| Textos de Gustavo Bueno |
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Gustavo Bueno Asturias: seis modelos para pensar su identidad Pensando en Asturias, Fundación San Benito de Alcántara 1998 |
Introducción. I. Planteamiento lógico de la cuestión. II. Los seis modelos: (1) El modelo clásico. (2) El modelo absoluto o sustancialista. (3) El modelo del regionalismo europeo. (4) El modelo americanista. (5) El modelo cosmopolita. (6) El modelo pluralista. Final. Introducción El propósito principal de este ensayo es el de llevar a cabo una crítica a fondo de la «categoría» de identidad, tal como suele utilizarse por movimientos reivindicativos de la identidad política, cultural, &c., que actúan en general en la España del presente (y paralelamente en otros lugares de Europa, de América y del mundo), y, en particular, en Asturias. Nuestra crítica no va dirigida, en esta ocasión, a una destrucción, por la vía del regreso analítico, de las acepciones más características, en el terreno político o cultural, de la Idea de identidad, sino que busca abrirse camino, por la vía de la progresión, hacia los diversos modelos pertinentes de identidad que, por lo demás, suelen ser utilizados de manera confusa y atropellada. Por así decir, nuestro propósito no es demostrar que no existe, en realidad, una idea de identidad que tenga algún sentido aplicada a Asturias (o a otras entidades de su «constelación»), sino demostrar que existen múltiples ideas o modelos ideales de identidad (por lo menos seis, dignos de ser considerados), modelos que tienen su propia estructura (y, en consecuencia, sus propias exigencias), sin perjuicio de la posibildad de ser utilizados de manera «indiscriminada». Nuestra crítica quiere mantenerse por ello, ante todo, en los límites propios de una tarea de clasificación. La crítica (en cuanto actividad que no puede confundirse con la simple «descalificación») no es quizá otra cosa sino [172] una tarea de clasificación, de discriminación, de taxonomía que busca delimitar las líneas fronterizas que separan a ciertas clases que, «actuando» en un campo dado, permanecen, sin embargo, en estado de oscuridad o de confusión; un estado que se comunica a los juicios que sobre términos del campo de referencia puedan ser formulados. Sólo cuando logremos situar a estas clases en un «estado de disociación» explícita podremos formar juicios con fundamento (es decir, con el fundamento ofrecido por la propia clasificación). I 1. Durante las décadas que suceden a la Segunda Guerra Mundial y en función (probablemente) de las profundas reorganizaciones políticas y étnicas que tuvieron lugar en su transcurso, cabe advertir un incremento asombroso de usos de la idea de identidad (hasta entonces reservada a los tratados de lógica o de ontología) en el contexto de las reivindicaciones de fronteras, o de autonomías nacionales, regionales o culturales. En estos contextos, la idea de identidad tenderá a ser referida, no ya a las razas (término que la revelación de los campos nazis de exterminio convirtió en tabú), ni siquiera a las etnias (sin perjuicio de la creación del concepto ad hoc de «etnicidad») sino a las culturas. «Culturas» en plural, entendidas en el contexto del relativismo cultural, cuya fundamentación teórica-ideológica correspondió a las nuevas generaciones de antropólogos que llegaron después de los clásicos, en particular a los antropólogos estructuralistas. Durante los años setenta y ochenta del siglo que acaba la frecuencia de libros, folletos o artículos sobre asuntos políticos, étnicos, económicos, culturales, &c., que contienen en su título el término identidad («Identidad y Cultura», «Identidad, tradición, autenticidad», «La identidad cultural de Colombia», «La identidad cultural de Andalucía», «Cultura e Identidad en la provincia de Huesca»...) aumenta sin cesar. No es nada fácil explicar, por sí mismo, este auge de términos tan abstractos y académicos (hasta la fecha) como identidad y cultura en los debates políticos y en la vida cotidiana del presente. Pero este auge se explica bastante bien cuando las expresiones construidas en torno a la composición «identidad cultural» la analizamos en su condición de instrumentos ideológicos. Paradójicamente, la idea de identidad se utiliza en estos contextos como si fuera un predicable reflejo, universal, aunque recaiga sobre singularidades individuales (como si fuese una variante del «sexto predicable» discutido por los escolásticos) o sobre singularidades específicas; por tanto, habrá de ir referido a una determinada materia idiográfica o nomotética, porque, en sí [173] mismo, nada podría significar (como tampoco significa nada predicar la igualdad o la congruencia, si no va vinculada a algún parámetro material k: a=kb pero no a=b). ¿Qué añade entonces la identidad (su predicación, su reivindicación o defensa) a esa materia k presupuesta? ¿No es una redundancia? Predicar reivindicativamente la identidad de Asturias ¿no es lo mismo que reivindicar Asturias? En términos absolutos, sí; pero, de hecho, el predicable «identidad» añade a la materia k reivindicada, por lo menos estas tres determinaciones: (1) Una supuesta razón ontológica de la reivindicación: que no se reivindica un material k en cuanto está dado de un modo meramente empírico, amorfo o fenoménico (como un unum per accidens) sino en cuanto está dado sustancialmente, y a su través, esencialmente (como un unum per se) sin perjuicio de su estructura procesual o dinámica. (2) Que no se reivindica esa materia simplemente para «hacer presente su realidad», sino (dado su supuesto carácter de identidad sustancial) para expresar la voluntad de mantener su sustancia a lo largo del tiempo. Lo que presupone, a su vez, el postulado de que ese material cuya identidad se reivindica, necesita (o agradece) ser reivindicado (por sí mismo correría el peligro de extinguirse o de eclipsarse) y ello porque se le considera absolutamente valioso. El material reivindicado es, por tanto, digno de ser reivindicado. Pero esto es mucho suponer, aunque nos situemos en la perspectiva del más radical relativismo cultural o ecológico que defienda la necesidad de proteger o de reivindicar todo aquello de lo que puede predicarse una identidad, por la mera razón de atribuírsela, prescindiendo de las relaciones que ella pueda mantener con otras «identidades» (habría que proteger o reivindicar, como «seña de identidad» o incluso como «seña constitutiva» el disco labial de los botocudos brasileños, habría que proteger o reivindicar la danza de los derviche giróvagos turcos, en cuanto es constitutiva de su identidad cultural, por la misma razón por la que un biólogo reivindicaría la preservación, en el concierto universal de los vivientes, del plasmodium falciparum, que también constituye una seña de identidad, incluso de valor adaptativo, de algunos pueblos naturales con malaria endémica). (3) Y como la identidad sustancial es un predicable «universal», que se aplica distributivamente a diversos sujetos o materiales, la reivindicación de una identidad expresa también el postulado de mantener la distinción con los de las otras, de no ser confundidos, a fin de no ser absorbidos por ellos. La identidad reivindicada será entendida, por tanto, sobre todo, como una identidad sustancial. Una acepción metafísica que recoge, sin duda, significados muy arcaicos: identitas es, al parecer, término del bajo latín, acuñado a partir del término idem (id+dem), por analogía con la derivación de entitas a [174] partir de ens (esta acepción sustancialista del término identidad se aplicaba en efecto, originariamente, como su correspondiente griego tautótes, a las sustancias individuales, o concebidas como tales, aquellas a las que van referidas tanto las máximas más solemnes, del estilo de «se quien eres» o «realízate según tu propia identidad», como los instrumentos administrativos más prosaicos, como pudiera serlo el documento nacional de identidad). Pero simultáneamente la identidad afectará también a las singularidades específicas con las cuales los individuos tienen relación de pertenencia (aunque es cierto que la singularidad específica, en cuanto identidad, suele aparecer tan sólo como un momento abstracto de la singularidad individual, que no la «agota»: «europeo» o «latino» son componentes de la identidad de un francés o de un español, pero son componentes abstractos de la singularidad individual de Francia o de España, que no se agotan en sus características específicas o genéricas). Cuando los movimientos nacionalistas reivindican su «identidad», seguramente que no sólo reivindican su condición de nación (puesto que esta es una identidad de orden específico, dentro de un género), sino sobre todo reivindican su condición de singularidad individual, es decir, de «identidad sustantivada» (que, por cierto, como le ocurre al sexto predicable, también es un «categorema» supraindividual). En todo caso, la identidad sustancial no implica inmovilidad absoluta, sino simplemente «invariancia» en las transformaciones, aunque esta invariancia no sólo es compatible con el recambio completo de partes materiales (la identidad dinámica del «barco de Teseo») sino también con la transposición de sus mismas partes formales y, por tanto, de la estructura de la singularidad específica correspondiente. En cualquier caso, la «cultura» a la que principalmente se aplica el predicable identidad suele ser entendida como una entidad idiográfica (realmente existente, sin perjuicio de su eventual estado de letargo, de postración o de inconsciencia) y, por supuesto, como una entidad valiosa, incluso como un bien que soporta los valores supremos: valores que reclaman ser, no sólo reconocidos, sino también protegidos y promovidos, por lo menos, según hemos dicho, con el mismo derecho que corresponde proteger y promover las especies vivientes reivindicadas por los movimientos ecologistas. Linneo ya había transferido a las especies (concebidas como entidades creadas nominatim por Dios, desde el principio) una «identidad hipostasiada» que venía siendo propia de los individuos o singularidades individuales vivientes. Una transferencia similar tendrá lugar a propósito de esas culturas, concebidas como «esferas sustanciales», sin perjuicio de su carácter supraindividual (del individuo orgánico), al estar asociadas a un pueblo, a una nación y, en el límite, a un Estado. Como si esas culturas albergasen la tendencia a terminar constituyéndose en la forma política de un Estado soberano; de un Estado que ya no se definirá [175] tanto como un «Estado de derecho», como un «Estado gendarme», o como un «Estado de bienestar», sino precisamente como un «Estado de cultura», según la fórmula establecida por J.T. Fichte, en sus Caracteres de la Edad Contemporánea (1806) y en sus Discursos a la Nación alemana (1808). Se comprende, de este modo, que cuando el término «identidad» se utilice, aunque sea de hecho, en su sentido sustancialista, en el momento de componerse con el término «cultura» (en el sentido de esas esferas de «referencia»), el sintagma resultante («identidad cultural») alcanzará un significado que, sin perjuicio de su oscuridad conceptual, tiene un claro sentido pragmático: la reivindicación, salvaguarda, desarrollo, &c., de la soberanía, autonomía, superior valor (por no decir supremo), de la cultura supuestamente nacional o étnica concreta (singular, individual, susceptible de ser señalada con el dedo: «esta de aquí», «id/em», por ejemplo, la cultura de los yanomamos). La forma política más adecuada a esta autonomía, soberanía y superior valor reivindicado es, sin duda, el Estado; y aunque no siempre la reivindicación de una identidad cultural vaya explícitamente acompañada de la reivindicación de un Estado, siempre marcha a su sombra, así como recíprocamente. En algunos casos son los Estados ya constituidos los que marchan en busca de su cultura propia, mientras que en otros casos –como ocurre en Centroamérica o en nuestras comunidades autónomas– son las supuestas culturas propias las que marchan en busca de alguna forma de Estado, aunque sea confederal o federativo. Reivindicar la identidad cultural de un pueblo, de una nación, de una etnia, o simplemente de una marca (como pudo serlo la Marca Hispánica del imperio carolingio sobre la que pretenden hoy fundar su identidad histórica algunos historiadores y políticos catalanes, olvidando que la identidad de tal Marca está más próxima a la de los temas del Imperio bizantino que a la de los Reinos de Asturias o de Castilla) equivale prácticamente a postular su carácter de estirpe característica que hunde sus raíces, a ser posible, no ya en la historia sino en la prehistoria (en los celtas, en los germanos, en los iberos). Por ello, las reivindicaciones de una identidad cultural irán normalmente acompañadas del postulado de algún «hecho diferencial» que no sólo tenga un alcance distintivo (como «seña de identidad») sino también constitutivo (como «diferencia específica», pero en sentido sustancialista, el de la singularidad individual). La lengua será el principal criterio para definir una identidad cultural sustancialista. En efecto, un pueblo que posee una lengua propia, se dirá, tiene también asegurada su identidad cultural (en sentido sustancialista). Una identidad cultural, por tanto, valiosa, y con el mismo valor que el que pueda reclamar cualquier otra identidad cultural «realmente existente». «Todas las culturas son iguales» (se sobrentiende: en valor). Porque una lengua propia es, por un [176] lado, no sólo prueba de una estirpe sustancial, sino también, por otro lado, indicio de una evolución autónoma de ese mismo pueblo, que sólo por ello pudo alcanzar su propia identidad, es decir, su separación de otros pueblos. La reivindicación de una identidad cultural dada deberá comenzar por la reivindicación de su lengua propia, y si esta lengua no existe (o existe sólo en un estado precario, como reliquia de culturas primarias inmaduras) habrá que inventarla o reconstruirla hasta que alcance la condición requerida como contenido de una cultura superior. Proceso de invención o reconstrucción que suele ser enmascarado en nuestros días con la denominación, mucho más neutra y suave, de «normalización», y de la que nos ofrece una interesante muestra de laboratorio la Academia de la Llingua de Asturias, cuyo primer objetivo no pudo ser otro que el de cambiar la denominación de «bable» (en realidad, de «bables», en plural, según el artículo 4 del Estatuto de Autonomía) por la denominación de «asturiano», como artefacto que pretende referirse a una supuesta lengua propia de Asturias «característica de su identidad cultural». La fuerza ideológica que en los procesos reivindicativos corresponde a las expresiones que contienen el sintagma «identidad cultural» se explicaría, en gran medida, por un lado, a partir del prestigio que acompaña al término abstracto «identidad» (que sugiere que quien lo utiliza posee el dominio de la clave técnica y cuasiaxiomática que parece necesaria para el tratamiento de las confusas y enrevesadas cuestiones de adscripción, origen y caracterización de una sociedad determinada); y por otro lado, a partir del halo que envuelve el término «cultura», como designación global de una entidad cuyo valor parece asegurado por el mero hecho de ser concebida como tal cultura. La cultura, tomada como referencial de la identidad, evita además, de momento, las escabrosas cuestiones ligadas a la delimitación de una estructura administrativa, social o económica; pero, sobre todo, y sin olvidar realidades tan prosaicas, evita tener que entrar en el terreno de las discusiones sobre «contingencias opinables» y partidistas tanto histórico-dinásticas, como económico-políticas (tales como cuotas, cupos, trazados de vías férreas, carreteras, puentes...) para elevarse, en el terreno de los principios, a una perspectiva poco menos que sublime, la perspectiva de la cultura. En este terreno ya no se admite la discusión; además, desde la cultura –desde la identidad cultural proclamada y reivindicada– podrá descenderse de nuevo a las cuotas, cupos, trazado de vías férreas, carreteras, puentes..., competencias administrativas y políticas, o a las cuestiones dinásticas. Por confusas que sean las diferencias, por engorrosas las tareas de establecerlas con mínima precisión, nadie podrá negar que signifiquen cosas muy distintas expresiones, hoy tan en boga, como la «Europa de las regiones» y [177] sobre todo, la más reciente, «Europa de las culturas» que empieza a alternar con la expresión (con cierto sabor krausista) «Europa de los pueblos». Una «región» es una circunscripción cuyas fronteras pueden ser establecidas de un modo artificioso, convencional, variable y, en todo caso, en virtud de motivos extrínsecos (sin perjuicio de que estos no sean gratuitos, sino fundamentados en «las junturas naturales»); pero una cultura, en el sentido dicho, podrá ser presentada como una entidad que tiene mucho de sagrado, una entidad cuya unidad (identidad) se supone, dimana de una profunda sustancia interior, a salvo de las contingencias administrativas, históricas o políticas, una sustancia que tiende «a realizar su propio ser (identidad)», muchas veces eclipsado, dormido e incluso oprimido por circunstancias exteriores. En esta realización, se dice, consiste su libertad. Y si esta identidad cultural está aletargada o dormida, será preciso despertarla. Esta es la tarea a la que de hecho se entregan los apóstoles, los intelectuales, los profetas o los ideólogos de las identidades culturales o nacionales de los pueblos que, en el presente, reclaman su libertad, su ser propio. En resolución: la expresión «identidad cultural», en su acepción ideológica-mítica, puede interpretarse como una parte de un dispositivo lingüístico de realimentación del sustancialismo implícito en sus términos componentes, a saber, identidad y cultura. Del significado sustancialista de la identidad, a partir de la cultura sustancializada a la que la idea se aplica, así como del significado sustancialista de la cultura, a partir de la idea sustancializada de identidad, a través de la cual el «pueblo», o el «tema» correspondiente a esa cultura concreta, cree elevarse hacia la libertad, hacia la autoconciencia y aun hacia la autodeterminación. En realidad, la evidencia de una tal autoconciencia o autodeterminación es sólo el resultado de un «circuito vicioso» que se alimenta del curso de un proceso voluntarista estrictamente pragmático y carente casi siempre de todo fundamento objetivo. Quien denuncia, por ejemplo, como «vicio antidemocrático de origen», el referéndum que aprobó la Constitución española de 1978 alegando que la consulta popular se hizo a los españoles en cuanto tales (y no en cuanto vascos, gallegos, catalanes...) pide el principio, al presuponer que las correspondientes comunidades autónomas, que se establecen precisamente por la Constitución, preexistían ya, incluso como nacionalidades, antes de la consulta, y que, en consecuencia, debieran ellas haber sido las que pactaran la creación, a lo sumo, de un Estado confederal, en lugar de un Estado unitario, referido a la nación española, «una e indivisible», definida en su artículo 2. Es cierto que la «consulta globalizada» también «pidió el principio de España»; pero no por ello ésta fue menos democrática en cuanto consulta constituyente: lo que demuestra que la estructura democrática de una sociedad no puede considerarse derivada de un acto [178] democrático generador, como tampoco la libertad de una persona puede considerarse generada por un acto libre y metafísico de «autodeterminación», es decir, de causa sui que hubiera tenido lugar no se sabe cómo ni cuándo (¿acaso en el momento de la formación del huevo?). 2. Ahora bien: la idea de identidad, en esta su acepción metafísica, es ella misma una idea metafísica, es decir, un mito metafísico. En todo caso, una idea vacía cuando no va referida, como a su sujeto de atribución, a una materia concreta, es decir, cuando se propone en su mera formalidad ideal. Identidad sustancial será a lo sumo la condición propia de una materia sustancializada (un organismo, el «hombre volante» de Avicena, un tema que, una vez constituido, busca su autodeterminación, es decir, su secesión respecto de otros temas de su entorno); de manera que la identidad expresa esa sustancialización de su singularidad individual específica, pero la sustancialización no expresa la identidad real. En cualquier caso, la idea de identidad no se reduce a esa acepción metafísica sustancializada que venimos denunciando. Hablamos también de identidades esenciales, disociadas a veces de las singularidades individuales, por ejemplo, de identidades culturales en su sentido esencial y no sustancial. Esto ocurre cuando «identificamos» los rasgos distintivos o constitutivos de una cultura o de un contenido cultural dados, o incluso su misma globalidad, en el conjunto de una tipología o taxonomía presupuesta. Por ejemplo, sin diéramos por buena una observación de Hans Gadow sobre la lengua española, podríamos identificar esta lengua como un espécimen eminente del tipo de lenguas que, por su vocabulario, se han moldeado como instrumentos de adaptación de las sociedades humanas a una forma de vida que lleva a sus individuos a dispersarse por amplios terrenos montañosos, o por anchas llanuras, sin que por ello les esté permitido perder su contacto e intercomunicación. «El español es un idioma ideal para gritar y comunicarse a través de largas distancias. Muchas veces –anota Gadow– observamos hablar a los aldeanos desde una distancia que haría incomprensible cualquier mensaje en inglés, alemán o cualquier otro idioma consonántico. Un mensaje como ¡anda a la derecha! se oirá, sin duda alguna, desde mucha más distancia, que Go to the right!» (Hans Gadow, Por el Norte de España, 1897, versión española de Noega, Gijón 1997, pág. 70). Pero las identidades esenciales no excluyen la posibilidad de recuperar acepciones propias de las identidades sustanciales (el tautos frente al isos), porque ahora no partiremos de pretendidas sustancias exentas («creadas por Dios, o por la Naturaleza, desde su origen») sino a partir de un sistema de transformaciones capaces de dar lugar, en su proceso morfodinámico, a algún invariante descrito como una singularidad individual. [179] La identidad de cualquier entidad, esencial o sustancial, es el resultado, en todo caso (cuando se analiza desde las coordenadas del materialismo), de la co-determinación de múltiples entidades que se entretejen a lo largo de procesos muy heterogéneos, moldeándose o modificándose mutuamente; pero no según el principio «todo por todo», sino según el principio de la symploké. La idea de autodeterminación (que Marx puso en circulación, dentro del lenguaje político, al tratar la cuestión polaca) es también, como la de causa sui, una idea metafísica, si no se precisan convencionalmente los términos del autos de referencia. Pero ocurre que las ideas a través de las cuales podemos constatar y delimitar los tipos de identidad resultante de estos procesos de co-determinación son precisamente las ideas de todo y de parte, es decir, las ideas holóticas. Es cierto que las ideas holóticas son ideas lógico-materiales muy genéricas, ideas funcionales que, como la propia idea de identidad, sólo pueden cobrar significado aplicadas a parámetros «determinados». Pero, en cualquier caso, las ideas holóticas son de muchos tipos, y sólo desde la consideración de los mismos estaremos en condiciones de preservarnos, «con mayor conocimiento de causa», de un uso unívoco del término «identidad». No puede hablarse de totalidad en general, porque con ello confundiríamos las totalidades distributivas (y las partes distributivas) y las totalidades atributivas (o las partes atributivas); no pueden confundirse, dentro de las totalidades distributivas, las clases universales y las clases unitarias, como pudiera serlo una «sociedad anónima unipersonal», resultante de la reducción del conjunto de sus socios (por fallecimiento o por cualquier otra circunstancia) a uno sólo. Y cuando nos mantenemos en el terreno de las identidades culturales, resultantes en todo caso de diversos procesos de co-determinación, la mediación de las ideas holóticas es, si cabe, aun más notoria, puesto que la propia Idea de Cultura, al menos tal y como la definió Edward B. Tylor, contiene ya explícitamente la idea del «todo». La cultura es un «todo complejo», decía Tylor; por tanto, agregamos nosotros, no sólo un «todo distributivo», respecto de sus diversas partes distributivas (los círculos o esferas culturales), sino también un «todo atributivo», descomponible en diferentes partes atributivas (como puedan serlo las categorías, notas, rasgos, contenidos, instituciones, señas de identidad, &c., de las que consta cualquier esfera cultural dada). Cuando hablamos de «culturas», o bien nos referimos a partes de alguna totalidad (atributiva o distributiva) presupuesta, o bien nos referimos a una totalidad respecto de partes suyas, o también a partes respecto de otras partes, o a todos respecto de otros todos. Y estas alternativas se refuerzan cuando nos interesamos específicamente por los contenidos políticos de una esfera dada, por ejemplo, por un tema delimitado en esa esfera (el tema búlgaro [180] o el tema macedonio delimitados en el Imperio bizantino). Porque un tema forma siempre parte de un conjunto de temas o sis-tema; no cabe hablar, en principio, de un tema unitario. En general, una cultura implica múltiples culturas, que también habrán de disponerse según un rango o escala característicos. El tema (o la identidad cultural) de Asturias forma parte ya sea de un conjunto o sistema de temas (o identidades culturales) de su mismo rango (Aquitania, Gales, Bretaña, Padania...), ya sea de temas o culturas de rango más alto («envolventes», como pueda serlo España o Europa). Y, en cualquier caso, un tema, aunque figure como parte, no es nunca un elemento simple, sino complejo, puesto que ha de constar, a su vez, de partes atributivas resultantes de muy diversas descomposiciones (comarcas, concejos, subdivisiones) o agrupaciones (centro, oriente, occidente). En un tema distinguiremos, además, instituciones, formas diversas del lenguaje (bables, gallego, español), &c. En todo caso hablamos de partes formales (de partes que presuponen la forma del todo) y no sólo de partes materiales, como pudieran serlo los individuos orgánicos en cuanto sujetos de «derechos humanos universales» (válidos para cualquier tema o comunidad), o en cuanto organismos constituidos a su vez por partes moleculares que, en ocasiones, puedan ser objeto de una reivindicación –o de una denuncia– con intención política o formal, en cuanto hechos diferenciales asociados a una etnia, o a una nación (como pueda serlo el Rh negativo o el cromosoma 6 en los vascos). Se comprende, a partir de lo que vamos diciendo, la razón por la cual los problemas en torno a las identidades culturales de determinados temas, regiones, autonomías o nacionalidades, hayan sido suscitados en los momentos en los cuales la definición de sus relaciones holóticas (es decir, de su condición de parte o de todo, en función de la evolución de otras partes o de otras totalidades) experimenta una alteración del statu quo más o menos profunda. Si descontamos (para España) las «alteraciones» que tuvieron lugar hace cien años, a raíz de la «liquidación del Imperio», y de la emancipación o secesión de sus últimas «partes integrantes», Cuba, Puerto Rico o Filipinas, es evidente que las alteraciones más importantes al respecto se volvieron a producir en 1978 (fecha de la promulgación de la «Constitución de las Comunidades Autónomas», en su condición de partes no bien definidas –¿nacionalidades? ¿regiones? ¿culturas?– de un todo declarado como indivisible) y en 1998, como fecha símbolo de ingreso pleno en el sistema de la moneda única europea. Dos tipos de alteraciones, respecto del statu quo precedente, intrínsecamente relacionadas, porque no son del todo independientes los procesos de integración de España en Europa y los procesos de re-organización de España en Comunidades Autónomas. Sobre todo, si éstas tienden a integrarse en Europa, no ya a través de España, sino directamente: [181] comenzarán coaligándose con partes homólogas suyas, delimitables en otras naciones canónicas (Francia, Inglaterra, &c.) a fin de constituir asociaciones transversales, del tipo de la asociación constituida por el llamado «Arco Atlántico». La simple consideración de este «Arco Atlántico» nos muestra ya la complejidad de las relaciones holóticas en las que nos movemos al plantear las cuestiones de identidad: en este «Arco Atlántico» Asturias aparece, en su «totalidad», vinculada a otras unidades de escala análoga (Bretaña, Aquitania); pero también a otras unidades de rango diferente al que corresponde a una provincia, departamento, condado, comarca, land. En cualquier caso, son las relaciones de parte a todo las que enmarcan las reivindicaciones, los debates, que tienen lugar en torno a las cuestiones de integración (de las partes en el todo), de cohesión de partes entre sí, de solidaridad (de partes de un todo frente a terceros) o de re-parto o redistribución de fondos comunitarios (dados, por tanto, en la relación del todo a las partes). También las propuestas de definición de España o de Europa a partir de la fórmula «Nación de naciones» se mueven en el terreno de «las partes y los todos». Porque una Nación, constituida a partir de naciones nos pone ante la situación de una totalidad homomérica, que no siempre es materialmente posible: en el caso de la nación, como en el caso del círculo, es imposible (nadie puede dibujar desde el plano un círculo de círculos, salvo en el caso de que sus radios se reduzcan a cero). 3. Podemos decir, por tanto, que pensar dialécticamente (y no de modo mitológico o metafísico) en los problemas relativos a la identidad de Asturias –en realidad, de cualquier tema, región o nación homólogos o análogos– es pensar en las relaciones holóticas (de parte, de todo) que el tema o la cultura de Asturias mantiene con otros temas o culturas homólogas o análogas. Sólo desde una perspectiva mitológica o metafísica es posible «pensar» en Asturias «en sí misma considerada». Por consiguiente, cualquier fórmula que se nos presente como una fórmula de identidad de Asturias habrá de ser reducible en su significado inteligible, y no meramente místico, a la condición de un momento del sistema de relaciones (holóticas) que Asturias pudiera mantener con otras entidades análogas u homólogas, dentro de un conjunto o tablero variable presupuesto. Dicho de otro modo (según el modo geométrico), es imposible definir la identidad de Asturias (o de cualquier otro tema) a partir de definiciones explícitas, de la misma manera que es imposible definir absolutamente el punto o la recta en Geometría. Aquí es preciso recurrir a lo que Hilbert llamó «definiciones implícitas», es decir, a las definiciones resultantes de las relaciones que se suponen constitutivas de los propios términos primitivos. En nuestro caso estas relaciones son, como venimos diciendo, de naturaleza holótica, porque las identidades culturales son identidades de naturaleza sistemática [182] (no son identidades esquemáticas), canalizadas a través de las relaciones holóticas; relaciones que suelen estar escondidas, o disfrazadas, y que, por consiguiente, sólo cuando se las saca «a la luz pública» pueden manifestar todo su alcance. Consideremos, a título de ilustración de las ideas anteriores, una definición de Asturias, muy popular hace años, y que, sin perjuicio del matiz irónico del que solía ir acompañada, como para atemperar el exceso de sus consecuencias, se ajustaba a un esquema holótico de identidad preciso y rotundo, salva veritate: «Asturias es España y lo demás es tierra conquistada.» La definición consta de dos proposiciones unidas por una conjunción: (1) «Asturias es España», (2) «lo demás (es decir, las demás regiones, temas, nacionalidades, &c.) es tierra conquistada». En términos de todos y partes: la proposición (1) define a Asturias por su identidad con el todo constituido por España fenoménica; de esa totalidad Asturias resultaría ser, tanto desde el punto de vista genético como desde el punto de vista estructural, algo así como la pars totalis. La proposición (2) subordina las restantes partes de España a Asturias, y las reduce a la condición de «tierras ocupadas» por «la España auténtica» o «prístina». Es obvio que esta definición se inspira en una interpretación de la historia en la que se confunde la parte originaria (o embrionaria) de España con el «organismo» resultante de su desarrollo. Esta confusión absurda entre la parte germinal y la estructura resultante oculta, además, el propio proyecto originario, tal como se manifiesta, por ejemplo, en la Crónica de Alfonso III, en la que se otorga a Asturias la condición de plataforma para recuperar a España entera, distinguiéndola muy bien, por tanto, de la España que habría de ser recuperada. La definición demuestra ser ciega para la idea de la España germinal que pudiéramos atribuir a la Monarquía asturiana, a saber, la idea de un nuevo Reino con fronteras indefinidas (in-finitas), variables siempre, aunque hacia adelante, es decir, a la idea imperialista de España, de España como Imperio. Por consiguiente, la clave de esta definición de la identidad de Asturias habría que ponerla en un intento de subordinación de las demás partes de España a Asturias, como pars totalis, de la España entera y, por tanto, a la degradación de la idea de España hasta su condición de entidad capaz de ser circunscrita a una parte todavía más restringida de lo que representa la Península (respecto del Imperio romano) a la que se circunscribió el Reino de los visigodos. Con esta definición lo que se está sugiriendo es, en realidad, un separatismo, aunque sea inverso, de estas partes respecto de la supuesta «España esencial». Por tanto, la definición resulta ser tan «separatista», por su españolismo excluyente, como la definición directamente separatista de Asturias (o de cualquier otro tema) en cuanto cultura o nacionalidad no española. De hecho, esta definición «españolista límite» de [183] Asturias, tiene como complemento contrafigura, por ejemplo, la definición de Andalucía (propuesta en tiempos por Rodolfo Gil Benumeya) como civilización privilegiada que pudo resistir «el empuje hispanizante que arranca de las Asturias medievales». 4. Si analizamos las relaciones holóticas que Asturias puede mantener con otras entidades de su entorno, «paramétricamente» determinadas (tales como «Castilla», «Andalucía», «Aquitania»; o bien «Asturias Cismontana» y «Asturias Trasmontana», «Asturias de Oviedo» y «Asturias de Santillana»; o, por último, «España» o Europa») y nos atenemos a la medida en la cual estas relaciones holóticas canalizan, según hemos dicho, diferentes «modelos de identidad», podemos establecer una tipología de modelos que pueda servirnos como guía taxonómica ideal para delimitar muy diferentes concepciones o teorías, más o menos elaboradas, sobre la «naturaleza» de Asturias. Concepciones que, aparentemente, coinciden en determinadas fórmulas (por ejemplo, las que se utilizan en el Artículo 2 de la Constitución del 78) son interpretadas de hecho, como es sabido, de maneras diferentes. Pero estas diferencias podrían ser expresadas precisamente mediante los modelos holóticos de identidad de los que estamos hablando. He aquí los seis modelos de la identidad de Asturias más significativos que pueden ser construidos (en cuanto «modelos puros» o «ideales») a partir de las maneras diferentes de aplicar las relaciones holóticas entre Asturias y los términos pertinentes de su entorno. (1) Como primer modelo de identidad, tomaremos el que podría denominarse «modelo clásico». Este modelo (o esta familia de modelos) se caracteriza por el entendimiento de Asturias como parte formal (precisamente como parte formal, es decir, no sólo como parte material) de España, considerada como un todo que, a su vez, habrá de ser determinado. Según este modelo cabría decir que la identidad de Asturias puede hacerse consistir en su condición de parte formal de España, que a su vez, desempeñará preferentemente la función de una totalidad atributiva, entendida como una singularidad individual de carácter histórico. (2) Como segundo modelo citaremos un «modelo absoluto» o sustantivo que viene a tratar a Asturias como si fuese una totalidad en sí misma. El modelo de una Asturias sustantiva, exenta, mantiene, en efecto, la función totalizadora de sus propias partes materiales internas, pero rehusando a cualquier tipo de relación de parte formal respecto de otro tipo de realidades geográficas o antropológicas «envolventes» (España, Europa o América). El modelo absoluto que entiende la identidad de Asturias a través de la idea de totalidad más que a través de la idea de parte formal de otras totalidades significativas, no excluye, desde luego, a su vez, su condición particular (de parte) que [184] puede convenirle en relación con otros criterios materiales distintos de los que se consideren constitutivos de su identidad. (3) Un tercer modelo cabría señalar para pensar la identidad de Asturias a través tanto de la idea de todo, como a través de la idea de parte, a la manera de lo que ocurre en el modelo clásico, sólo que sustituyendo el «parámetro España» por el «parámetro Europa». Según este tercer modelo, España, en cuanto totalidad en algún sentido englobante de Asturias, habría de ser considerada como un «eslabón prescindible» en el proceso de integración (o de inserción) de Asturias en Europa. La futura identidad de Asturias pretenderá tomar su fundamento de un pretérito prehistórico (que se supondrá eclipsado por los «prejuicios españolistas») y se definirá a partir de su inmediata inserción en Europa. Podríamos denominar a este tercer modelo como «modelo regionalista-europeo», o «regional-europeísta». (4) El modelo cuarto de identidad es funcionalmente (holóticamente) el mismo modelo anterior, sólo que sustituyendo el «parámetro Europa» por el «parámetro América hispana». (5) Un quinto modelo de identidad (un modelo límite, puesto que desde él habría que considerar a la propia identidad de Asturias como una «magnitud nula»; aunque tan «solvente» conceptualmente, en principio, como pueda serlo, en Geometría, el modelo de un «espacio de dimensiones cero») podría ser obtenido a través de la vinculación directa o inmediata de Asturias a la «Sociedad Universal», a la «Humanidad». Desde la perspectiva de las categorías holóticas, este modelo implica no sólo la eliminación de las totalidades envolventes (por mediación de las cuales es concebida por otros modelos la identidad de Asturias) considerando a tales totalidades como apariencias fenoménicas («alienantes»), sino también la anulación de la misma idea de Asturias como totalidad o como parte formal de alguna otra entidad. La unidad de Asturias quedará reducida a la condición nominalista de un «rótulo» que designase, en el mejor caso, a un subconjunto de «ciudadanos del mundo» delimitado por fronteras convencionales, superficiales, es decir, simple «denominación extrínseca». (6) Por último, consideramos como a un sexto modelo de identidad el que hiciera consistir la de Asturias en la acumulación de sus inserciones en diversas totalidades y, correspondientemente, en la multiplicidad de su condición de todo o de parte respecto de otras partes o todos establecidos según criterios pertinentes. El modelo sexto de identidad es, sin duda, un modelo de identidad holótica plural. 5. A estos diferentes modos de entender la identidad de Asturias (como parte formal, como totalidad, según diversos criterios materiales, como ambas cosas a la vez o como ninguna de ellas) habrán de corresponder, en cada [185] caso, obviamente, distintos modos de entender las totalidades respecto de las cuales se consideran partes o las partes respecto de las cuales se consideran todo, &c. Por ejemplo, si Asturias se considera, según su identidad, como parte de España es porque a España le estaremos atribuyendo el papel de todo; pero habrá que precisar si este todo es atributivo (ya sea según el tipo de las «totalidades centradas» o según el tipo de las «totalidades multicentradas»), o bien si es distributivo (en cuanto unidad que podría convenir a una determinada clase de sociedades o culturas mutuamente independientes, sin perjuicio de sus interacciones). En esta ocasión dejamos de lado, por razones de espacio, el análisis de los correlatos holóticos correspondientes a cada modelo. En todo caso advertiremos que los modelos que vamos a analizar no tienen una pretensión histórico-doxográfica, sino que están dibujados en un plano sistemático. Son modelos ideales y no intentan describir concepciones explícita y efectivamente mantenidas por alguien. Diremos también que cada uno de estos modelos está calculado para ser entendido, en principio, en lo que tiene de excluyente de los demás modelos. En consecuencia, los modelos que presentamos no pueden considerarse como si fuesen esquemas de identidad derivables inmediatamente de los materiales específicos (históricos, políticos, económicos, &c.) a los que se aplican. Proceden de fuentes más genéricas y, por ello, constituiría una simple ingenuidad dar por hecho que un determinado modelo, por ejemplo, el clásico, se apoye en argumentos históricos, a diferencia de algún otro cuya base fuese de orden acaso más bien económico. En realidad, todos han de buscar apoyo en la historia, en la antropología o en la economía; sólo que los materiales históricos, económicos o antropológicos serán tratados en cada caso («manipulados», si se prefiere) de distinto modo. 6. En la presentación de estos seis modelos nos atendremos al siguiente orden: (a) Ante todo comenzaremos por la exposición del modelo, deteniéndonos en los tres puntos siguientes: (a) «Definición» general de su esquema material de identidad; (b) «Demostración» del modelo (fundamentos que pueden serle atribuidos); (c) «División» del modelo (exposición de sus variantes). (b) También presentaremos sumariamente algunas consideraciones críticas destinadas, no precisamente a «destruir» cada modelo, cuanto a establecer sus límites como tales modelos. Una cuestión importante, en el momento de la crítica, será tener en cuenta la diferencia entre la «fuerza política» y la «fuerza conceptual» asignable a cada modelo; distinción importante desde el momento en que suponemos que ambas «fuerzas» no tienen por qué ir siempre ligadas. [186] |
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