Filosofía en español 
Filosofía en español

Zeferino GonzálezHistoria de la Filosofía, Madrid 1886


Filosofía novísima

§ 3
El panteísmo idealista. Fichte

Aquella cosa en sí de que tanto usó y abusó Kant; aquel Etwas nouménico colocado por el filósofo de Koenisberg, a veces en la obscuridad, a veces en la penumbra del conocimiento, ejerció una atracción verdaderamente prodigiosa y fascinadora sobre la inteligencia de algunos de sus discípulos y sucesores. Precipitáronse éstos con furor sobre el noumenon kantiano, y transformándolo a su sabor, y convirtiéndolo en el ser absoluto, uno e idéntico, y haciendo de él el principio, el medio y el fin del ser, de la vida y de la inteligencia, del mundo, del hombre y de Dios, levantaron el edificio fantasmagórico del panteísmo idealista en sus diferentes fases, por medio de construcciones a priori. Y es sabido que Fichte representa la primera de estas fases en el orden cronológico.

La aldea de Rammenau fue la cuna de Fichte, que nació en 1762 de una familia obscura. Terminados sus estudios, pasó bastantes años desempeñando las funciones de preceptor particular en Suiza, Polonia, Prusia y otras provincias de Alemania, hasta que en 1794 fue llamado a desempeñar en la universidad de Jena la cátedra de Filosofía, vacante por muerte de Reinhold. Dos años antes salió a luz su primera obra con el título de Ensayo de una crítica de toda revelación, obra que muchos atribuyeron al principio a Kant, sin razón, pero que se halla inspirada en las ideas racionalistas y anticristianas del autor de la Religión considerada dentro de los límites de la razón sola.

Después de publicar algunos escritos, más bien político-sociales{1} que filosóficos, Fichte dio a luz su obra clásica como filósofo, o sea la Doctrina de la ciencia, que algunos y su mismo autor apellidan, acaso con más propiedad, La ciencia del conocimiento.

Acusado de ateísmo en 1799, Fichte se retiró a Berlín, publicó su Destinación del hombre y algunas otras obras. Habiendo obtenido una cátedra de Filosofía en la universidad de Erlangen en 1805, abandonó aquella ciudad a consecuencia de la batalla de Jena, retirándose otra vez a Berlín, en cuya universidad obtuvo una cátedra de Filosofía, que conservó hasta su muerte, acaecida en 1814.

Fichte da principio a su Doctrina de la ciencia (Ciencia del conocimiento teórico) en los siguientes términos: «Nos proponemos investigar el principio más absoluto, el principio absolutamente incondicional de todo el conocimiento humano. Si este principio es verdaderamente el más absoluto, no podrá ser ni definido ni demostrado. Deberá expresar el acto que no se presenta ni se puede presentar entre las determinaciones empíricas de nuestra conciencia, y que es el único que hace posible toda conciencia...

»Debemos partir de una proposición cualquiera, que nos sea concedida por todo el mundo sin contradicción alguna. Todo el mundo admite la proposición: A es A (lo mismo que A = A, porque esto es lo que significa la cópula lógica); y hasta es admitida sin reflexión alguna, como completamente cierta... Al afirmar que la proposición precedente es cierta en sí misma, no se pone la existencia de A..., sino que se pone que si A es, A es así... De la certeza absoluta de la proposición precedente resulta que hay una relación necesaria entre este y este así; y esta relación necesaria es lo que se pone absolutamente y sin algún otro fundamento. Provisionalmente doy a esta relación necesaria el nombre de X... X es dada al yo, y siendo puesta absolutamente y sin otro fundamento anterior, debe ser dada al yo por el mismo yo.

»No sabemos si A es puesto, ni cómo es puesto; pero debiendo expresar X una relación entre un poner desconocido y un poner absoluto del mismo A, A está en el yo y es puesto por el yo lo mismo que X... Queda, pues, establecido que en el yo hay una cosa que es idéntica siempre a sí misma, siempre una, siempre la misma, y se puede expresar la X puesta absolutamente bajo la forma de la siguiente ecuación: Yo = Yo; yo soy yo.

»Para el yo, ponerse a sí mismo, es lo que constituye la actividad pura. El yo se pone a sí mismo, y existe en virtud de esta simple acción (la acción de ponerse a sí mismo); y recíprocamente, el yo existe y pone su ser, en fuerza de su ser simplemente. El yo es a un mismo tiempo el agente y el producto de la acción, la cosa que obra, y la cosa producida por la acción; en él la acción y lo hecho son una sola y misma cosa, razón por la cual este Yo soy, es la expresión de un acto, pero del sólo acto posible...

»Con respecto al yo, ponerse a sí mismo y ser o existir, son cosas completamente idénticas. Esta proposición: Yo soy, porque me he puesto a mí mismo, puede expresarse así: Yo soy absolutamente, porque soy

Este pasaje, al mismo tiempo que da una idea de la sutileza dialéctica y del tecnicismo especial de Fichte, entraña el concepto esencial y el principio generador de su sistema filosófico, sistema que se resuelve en un subjetivismo panteísta. Para Fichte, el yo es el ser único y absoluto, dotado de actividad pura, absoluta e infinita, el cual, en virtud de ésta, se pone primero a sí mismo (Le moi pose primitivement et absolument son propre être) o pone su propio ser; después pone el mundo o el no-yo, el cual representa la resistencia o el choque que experimenta en su desarrollo la actividad infinita del yo absoluto. El yo, al ponerse como no-yo, o sea al objetivarse en el mundo externo, se limita a sí mismo, o se pone como finito enfrente del no-yo, también finito y determinado. De aquí los tres momentos de la evolución del yo, en el cual se concentra y con el cual se identifica toda la realidad; afirmación primitiva del yo (tesis); afirmación del no-yo, o negación del yo (antítesis); limitación y unión recíproca (síntesis) del yo y del no-yo. Así, pues, el mundo sensible y externo, la cosa-objeto del pensamiento, sale del yo, o es puesto por el yo-sujeto, y la dualidad primitiva del sujeto objeto del pensamiento no es más que una ilusión. El mundo existe como objeto y en cuanto objeto del pensamiento; pero existe solamente como puesto en la actividad y por la actividad del yo. La supresión del yo lleva consigo la supresión del mundo. En resumen: en el fondo de todas las cosas no hay más realidad que el yo, el cual se pone a sí mismo: a) como afirmación, b) como negación, y c) como limitación, o sea como afirmación y negación, puesto que la limitación entraña ser y no ser, realidad y carencia de realidad. El yo, por lo mismo que se pone absolutamente (le moi se pose absolument), es infinito y contiene en sí todo el ser y toda realidad: Le moi demande à embrasser en soi toute réalité et a remplir l’infini.

La parte más importante de la Filosofía de Fichte es la parte práctica o moral. En la parte especulativa sólo aparece el yo puro, como realidad única y principio de toda realidad. Al entrar en el terreno moral es cuando Fichte se ve precisado a admitir un yo, o, mejor dicho, muchos yos empíricos e individuales, porque sin éstos no se concibe la libertad, que es el verdadero Dios y el summum ens para Fichte. Los individuos (el yo empírico, el yo fenomenal), como seres racionales y libres, y como manifestaciones y determinaciones particulares del yo puro y absoluto, obran con sujeción a la infinita actividad libre del yo puro. La ley moral consiste en la participación del yo puro por parte del yo individual, en la encarnación y operación del yo puro en el yo empírico, y la moralidad de este último consiste en acercarse indefinidamente al yo puro y a su actividad absolutamente libre.

Para Fichte, el orden moral, expansión y consecuencia necesaria de la actividad infinita y libre del yo puro, actividad que sirve de norma, de fin y de principio para la moralidad del yo empírico, existe por sí mismo y tiene su fundamento en sí mismo, es decir, que se pone y existe de una manera primitiva y absoluta. De aquí procede a afirmar que la existencia de un Dios personal, exterior y distinto del mundo, es una hipótesis absurda de la antigua metafísica, porque la idea de un Dios-persona es incompatible con la idea de lo infinito. Es inútil, por lo tanto, hablar de un Dios trascendente y personal; porque la verdad es que no hay más Dios que el orden moral, ni siquiera nos es dado ni necesitamos concebir otra divinidad: Die lebendige und wirkende moralische Ordnung, ist selbst Gott; vir bedürfen keines andern Gottes und können keinen andern fassen.

Como se ve por este pasaje y otros análogos y no menos explícitos{2} que pudieran citarse, la teodicea de Fichte es una teodicea incompatible absolutamente con la idea y la existencia de un Dios personal y trascendente. Así, no es de extrañar que el filósofo alemán se haya visto precisado a publicar su Appellation an das Publicum gegen die Anklage des Atheismus, para defenderse contra las acusaciones de ateísmo lanzadas contra él y contra su dotrina con sobrado fundamento.

A pesar de esta apelación y defensa, Fichte fue y siguió siendo ateo, en el verdadero sentido de la palabra, porque siguió negando la existencia real y objetiva de un Dios personal y consciente como substancia distinta del hombre, y jamás reconoció más idea de Dios que la idea del orden moral, el cual se identifica con la libertad humana, o sea con la actividad independiente y absoluta del yo.

Por cierto que entre las razones alegadas por el autor de la Doctrina de la ciencia en favor de su tesis ateísta, hay algunas que entrañan ideas esencialmente sensualistas y en abierta contradicción, por consiguiente, con el idealismo rígido de nuestro filósofo. Porque Fichte, después de afirmar que no es posible atribuir a Dios inteligencia ni personalidad sin incurrir en el antropomorfismo, añade: a) que sería superstición grosera y contradictoria con la idea misma de Dios, concebir a éste como una substancia aparte, como una substancia distinta del mundo y del hombre, en atención a que decir substancia, equivale a decir ser dotado de sensibilidad y subordinado al espacio y al tiempo; b) que tampoco podemos atribuir a Dios existencia real y propiamente dicha, en atención a que ésta sólo conviene a los seres dotados de sensibilidad.

Si la historia y la experiencia no atestiguaran las contradicciones en que suele incurrir la razón humana, sobre todo cuando ésta se coloca fuera de la idea cristiana, sería difícil darse cuenta de cómo Fichte, el filósofo del idealismo más absoluto y rígido, pudo caer en el sensualismo más vulgar.




{1} Tales son, sin contar los que publicó más adelante, los dos siguientes: Memoria para rectificar los juicios del público sobre la revolución francesa.- Reclamación en favor de la libertad de pensar, dirigida a todos los príncipes que hasta el presente la han oprimido. Esto no impidió que en la última época de su vida publicara sus famosos Discursos a la nación alemana, encaminados a excitar el ardor y entusiasmo de sus compatriotas contra las conquistas y consecuencias de la revolución francesa.

{2} El pasaje citado en el texto está tomado de un artículo, o, mejor dicho, de una disertación que vio la luz pública en un diario filosófico que publicaba en compañía de Niethammer. Fichte añade que nuestra razón es impotente para inferir o concluir la existencia de Dios como ser especial, ni como causa primera del mundo, ni siquiera del orden moral: Es liegt kein Grund in der Vernunft, aus jener moralischen Weltordnung herauszugehen und vermittelst eines Schlusses vom Begründeten auf den Grund noch ein besonderes Wesen, als die Ursache desselben, anzunehmen.