filosofía en español
Presentación del Proyecto Filosofía en español
(información, documentación y textos de la filosofía en español)

Gustavo Bueno Sánchez
El Basilisco, nº 19 (1995), páginas 3-12.

Nadie ignora que en los últimos años estamos asistiendo al desarrollo e implantación de tecnologías que permiten gestionar, almacenar, transmitir y difundir grandes cantidades de información. La velocidad con la que se suceden los cambios de escala en este avance tecnológico atolondrado (es decir, errático, como consecuencia, en gran medida, de la influencia aleatoria de causas externas, sobre todo de índole económica, en el desarrollo del proceso) provoca incluso que se pierda la cuenta sobre el ordinal que corresponde a la última generación de sistemas informáticos o a la penúltima ola que amenaza con arrasar nuestra aldea global. En pocos años las tecnologías de la información han pasado de ser un recurso escaso y ortopédico, susceptible de ser utilizado si se limitaban las pretensiones, se agudizaba el ingenio y se realizaban grandes inversiones, a ofrecer unas posibilidades que superan las necesidades existentes, facilitando la introducción de proyectos antes inimaginables.

Cierta inercia conservadora y perezosa que se aferra a las situaciones previas, el rápido envejecimiento de tantas nuevas tecnologías que fueron jóvenes hace muy poco, la confusa reorganización de grupos emergentes de especialistas de vanguardia que no lo son tanto, enfrentados a gremios enteros que cierran los ojos para no reconocer su carácter desfasado, el solapamiento de iniciativas concurrentes fruto del propio entretejimiento de la realidad y tantos otros mecanismos que no es pertinente siquiera procurar esbozar en esta ocasión, provocan con frecuencia una pasividad asombrada y expectante ante los recursos de que ya disponemos, frenando, cuando menos, las iniciativas.

¡Que inventen ellos! De acuerdo, pero sin renunciar nunca a servirnos de tales inventos. Si no utilizamos las herramientas informáticas disponibles en aplicaciones adaptadas a nuestro entorno cultural, el que habla y escribe en español, además de malgastar nuestras energías en muchas tareas que servían hace pocos años pero que hoy día exigen ser replanteadas, no haremos sino facilitar nuestra colonización, invasión cultural que, precisamente, se producirá por aquellas biocenosis que se sirven de otras lenguas distintas a la nuestra para entenderse (el inglés, el alemán, el francés...).

Al activar el proyecto «Filosofía en español» pretendemos poner en marcha un sistema completo de información y documentación, adaptado a las posibilidades del presente y previsor ante las expectativas que se vislumbran, que agote, por su carácter exhaustivo, las necesidades documentales de cuantos, en tantos países del mundo, estudian, enseñan y escriben filosofía en español. El presente artículo quiere servir como presentación general de un proyecto que ya ha dado sus primeros pasos, y cuyos primeros resultados podrán verse y utilizarse muy pronto. Un proyecto, además, en el que podrán participar cuantos lo deseen, en cualquier lugar del mundo, y al que habrá que procurar incorporar, mejor antes que después, a todos los que puedan decir algo en estos terrenos.

Es probable que la mera descripción «técnica» de lo proyectado pudiera provocar, en algún lector, cierta indiferencia; que sería achacable, sin duda, a la poca familiaridad con unos asuntos por los que, es obvio, no necesariamente tiene que haberse preocupado todo el mundo. Me permitiré por tanto ofrecer inicialmente unas pinceladas dispersas que podrán parecer distantes del asunto principal que nos ocupa, pero que pretenden servir para señalar las coordenadas y centrar la escala del proyecto que impulsamos.

Sahagún, ciudad del Reino de Castilla, a 9 leguas de León, tenía en 1540 una población de unos cientos de personas (Madoz, mediado el siglo pasado, informa que Sahagún contaba con 2.403 almas) y un monasterio de benedictinos (fundado a finales del siglo XI por Alfonso VI, el del Cid) consagrado a los mártires Facundo y Primitivo. Sahagún estaba lejos de los grandes centros editoriales, de Venecia o de Basilea, donde en 1531 habían publicado Erasmo y Simón Grynaeus su famosa edición de Aristóteles. Pero en Sahagún un benedictino, Francisco Ruiz, abad del Monasterio, convencido de que para estudiar los textos del Estagirita sería de gran utilidad contar con un índice completo de su contenido, puso manos a la obra y nos regaló con dos tomos de una obra pionera, semiolvidada y no suficientemente valorada, el Index locupletissimus in Aristotelis Stagiritae Opera{1}. Aquel monje castellano elaboró y publicó en Sahagún el primer índice riguroso de la obra íntegra de Aristóteles: y pudo hacerlo así, entre otras cosas, porque la nueva tecnología de la imprenta{2} permitía que Nicolás Tierri, impresor de origen francés asentado en Valladolid, compusiese e imprimiese en Sahagún unos volúmenes que son modelo de sobriedad tipográfica, limpieza y legibilidad insuperable.

Francisco Ruiz, en su Índice, aplicó a la obra de Aristóteles técnicas que ya entonces tenían cierta solera en el estudio de la Biblia: suele considerarse a San Antonio de Padua y Hugo de Santo Caro introductores respectivamente, en el siglo XIII, de las llamadas concordancias reales y de sus contradistintas, las concordancias verbales (con todos los precedentes que se quieran: loci paralleli, glossae interlineares...). Podríamos seguir desde entonces esas dos tradiciones de técnicas paralelas, a veces enfrentadas, otras confluyentes o incluso superpuestas: la de quienes se fijan más en la cosa, en el significado (el contenido y los resúmenes, las materias y sus tablas, clasificaciones y jerarquías, thesaurus, &c.), y la de quienes se limitan a las palabras, al significante (las concordancias en sentido estricto, las actuales búsquedas en texto libre). Por lo demás, la distinción saussuriana entre significado y significante no la entendemos como una dicotomía absoluta, puesto que hay significados que están referidos a los mismos significantes (pongamos por caso «letra gótica», o, en general, los signos autónimos) y hay significantes que generan su propio significado (como ocurre con los términos tautogóricos).

El propio curso histórico de las técnicas y tecnologías que tratan con letras y palabras (de los alfabetos a las caligrafías, del papiro al papel, del rollo al libro, del punzón al bolígrafo, del grabado al tipo móvil, de la prensa a la rotativa, de la linotipia a la fotocomposición, del almacenamiento de los textos en plomo a los textos electrónicos, del telégrafo al internet, de la máquina de escribir al reconocimiento óptico de caracteres, del microfilm al CD-ROM, &c.) han ido determinando que estrategias, recursos e instrumentos que en el momento de ser diseñados se mantenían en la vanguardia, tuvieran que reconvertirse a las nuevas posibilidades para no quedar superados por la misma realidad. Así la CDU Clasificación Decimal Universal, por ejemplo, corresponde a la era en la que había que ordenar millones de fichas de cartulina en filas interminables de entrañables gavetas: es un procedimiento preinformático; y sólo por razones sociológicas, en tanto que dominar esa técnica diferenció durante varias décadas a los bibliotecarios del resto de los mortales, se explica el lento proceso de su arrinconamiento.

Veamos, mediante un ejemplo cercano, los cambios provocados por tecnologías separadas muy pocos años en relación con la dialéctica entre las dos tradiciones mencionadas, la de los significados y la de los significantes. Aunque el ABC venía publicando sucintos índices mensuales{3} de sus contenidos, fue el diario El País el que dio un paso de gigante en la prensa española al comenzar la publicación anual de gruesos, cuidados y útiles volúmenes conteniendo sus Indices{4} (los de 1985 ocupan 483 páginas; 732 y 936 los de 1986 y 1987; los de 1988 totalizan 1.188 páginas que contienen unos 12.000 resúmenes de noticias y artículos, en letra pequeña distribuida a cuatro columnas). El Indice de El País, ordenado por materias, está en la tradición de las concordancias reales. Diez años más tarde El Mundo, un periódico mucho más joven, casi un recién llegado, dejaba irremediablemente anticuados los índices en papel y las ediciones en microfilm, al inaugurar una versión semestral{5} en CD-ROM. El usuario puede llegar al texto íntegro de cualquier noticia buscando por cualquier palabra que aparezca en ella. La versión electrónica de El Mundo es ejemplo del refinamiento tecnológico al que se ha llegado en la tradición de las concordancias verbales. En el primer caso es necesario contar con un gran esfuerzo de personal cualificado, documentalistas que preparen los resúmenes y los clasifiquen por materias, aunque sea con el concurso de ordenadores (era sin embargo lo más avanzado que podía hacerse hace diez años asequible a un gran público); en el segundo caso los índices verbales son generados de forma automática por programas informáticos, los rendimientos para el usuario mejores y todo el proceso resulta mucho más barato: no era imaginable hace diez años que el contenido íntegro de seis meses de un periódico, incluyendo las fotografías, pudiera hoy difundirse de hecho al precio de un libro, incluyendo herramientas de búsqueda mucho más potentes que las reservadas entonces a los grandes equipos informáticos más inaccesibles.

Pero no conviene perder la perspectiva histórica al analizar estos asuntos: el láser más refinado o la fibra óptica más sutil no hacen sino superponerse a estructuras que son mucho más estables de lo que parece, algunas varias veces seculares. De otro modo es fácil que los árboles no nos dejen ver el bosque o que distorsionemos peligrosamente la realidad. Sólo así, además, estaremos en condiciones de valorar circunstancias que, de otra manera, no pasarían de ser mera curiosidad. Es bien sabido que Eugene Garfield ha sido el moldeador de buena parte de los hábitos de los científicos de todo el mundo, obligados aunque lo ignoren a seguir las normas pragmáticas que ha ido dictando: los títulos de los artículos contendrán el mayor número de palabras significativas, las citas se colocarán al final de los artículos manteniendo en el texto sólo el nombre del autor y el año de publicación, los mismos nombres de los autores serán abreviados (a comienzos de los sesenta había que ahorrar memoria en los ordenadores, por lo que impuso un máximo de doce letras para escribir el apellido y las iniciales de los autores: poco a poco todo el mundo ha asumido que es «más científico» colocar en la bata o en el encabezamiento de los artículos las iniciales y sólo un apellido del autor; incluso han surgido explicaciones que atribuyen tales prácticas a cierta «humildad» de la que estarían ungidos los científicos). Garfield, desde su Institute for Scientific Information de Filadelfia (creado en 1960), mediante las distintas series semanales de los Current Contents primero, y sobre todo con los Science Citation Index, Social Sciences Citation Index y Arts & Humanities Citation Index, repertorios en los que son «vaciadas» millones de citas contenidas en cientos de miles de artículos que aparecen publicados por miles de revistas, ha organizado herramientas que hoy día son imprescindibles para los investigadores (instrumentos que sucesivamente se han ido difundiendo en los soportes más adecuados que ofrecían las tecnologías de cada momento: en papel, en microfilm, on-line, en distintos formatos de soportes magnéticos y en CD- ROM: tanta variedad en menos de treinta años).

Pues bien, técnicas que surgen mediados los años cincuenta, en plena guerra fría, cuando los científicos disfrutaban aún del prestigio estratégico que se reconocía a su saber tras los «éxitos» alcanzados en la guerra mundial, y sólo se vislumbraban muy remotamente los recursos que podían suponer las primeras generaciones de ordenadores, se desarrollaron precisamente a partir de análisis realizados sobre textos legales y bíblicos. Las tradiciones más añejas, las talmúdicas y las bíblicas que ya hemos mencionado, la del emperador Teodosio II (que tuvo que dictar en 426 una Ley de Citas por la que se reconocía autoridad legal sólo a los escritos de Papiniano, Paulo, Gayo, Ulpiano y Modestino) o la de Juan II (quien, mil años más tarde, en 417, promulgó una pragmática por la que se ordenaba que los abogados no citasen opiniones de doctores posteriores a Bartolo –los bártulos que cargaban los estudiantes– o a Juan Andrés) fueron las que abrieron el camino a la actual «revolución» en la información científica. El propio Eugene Garfield asegura que la primera vez que se utilizaron índices de citas «modernos» lo fue sobre documentos jurídicos{6} y reconoce que él aplicó estas técnicas, por primera vez, en un índice experimental sobre estudios bíblicos{7}. No nos sorprenderá ya tanto constatar que quienes elaboran y difunden en la actualidad uno de los programas informáticos más utilizados en la realización de concordancias{8} sean precisamente miembros del Summer Institute of Linguistics de Dallas, organización de misioneros-lingüistas propagadores de la Biblia por todo el mundo y en todas las lenguas, el más famoso de ellos nuestro amigo Kenneth L. Pike (el introductor de la distinción emic/etic).

Todo el mundo sabe que en muy pocos años los ordenadores (gran velocidad y capacidad, sin limitaciones gráficas, sobreoferta de programas, integración de funciones: «multimedia») se han convertido en un electrodoméstico más. Otros dos ejes vertebran este presente mediados los noventa: los sistemas de almacenamiento masivo de información y las redes de comunicaciones. Almacenamiento y comunicaciones mantienen una competencia darwiniana: la posibilidad de difundir cantidades masivas de datos en soportes físicos a muy bajo precio va en detrimento de la dependencia de los usuarios de las redes de comunicaciones (otros episodios de esta lucha: dictar apuntes en una clase / ofrecerlos por escrito; correos / teléfono, prensa / radio, &c.). Ignorar esta lucha de intereses, comerciales sobre todo, supone mantenerse en una ingenuidad que no sufren quienes dirigen los hilos de la gran guerra, aunque sí muchos de los que luchan en fragorosas batallas. Los productores de información (el ISI de Garfield o el Philosophy Documentation Center, por ejemplo) si querían ofrecer los resultados de su labor por otro medio que no fuera el impreso tenían que recurrir necesariamente a los grandes distribuidores de información (actividad secundaria de los grandes lobbys de las telecomunicaciones, con intereses en la industria aeroespacial y propietarios de satélites de comunicaciones, como la Lockhed), los cuales, sirviéndose de programas uniformes de recuperación de la información, como Dialog, ofrecían a sus clientes la conexión con los grandes bancos de datos que contenían los ficheros que otros producían y ellos gestionaban. El negocio de la comunicación unía (y separaba) a productor y usuario{9}. Pero la situación cambió radicalmente hace diez años, cuando surgió el CD-ROM. Ya no hacía falta consultar vía telemática una base de datos: la base de datos íntegra se podía ahora copiar en un CD-ROM. Desde hace diez años el CD-ROM se ha convertido en el medio de edición de precio más bajo por copia en relación a la cantidad de información capaz de almacenar, idóneo para la distribución de información relativamente estática (o que al usuario normal le basta con ver actualizada cada tres o seis meses). Ahora los productores de información pueden llegar a sus usuarios finales directamente a través del CD-ROM: para las multinacionales telefónicas se hace imprescindible crear en sus clientes nuevas necesidades de comunicación directa y viva, redescubriendo algo tan clásico como el correo o sacando a Internet de los circuitos académicos para llegar a sectores más amplios de la población, en una carrera en la que también participan los grupos de prensa, televisión y radio a través del cable y de las emisiones codificadas por satélite, y donde al consumidor agobiado le queda al menos la seguridad de conocer los límites de la invasión: sus dos ojos y sus dos oídos. Hoy el ISI puede abastecer directamente las redes locales de sus clientes universitarios y el PDC comercializa sus productos en CD-ROM: a los usuarios les resulta más económico y ellos obtienen mayores beneficios, han logrado eliminar al intermediario que les comunicaba.

Retomando el ejemplo anterior: hace diez años era ya posible consultar el texto íntegro, actualizado cada día, de varios periódicos escritos en inglés{10}: era necesario conectar telefónicamente con Inglaterra y pagar además altas cuotas a la empresa suministradora; hoy, a través de Internet, sólo por el precio de la comunicación, podemos consultar diariamente cientos de periódicos internacionales, varios de ellos escritos en español{11}. Quienes tienen intereses en las comunicaciones{12} (por hilos y cables o por ondas) sueñan con la generalización de estas técnicas y proclaman la desaparición de los periódicos en papel: olvidan que, salvo para consultas excepcionales (en competencia además con radios y televisiones), el formato más económico de los periódicos seguirá siendo el actual mientras se pueda lograr pasta de papel (y el CD-ROM, y los soportes de mayor capacidad que lo sustituyan, los instrumentos de edición más económicos para publicar información retrospectiva).

Hace diez años, en octubre de 1985, en la Feria del Libro de Frankfurt, se presentó el primer CD-ROM que contenía información bibliográfica. Producido por la British Library (en colaboración con BRS y Philips) ofrecía casi 600.000 registros bibliográficos en formato UK MARC. Eran carísimos tanto el equipo necesario como el propio disco. Diez años después la situación se ha invertido: las revistas de informática, por 500 o 1000 pts, van acompañadas normalmente de un CD-ROM, y a pesar de que se utilizan sobre todo para difundir juegos, imágenes, videos y sonidos (que ocupan mucho más espacio que los simples textos) no es fácil llenar soportes tan baratos como capaces. En un CD-ROM se puede copiar el texto equivalente a 300.000 folios de 2.000 caracteres, más de 600 Mb (millones de caracteres), el equivalente a 600 libros de buen tamaño. Si en tan poco tiempo ha sido posible tal abaratamiento de tecnología tan sofisticada se debe a que la misma es compartida por la industria discográfica de consumo que, en estos años, vio como se arrinconaba el vinilo y las agujas de zafiro o de diamante ante el Compact-Disc y el haz láser triunfante. El futuro inmediato es prometedor: la industria del video quiere arrinconar las cintas magnetoscópicas y sustituirlas por discos ópticos, capaces de almacenar en torno a los 20 Gb de información (lo que se necesita para almacenar una película). Cuando la industria del video de consumo abarate los costos y se utilice ese soporte para almacenar información en formato texto, un sólo disco, de formato incluso más pequeño, podrá almacenar el equivalente a treinta CD-ROM, digamos 18.000 libros, al precio de lo que actualmente cuesta un solo ejemplar en papel. Cada cual que haga sus cábalas. Por nuestra parte aventuramos que esta situación nueva, unida a la facilidad de las comunicaciones, no supondrá en modo alguno la desaparición de las ediciones en papel: en todo caso podrán desaparecer las bibliotecas tal como las entendemos ahora, sustituidas por unos pocos discos-bibliotecas y por redes de centros en los que poder copiar los textos no disponibles en soporte físico.

Analicemos, con un ejemplo cercano a todo lector de libros, el funcionamiento de la dialéctica entre los recursos tecnológicos y los intereses comerciales. En 1973 se implanta en España el sistema ISBN International Standard Book Number, un código de diez cifras{13} que identifica cada libro publicado y permite mantener una relación viva de todos los libros en venta (y agotados). Las relaciones de libros editados cada mes (mejor dicho, de números ISBN asignados), con entradas por autores, títulos y materias, se difundían como apéndices de la desaparecida revista El libro español, que publicaba el INLE, Instituto Nacional del Libro Español. Cada año se publicaban volúmenes acumulativos, cada vez más gruesos y con la letra más pequeña: el correspondiente a 1979 contenía 101.688 títulos, el de 1982 doblaba la cifra, 205.992 títulos. En 1983 la empresa NCR estuvo a punto de iniciar la difusión del ISBN en microficha{14}, pero el propio desarrollo tecnológico frustró aquella iniciativa: al año siguiente el Ministerio de Cultura ofrecía la consulta del ISBN a través de los PIC (telemáticos Puntos de Información Cultural), servicio público gratuito en las dependencias oficiales dotadas de terminal, pero con unos precios de conexión para librerías prohibitivo. A finales de los ochenta, ante el fracaso de las consultas on-line y las posibilidades que ya ofrecía el CD-ROM, se inicia la distribución de la base de datos del ISBN mediante ese soporte{15}. El propio Ministerio subvencionó a todos los libreros que lo desearon la instalación de ordenadores y lectores de CD-ROM{16}. El precio de la suscripción actual al ISBN en CD-ROM es inexplicablemente alto: 54.100 pesetas. Siendo una base de datos pública y de inscripción obligatoria, elaborada con los datos ofrecidos por los editores y gestionada por un organismo oficial, es indudable que, a corto o medio plazo, su precio no tiene por qué superar las 2.000 pesetas. La versión de marzo de 1995 en CD-ROM del ISBN contiene la información de más de 600.000 libros españoles, que incluyendo los índices y los programas de recuperación ocupan 414 Mb en un único CD-ROM. A la vista de la situación expuesta no es de extrañar que, entre las varias posibilidades que tiene un usuario que quiera consultar el ISBN, la más extendida últimamente consista en lograr un duplicado pirata del CD-ROM, a muy bajo precio y con idéntica calidad.

Pero volvamos la vista atrás para, recordando cada vez con mayor admiración el Index locupletissimus del benedictino de Sahagún, encontrarnos con el Index Thomisticus del jesuita Roberto Busa (¡aquí sí que se quedaron los dominicos con el paso cambiado!), un proyecto que tardó más de treinta años en culminarse y que representa la historia viva de las relaciones entre la filología y la tecnología, para mayor gloria de Pablo VI y de la IBM. Roberto Busa ideó las líneas generales de su proyecto de hacer un índice mecanizado de las obras de Santo Tomás nada menos que en 1946 (quizá la primera aplicación «pacífica» de técnicas que habían conocido un gran desarrollo en tareas de codificación y descifrado de mensajes de interés estratégico y militar). En 1949 se hicieron las primeras pruebas de tratamiento de textos de Santo Tomás, de la mano de equipos IBM, en Nueva York (ni que decir tiene que, a causa de esta precocidad en el uso de las tecnologías disponibles, los textos del de Aquino han tenido que transitar sucesivamente por fichas perforadas, diversos formatos de cintas, discos duros...). Se continuó el trabajo hasta 1966 en Gallarate y Milán. De 1967 a 1969 asumió la tarea el CNUCE (Centro Nacional Universitario de Cálculo Electrónico), creación de IBM y la Universidad de Pisa. Entre 1969 y 1971 Roberto Busa y su equipo se trasladan, siempre de la mano de IBM, a Boulder, Colorado, donde se inician las primeras pruebas de fotocomposición. Entre 1971 y 1980, en el Centro Científico de IBM-Italia, en Venecia, pudo culminar Busa la fotocomposición de las 70.000 páginas que forman los 56 volúmenes del Index Thomisticus{17}: un inventario lexicológico íntegro de todas las obras (agrupadas en 118 unidades) de Santo Tomás, que totalizan 8.767.855 palabras (además de otras 61 obras de otros autores medievales cercanos que suman 1.864.125 palabras); un total de 10.631.980 términos que dieron 147.088 formas lematizadas agrupadas en 20.173 lemas{18}. Disponible la tecnología del CD-ROM el propio Roberto Busa dirigió la adaptación de las 14 cintas magnéticas en las que se almacenaba la labor de su vida (que habían servido para generar los 56 volúmenes de textos, índices y concordancias) al nuevo formato, diseñando el producto no como otra edición de las obras de Santo Tomás sino como una herramienta para facilitar la hermenéutica de los textos: asegura Busa{19} que en la versión impresa sólo se aprovecha un quinto de la información disponible, que se ofrece íntegra en formato CD-ROM (al investigador que sepa aprovecharla).

En algunas disciplinas las tecnologías disponibles en almacenamiento y procesamiento de la información han provocado verdaderas revoluciones metodológicas. Por tratarse de una disciplina con un campo muy cerrado quizá sea arquetípico el ejemplo de lo que ha ocurrido con los textos de los autores clásicos griegos, y las urgentes adaptaciones que han tenido que sufrir filólogos clásicos, historiadores de la filosofía antigua y demás. El 28 de marzo de 1971 el profesor Theodore F. Brunner lanzó la idea, desde la Universidad de California, de crear un Thesaurus Linguae Graecae TLG. Colaboradores de todo el mundo comenzaron a verter a formato electrónico todos los textos escritos en griego que se conservan, siguiendo las ediciones críticas más autorizadas. A finales de 1989 el TLG acumulaba 65 millones de palabras de 9.400 obras de 3.165 autores. Este fondo está disponible en cintas magnéticas y, casi en su totalidad en un sólo CD-ROM (la versión de diciembre de 1992 ocupa 477 Mb). El proyecto inicial pretendía cubrir el período desde Homero hasta el año 600 de nuestra era, más adelante se decidió continuarlo hasta 1453. El TLG socializa, por muy poco dinero, no sólo la disponibilidad de todos los textos escritos en griego clásico, sino también mucha erudición reservada a unos pocos: cualquiera puede saber en pocos minutos qué autores utilizan un término, puede localizar un texto o copiar un fragmento en griego (el texto griego de Epifanio que aparece en la contraportada del número 17 de El Basilisco procede del CD-ROM del TLG). Una herramienta como el TLG marca inmediatamente un grado de exigencia superior en los especialistas, abriendo el camino a estudios y análisis insospechados. Recuerde el lector que cuando se diseñó el proyecto TLG, en 1971, ni podía siquiera soñarse que el resultado de tanto esfuerzo pudiera guardarse en un solo disco de 12 cms de diámetro: menos aún que cualquier persona pudiera disponer en su casa de todos los textos que conservamos de la antigüedad clásica. Que los programas para la búsqueda y análisis de los textos del TLG se llamen Musaios y Pharos no es hipérbole: cualquiera puede hoy disponer de una copia física de todos los textos que nos han llegado de la Biblioteca de Alejandría. Muchas otras obras y grandes colecciones, como la Patrología de Migne, conocen también el formato electrónico y «giran» actualmente en CD-ROM (en este caso de la mano de una iniciativa editorial privada, Chadwyck-Healey, empresa por cierto pujante hace una década en las grandes colecciones en microfilm).

En los últimos años se han multiplicado los centros que se dedican a producir textos electrónicos de todo tipo, con gran predominio de «la lengua del imperio» (cualquier cibernauta un poco mañoso puede acceder a los listados que se encarga de actualizar Mary Mallary). La Universidad de Oxford procura, a través del CTI Centre for Textual Studies, mantener cierta primacía en el ámbito anglosajón; la Universidad de Bar-Ilan, en Israel, ofrece textos electrónicos en hebreo moderno y Talmud; la Universidad Linkvping de Suecia inició en 1993 el Proyecto Runeberg, que ofrece textos electrónicos gratuitos en las lenguas escandinavas... y unos benedictinos de Illinois, que seguramente ni sospechan las andanzas de su hermano de orden Francisco Ruiz hace cuatro siglos y medio por Sahagún, pusieron en marcha en 1971 el Proyecto Gutenberg: pretenden iniciar el milenio próximo con una oferta de 10.000 obras en formato electrónico (las completas de Shakespeare las cuentan como una sola obra), de acceso y copia gratuita... pero en inglés.

Además de la labor de Busa con Santo Tomás son ya varios los estudios que se han realizado, sirviéndose de recursos informáticos, sobre los textos de las obras de filósofos{20}: Descartes, Malebranche, Leibniz... (creándose ciertas tradiciones en Francia y Alemania). Pero en el ámbito de la lengua española, salvo algunos ejemplos aislados referidos a textos literarios, parece que preferimos adoptar la actitud de no enterarnos.

* * *

Volvamos nuestra mirada al terreno más clásico de la información bibliográfica filosófica (de libros y artículos de revista, sobre todo). Los principales repertorios no hispánicos que recogen información de libros y artículos de revistas filosóficas son, por orden de aparición, la Bibliographie de la Philosophie publicada en París desde 1937 por el Instituto Internacional de Filosofía; el Repértoire Bibliographique de la Philosophie publicado por el Instituto Superior de Filosofía de la Universidad Católica de Lovaina, fundado en 1949 (publicado tres veces al año); y The Philosopher's Index, publicado por el Centro de Documentación Filosófica de la Universidad Estatal de Bowling Green (Ohio, EE.UU.), publicado trimestralmente desde 1967.

The Philosopher's Index, la publicación del Philosophy Documentation Center, dirigido por Richard H. Lineback, es el repertorio que ha procurado incorporar un mayor número de lenguas: incluye resúmenes de libros y artículos de revistas publicadas en inglés, francés, alemán, español e italiano. Publica cuatro entregas trimestrales y una edición acumulativa anual. En 1991, año en que celebraban su 25º aniversario, eran 350 las revistas vaciadas; en 1995 son 400 revistas, de ellas 35 escritas en español. El PDC envía a los autores un formulario solicitando un resumen del artículo o libro, «if possible, write the abstract in English». Si el autor responde, su resumen aparece publicado bajo la referencia del trabajo. The Philosopher's Index tiene tres partes: un índice de materias (según un Thesaurus propio) donde figura el título del artículo y el nombre del autor bajo cada epígrafe; un índice alfabético de autores con las referencias completas del trabajo y el resumen; y un índice de los libros de los que han aparecido publicadas reseñas o críticas. «Tradicionalmente» podía consultarse la base de datos del PDC on-line a través de Dialog (fichero 57). Desde 1992 está también disponible en CD-ROM toda la base de datos. La última versión contiene unas 175.000 referencias desde 1940 a 1994, y cuesta unas 30.000 pesetas.

En el terreno filosófico, en buena medida como herencia del peso que la tradición clerical ha tenido entre nosotros, puede asegurarse que en el ámbito de la lengua española nunca hemos estado atrasados en cuanto a repertorios, bibliografías o diccionarios filosóficos. Recordemos como precedentes La filosofía española, indicaciones bibliográficas que publicó en 1866 el capitán de artillería Luis Vidart; el repertorio de La Ciencia Española de Marcelino Menéndez Pelayo; La tradición política española. Apuntes para una biblioteca española de políticos y tratadistas de filosofía política, de Jerónimo Becker (Madrid 1896). En otro lugar{21} hemos fijado simbólicamente en el 1º de mayo de 1927 el comienzo de la institucionalización del estudio de la filosofía española (en español). Pues bien, recordemos que precisamente ese mismo año de 1927 Rufino Blanco presentó al Concurso Bibliográfico de la Biblioteca Nacional un Diccionario biobibliográfico de filósofos españoles: pero no fue premiado sino devuelto, y no hemos vuelto a saber de ese trabajo{22}.

El proyecto más serio de información sistemática sobre la producción filosófica en español se inició hace ya cincuenta años y se mantiene activo. Se lo debemos a los jesuitas, y está vinculado a la revista Pensamiento, editada desde 1945 «por las Facultades de Filosofía de la Compañía de Jesús en España». Desde el inicio de la publicación Luis Martínez-Gómez S.I. (1911-1995{23}) asumió la paciente tarea de elaborar una sección que inicialmente se rotuló Literatura filosófica española e hispanoamericana, en 1962 pasó a denominarse Bibliografía filosófica española e hispanoamericana, en 1966 Bibliografía filosófica española, elenco..., y desde los primeros años ochenta cambió su nombre por el de Bibliografía hispánica de filosofía, elenco... Ceferino Santos-Escudero S.I. sustituyó a Luis Martínez-Gómez, a finales de los 70, en la elaboración del Elenco, herramienta que mantiene la estructura con la que nació hace cincuenta años. Las fichas correspondientes a libros y artículos filosóficos de españoles, o de extranjeros sobre temas filosóficos y autores españoles, son organizadas en dos grandes secciones, parte histórica y parte sistemática, sirviéndose de una CDU adaptada para las subdivisiones. Un índice onomástico facilita la localización de nombres propios. En 1961 publicó Martínez-Gómez su Bibliografía filosófica española e hispanoamericana (1940-1958) (Colección LIPE [Libros «Pensamiento»], Juan Flors, Barcelona), volumen de 500 páginas que contiene 10.166 entradas bibliográficas, recopilación corregida y aumentada de las correspondientes entregas anuales de Pensamiento. Luis Martínez-Gómez adoptó el criterio de retrotraer a 1940 el inicio de su bibliografía (asociando así al inicio de la postguerra su proyecto{24}). Desde entonces no hemos tenido la suerte de volver a contar con similar reelaboración acumulativa{25}, por lo que el interesado debe consultar cada entrega anual del Elenco. El número de revistas vaciadas de forma habitual por este repertorio se mantiene en torno a las 60 (65 en 1961, 54 en 1980, 60 en 1994) y últimamente ofrece unas 1.300 fichas al año (1.590 en 1980, 1.979 en 1981, 1.305 en 1993, 743 en 1994, 1.321 en 1995).

En los años 60 se inician, en varias Repúblicas americanas hispanohablantes, distintos proyectos de información filosófica sistemática, de vida efímera casi siempre: Bibliografía argentina de filosofía (publicada por el Instituto Bibliográfico, La Plata 1960-), Anuario bibliográfico (de la Facultad de Filosofía, Santiago de Chile 1960-)...; que se añaden a las contadas recopilaciones bibliográficas existentes: Emeterio Valverde Tellez, Bibliografía filosófica mexicana (México 1907, 2ª ed. 1913), Dagoberto García Ramos y Alberto Benavides Balbín, Bibliografía de filosofía 1936-1948 (Lima 1949), Bibliografía filosófica del siglo XX (Buenos Aires 1952)...

En 1980 apareció el primer volumen de la ambiciosa obra de Gonzalo Díaz Díaz, Hombres y documentos de la filosofía española (publicada por el Instituto de Filosofía «Luis Vives» del CSIC). Al volumen 1 (letras A- B, 656 págs., 11.094 fichas) siguió en 1983 el 2 (letras C-D, 643 págs., 11.141 fichas), en 1988 el 3 (letras E-G, 680 págs., 12.977 fichas) y en 1991 el 4 (letras H-LL, 911 págs., 16.643 fichas), que es el último por ahora. Suscribo, diez años después, el comentario que hice en su momento{26}, al cual remito al lector. La obra está previsto que ocupe 8 volúmenes. Esperamos que se editen los que faltan cuanto antes, aunque sólo sea para no pagar por ellos un precio astronómico (la progresión de los precios de los cuatro primeros tomos es preocupante: 3.000, 3.500, 5.500 y 10.500 pesetas, más iva).

En 1982, con varios años de retraso, publicó el CSIC la obra Bibliografía filosófica hispánica (1901- 1970), que aparece firmada por Gonzalo Díaz Díaz (el autor de Hombres y documentos...) y Ceferino Santos Escudero (quien desde 1970 a 1977 estuvo trabajando en este proyecto bibliográfico, formación inmejorable para sustituir a Luis Martínez-Gómez en la redacción del Elenco de Pensamiento, antes mencionado). Se trata de un volumen de 1.371 páginas que contienen 35.732 fichas. La ordenación del material se hace siguiendo la CDU (por lo que el usuario debe prepararse para buscar en cualquier sitio), dispone de un útil índice de autores y es obra de consulta obligada, aunque abundan en ella los errores.

Proyecto más ambicioso, pero frustrado, surgió en 1984 en torno a José Luis Gómez-Martínez (no se confunda el lector apresurado con el Luis Martínez Gómez de Pensamiento), en el contexto del Seminario de Historia de la Filosofía Española (fundado en Salamanca en 1978 por Antonio Heredia Soriano). José Luis Gómez-Martínez organizó una red de colaboradores{27} que, durante cinco años, prepararon entregas anuales de la respectiva producción filosófica nacional. El proyecto llevó el nombre de Anuario Bibliográfico de Historia del Pensamiento Ibero e Iberoamericano, siendo editado en los Estados Unidos de Norteamérica, dentro de la serie Georgia Series on Hispanic Thought. Consta de cinco entregas que cubren el período 1986- 1990 (publicadas respectivamente con tres años de retraso, 1989-1993). Aunque la evolución de los indicadores aparentase la consolidación de la iniciativa de Luis Gómez-Martínez (páginas: 120, 268, 278, 344, 478; países «vaciados»: 13, 19, 22, 23, 22; fichas: 1.000, 2.181, 2.836, 3.282, 3.597), en el último número aparecido se expresa la renuncia a continuar el proyecto, aunque se anuncia una última entrega. Advierta el lector que este Anuario limitaba su campo de interés a los asuntos históricos.

Tras la sumaria exposición que antecedente, sin duda parcial e incompleta, pero imprescindible para fijar las coordenadas y el contexto en el que nos movemos, creemos estar en condiciones ya de presentar al lector el proyecto Filosofía en español.

Proyecto Filosofía en español

En esencia se trata de crear una estructura capaz de impulsar la creación, el mantenimiento y la explotación de diversas bases de datos y de textos, con vocación de incorporar todo lo que tenga que ver con la filosofía escrita en español, que puedan ser consultadas libremente desde cualquier lugar del mundo utilizando los recursos de comunicaciones que ofrece Internet y, recurriendo, cuando el tamaño de la oferta lo aconseje, a sistemas de copia física de los datos, en formato CD-ROM u otros recursos que ofrezca la tecnología en cada momento.

Se pretende hacer de Filosofía en español una herramienta exhaustiva e integradora, que pueda llegar a convertirse en la referencia por lo que se refiere a información y documentación filosófica en lengua española.

Es obvio que un proyecto tan ambicioso sólo podrá alcanzar un tamaño crítico adecuado, mantener al día sus ficheros y abordar tareas de recuperación retrospectiva de información, si cuenta con la colaboración decidida de muchas personas e instituciones, principalmente de los países de lengua española, pero también del resto de las naciones donde existan núcleos de hispanistas interesados por asuntos de interés filosófico.

Por eso el proyecto Filosofía en español se concibe como algo abierto: toda persona, grupo o institución que desee colaborar será bienvenida.

El proyecto Filosofía en español se estructura inicialmente en torno a tres líneas de actuación, de las que se precisan aquí algunas de sus características:

1. Base de datos con información biográfica y bibliográfica exhaustiva

Constituye el instrumento de información, búsqueda y recuperación de documentos. Su estructura interna se ha diseñado buscando aprovechar de la manera más eficiente los recursos informáticos. Cumplirá funciones de consulta similares a las de un diccionario biográfico-temático o un repertorio bibliográfico, contando con todas las herramientas de combinación, selección y filtro que se quieran utilizar.

La base de datos no limitará su campo al de los libros y revistas especializadas: se incorporará a la misma la noticia de cualquier documento que pueda tener interés para el estudioso de la filosofía en español.

También se recurrirá a los cuestionarios tipo ¿quién es quién? para mantener actualizada la información sobre todos quienes se dediquen a actividades filosóficas en el entorno de la lengua española.

Se procurará mantener en los Archivos del Proyecto copia física del mayor número de documentos incluidos en las bases de datos, no sólo para asegurar la fiabilidad y veracidad de la información ofrecida sino para, en su momento, poder ofrecer a los usuarios copia física de cualquier documento, aunque exclusivamente para fines de investigación (tal como establece el Artículo 37 de la Ley española 22/1987 de Propiedad Intelectual: «Los titulares de los derechos de autor no podrán oponerse a las reproducciones de las obras, cuando aquéllas se realicen sin finalidad lucrativa por los museos, bibliotecas, fonotecas, filmotecas, hemerotecas o archivos, de titularidad pública o integradas en Instituciones de carácter cultural o científico y la reproducción se realice exclusivamente para fines de investigación.»).

Además, y esto constituye una novedad respecto a los recursos tradicionales, cualquier usuario podrá en principio apostillar o comentar, de forma pública y no anónima, cualquier documento. Esta posibilidad puede suponer una verdadera revolución, al facilitar una difusión virtualmente universal de opiniones, valoraciones, explicaciones... sobre cualquier documento público que esté referenciado. Incluso el propio autor de un documento podrá de este modo incorporar con posterioridad comentarios de todo tipo a su trabajo. Las bases de datos del proyecto Filosofía en español se convierten así en instrumento vivo e interactivo, rompiendo el carácter arqueológico, de mero reflejo del pasado, que caracteriza los instrumentos de información bibliográfica y documental hasta el presente. Se comprenderá que la introducción de esta opción exige arbitrar mecanismos que garanticen el rigor y la pertinencia de los comentarios y apostillas antes de que estos se incorporen de forma pública a las bases de datos.

2. Colección de textos filosóficos en español

Se concibe como una biblioteca o archivo de textos electrónicos (libros, obras completas, artículos publicados en revistas... tanto antiguos como modernos) referidos a la filosofía en español.

Por una parte se procurará alcanzar acuerdos con las revistas especializadas tendentes a poder ofrecer, en formato electrónico, los contenidos de sus números (y abordar, en su caso, la conversión retrospectiva de todos o parte de los contenidos ya publicados). También se procurará obtener de las editoriales y los autores los derechos correspondientes, incluso los mismos textos en formato electrónico cuando sea posible, para difundirlos por esta vía.

De otra parte se impulsará la conversión a formato electrónico de textos filosóficos en español (tanto sujetos a derechos de autor como de dominio público). Es obvio que en esta tarea tan laboriosa se hace imprescindible contar con el concurso de múltiples equipos de colaboradores en todos los países de lengua española. Se procurará fomentar iniciativas tendentes a la conversión a formato electrónico de los textos de interés filosófico de los respectivos clásicos nacionales, y se mantendrán instrumentos actualizados de información sobre textos en proceso de conversión, &c.

Los textos electrónicos incorporados al proyecto Filosofía en español podrán ser copiados libremente (incluso a través de las propias redes informáticas). Cuando la disponibilidad de textos lo permita se realizarán ediciones parciales de textos en CD-ROM (u otros sistemas de copia), dotadas de los correspondientes índices que faciliten la localización por cualquier palabra contenida en un texto. Se cumplirán también funciones de normalización y de información técnica (programas y recursos existentes para facilitar la conversión de textos a formato electrónico, herramientas de análisis textual...).

No nos conformamos con transformar en formato electrónico textos de interés filosófico ya escritos o publicados en español. Impulsaremos de forma enérgica la traducción al español de textos pertenecientes a nuestras respectivas tradiciones que por encontrarse escritos en otras lenguas (particularmente en latín) de hecho se mantienen injustamente en el olvido. Se abre así un filón capaz de absorber el trabajo de muchas personas durante décadas, que se convierte en viable una vez que desaparece el condicionante de la edición sobre papel para poder hacer pública y accesible la traducción.

3. Boletín de noticias, avisos y correo electrónico.

Para facilitar una comunicación fluida y viva entre todos quienes se sientan relacionados con la filosofía en español, se mantendrá un boletín electrónico de novedades y noticias, convocatorias de reuniones y congresos, anuncios y avisos, convocatorias, ofertas y demandas, &c. Será posible organizar grupos de discusión y se ofrecerán servicios de correo y buzón electrónico.

* * *

Podrán tacharse de ciclópeos e irrealizables estos proyectos. Lo son a escala individual, pero no a escala de una sociedad superpoblada y con cientos de personas con una formación adecuada (licenciados en filosofía, por ejemplo) en situación de inactividad, de desaprovechamiento de su capacidad. Las nuevas tecnologías, aunque de forma interesada e ideológica son presentadas como liberadoras de trabajo, nos permiten paradójicamente alumbrar años de laboriosidad y fecundidad inimaginables. ¡Que los pusilánimes recuerden lo que pudo hacer, en el Sahagún de 1540, el benedictino Francisco Ruiz!

Y, una vez hecha la presentación del proyecto, sólo falta ofrecer la dirección del mismo, para que cualquiera, vía internet, pueda entrar en lo que desde ahora debe aceptar como su casa:

http://filosofia.org

Bienvenidos
Gustavo Bueno Sánchez

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{1} Index locupletissimus duobus tomis digestus, in Aristotelis stagiritae opera, quae extent, auctore R. Patre F. Francisco Ruizio Vallisoletano, S. Facundi ordinis S. Benedicti Abbate. In quo tam multa exposita sunt in q.plurimis & obscuris apud Aristotelem locis, quae aut perperam intellecta hactenus, aut omnino omissa fuerant, ut vice commentarii attento lectori esse possint. Eiusdem Auctoris Iudicium de Aristotelis operibus, quae nuper Simon Grynaeus ex impressio ne repraesentavit, habes in calce secundi tomi. Apud Inclytum Sanctorum martyrum Facundi & Primitivi Coenobium. Anno Domini. M.D.XL. Mense Februario. Cum privilegio Caroli V Imperatoris semper Augusti ad decennium, 2 tomos, de 6+269 y 105 folios respectivamente (mi ejemplar contiene la anotación de un anterior propietario que muestra lo poco que le costó adquirir esta obra hace siglo y medio: «Madrid 13 de oct. de 1849, costaron este y el otro tomo 12 r.» –por ejemplo, 12 reales costaba ese mismo año en Madrid, 14 en provincias, la edición de Monescillo de la Teodicea Cristiana de Maret, un tomo en 8º–).

{2} Habían pasado 86 años desde la Biblia de 42 líneas de Gutenberg, 68 desde el Sinodal de Aguilafuente (que inaugura la imprenta en España) y sólo un año antes, en el Méjico de 1539, se había impreso el primer libro en América: la Breve y más compendiosa doctrina cristiana en lengua mexicana y castellana.

{3} En 1983, proclamado Año Mundial de las Comunicaciones por la ONU, el diario ABC comenzó la edición de estos índices mensuales, que entregaba a los suscriptores de su pionera edición en microficha (se ofrecía al mismo precio que la edición en papel). Ese mismo año, pero unos meses más tarde, El País inició también una edición en microfilm, pero a unos precios elevadísimos. Dos años antes, en 1981, El Basilisco, la revista que el lector tiene en sus manos, ya había comercializado una microedición, que ocupa tres microfichas, de sus seis primeros números (1978-1979), que estaban ya agotados.

{4} Existían, es cierto, índices de revistas, actuales o históricas (incluso índices parciales históricos de prensa, como el monumental Veinticuatro diarios de Madrid, 1830- 1900, impulsado por José Simón Díaz, CSIC, Madrid 1968-1975, 4 vols., 12.493+11.498+12.799+13.271 fichas). De cualquier modo es fácil que el precedente inmediato a los índices de El País haya que encontrarlo en los índices de la revista Triunfo: en marzo de 1973 publicaba Triunfo un suplemento con el índice (por temas, personajes y autores) correspondiente a 1972; meses después, en noviembre de 1973, se ofrecían los índices retrospectivos de 1970 y 1971; los últimos que aparecieron fueron los de 1977 (estos ocho años de índices de Triunfo, que cubren los números 396 a 779, fueron realizados por Fernando Tafalla Cartagena, con la colaboración de José María Aranaz).

{5} El 29 de noviembre de 1994 se puso a la venta el CD-ROM que contiene el primer semestre de 1994 del diario El Mundo (con los textos íntegros de 24.486 noticias y artículos, 8.051 fotografías, y la imagen de todas las primeras páginas, ocupa 440 Mb). El CD-ROM del segundo semestre de 1994 ocupa 526 Mb (ofrece los textos íntegros de 24.706 noticias y artículos, y 9.860 fotografías). Al margen de su novedad y utilidad El Mundo ha marcado un camino que determinará el futuro del uso de estas tecnologías en nuestro entorno: la política de precios bajos y asequibles. Mientras que la versión en CD-ROM del año 1994 de Le Monde costaba 140.000 pesetas, y la del The Times unas 80.000 pesetas, El Mundo vende en librerías, quioscos y grandes almacenes sus discos a 3.495 pesetas (menos de 7.000 pesetas los correspondientes a 1994). Estos instrumentos se convertirán en objetos de consumo doméstico y personal, y no estarán al servicio sólo de usuarios pudientes, bibliotecas públicas y organismos oficiales.

{6} W.C. Adair, «Citation indexes for scientific literature», American Documentation, 6:31-32, 1955.

{7} E. Garfield, «Citation indexes, a new dimension in documentation», comunicación presentada al Annual Meeting of the American Documentation Institute (Filadelfia, 2-4 noviembre 1955), citada en su artículo «The Information Revolution reaches the Social Sciences; ISI helps bridge the gap between the Two Cultures», Current Contents (10 enero 1973).

{8} Nos referimos al programa CONC (última versión disponible, para Macintosh, la 1.76 beta, de 1994).

{9} Para que el lector fije fechas: las primeras conexiones on line entre ordenadores y bancos de datos se produjeron en los primeros años 70; el primer curso de teledocumentación que se organizó en la Universidad de Oviedo, impartido por tres documentalistas del CSIC venidas de Madrid (Rosa de la Viesca, Rosa Sancho y Adelaida Román), tuvo lugar los días 17 y 18 de abril de 1980, y con mucho escepticismo de algunos de los asistentes sobre el futuro de tales técnicas, incluyó unas conexiones exitosas con Palo Alto, California. Cinco años después, el 18 de enero de 1985, inauguraba esta Universidad de Oviedo su Servicio de teledocumentación, información y documentación automatizada, con Mª Cruz Badiola como documentalista: la tarifa era de 7.000 pesetas por 15 minutos de conexión (con Dialog o la ESA European Space Agency) y 50 referencias bibliográficas, 400 pesetas cada minuto de conexión adicional y 50 pesetas cada referencia adicional. Hoy, sólo diez años después, pueden los profesores que quieren (al menos los de filosofía) navegar desde el ordenador de su despacho, a través de Internet, sin límite alguno de tiempo.

{10} El servicio World Reporter de Datasolve (Thorn Emi) ofrecía en 1986, con actualización diaria, los textos íntegros de los siguientes periódicos: Financial Times, The Washington Post, The Guardian y Today; junto con las noticias emanadas de las siguientes agencias: Associated Press, TASS, BBC External Services News, Asahi News Service y Global News Analysis. La consulta se realizaba desde cualquier ordenador conectado mediante un modem a la red telefónica, en un servicio operativo 23 horas diarias, y podía buscarse por cualquier palabra contenida en los textos. La base de datos contenía la información de los dos años anteriores aunque podían solicitarse búsquedas sobre textos íntegros más antiguos (en periódicos y agencias desde 1982, en algunas revistas económicas desde 1980). En Francia, mediante la red Minitel, la agencia France-Presse ofrecía un servicio similar, denominado Agora, que permitía tanto la consulta en «lenguaje natural» (sobre cualquier palabra contenida en los textos) como por materias.

{11} El diario ABC, pionero en la prensa española en la utilización del CD-ROM (a principios de 1994 ofrecía el ABC Cultural en este soporte), inauguró el 20 de septiembre de 1995 su edición electrónica vía Internet. Las 110 pesetas que cuesta hoy un periódico en papel equivalen, más o menos, a diez minutos de conexión a Internet (sin contar, por supuesto, los equipamientos necesarios). En ese momento ofrecían ya sus ediciones electrónicas El Economista, El Imparcial, La Jornada, El Nacional o El Norte, de Méjico; Hoy, de Ecuador; La Nación, de Costa Rica; La Prensa, de Panamá... [El CD-ROM del ABC resulta, comparado con el de El Mundo, más limitado y primitivo. La primera edición sólo contenía las páginas digitalizadas de los suplementos de ABC Cultural de 1991-92, y costaba 10.000 pesetas. Una segunda edición incluye los números 1-113 de ese suplemento (1991-93) y, aunque ha mejorado respecto de la primera, el producto sigue siendo anticuado y lento: cuesta la mitad, 5.000 pesetas, y el CD-ROM sólo ocupa 134 Mb de su capacidad.]

{12} Sugerimos al lector que analice desde estas coordenadas las actividades de las fundaciones FUNDESCO y FUINCA, ambas promovidas por Telefónica, valorando el éxito de su actividad en el moldeamiento de la opinión de tantos políticos, tertulianos, sociólogos, ideólogos y demás.

{13} El ISBN se forma con cuatro grupos de números: la lengua o el país de edición, un prefijo asignado a cada editor, el ordinal correspondiente a ese libro dentro de los publicados por el editor y un dígito de control (que puede ser la letra X) que se obtiene aplicando un algoritmo a las nueve cifras anteriores: se puede así comprobar la consistencia del código en su conjunto (al generalizarse, más tarde, los códigos de barras formato EAN 13, se determinó que para el producto «libros» se añadiera el prefijo 978 al número ISBN, cambiando también, obviamente, el último elemento, el dígito de control o paridad). Tiene mucho interés constatar la relegación del idioma español cuando se reunieron los dignos representantes del primer mundo que organizaron a escala internacional el sistema ISBN. Decidieron que el primer dígito del ISBN se basara en un criterio lingüístico, pero sólo para unas pocas lenguas «universales»; el resto se ordenaría siguiendo un criterio nacional. Así el 0 y el 1 se reservaron al inglés (el ISBN de todos los libros publicados en EEUU, UK, Nueva Zelanda o Irlanda comienzan por 0 o por 1), el 2 al francés, el 3 al alemán y el 4 al japonés. A la lengua española no se le reconoció importancia para dedicarle un dígito: España tiene como prefijo el 84 (Noruega el 82, Brasil el 87, Italia el 88), Argentina el 950, Colombia el 958, Méjico el 968, Costa Rica el 9977... No hará falta recordarle al lector que hay más hablantes (lectores potenciales) del español que del francés, alemán y japonés juntos.

{14} Se calculaba que los 230.000 títulos ocuparían 65 microfichas COM (salida de ordenador sobre película) y que al librero la suscripción le costaría 1.500 pesetas al mes, incluyendo la amortización del equipo lector. Véase el artículo de Juan Morcillo, «La microficha y las librerías españolas», en la revista que por aquel entonces dirigíamos: Microediciones, Revista de información y documentación del microfilm, nº 1 (1ª trimestre 1983), pág. 19.

{15} Corresponde a otro lugar el relato de los intentos fallidos de privatizar la oficina que mantiene el sistema del ISBN y las discutidas cesiones a determinados grupos editoriales privados de la difusión en CD-ROM de esos datos públicos.

{16} En realidad sólo se subvencionaba el lector de CD-ROM, pero la lentitud de la maquinaria burocrática hacía que mientras se evaluaba el importe de la subvención, se convocaban las ayudas y se adjudicaban, los precios habían bajado de manera que, en muchos casos, con la subvención para instalar la unidad lectora de CD-ROM podía el librero adquirir también el ordenador.

{17} Index Thomisticus. Sancti Thomae Aquinatis Operum Omnium Indices et Concordantiae in quibus verborum omnium et singulorum formae et lemmata cum suis frequentiis et contextibus variis modis referuntur quaeque auspice Paulo VI Summo Pontifice consociata plurium opera atque electronico IBM automato usus digessit Robertus Busa SI in Gallaratensi Facultate Philosophica Aloisiani Collegii Professor, 49 tomos, 1974-1980; y Sancti Thomae Aquinatis Opera Omnia ut sunt in Indice Thomistico, additis 61 scriptis ex aliis medii aevi auctoribus, curante Roberto Busa SI, 7 tomos, 1980. Los 56 tomos figuran en el catálogo de Frommann-Holzboog, en 1991, a un precio de 25.865 marcos alemanes.

{18} Vd. Roberto Busa S.J. «Procédures et résultats de la 'segmentation thématique' des lemmes latins de l'Index Thomisticus», en Revue Informatique et Statistique dans les Sciences humaines, año 24, 1988, págs. 117-132; y «Mes vingt années suivantes», en la misma revista, año 25, 1989, págs. 27-34. Esta revista, fundada en 1965 por Louis Delatte, es el órgano del «Laboratoire d'Analyse statistique des Langues anciennes» del «Centre Informatique de Philosophie et Lettres» de la Universidad de Lieja, Bélgica. El LASLA se creó el 13 de septiembre de 1961 y es uno de los centros con mas experiencia en realización de índices y desarrollo de métodos de análisis de textos antiguos.

{19} Vd. Roberto Busa S.J. «Thomae Aquinatis opera omnia cum hypertextibus in CD-ROM», en RISSh, año 27, 1991, págs. 87-95. Este CD-ROM se comercializaba en 1991 a un precio de 1.000 dólares.

{20} Vd. André Robinet, «Les applications de l'informatique à l'étude des textes philosophiques», en RISSh, año 21, 1985, págs. 227-231.

{21} Gustavo Bueno Sánchez, «Historia de la historia de la filosofía española», en El Basilisco, nº 13, 1992, págs. 21-48.

{22} Ver Pedro Sáinz Rodríguez (dir.), Biblioteca bibliográfica hispánica, tomo 2 (Madrid 1976), ficha 369.

{23} Una esquela publicada en ABC anunciaba su fallecimiento en Alcalá de Henares el día 17 de enero de 1995. En el nº 197 de Pensamiento (mayo-agosto 1994) figuraba Luis Martínez Gómez como Director, en el nº 198 (septiembre-diciembre 1994) el nuevo Director es ya Javier Montserrat. Sorprende que ni en ese número, ni en los dos siguientes publicados (el 199, enero-abril 1995; y el 200, mayo-agosto 1995), siquiera se mencione el cambio de Director ni se dedique una sola línea a informar del fallecimiento de quien estuvo medio siglo vinculado a la revista. No dudo que será publicada en Pensamiento la necrológica que merece Luis Martínez Gómez, pero esta tardanza en informar tan sólo del «tránsito» nos hace sospechar alguna nociva influencia en los jesuitas de Mary Baker Eddy y sus epígonos de la Christian Science.

{24} Conviene matizar la fórmula «española e hispanoamericana» de ese proyecto. El propio Luis Martínez Gómez, en los preliminares a su recopilación de 1961, dice al lector: «Las particularidades y explicables deficiencias en cuanto a lo hispanoamericano me inclinaron algún tiempo a prescindir de ello y ceñirme a lo español, pero la relativa abundancia de aquel fondo, dentro de su incompleción, y el hecho de que muchos autores de allá son españoles, me decidieron al fin a conservarlo, completándolo hasta un cierto grado. Fondos bibliográficos especializados en Hispanoamérica, como la Biblioteca de Cultura Hispánica de Madrid, han sido íntegramente consultados y reseñados en este elenco. De toda esta labor ha resultado un total de títulos que rebasa en una buena quinta parte todo lo publicado en Pensamiento.», pág. VIII. Además reconoce, poco más adelante, que retrotrae a 1940 su proyecto porque «esa fecha señalaba por lo demás un límite histórico bien definido, correspondiente al nuevo período de la vida cultural de España recién salida de su guerra civil (1936-1939)». Es decir: en el proyecto de Pensamiento prima sobre todo la perspectiva española referida a España (como Estado europeo: la guerra civil, «muchos autores de allá son españoles») y no la perspectiva española referida a la lengua común a muchos Estados de varios continentes. Por otra parte no podía ser de otra manera: desde la España del franquismo y en manos de jesuitas tenían necesariamente que «olvidarse» tradiciones filosóficas enteras que resultaban molestas, cultivadas en español transatlántico.

{25} Que sepamos: en el número extraordinario de Pensamiento, enero de 1976, que contiene los índices generales 1961-1975, pág. 96*, puede leerse: «Nota. Está en marcha una recopilación y refundición sistemática de todo el material bibliográfico de esta sección, que vendrá a continuar, como un segundo tomo, el que se publicó en 1961...»

{26} En El Basilisco, nº 16 [primera época], 1984, págs. 83-84.

{27} Los colaboradores de José Luis Gómez-Martínez en este proyecto fueron (por orden alfabético): Floralba Aguilar (Ecuador), Roberto Albares Albares (España), Aline Arroyo (Ecuador), Luz Marina Barreto (Venezuela), Carmen L. Bohórquez Morán (Venezuela), Horacio Cerutti Guldberg (Méjico), Fernando Defaz (Ecuador), Eduardo Demenchónok (Rusia), Jennifer Eaton (EE.UU.), José Esteves Pereira (Portugal), Vilma Figueroa (Cuba), Yolanda Forero-Villegas (Colombia), Raúl Fornet-Betancourt (Alemania y Austria), Francisco da Gama Caeiro (Portugal), Felice Gambin (Italia), Eugeniusz Górski (Polonia), Jorge J.E. Gracia (EE.UU.), Pablo Guadarrama González (Cuba), Roberto Gutiérrez Laboy (Puerto Rico), Alain Guy (Francia), Antonio Heredia Soriano (España), Anna Housková (Checoslovaquia), Zdenek Kourím (Francia), Celina Ana Lértora Mendoza (Argentina, Paraguay y Uruguay), Joao Luís Lisboa (Portugal), Angel Rafael Lombardi Boscán (Venezuela), Cathy Maree (Sudáfrica), Lucía Mendoza (Ecuador), Elizabeth Millán (EE.UU.), Flora Eugenia Ovares R. (Costa Rica), Carlos Paladines Escudero (Ecuador), Antonio Pérez- Estévez (Venezuela), Carlos J. Ramos Mattei (Puerto Rico), Gonzalo Rojas Sánchez (Chile), Javier Sanjinés (Bolivia), Boris Santana Cabrera (Cuba), Armando Savignano (Italia), J.E.K. Secada (Perú), Ricardo Vélez Rodríguez (Brasil), Bárbara Vidaurre Miller (Chile) e Isa Wiener (Perú).

Gustavo Bueno Sánchez, Presentación del Proyecto Filosofía en español,
publicada en la revista El Basilisco, 19:3-12, julio-diciembre 1995.