo, impulsaron el nacimiento de la teoría de la resistencia de materiales.
Pero lo que influyó considerablemente sobre el progreso de las ciencias naturales fue el empleo de máquinas en la producción, iniciado en el siglo XVII. Marx escribía que el empleo de las máquinas “cobra gran importancia en el transcurso del siglo XVII por ofrecer a los grandes matemáticos un punto real de -apoyo y un estímulo práctico para las investigaciones de la mecánica moderna”4.
Dos invenciones, la del reloj y la del molino, sirvieron de premisa en Europa al empleo de las máquinas. Como señala Marx, toda la teoría de los movimientos uniformes se desarrolló teniendo por base las investigaciones sobre los relojes, que fueron en aquella época los primeros mecanismos automáticos empleados con fines prácticos. Y observando el funcionamiento del mecanismo de los molinos se elaboraron las teorías de la fricción, de la medición de la magnitud de la fuerza motriz, de la transmisión del movimiento mecánico (por medio de ruedas dentadas), etc.
El progreso de la vida social dio origen, asimismo, a nuevas formas de organización del trabajo científico. Durante el siglo XVII se fundaron en diversos países europeos instituciones civiles de enseñanza, sociedades científicas, academias y observatorios que llevaron a cabo trabajos de investigación.
La mecánica de los cuerpos celestes y de las masas terrestres constituía en aquel tiempo el eje de las ciencias naturales, Esta fue la rama científico-natural [304] que, junto con la matemática, se desarrolló principalmente, lo que hizo que toda la ciencia natural tuviera un carácter mecanicista.
La causa de que el impetuoso desarrollo de las ciencias naturales comenzara precisamente por la mecánica debe buscarse, ante todo, en el carácter mismo del progreso de la técnica, así como en el carácter de las exigencias y necesidades de la producción manufacturera, que giraban primordialmente en torno a los problemas de la mecánica. Las fuerzas espontáneas de la naturaleza (el agua, el viento) y la fuerza muscular del hombre y de los animales eran entonces la fuente energética en los procesos productivos.
Ahora bien, no sólo esos factores determinaban la preponderancia de la mecánica entre las ciencias naturales de la época. También tuvieron gran importancia los factores gnoseológicos. De todas las formas de movimiento conocidas hasta entonces, la forma mecánica del movimiento era la más simple. Sin estudiarla en todos sus aspectos, no se podía pasar a un estudio concreto de otras formas del movimiento más complejas: las formas “supramecánicas” que estudiaban otras ciencias particulares (la física, la química. la biología, etc.).
“La investigación de la naturaleza del movimiento tenía que partir de sus formas más inferiores y elementales y había que conocerlas antes que se pudiera alcanzar algo en la explicación de las formas más elevadas y más complejas. Y así vemos, efectivamente, que en el desarrollo histórico de las ciencias naturales se elaboró primero la teoría del simple cambio de lugar, es decir, la mecánica de los cuerpos celestes y de las masas terrestres...”5
En esta región más elemental de las ciencias naturales, o sea en el campo de la mecánica, de la astronomía y de los métodos matemáticos que estaban a su servicio, se realizaron grandes cosas.
Durante el siglo XVII, la mecánica, al igual que la matemática, alcanzó grandes éxitos; las leyes del movimiento mecánico de los cuerpos materiales (terrestres y celestes) fueron establecidas en una forma matemática rigurosa. Las restantes ramas de las ciencias naturales estaban todavía en la fase de la acumulación inicial de datos empíricos, de material basado en hechos. Sin embargo, también en esas ramas de las ciencias naturales, que a la sazón se hallaban rezagadas respecto de la mecánica, se alcanzaron grandes éxitos.
El experimento y la observación se convirtieron en métodos sistemáticos de investigación de la naturaleza y fueron objeto de un desarrollo sucesivo muy fecundo. En esta época se inventaron muchos nuevos instrumentos y aparatos. La investigación científica se extendió a nuevas regiones de los fenómenos físicos. En estrecha relación con los problemas físicos y bajo el influjo directo de las nuevas tareas de la mecánica y de la física progresó asimismo la matemática. En el siglo XVI se sentaron las bases de la hidrodinámica, gracias sobre todo a los trabajos del físico italiano Torricelli.
Importantes éxitos se lograron en el estudio de la atmósfera terrestre. Aquí destacan especialmente los trabajos del sabio francés Pascal. Los experimentos demostraron la existencia de la presión atmosférica; para [305] medirla directamente se construyó un instrumento (el barómetro de mercurio). Los físicos construyeron una bomba de aire, determinaron su peso y demostraron que en las capas inferiores de la atmósfera el aire es más denso que en las superiores.
Se estudiaron intensamente los fenómenos térmicos más elementales: la dilatación de los cuerpos por la acción del calor, la ebullición de los líquidos, la congelación del agua, el enfriamiento de los cuerpos, etc. Pero como no se concebía claramente la naturaleza del calor, todos esos fenómenos se consideraban totalmente separados y aislados entre sí.
Se dieron los primeros pasos importantes en el estudio de los fenómenos eléctricos y magnéticos. Ya a comienzos del siglo XVI apareció la primera obra científica sobre el magnetismo. Se determinó aproximadamente la velocidad de la luz. En una palabra, en el siglo XVII la física en general fue convirtiéndose, poco a poco, en una ciencia independiente.
Grandes progresos se alcanzaron también en la ciencia de los seres vivos, apenas nacida entonces. La botánica se desarrolló con relativa rapidez. Agreguemos a esto que ya no se limitaba a describir, de modo general, los caracteres externos de las plantas, sino que analizaba y describía cuidadosamente sus diferentes partes y órganos.
Examinando la estructura de las plantas con ayuda del microscopio, el físico inglés Hooke descubrió la estructura celular de los tejidos vegetales. Se introdujo el término “célula”. Sin embargo, el papel de la célula era todavía inexplicable y siguió siéndolo durante largo tiempo. Finalmente, se sentaron los fundamentos de la fisiología vegetal y fue descubierta la diferenciación sexual de las plantas.
Comenzó asimismo a desarrollarse la zoología. Se situó en primer plano la tarea de sistematizar muchos datos nuevos basados en hechos, acumulados en este dominio. Quedó establecida la división de los animales en vertebrados e invertebrados.
Se inició la investigación multifacética de la estructura del cuerpo humano, tanto en su conjunto como en sus órganos especiales. Se sentaron, en líneas generales, los fundamentos de la anatomía humana. El descubrimiento de la circulación sanguínea (en el hombre y en los animales) por el médico y naturalista inglés Guillermo Harvey puso las bases científicas de la fisiología.
Una de las conquistas importantes de la ciencia de la naturaleza viviente en el siglo XVII fue el descubrimiento de seres vivos microscópicos. A raíz de esto, surgieron las primeras ideas sobre la existencia de agentes orgánicos patógenos. El naturalista holandés Leewenhoek realizó importantes descubrimientos relacionados con la estructura microscópica de los organismos.
A causa del desarrollo preferente de la mecánica, los fenómenos orgánicos se estudiaban en el siglo XVII, ante todo, desde un ángulo mecanicista. Así, por ejemplo, se explicaba mecánicamente la acción de las “palancas óseas” que se originaba en el organismo animal al ser puestas en movimiento por la contracción de los músculos. De este modo, se podían interpretar las acciones del mismo tipo sobre la base de las mismas leyes mecánicas descubiertas en la naturaleza inorgánica. Y puesto que sólo se investigaba el aspecto mecánico de los procesos operados en los organismos vegetales y animales, los sabios del siglo XVII también pretendían [306] explicar los procesos vitales en virtud de causas puramente mecánicas. Para algunos hombres de ciencia el animal no era más que una máquina compleja.
Poco a poco, la química fue situándose también sobre bases científicas. Los fantásticos intentos de los alquimistas para encontrar la “piedra filosofal” quedaron relegados a segundo plano. La atención de los químicos se concentró cada vez más en la solución de tareas prácticas, especialmente en las planteadas por la medicina y la metalurgia.
Los trabajos del químico y físico inglés Roberto Boyle (1627-1691) dieron vigoroso impulso a la química. Asignó a ésta, como tarea fundamental, estudiar la composición de los cuerpos por medio del análisis químico. Surgió así, aunque en forma puramente empírica, el concepto de elemento químico, entendido como sustancia que no puede ser desintegrada por ningún medio. De este modo se estableció rudimentariamente el objeto de la química como ciencia que versa, en primer lugar, sobre los elementos químicos y sus combinaciones.
Siendo como era mecanicista, Boyle trataba de explicar todas las diferencias cualitativas de las cosas mediante el movimiento mecánico y el acoplamiento de unos corpúsculos primarios, carentes de cualidades. Extendiendo esa idea a la química y a su objeto de estudio –los elementos químicos–, Boyle llegó a la errónea conclusión de que, en general, no existe ningún elemento químico. Todos ellos se reducen a combinaciones de corpúsculos descualificados de una materia primaria, por la cual se inclinaba a entender el agua. Por tanto, Boyle estableció el objeto de la química, pero al mismo tiempo minó las bases de su propio descubrimiento al reducir las combinaciones químicas de las sustancias a meras combinaciones de corpúsculos, carentes de cualidades.
El predominio del método metafísico de pensar en las ciencias naturales de aquel tiempo impedía explicar consecuentemente los fenómenos del universo por el universo mismo y dejaba un portillo abierto a la teología, es decir, a un retorno anticientífico a las fuerzas sobrenaturales. Tal era el caso de Boyle, que siendo como era fundamentalmente materialista en el campo de la física y de la química, aspiraba a conciliar la religión y la ciencia en el terreno de la filosofía. Para Boyle, el atomismo materialista de los antiguos –o sea el de Demócrito y Lucrecio– era un “atomismo malo”, ya que rechazaba la existencia de un principio divino en la naturaleza. También Newton llegó a la idea de un Dios creador, partiendo de las posiciones del mecanicismo, al formular su postulado de un primer impulso divino, aunque en las ciencias naturales se mantuviera, en lo fundamental, sobre las posiciones del materialismo metafísico.
Como en otros naturalistas ingleses de la misma época, las tendencias religiosas de la concepción del mundo de Boyle no se daban por casualidad. Expresando los sentimientos religiosos de amplias capas de la burguesía inglesa durante los siglos XVII-XVIII, aspiraban a armonizar y conciliar la ciencia y la religión.
En el siglo XVII, el método de investigación experimental de la naturaleza se convirtió en un método aceptado comúnmente. Pero en aquella época se reducía exclusivamente a un análisis de los fenómenos naturales. Los investigadores científicos de aquellos tiempos anatomizaban, por [307] así decir, o desmembraban a la naturaleza en partes aisladas y examinaban cada una con independencia de las demás, de acuerdo con sus causas específicas y sus propios efectos. Los seres naturales eran divididos en tres “reinos” absolutamente independientes: mineral, vegetal y animal. Las líneas divisorias absolutas establecidas entre ellos expresaban claramente la concepción metafísica de que no existe ninguna unidad entre la naturaleza orgánica y la inorgánica, ni tampoco entre los seres vegetales y animales.
El modo analítico de abordar los fenómenos de la naturaleza desempeñó un papel progresivo en el desarrollo de las ciencias naturales, Como dice Engels: “El análisis de la naturaleza en sus diferentes partes, la clasificación de los diversos fenómenos y objetos naturales en determinadas categorías, la investigación interna de los cuerpos orgánicos según su diversa estructura anatómica, fueron otras tantas condiciones fundamentales a que obedecieron los progresos gigantescos realizados por los últimos cuatrocientos años en el conocimiento científico de la naturaleza.”6
El método analítico pasó al primer plano porque las necesidades de la producción y del progreso técnico exigían el descubrimiento de leyes concretas en regiones particulares de la naturaleza con el fin de dominar prácticamente los fenómenos respectivos. A raíz de esto, maduró y se volvió apremiante la necesidad de rechazar la concepción filosófico-natural y “total” de la naturaleza, en la que se disipaban por completo las particularidades de los fenómenos, por cuya razón también quedaba, en lo esencial, bastante oscuro el cuadro entero del universo. Al conocer las particularidades de algunos procesos de la naturaleza, los filósofos naturalistas inventaban eslabones aún desconocidos de la cadena universal de fenómenos. A consecuencia de ello, el cuadro de la naturaleza trazado por la filosofía natural estaba ligado necesariamente a todo género de invenciones y de especulaciones fantásticas. De la antigua filosofía natural había que pasar a una investigación pormenorizada de las particularidades y de los propios detalles. Era un paso necesario para llegar a crear una ciencia natural, basada en hechos exactos.
Las ciencias naturales tenían que abordar la tarea de establecer con exactitud los hechos, de hallar un método que permitiera distinguir certeramente, en las cosas, las relaciones efectivas de las imaginarias impuestas por los filósofos naturalistas a la naturaleza. Si no se establecen los hechos con precisión y no se comprueban rigurosamente, no puede haber ninguna ciencia. Pero el establecimiento de los hechos no es un fin en sí para la ciencia, sino pura y sencillamente su punto de partida. Partiendo de los hechos ya establecidos, los científicos buscan las causas de los fenómenos, descubren su esencia y ponen de relieve sus leyes. Precisamente en esta época se elaboraron algunos métodos para establecer los nexos causales de los fenómenos.
A la filosofía materialista se le planteaba la tarea de elaborar y fundamentar el método universal de conocimiento, que necesitaban entonces los hombres de ciencia y que, en la práctica, ya estaban aplicando. Para ellos, dicho método era sencillamente el instrumento de conocimiento que [308] utilizaban en sus investigaciones específicas; en cambio, para los filósofos, constituía el meollo mismo de sus indagaciones.
El objeto de la investigación científica es siempre un complejo entrelazamiento de factores diversos que suelen actuar conjuntamente, ocultando con frecuencia la causa determinante del fenómeno que interesa. Para descubrirla hay que desmembrar el conjunto de los factores operantes e investigar la dependencia del fenómeno estudiado respecto de cada factor en particular, aislándolo de los restantes.
De este modo, después de llegar experimentalmente a semejante desmembramiento de los factores diversos que actúan conjunta y simultáneamente en la naturaleza, Boyle estableció en 1661 la ley que lleva su nombre y según la cual la compresibilidad de una masa gaseosa depende de la presión correspondiente. Boyle aisló el aire de todas las influencias externas y lo colocó en condiciones en las que sólo variaban dos propiedades suyas: el volumen y la presión; con este fin, el aire fue encerrado en un tubo en el que era o bien comprimido o bien dilatado. Por este camino se obtuvieron diferentes valores de la presión del aire al variar su densidad (es decir, en diferentes volúmenes). Esto era obra del experimento. Después tuvo que descubrir la relación existente entre los hechos particulares revelados, lo que pudo lograrse al ponerse de manifiesto la dependencia entre el volumen y la presión del aire. Resultó entonces que el volumen del gas se reducía en proporción inversa al aumento de la presión, mientras que al disminuir la presión, aumentaba el volumen en la misma proporción. Dicho con otras palabras, el volumen y la presión del gas variaban concomitantemente. Así, pues, de los hechos establecidos se dedujo una conclusión acertada, descubriéndose así la ley de la proporcionalidad inversa entre el volumen y la presión del gas.
Por supuesto, el análisis de los fenómenos de la naturaleza no quedaba agotado con un solo método. En algunas investigaciones se empleó también otro, en virtud del cual un complejo conjunto de fenómenos simultáneos se descomponía en fenómenos aislados, después de lo cual cada uno era separado de los restantes. Más adelante se emplearon determinados procedimientos inductivos de investigación. Por medio de ellos se ponían al descubierto los nexos causales entre ciertos fenómenos y tal o cual factor. Si en todos los casos, al presentarse el factor dado se observa también el fenómeno estudiado, mientras que los demás factores pueden darse o faltar, ello indicará la' existencia de un nexo causal entre el fenómeno estudiado y el factor de que se trate. En realidad, no podemos considerar que la causa de un fenómeno dado sea un factor cuya ausencia no influya en su desenvolvimiento, razón por la cual debe ser excluido de nuestra investigación. Unicamente quedará el factor que se presente siempre con el fenómeno en cuestión; por ello, es natural que dicho factor sea considerado causa del citado fenómeno. En cambio, si al darse el factor de que se trate no se produce el fenómeno dado, habrá que llegar a la conclusión de que no existe ningún nexo causal entre dicho fenómeno y el citado factor.
Así, por ejemplo, en contradicción con las exigencias del método inductivo, los lores afirmaban que el fuego siempre disgrega a los cuerpos y que su combustión significa la descomposición en sus partes integrantes. A juicio de los alquimistas, dichas partes eran tres: el azufre [309], el mercurio y la sal. Valiéndose del citado método inductivo de investigación, los químicos refutaron esas ideas anticientíficas. El simple hecho de que el oro no se desintegrase en ningún caso bajo la acción del fuego bastaba para refutar la falsa idea de los alquimistas de que todos los cuerpos se componen de azufre, mercurio y sal. Exactamente de la misma manera, el hecho de que en el proceso de formación del vidrio el fuego uniera las sustancias en vez de disgregarlas venía a refutar la conclusión de que el fuego es un analizador universal de los cuerpos, es decir, de que sólo desintegra los cuerpos, dividiéndolos en sus partes integrantes.
El método inductivo fue empleado también en el estudio de la respiración; pudo comprobarse que los animales morían cada vez que les faltaba el aire (más tarde quedó establecido que para respirar se necesita un importante componente del aire, es decir, el oxígeno). Por tanto, si faltaba el aire, la propia respiración se hacía imposible. De aquí se dedujo la conclusión de que para respirar se necesitaba la existencia de aire.
En la época a que nos estamos refiriendo, el experimento se basaba casi por completo en el análisis de los fenómenos de la naturaleza.
Con el desarrollo del método analítico-experimental de investigación de la naturaleza se intensificó y aceleró considerablemente el proceso de desgajamiento de las ciencias particulares e independientes respecto de la antigua ciencia única e indivisa; durante el siglo XVII, tras de la mecánica, de la astronomía y de la matemática se convirtieron en ciencias independientes la física y la química y, más tarde, la biología y la geología.
Entre las tareas más importantes planteadas a los hombres de ciencia del siglo XVII figuraba la lucha contra la doctrina medieval de las cualidades “ocultas” o “absolutas”, que, supuestamente, determinaban a todos los fenómenos de la naturaleza. En oposición a la doctrina escolástica, los investigadores científico-naturales reivindicaban la necesidad de descubrir las verdaderas causas de los fenómenos reales y de abandonar tan arbitrarias invenciones. Ello representó un importante paso de avance en el conocimiento del mundo material.
En la tarea de poner al desnudo la inconsistencia de las concepciones anticientíficas y de arrojarlas de las ciencias naturales correspondió un papel especialmente importante al método analítico-experimental. Así, por ejemplo, después de descubrir la influencia de la atmósfera sobre una superficie de mercurio, Pascal descubrió la presión atmosférica, gracias a lo cual fue arrojada de la ciencia la vieja e ingenua tesis de que “la naturaleza siente horror al vacío”.
Sin embargo, las posibilidades creadoras de las ciencias naturales de aquellos tiempos se hallaban limitadas por el predominio casi absoluto de la concepción metafísica de la naturaleza en ellas.
“Las ciencias de la naturaleza, revolucionarias en sus primeros tiempos, se encontraban ante una naturaleza conservadora (interpretada metafísicamente. Red.), en la que todo era hoy como había sido desde el principio del mundo y en la cual todo seguiría siendo, hasta el fin del mundo, lo que había sido desde sus comienzos.”7 [310]
El carácter mecanicista de las ciencias naturales influyó decisivamente sobre el materialismo filosófico que, en el siglo XVII, al decir de Engels, era sobre todo mecanicista.
{4} Carlos Marx, El Capital, trad. esp. de W. Roces, Tomo I, Vol. I, pág. 386. Fondo de Cultura Económica. México, 1946.
{5} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, trad. rusa, pág. 44. Moscú, 1955.
{6} Federico Engels, Anti-Dühring, trad. española de W. Roces, pág. 29. México, D. F., 1945.
{7} F. Engels, Dialéctica de la naturaleza, trad. rusa, pág. 153. Moscú, 1955.