Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la URSS
Tomo 1 ❦ Capítulo VII: 4
4. Las concepciones metafísicas de los naturalistas del siglo XVIII y el materialismo francés
En el siglo XVIII, la filosofía materialista francesa se hallaba vinculada íntimamente a las ciencias naturales. El carácter mecanicista y metafísico del materialismo francés del siglo XVIII respondía, ante todo, al propio carácter mecanicista y metafísico de las ciencias naturales de ese siglo.
Analizando las ciencias naturales de aquel tiempo, escribía Engels: “Pero lo que caracteriza mejor que nada este período es la elaboración de una peculiar concepción del mundo, en la que el punto de vista más importante es la idea de la inmutabilidad absoluta de la naturaleza. Según esta idea, la naturaleza, independientemente de la forma en que hubiese nacido, una vez presente permanecía siempre inmutable mientras existiera. Los planetas y sus satélites, una vez puestos en movimiento por el misterioso «primer impulso», seguían eternamente, o por lo menos hasta el fin de todas las cosas, sus elipses prescritas. Las estrellas permanecían eternamente fijas e inmóviles en sus sitios, manteniéndose unas a otras en ellos en virtud de la «gravitación universal». La Tierra permanecía inmutable desde que apareciera o –según el punto de vista– desde su creación. Las «cinco partes del mundo» habían existido siempre, y siempre habían tenido los mismos montes, valles y ríos, el mismo clima, la misma flora y la misma fauna, excepción hecha de lo que había sido cambiado o trasplantado por el hombre. Las especies vegetales y animales habían sido establecidas de una vez para siempre al aparecer, cada individuo siempre producía otros iguales a él, y Linneo hizo ya una gran concesión al admitir que en algunos lugares, gracias al cruce, podrían haber surgido nuevas especies. En oposición a la historia de la humanidad, que se desarrollaba en el tiempo, a la historia natural se le atribuía exclusivamente el desarrollo en el espacio. Se negaba todo cambio, todo desarrollo en la naturaleza.”101
La ciencia, decía Engels, estaba aún empantanada profundamente en la teología. Buscaba por todas partes y encontraba como causa primera a un impulso exterior, que no era explicable por la naturaleza misma. La idea general suprema a que se elevaron las ciencias naturales de aquella época era la idea de la finalidad del orden establecido en la naturaleza, lo que venía a demostrar la sabiduría del creador. “Hay que señalar los grandes méritos de la filosofía de la época, que, a pesar de la limitación de las ciencias naturales de su tiempo, no se desorientó y –comenzando por Spinoza y acabando por los grandes materialistas franceses– se esforzó tenazmente por explicar el mundo partiendo del mundo mismo y dejando la justificación detallada de esta idea a las ciencias naturales del futuro.”102
A mediados del siglo XVIII se inició un proceso en el curso del cual fue quebrantándose la concepción metafísica del mundo. En él desempeñaron un importante papel M. V. Lomonósov, M. Kant, P. S. Laplace y G. F. Wolff. [491]
Sin embargo, consideradas en su conjunto, las ciencias naturales del siglo XVIII siguieron siendo metafísicas.
Pese a que abordaban los fenómenos de la naturaleza desde puntos de vista opuestos, los discípulos de Descartes y de Newton coincidían en sostener que todos los procesos naturales debían estudiarse como procesos mecánicos. Las ideas de Descartes fueron el punto de partida para la creación de la óptica ondulatoria, que se basaba en la admisión de un medio universal continuo o éter. Esta idea fue desarrollada a principios del siglo XVIII por el eminente sabio Leonardo Euler (1707-1783). Fundándose en la teoría ondulatoria de la luz, logró demostrar, oponiéndose a la opinión de Newton, que era posible eliminar la aberración cromática (producción de una imagen coloreada al emplear la luz blanca). Esto permitió posteriormente construir instrumentos astronómicos más perfectos (los refractores) que los construidos hasta entonces.
El estudio de los problemas de la mecánica de los cuerpos terrestres y de la masas celestes siguió el camino trazado por Newton. Los métodos matemáticos empleados para resolver los problemas mecánicos condujeron a importantes éxitos en la ciencia natural exacta. En esta época, el cálculo diferencial y el integral, descubiertos por Newton y Leibniz, formaron un sistema armónico de conocimientos. Las matemáticas se convirtieron en un poderoso instrumento en manos de los físicos. Los métodos matemáticos empezaron a aplicarse no sólo en mecánica, sino también en otras ramas de la física como la óptica y la acústica. El empleo de los métodos matemáticos en las ciencias naturales y el estudio de los problemas propiamente matemáticos relacionados con ello adquirieron gran desarrollo en los trabajos de Euler y en las investigaciones de Jacobo, Juan y Daniel Bernoulli y de otros sabios del siglo XVIII. En su trabajo El arte de la hipótesis (1713), Jacobo Bernoulli inició el cálculo de probabilidades al formular un caso particular de la llamada ley de los grandes números. Daniel Bernoulli sustentó las concepciones moleculares al abordar los problemas de la hidrodinámica.
En los trabajos de D'Alembert y Lagrange sobre mecánica se desarrolló el principio fundamental de la dinámica de un sistema de puntos materiales; de acuerdo con él, las fuerzas aplicadas a los puntos de un sistema pueden descomponerse en fuerzas que provocan la aceleración, del sistema y en fuerzas que dejan a dicho sistema en un estado de equilibrio.
La tendencia a explicar todos los fenómenos naturales con ayuda de la mecánica halló su expresión clásica en la conocida formulación del matemático y astrónomo francés Pedro Simón Laplace (1749-1827), que dice así: “Una inteligencia que en un instante dado conociera todas las fuerzas que animan a la naturaleza y la posición respectiva de todas las partes que la componen, si además fuese lo bastante amplia para analizar esos datos, podría abarcar en la misma fórmula los movimientos de los cuerpos más grandes del universo, así como de los átomos más ligeros. Por lo tanto, para esa inteligencia nunca habría nada incierto, y el futuro, al igual que el pasado, estaría ante su mirada. La inteligencia humana, con la perfección a que ha logrado elevar a la astronomía, nos da la idea de un débil esbozo de esa razón.”103 [492]
Aunque Laplace estaba convencido de la posibilidad de explicar los fenómenos de la naturaleza en términos puramente mecanicistas, abrió una profunda brecha en la concepción metafísica del mundo al formular su hipótesis cosmogónica en su obra Exposición del sistema del mundo. La hipótesis de Laplace, formulada independientemente de la de Kant (1755), tenía mucho de común con ella. La idea de ambos, según la cual el sistema solar se ha desarrollado a partir de una nebulosa primigenia, se conoce en la historia como hipótesis de Kant-Laplace. En 1798 se inició la publicación del Tratado de mecánica celeste, obra de Laplace, en la que los principios de la mecánica se extendían de un modo más profundo y concreto al estudio del movimiento de los astros.
Laplace figura entre los grandes investigadores de la naturaleza que han dado una explicación materialista de los fenómenos naturales, sin hacer ninguna referencia a Dios. Cuando Napoleón preguntó a Laplace por qué no decía nada de Dios en su Sistema del mundo, el sabio francés le respondió que no había necesitado esa hipótesis. Desde entonces, esta orgullosa respuesta simboliza la superioridad de la razón sobre los prejuicios y las supersticiones, y de la ciencia sobre la religión.
Rasgo característico de las ciencias naturales del siglo XVIII es su tendencia a reducir los fenómenos estudiados a las leyes mecánicas. Sin embargo, en las ramas de dichas ciencias en las que no era posible en absoluto llevar a cabo esa reducción, se manifestó la tendencia metafísica a dividir la naturaleza en regiones aisladas entre sí y a elevar a términos absolutos ciertos aspectos particulares de los seres y procesos de la naturaleza.
Todas las ramas de la física de esa época tienden a explicar los fenómenos naturales, de un modo u otro, sobre la base de los principios mecánicos. La diversidad de fenómenos se concibe como el resultado del desplazamiento puramente mecánico de unas sustancias específicas; en esto se manifiestan claramente los rasgos distintivos del método metafísico, dominante a la sazón en las ciencias naturales. Los físicos no sólo oponían la materia (entendida como masa”) al movimiento (entendido como “líquidos imponderables”, es decir, “fluidos” o “fuerzas”) y dividían mentalmente el movimiento en diferentes clases de fuerzas o fluidos (“calórico”, “flogisto”, etc.), sino que trataban de dividir, a su vez, cada una de estas clases de “imponderables” de acuerdo con sus manifestaciones (calor “patente” u “oculto”) y con sus respectivas “fuentes” (electricidad “resinosa”, “vidriosa” o “animal”).
La física recopiló un abundante material empírico, suficientemente comprobado. Gracias a la invención del termómetro y del calorímetro avanzó el estudio de los fenómenos térmicos. Al investigarse profundamente los fenómenos eléctricos se descubrió que los cuerpos cargados de electricidad del mismo nombre se repelen y de que hay dos clases fundamentalmente distintas de electricidad: positiva y negativa. Este descubrimiento dio pie para que surgiera la idea de dos “fluidos” eléctricos opuestos: positivo y negativo. En 1785, se descubrió en Francia la ley de la acción mutua entre los cuerpos electrizados. A comienzos de la década del 90 del siglo XVIII, el fisiólogo italiano Luis Galvani descubrió la influencia de la electricidad sobre los movimientos musculares de una rana muerta. Después de demostrar que el organismo posee una electricidad [493] propia, Galvani la llamó inexactamente “electricidad animal”. Pero, de acuerdo con las ideas vigentes en la época, algunos sabios decidieron que Galvani había descubierto un nuevo tipo de “fluido eléctrico”.
La química sufrió una transformación radical, basada en nuevas ideas que reflejaban acertadamente el quimismo de los procesos de combustión y de oxidación, así como las relaciones químicas entre diferentes sustancias, relaciones que caen bajo el concepto de “afinidad química”. Las exigencias del desarrollo de la producción, durante el período de la revolución burguesa de Francia, no sólo plantearon tareas concretas a la química, sino que contribuyeron a promover las fuerzas científicas que podían resolverlas.
En ese período, creó Lavoisier en Francia su teoría del oxígeno, que representó una verdadera revolución en la química.
Antonio Lorenzo Lavoisier (1743-1794) demostró la inconsistencia de la teoría del flogisto. Esto sucedió así: en 1774, el químico y filósofo inglés Priestley y el químico farmacéutico sueco W. Scheele realizaron, casi simultáneamente y de un modo empírico, el descubrimiento de que el oxigeno es parte integrante del aire, pero no calibraron su importancia. Creyeron que se trataba del mismo aire, pero purificado del mítico flogisto.
Después de enterarse del descubrimiento de Priestley por él mismo, Lavoisier demostró que aquel aire “purificado” era un elemento químico desconocido hasta entonces (el oxígeno) con el que se combinaba el cuerpo combustible en el proceso de combustión. De este modo, Lavoisier no sólo prosiguió e impulsó las ideas formuladas muchos antes por Lomonósov, sino que repitió en parte algunos de sus experimentos. La teoría del oxígeno de Lavoisier puso fin a la vieja teoría del flogisto. Al demostrar que el oxígeno es un elemento químico, Lavoisier refutó definitivamente las ideas filosófico-naturales, tan extendidas entonces, acerca de la existencia de “elementos” como el agua, el aire, la tierra y el fuego. Lavoisier fue el primero que llamó elementos a los verdaderos elementos químicos (entre ellos, metales y no metales). En aquel tiempo, no se conocían más de 20.
A diferencia de Lomonósov, Lavoisier siguió fielmente a Newton y empleó en sus indagaciones métodos puramente empíricos. En su Manual elemental de química (1786) sostenía que el peso total de las sustancias que toman parte en una reacción química permanece invariable. Esta tesis no la consideraba como una ley general de la naturaleza, sino simplemente como una regla empírica, que permitía calcular el peso al estudiar los resultados:de las reacciones químicas y hacía posible, a su vez, establecer la equivalencia entre ellas. Lavoisier no llegó a calibrar la profunda significación teórica de la ley de la conservación de la materia.
Otro eminente químico francés, Claudio Luis Berthollet (1748-1822), discípulo de Lavoisier, refutó la vieja doctrina de la fuerza eterna e invariable de la afinidad química entre sustancias distintas. Demostró que la afinidad química” no tiene un carácter absoluto, sino relativo.
Así, pues, al derrumbamiento de la falsa concepción del flogisto como portador absoluto de la combustibilidad siguió también el rechazo de' la idea metafísica de una afinidad química absoluta. Con ello, se sentaron las premisas teóricas para el progreso de la química en el siglo XIX. [494]
Sin embargo, pese a la refutación de la falsa teoría del flogisto y de la concepción metafísica de la afinidad química, la metafísica distaba aún de haber sido expulsada de la química, ya que entonces se consideraba a los elementos químicos como “formas” eternas e inmutables, que no se transformaban unas en otras, si bien es cierto que Lavoisier adoptó otro punto de vista al considerar como elementos a las sustancias que hasta entonces no se había logrado descomponer.
A principios del siglo x1x surgió una disputa muy importante, desde el punto de vista metodológico, sobre la composición de las combinaciones químicas, entre dos químicos franceses: José Luis Proust (que a la sazón trabajaba en España) y Berthollet. Proust sustentaba las ideas de Lavoisier, de acuerdo con las cuales la composición de toda combinación química es absolutamente invariable; es decir, al formar una combinación dada (como el agua, por ejemplo), los elementos se combinan entre sí en proporciones rigurosamente determinadas y constantes. Por el contrario, partiendo de su teoría de la afinidad química, Berthollet afirmaba que la combinación química puede tener una composición variable, o sea que los elementos que la forman pueden combinarse, dentro de ciertos límites, en distintas relaciones cuantitativas, de acuerdo con las condiciones y las cantidades iniciales de las sustancias reactivas.
El punto de vista de Proust significaba el reconocimiento de que a cada combinación química sólo corresponde un punto, que es el que expresa su composición química. En él se refleja acusadamente la idea de la discreción, de la discontinuidad abstracta, aplicada a la composición química de los cuerpos. En cambio, el punto de vista de Berthollet implicaba el reconocimiento de que, dentro de ciertos límites, la composición de una combinación puede variar continuamente. Así, pues, también en el campo de la química se manifestaba, como antes en el de la física (en la teoría de la luz) se hizo evidente, la misma ley dialéctica: lo uno (es decir, la composición química de las sustancias, que es una unidad de la discreción y de la continuidad, de la constancia y de la variación) se desdoblaba en dos contrarios, cada uno de los cuales era concebido unilateralmente, contrapuesto al otro. Así surgieron en la química dos concepciones opuestas. La disputa entre Proust y Berthollet duró siete años (1801-1808) y terminó con una victoria temporal del primero, relacionada con el hecho de que en la química de aquel tiempo imperaba, en general, la idea de la discreción (el atomismo). Pero, como se puso en claro un siglo después, aquella victoria era pasajera, puesto que lo que se daba, en realidad, era una unidad de contrarios, en virtud de la cual la discreción y la continuidad se presentan en la combinación química como aspectos, indisolublemente unidos, de un todo único. Por consiguiente, también aquí el conocimiento empezaba desdoblando lo uno en sus dos aspectos contrarios para estudiar cada uno en oposición al otro. Pero más tarde el conocimiento descubrió el nexo interno y la unidad entre ellos.
La geología, como ciencia de la historia de la Tierra, no existía aún en el siglo XVIII. En los problemas geológicos, se enfrentaban en las ciencias naturales de aquel siglo dos concepciones metafísicas: el neptunismo y el plutonismo, Los partidarios de la primera concepción, la más retardataria, buscaban el origen de los fenómenos geológicos en la acción del agua. De ahí el nombre de “neptunistas” con que se les conocía (de Neptuno [495], dios mitológico de las aguas). Según ellos, las rocas montañosas habían surgido del agua por un proceso de cristalización o de sedimentación mecánica. Esta concepción se hallaba vinculada a determinadas ideas religiosas y sus adeptos se remitían, especialmente, a un mítico acontecimiento como el diluvio universal. En cambio, los partidarios de la segunda concepción afirmaban que los fenómenos geológicos il debían a la acción de un fuego interior. Por eso se les llamó “plutonistas” (de Plutón, dios de las entrañas de la tierra en la mitología).
En el campo de la biología, los hombres de ciencia del siglo XVIII se dedicaron, con raras excepciones, a recoger y sistematizar por primera vez el material basado en la experiencia. El gran naturalista sueco Carlos Linneo (1707-1778) intentó sistematizar el vasto material sobre la naturaleza viviente, recopilado en el período anterior. En 1735, publicó su Sistema de la naturaleza, obra en la que estableció un sistema de clasificación de las plantas y de los animales, concediendo una atención principal a la botánica.
La clasificación de Linneo se basaba en la nomenclatura binominal, creada por él, que se conserva en la actualidad. De acuerdo con ella, cada especie se designa con dos nombres: uno para el género y otro para la especie. Entre los méritos de Linneo figuran también la distinción de la clase de los mamíferos y la inclusión del hombre en ella como representante superior del orden de los primates.
En uno de sus trabajos fundamentales, en las Especies vegetales (1753), describía todas las plantas estudiadas hasta entonces de acuerdo con el sistema artificial que él mismo había creado y que se basaba en un signo escogido arbitrariamente (principalmente, el número, el tamaño y la disposición de los estambres y pistilos de la flor). Partiendo de la idea de que las especies vegetales y animales son invariables y de que no existe ningún nexo histórico entre la naturaleza orgánica y la inorgánica, Linneo trató de hallar algún rasgo esencial constante que permitiera clasificar a la naturaleza en grupos fijos, dados de una vez para siempre: es decir, en clases, órdenes, géneros y especies. Á su modo de ver, ese rasgo consistía en los órganos de reproducción.
En Linneo, la concepción metafísica de la invariabilidad de las especies se hallaba vinculada a sus ideas filosóficas y religiosas. Afirmaba que “existen tantas especies como formas diversas estableció, en un principio, el Creador eterno”. El sistema artificial de clasificación de Linneo no reflejaba los nexos naturales entre las especies.
Las concepciones metafísicas de Linneo y Newton sobre los fenómenos de la naturaleza eran tan características del siglo XVIII que Engels calificó a toda la ciencia natural de ese tiempo de “ciencia natural de la vieja escuela newtoniano-linneana”.104
En oposición a Linneo, el naturalista francés Jorge Luis Leclerc Buffon (1707-1788) llegó a atisbar la variabilidad de la naturaleza viviente. En su Historia general y particular de la naturaleza expuso sus ideas filosófico-naturales sobre la historia de la formación de la Tierra, y sobre el origen y la “transformación” de sus seres vivos hasta el hombre inclusive. Buffon señaló también el origen común del mono y del hombre. Pese a [496] sus elementos fantásticos, la obra de Buffon desempeñó un papel positivo en la difusión de los conocimientos científico-naturales, ya que contenía valiosos atisbos acerca del desarrollo de la naturaleza viviente.
La biología del siglo XVIII se convirtió en campo de enconada lucha entre el materialismo y el idealismo. La teoría de la “preformación”, ampliamente difundida entre los biólogos del siglo XVIII (conforme a la cual los caracteres de los seres vivos se hallan preformados en las células sexuales de sus padres), se hallaba vinculada íntimamente a la idea de la creación divina del mundo. Respondiendo a los intentos de las materialistas avanzados para explicar los procesos vitales sobre la base de su sujeción a leyes, los reaccionarios y oscurantistas en el campo de la ciencia elaboraron la doctrina vitalista que postula la existencia de un “principio vital” de carácter inmaterial y sobrenatural o misteriosa “fuerza vital”. Los vitalistas rechazaban incluso la posibilidad de estudiar algunos aspectos de la actividad vital del organismo, como, por ejemplo, la fuerza muscular, la velocidad de circulación de la sangre, etc.
Tales son algunos de los rasgos de la ciencia natural metafísica del siglo XVIII, ciencia en la que ya comenzaban a madurar los conflictos entre las viejas concepciones metafísicas sobre la naturaleza y las nuevas ideas que empezaban a penetrar en algunas ramas del conocimiento y que se distinguían por negar la inmutabilidad absoluta de los fenómenos naturales y por admitir el devenir y el desarrollo en la naturaleza.
Cierto es que en el siglo XVIII estas nuevas tendencias eran todavía débiles; no se basaban aún en una suficiente cantidad de datos comprobados empíricamente. Señalaban perspectivas de desarrollo a las ciencias naturales, pero aún no podían provocar un viraje en la concepción filosófica del mundo. Durante todo el siglo XVIII, el método metafísico continuó imperando tanto en las ciencias naturales como en la filosofía. El materialismo francés del siglo XVIII se basaba principalmente en la concepción mecanicista de los fenómenos naturales en la forma que le habían dado Descartes, Newton y sus discípulos.
El estado de las ciencias naturales en el siglo XVIII confirma que, en el proceso de desarrollo de la ciencia, se habían formado y enriquecido sucesivamente ciertas categorías lógicas, en las que se reflejaba y generalizaba el conocimiento de la naturaleza, así como la utilización de sus fuerzas y seres naturales en beneficio del hombre.
La ciencia antigua no conocía aún la división de los fenómenos en físicos y químicos y, en general, sus concepciones científico-naturales no se independizaban aún de las filosóficas. Más tarde, ya en la Edad Media, gracias sobre todo a los trabajos de los sabios árabes, comenzó a destacarse del conjunto de los hechos observados algo más definido, más estable, a saber, las primeras propiedades generales de los cuerpos, que representaban en germen las propiedades físicas (la volatilidad) y las químicas (la combustibilidad). Posteriormente, sobre todo después del descubrimiento de los ácidos minerales, se agregó también la propiedad de la solubilidad, que encarnaba por sí sola las propiedades físico-químicas de los cuerpos, En virtud de la doctrina metafísica y escolástica de las cualidades absolutas (u ocultas), que dominaba entonces, fueron sustantivadas dichas propiedades y convertidas en las sustancias específicas o en los “principios” componentes de todos los cuerpos de la naturaleza, [497] el “mercurio” (principio de la volatilidad), el “azufre” (de la combustibilidad) y la “sal” (principio de la solubilidad). Tales eran los llamados tria prima (los tres principios) de los alquimistas.
En el siglo XVII, a partir de Boyle, surgió el análisis químico cualitativo y, en consonancia con él, se desarrolló más profundamente la idea de determinación cualitativa de algunas sustancias y de sus partes integrantes. El conocimiento de la composición cualitativa daba respuesta a la cuestión de cuáles son las partes que forman un compuesto dado; sin embargo, tampoco ofrecía los datos que se necesitaban en la práctica para saber cuánto de cada parte entraba en una combinación dada (en un mineral, por ejemplo), o para averiguar si podía obtenerse de ella. Buscando una respuesta a esta importantísima cuestión química, comenzó a estudiarse, a mediados del siglo XVIII, el problema de la composición química de las sustancias y, con este motivo, comenzó a elaborarse el concepto de determinación cuantitativa de las sustancias y de sus partes integrantes. Así, pues, la investigación cualitativa preparó el terreno para la investigación cuantitativa, que supone a la primera como condición necesaria. A este propósito, decía el químico alemán Justo Liebig: antes de pesar, debemos saber qué pesar.
En el presente caso, el carácter contradictorio dialéctico del desarrollo del conocimiento se manifiesta en lo siguiente: la investigación cuantitativa, siendo preparada por la investigación cualitativa que la precede, supone en consecuencia una abstracción del aspecto cualitativo de los objetos estudiados, como sucede en el cálculo ordinario. Tal abstracción se observa ya en la operación cuantitativa química más elemental, en la determinación del peso de las sustancias: la balanza señala el peso en unidades abstractas, independientemente de la cualidad de la sustancia que se pesa. Sin embargo, esta independencia es relativa; en efecto, puesto que las determinaciones cualitativa y cuantitativa se hallan vinculadas íntimamente entre sí, siendo como son aspectos o ingredientes de un todo único (es decir, de la sustancia), el estudio del aspecto cuantitativo, preparado por el estudio del aspecto anterior cualitativo, contribuye, á su vez, a un conocimiento más profundo de este aspecto cualitativo e incluso a su descubrimiento en aquellos casos en que no se deja estudiar directamente. Así sucedió en la segunda mitad del siglo xvI11 cuando el físico y químico inglés José Black, con ayuda de métodos cuantitativos (combinando el análisis del peso y del volumen), descubrió (gracias a la diferencia de peso) el anhídrido carbónico (al que llamó “aire fijo”), sentando así las bases de la química de los gases. Poco tiempo después fueron descubiertos el hidrógeno, el nitrógeno, el oxígeno, el cloro y otros gases. Si no se hubieran utilizado métodos cuantitativos habría sido imposible descubrir estos gases, ya que se mezclan fácilmente entre sí formando mezclas físicamente homogéneas. Por consiguiente, no se habría podido descubrir el aspecto cualitativo de diversos gases ni conocer tampoco sus propiedades singulares.
La diferencia e interdependencia de las investigaciones cualitativa y cuantitativa en el campo de la química pueden ser demostradas también con un experimento que se ha hecho clásico. Tratando de comprobar de dónde procede la sedimentación térrea, formada en una vasija de vidrio al hervir agua (lo cual se aducía en favor de la idea aristotélica de la [498] transformación del agua en tierra), Lavoisier pesó todas las partes del sistema, antes y después de hervir el agua. Hizo abstracción total de las sustancias que se pesaban, limitándose pura y simplemente a calcular su peso, es decir, su determinación cuantitativa. Terminado el experimento, resultó que el sistema en su conjunto no había cambiado de peso; de donde se deducía que el sedimento no podía haberse formado a expensas del fuego. También el agua seguía pesando igual que antes, lo que demostraba que el sedimento no podía formarse gracias a una imaginaria transformación del agua en tierra. En cambio, el peso de la retorta disminuyó exactamente lo mismo que pesaba el sedimento formado. De este modo, se demostró a qué se debía la formación de ese sedimento, es decir, su composición cualitativa.
Al aplicarse los conceptos generales de la mecánica y de la geometría en el dominio filosófico también se desarrolló en la filosofía la categoría de cantidad. Esta categoría ocupaba una de las posiciones fundamentales en todo el materialismo mecanicista e imprimía su sello no sólo en la solución dada a los problemas de los científico-naturales, sino también a los gnoseológicos (por ejemplo, al problema de las cualidades primarias y secundarias).
El progreso ulterior del conocimiento científico condujo al descubrimiento de nexos cada vez más profundos entre las determinaciones cuantitativas y cualitativas de las cosas. En la ley de las proporciones constantes, formulada por Proust y aplicada de hecho ya por Lavoisier, se traslucía claramente la tesis de que a cada sustancia determinada cualitativamente corresponde una característica cuantitativa constante, rigurosamente determinada (relación de las partes componentes). Esta tesis se manifestaba aún más tajantemente en la ley de los equivalentes o de las partes, descubierta en Alemania a fines del siglo XVIII. En el concepto de parte ya aparecía con toda claridad la “cantidad cualitativa”, por así decir, ya que el valor relativo al peso o al volumen de la parte sólo tiene sentido aplicado a una sustancia absolutamente determinada, desde un punto de vista cualitativo. Por último, en los conceptos de átomo y de peso atómico, que entraron en la química a principios del siglo XIX, se ponía al descubierto la unidad de los dos aspectos de la sustancia –el cualitativo y el cuantitativo–, es decir, su medida. El descubrimiento de la medida permitió ver una serie de sustancias, en las que cambian las relaciones mutuas entre unas y las mismas partes componentes (por ejemplo, en los óxidos de nitrógeno), como una línea nodal de medidas, que va mostrando las transformaciones sucesivas de los cambios cuantitativos, operados en la composición de los óxidos, en cambios cualitativos producidos en estas mismas sustancias. De este modo, también se preparaba en este campo el paso a una concepción dialéctica espontánea de los fenómenos de la naturaleza.
La física se desarrolló de un modo análogo. En el siglo XVIII, la atención de los físicos se concentraba principalmente en la explicación de la determinación cualitativa de algunas formas aisladas de movimiento (calor, luz, electricidad y magnetismo), que eran sustantivadas y convertidas en sustancias específicas (o fluidos), como habían hecho anteriormente los alquimistas con las propiedades de las sustancias. Pero, a la vez, la física iniciaba el estudio de la determinación cuantitativa de algunas formas [499] aisladas de movimiento (por ejemplo, los cambios de las propiedades intensiva y extensiva del calor, o sea la temperatura y capacidad térmica de los cuerpos).
Semejante tipo de investigación unilateral se mantenía aún a mediados del siglo XVIII y durante la segunda mitad de este siglo. Más todavía, las ideas cinético-moleculares sobre el calor, que habían comenzado a penetrar en la ciencia desde los tiempos de Bacon, Boyle y Newton y que fueron impulsadas posteriormente por Lomonósov, no permitían en aquellas condiciones estudiar concretamente algunos fenómenos térmicos importantes. Mientras tanto, Black descubrió el calor oculto de la fusión y de la evaporación, partiendo para ello del concepto metafísico de “calórico” y realizando mediciones cuantitativas del aspecto cuantitativo de fenómenos como el deshielo y la evaporación. Este descubrimiento tuvo una inmensa importancia no sólo para la física, sino también para la actividad práctica (en relación con la invención de la máquina de vapor). Ahora bien, dicho descubrimiento no se habría podido realizar en aquella época si no se hubiese mantenido la idea del “calórico” y se hubiera partido de ideas sobre la naturaleza cinético-molecular del calor que, siendo acertadas en general, no eran todavía bastante concretas. Esa es la razón de que Engels señalara que, aun cuando el descubrimiento de que el calor es un movimiento molecular hizo época en la historia de la ciencia, si no se podía pasar del enunciado de esta tesis general y, por consiguiente muy abstracta, valía más guardar silencio hasta que dicha tesis lograra concretarse.
Así, pues, el progreso de las ciencias naturales, así como el desarrollo de la filosofía, especialmente la materialista, ligado íntimamente a dicho progreso, demuestran que las categorías lógicas son los puntos nodales del conocimiento humano de las leyes del mundo material objetivo.
{101} F. Engels, Introducción a la “Dialéctica de la naturaleza”. C. Marx y F. Engels, obras escogidas, en dos tomos, traducción española, t. II, págs. 56-57, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú, 1952.
{102} Ibídem, pág. 7.
{103} Laplace, Ensayo filosófico sobre la teoría de probabilidades, trad. rusa, pág. 9. Moscú, 1908.
{104} Federico Engels, Dialéctica de la naturaleza, trad. rusa, pág. 198.