La phi simboliza la filosofía de tradición helénica, la ñ la lengua española Proyecto Filosofía en español
Benito Jerónimo Feijoo 1676-1764

Ilustración apologética
Discurso séptimo

Desagravio de la profesión literaria


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1. En el número 1 no hay más que una exclamación ad pompam. En el segundo me hace cargo de que dudo de la verdad de mi resolución de este Discurso. Fúndase en que, después de referir la opuesta, y común sentencia, que los estudios estragan la salud, y abrevian la vida, añado, Pensíon terrible, si es verdadera. Aquella condicional si es verdadera le sonó a duda. Según esta cuenta, el Sr. Mañer está en juicio de que cualquiera, que profiere una proposición condicionada, duda de la existencia de la condición. Dígolo, y lo diré mil veces, que al Sr. Mañer le hizo gran falta un poco de escuela. A poco que frecuentara el Aula de Súmulas, oyera a aquellos muchachos, para ejemplo, ya de las proposiciones hipotéticas, ya de las argumentaciones condicionadas, pronunciar aquella: Si Sol lucet, dies, est, sin que ninguno de ellos dude, si luce, o no luce el Sol, cuando la articula. Y si entrara en la Aula de Teología, oyera, que ab aeterno existió en la mente Divina el conocimiento de la futura conversión de Tirios, y Sidonios, debajo de la condición de que Cristo les predicase; sin que por esto se pueda decir, que Dios ab aeterno dudó si Cristo había de predicar a los Tirios, y Sidonios.

2. Pero demos que la ilación del Sr. Mañer no fuese tan absurda como es; donde está tan clara mi mente, y que resolutoria, y afirmativamente procedo contra la sentencia [34] común; ¿para qué será querer trampear mi dictamen con tales quisquillas? Verdaderamente, que da lástima ver a un hombre de las prendas de D. Salvador Mañer andar a caza de vocecillas, agarrando hilachas, asiendo pelillos, y después de todo dar el nombre sonante de Anti-Teatro a un compuesto de materias tan débiles, que un niño le puede derribar a soplos.

3. Número 3, supone que en la cuenta, que hago, de que en las Universidades, v.gr. de treinta, o cuarenta sujetos, llegan a la edad septuagenaria cuatro, o seis, no hago cómputo de los que la guadaña de la muerte se llevó antes de llegar a esa edad. ¡Extraño modo de entender lo que se lee! Señor mío, si de cuarenta sujetos sólo llegan a la edad septuagenaria seis, los treinta y cuatro que restan, ¿quiénes son, sino los que la guadaña de la muerte se lleva antes de llegar a esa edad? Luego expresamente entro a éstos en el cómputo. Si no los entrara, sería el sentido de la proposición, el que llegan a la edad septuagenaria los que no mueren antes de la edad septuagenaria: que es lo mismo que decir, que llegan a esa edad los que llegan a ella.

4. Número 4, para probar que viven más los que no estudian, que los hombres de letras, saca al Teatro los trece Parroquianos de S. Juan del Poyo, de cuyas largas edades doy noticia en el Discurso XII del primer Tomo, número 7, diciendo que no se hallarán trece sujetos tan ancianos en todas las Universidades, Colegios, y Tribunales de España. La misma cuenta hace, respecto de los doce ancianos, que hicieron la famosa danza en la Provincia de Herford. Pero esta cuenta, con licencia del Sr. Mañer, va muy mal formada. Para que el paralelo fuese ajustado, deberían suponerse colocadas las Universidades, Tribunales, y Colegios, o en la Parroquia de S. Juan del Poyo, o en la Provincia de Herford, para quedar iguales sus individuos en cuanto a los influjos del clima, o con los trece, o con los doce ancianos. Ya se ve, que si los Iliteratos habitan un país salubérrimo, cual supongo ser el del Poyo, o el de Herford, o el de la Isla de Ceilán, y los Literatos en otros países no [35] tan bien condicionados, se hallarán más individuos de larga edad entre aquéllos, que entre éstos. Traslade el Sr. Mañer todas las Universidades de España (que mayores imposibles compone su ingenio en el Anti-Teatro) al sitio de S. Juan del Poyo, y entonces nos veremos.

5. Número 5 afirma, que la comparación que yo hago entre los Coristas, y hombres de letras de las sagradas Religiones, no está bien formada: porque dice, que los Religiosos sólo son Coristas, o asisten al Coro en su menor edad, y después que se avanzan en años, ocupan las Cátedras; con que es preciso, que los hombres de grande edad se hallen entre los sabios, y no entre los Coristas. Muy bien está en la práctica de las Religiones el Sr. Mañer, cuando ignora, que en las Religiones, que profesan Coro, hay individuos (y son el mayor número) destinados al Coro por toda la vida, aunque vivan cien años. Entre éstos, pues, y los Profesores de las letras hacemos la comparación. Estos tropiezos es preciso que dé quien se pone a escribir a salga lo que saliere, sin informarse de las materias que toca.

6. Número 6: En contraposición de los ocho sabios muy estudiosos, de quienes yo hago mención, que fueron de larga vida, ofrece una lista de otros, que murieron en agraz. Y lo bueno es, que en la lista no señala sino cuatro, o cinco que murieron antes de los cuarenta años. En que sobre lo dicho se debe notar lo primero, que su lista la compuso de sujetos buscados en el largo espacio de cinco siglos; yo la mía de sujetos, que murieron todos de setenta años a esta parte. Si me extendiera a cinco siglos, en vez de ocho, contára ochenta. Pero en todo caso añada por ahora a aquellos ocho sabios modernos de larga vida el P. Teófilo Rainaudo, que vivió ochenta años; el P. Vieira casi noventa; el P. Gabriel de Henao más de noventa; el doctísimo Obispo Daniel Huet, que vivió, trabajando incesantemente, hasta los noventa y uno; el P. Sirmondo noventa y cuatro; y el P. Harduino de ochenta y tres. Estos seis con los otros ocho hacen catorce: con que le puedo dar ocho de barato al Sr. Mañer, y quedar siempre con punto superior al suyo. [36] Lo segundo, que le resta probar, que esos pocos estudiosos murieron temprano, porque lo eran, y no por otras causas que todos los días arrebatan en agraz a estudiosos, y holgazanes. Lo tercero, que si el estudio fue inmoderado respecto de su resistencia, y temperamento, aunque muriesen por él, nada prueba, pues el estudio inmoderado ya confesamos que es nocivo.

7. Mas se ha de advertir, que entre los que murieron en agraz cuenta a Julio César Scaligero, diciendo, que falleció a los veinte años de edad: para lo cual cita el Tomo VI de las Sentencias de los Sabios de París con otros muchos, suppresso nomine. Ese Tomo no dice tal disparate; antes de él se colige evidentemente lo contrario: pues afirma, pag. 208. que Julio César Scalígero empezó sus estudios a la edad de treinta y cinco años, con estos términos: Il commença ses études par la lecture d`Aristote, & d`Hippocrate a l`age de 35 ans. Y los otros muchos se quedaron en el estado de la posibilidad, pared enmedio de la perfecta Medicina. En el Diccionario de Moreri se lee, que Julio César Scaligero murió de setenta y cinco años. En Tomás Popeblount, pag. mihi 600, que murió de setenta y cuatro: diferencia, que puede consistir en que el uno cuenta el último año incepto, y el otro completo. Ahora pregunto: ¿Quién le dio facultad al Sr. Mañer, sin ser Médico, para acortar a nadie los días de la vida? ¿Le parece que es pecadillo de nonada, quitarle a filo de pluma, como a filo de lanceta, cincuenta y cuatro, o cincuenta y cinco años a Julio César Scaligero? Pero esta culpa acaso no sería del Sr. Mañer, sino de alguno de sus apuntadores: que como el pobre anduvo con caña, y anzuelo a pescar noticias contra mí, topó con algunos charcos, donde pensando hallar truchas, sólo encontró ranas.

8. Número 7 alega unos pocos Médicos, y otros pocos Autores no Médicos, que sienten, que el estudio perjudica a la salud. Esto es querer abultar con lo mismo que sabe, que no le puede servir. Si yo advierto, que en el asunto de este Discurso está contra mi sentencia todo el mundo, y no sólo el vulgo ignorante, mas también el común de los [37] sabios; ¿qué fuerza me hará el citarme, no digo yo diez, o doce Autores, sino diez, o doce mil?

9. Número 8: Contra una razón mía a favor del estudio propone dos instancias, ninguna del caso: porque yo hablo del estudio no inmoderado; y en los dos casos, con que se me insta, hay inmoderación manifiesta.

10. Número 9 propone dos condiciones que señalo, para que el estudio no sea nocivo; la primera, que sea conforme al genio; la segunda, que no exceda en el modo: las cuales después impugna en los números 10, y 11. De la primera dice, que es vaga; y yo no sé qué más determinada la quiere, ni qué mejor me puedo explicar. No será conforme al genio el estudio en todos los que le ejercitan por precisión, y no por inclinación; como aquellos, que estudian obligados de la necesidad, u de la obediencia, y de otro modo no estudiáran. La segunda impugna, diciendo, que es impracticable, porque siendo el estudio tan dulce, como yo siento, raro será el estudioso, que se pueda ir a la mano. ¡Notable doctrina nos trae el Sr. Mañer! Según eso, es impracticable la moderación, o es imposible dejar de exceder en todas aquellas cosas que son dulces, y conformes al apetito. Vease el Sr. Mañer en ello muy despacio, antes de sacar semejantes proposiciones al público.

11. Número 12: Después de citarme en la parte, donde confesando el trabajo, y fatiga que padecen los que estudian materias áridas, para instruir a otros, añado, que les sirve de algún alivio la complacencia en los nuevos pensamientos buenos, que les ocurren, echa este ribete: Como si el que se fatiga por alcanzar lo que anhela, dejara de quedar cansado por el gusto de haberlo conseguido. No es del caso, con su licencia; pues yo no niego el cansancio, antes le supongo; sólo añado un recreo, que puede hacer más tolerable la fatiga.

12. Número 13: Sobre esta precisa cláusula mía, la fecundidad mental sigue opuesto orden a la Física, porque la concepción es trabajosa, y el parto dulce, ostenta una rara delicadeza de conciencia. Dice, que pude excusar este [38] concepto, porque lleva la idea al otro extremo de la comparación. Y no contento con esto añade, que no es muy honesta la advertencia. Sr. Mañer, ¿para qué son esos melindres? ¿No es V. md. el mismo, que en el num. 8 de este mismo Discurso dice a boca llena, para hacerme a mí una instancia, que el vicio de la lujuria tiene más de deleite que de fatiga? ¿No es el mismo que en el Discurso segundo, para probar contra mí las comodidades de la vida viciosa, largamente, y con toda expresión se extiende por dos hojas enteras en proponer las dulzuras del vicio de la lascivia, removiendo de él toda aspereza? ¿Quién le alteró tan de repente la constitución del espíritu, y de tan robusto, le hizo tan melindroso? ¿Antes digería una cesta de melocotones, y ahora no puede con una guinda? ¿No advierte la gran diferencia que hay, de una proposición, la cual sólo indirecta, y ocasionalmente puede excitar en la imaginación la idea de un objeto torpe, (lo que muchas veces es inevitable aun en las conversaciones más santas, y puras) a tantas proposiciones, en que con términos formales nos representa ese mismo objeto torpe, engalanándole con reflexiones que van a persuadir, que es sin mezcla de amargura, cómodo, dulce, y delectable? ¿Qué se ha de hacer? Todo esto es menester juntar, para sacar a luz un libro que se llame Anti-Teatro.

13. Número 14 se entra en la autoridad que yo cito de Bacon, donde este gran hombre propone las circunstancias, que hacen dulce la ocupación de los literatos. Pero dejando en el tintero la mayor parte de ella, sólo se agarra de la circunstancia de ser el estudio arbitrario: Vivunt ad arbitrium suum. Y bien: ¿qué dice sobre esto? Dice, que viene a ser lo mismo, que en los guarismos del nueve, que fuera los nueves es nada. Quiere decir, que según esta cuenta a ningún literato le es el estudio dulce, porque a ninguno le es el estudio arbitrario: lo que luego pretende probar con una enumeración por mil partes defectuosa. ¡Qué es posible, que así se alucine el Sr. Mañer! ¿No tenía presente, cuando escribía esto, al mismo Bacon, cuyo estudio, aunque [39] grande, todo fue arbitrario? ¿Quién le precisó a aquel Sabio, gran Canciller de Inglaterra, a estudiar tanto, como estudió? ¿Y de aquí no era natural saltar la consideración al otro, también doctísimo Canciller de Inglaterra, Tomás Moro, que asimismo estudió muchísimo, sólo porque quiso? Pero ya a lo último, como retractando la absoluta que había echado, la modera, diciendo, que aunque hay algunos, son raros los Literatos, que usan del estudio a su arbitrio. Y yo le aviso al Sr. Mañer, que son muchos, y muchísimos. Casi cuantos Escritores hay, y ha habido, tomaron por su voluntad, no sólo la ocupación de escribir, mas también, o en todo, o por lo menos en mucha parte, el estudio, que para escribir hubieron menester: pues aun en las Sagradas Religiones rarísima vez precisa la obediencia a ningún Profesor a sacar volúmenes a la pública luz. Fuera de que, aunque concediésemos al Sr. Mañer, que son pocos los que no estudian por precisión, y que a todos los demás daña el estudio, nada se infiere contra lo que decimos en este Discurso: pues cuando defendemos, que el estudio no es nocivo, hablamos de él, considerada su naturaleza, y prescindiendo de la circunstancia accidental de ser violento.

14. Cuando en los números 15, 16, y 17 dice de las muchas indisposiciones que padecen los Literatos, es voluntario, y no más que repetir la voz común, de que yo me hago cargo. Pero ahora es tiempo de que nos diga el Sr. Mañer, ¿cómo, ponderando aquí tanto lo que la ciencia consume, y abrevia la vida, lo que los estudios fatigan, y estragan la salud, se compone esto con habernos en el Discurso III, número 45, señalado la ciencia por una de las cuatro prendas que contribuyen a la conveniencia, y felicidad temporal de los poderosos? Esto no tiene más salida que confesar, que está tan ciego en la pasión de impugnarme, que a trueque de contradecirme a mí, no repara en contradecirse a sí.

15. También se hace muy notable, que en el num. 16, hablando del Aforismo de Hipócrates, que yo cito, his de causis bonum habitum statim solvere expedit, dice, que no [40] pudo un hombre tan sabio como Hipócrates decir un Aforismo tan bárbaro. ¡Hay tal hablar al aire! Busque el Sr. Mañer las Obras de Hipócrates, y véalas, no sólo por el pergamino, como a la Sagrada Escritura, sino en el libro primero de los Aforismos, y hallará, que el citado es el tercero de aquel libro. ¡Q. ¡Que se tolere en el mundo tal especie de impugnaciones, que se reducen, o a afirmar falsedades notorias, o a negar verdades patentes!

16. Casi, o sin casi es ejusdem furfuris lo que dice en los números 18, y 19, que son los últimos, negando en ellos lo que yo he escrito del gran embelesamiento de Arquímedes, y Francisco Vieta en las especulaciones matemáticas, sin más fundamento, que parecerle imposible al Sr. Mañe aquel embelesamiento. Señor mío, lo dicho dicho: yo no soy hombre, que finja noticias, ni ande levantando testimonios, ni a la Bula de Canonización de Santo Tomás, ni a S. Agustín de Symb. ad Cathecum. ni a Filón Judío, ni al Tom. VI. de las Sentencias de los Sabios de París, ni a los otros muchos supresso nomine, ni a nadie. La especie del embeleso de Francisco Vieta la hallará en la Vida, que anda con sus Obras, sacada de Jacob Agustín Thuano, y en el Diccionario de Moreri de la impresión de París del año de 1712, v. Vieta: y la de Arquímedes en Plutarco, en la Vida de Marcelo, y en Valerio Máximo, lib. 8, cap. 7. Esotro de averiguar si es posible, o imposible, es muy alto empeño para la Filosofía del Sr. Mañer.

17. Para coronar lo dicho sobre este Discurso, le remito al Sr. Mañer a la Cronología enmendada del P. Riccioli, donde, pág. 3, en el largo Catálogo de Longaevis, que trae, se numeran cerca de quinientos de larga vida, entre los cuales más de los dos tercios han sido varones señalados en ciencia.


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{Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), Ilustración apologética al primero, y segundo tomo del Teatro Crítico (1729). Texto tomado de la edición de Madrid 1777 (por Pantaleón Aznar, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros), páginas 33-40.}


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