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  El Basilisco, 2ª época, nº 1, 1989, páginas 3-32
  
La Teoría de la Esfera
y el Descubrimiento de América


Gustavo Bueno
Oviedo
 

[El presente estudio no es una investigación de Historia positiva. Es una exposición que pertenece al «género literario» de la Filosofía. Desde luego se apoya en resultados de la Historia positiva, pero sobre todo pide a su vez nuevas investigaciones positivas (que sólo los historiadores profesionales pueden llevar a cabo) en las que eventualmente encuentre realización su idea principal.]

Introducción. Planteamiento del Problema
I.  Descubrimientos manifestativos y descubrimientos constitutivos
II.  Sobre los motores del descubrimiento de América
III.  La teoría de la Tierra esférica y el descubrimiento constitutivo de América
IV.  Algunos corolarios relativos al «momento resolutivo» del Descubrimiento de América

Introducción
Planteamiento del Problema

La proximidad de su Quinto Centenario ha reavivado las polémicas en torno al «descubrimiento de América». En realidad, estas polémicas se mantienen alrededor de dos principales centros o motivos que son, desde luego, diferentes, aunque están estrechamente relacionados, porque ellos corresponden a dos aspectos o momentos distintos del Descubrimiento –en realidad de todo descubrimiento– que denominaremos, para entendernos, el aspecto conspectivo y el aspecto resolutivo o dispositivo. Al aspecto conspectivo del descubrimiento pertenece todo aquello que tiene que ver con el nuevo conocimiento de una realidad (nuevo según la línea más o menos convencional por la que se hace pasar la novedad), sea porque conduce a su conocimiento, sea porque se refiere al conocimiento mismo. Al aspecto resolutivo pertenece todo aquello que –una vez que el descubrimiento conspectivo ha dejado a la realidad «disponible»– tenga que ver con el desenvolvimiento, ocupación, incluso destrucción de la realidad considerada como descubierta, o con los resultados consecutivos al descubrimiento conspectivo y que en gran medida han sido posibles gracias a esa conspección (en nuestro caso, el aspecto resolutivo se corresponde principalmente, aunque no únicamente, con la «conquista»). Sería un error considerar estos dos aspectos o momentos del descubrimiento como si fueran estadios o fases sucesivas de un proceso que sólo fuera propiamente descubrimiento por su momento conspectivo. Considerando el descubrimiento como un proceso, representable por una curva sinuosa e irregular, debemos entender el aspecto conspectivo y el aspecto resolutivo no tanto como dos fases o segmentos sucesivos dados tras un corte vertical cuanto como dos estratos longitudinales –lo que no excluye que sea posible un vértice correspondiente al aspecto conspectivo. Y ello porque, efectivamente, aunque el aspecto resolutivo se despliega en contenidos que ya no podrían llamarse descubrimientos, sin embargo también contiene otros episodios que forman parte, desde luego, del descubrimiento, en tanto éste no puede hacerse consistir en un acto instantáneo de conocimiento, en una especie de revelación súbita. Cuando el explorador descubre una nueva senda en la selva, valiéndose de su machete, las perspectivas que descubre conspectivamente implican a su vez resoluciones o disposiciones sobre el terreno recorrido. Más aún: como es imposible prácticamente en una tierra poblada por hombres y animales ver sin ser visto, se comprende que para ver nuevos horizontes (aspecto conspectivo) es preciso tomar resoluciones, llevar a cabo acciones de naturaleza militar o política, que pertenecen al aspecto resolutivo. El descubrimiento conspectivo no tiene lugar pues fuera del campo descubierto, desde una quinta dimensión, sino que forma parte del propio campo en su propio proceso resolutivo. La distinción entre un aspecto conspectivo y un aspecto resolutivo en los descubrimientos tiene que ver con la distinción entre el momento de la percepción visual apotética y el momento de la aprehensión manual de la pieza. En cualquier caso no es legítimo tomar el aspecto conspectivo como un punto cero (nihil volitum nisi praecognitum). [4] Cuando se escuchó el grito de «¡Tierra, tierra!» –la primera señal que tuvieron los navegantes de un vértice en su momento conspectivo– ya habían ocurrido muchas otras cosas, días, meses, años y aún siglos anteriores. Ya en el animal de presa el ver supone el mirar y el mirar dice una orientación de la cabeza y, por tanto, unos motores de la misma, es decir, unos motores del descubrimiento en su propio aspecto conspectivo y previos a él. Por lo demás, es obvio que la determinación y análisis de esos motores no siempre puede llevarse a cabo (en rigor, nunca) a espaldas de las consecuencias o resultados, es decir, del momento resolutivo. No cabe por tanto suponer que lo primero debe ser investigar los motores del aspecto conspectivo del descubrimiento para después poder pasar a analizar los aspectos resolutivos del mismo. Y con esto estamos diciendo lo mismo que decía Pascal (aún cuando él lo aplicaba a sus descubrimientos místicos): «No te buscaría si no te hubiera encontrado». Lo que buscamos, los motores de nuestros descubrimientos, son algo en lo que estamos, al menos de un modo material, oscuro y confuso, en todo o en parte.

Acaso sea interesante llamar la atención sobre el hecho curioso de que las polémicas reavivadas por el Quinto Centenario están teniendo lugar sobre todo a propósito de lo que hemos llamado el aspecto resolutivo del Descubrimiento. Lo que se discute apasionadamente –y se discutió ya en los tiempos de la conquista, en los tiempos de Vitoria y Sepúlveda– son los múltiples problemas implicados en el aspecto resolutivo: si la resolución de conquistar [5] las tierras descubiertas era justa o injusta, lo que autorizaría incluso a suscitar la cuestión de si los europeos tenían el derecho siquiera de descubrir, aún conspectivamente, un continente ya poblado, «privado» podríamos decir, y teniendo en cuenta además que ese descubrir implicaba tomar resoluciones militares; si el descubrimiento comportó un proceso civilizador o bien un proceso triturador de las culturas americanas; si fue un proceso de cristianización o de depredación o de lo primero como instrumento de lo segundo; si fue el principio de una época gloriosa o bien el inicio de la época más vergonzosa de la historia del hombre, la época del genocidio étnico y cultural más prolongado y más grande de todos los siglos, la época del esclavismo moderno. De hecho, muchas personas, en las vísperas del Quinto Centenario, vienen a sugerir que su conmemoración debiera, en todo caso, consistir en un «pedir perdón» los europeos, pero sobre todo los españoles, a los aztecas, a los mayas, incluso a los botocudos y a los jíbaros, según nos vienen a decir el señor Sting junto con el señor Raoni en su gira mundial.

Los problemas relativos al momento resolutivo del descubrimiento parecen, pues, ser los más urgentes y prácticos, mientras que los relativos al momento conspectivo serían más bien especulativos o meramente históricos. Sin embargo, esta opinión sólo vale en el supuesto de una concepción muy precisa de la relación entre los momentos conspectivos y resolutivos del descubrimiento, por ejemplo, una mayor estimación o valoración de las cuestiones resolutivas. A fin de cuentas, se dirá, el descubrimiento fue algo que, licita o ilícitamente, se produjo a finales del siglo XV, pero lo verdaderamente importante, la historia plena, vino después. En todo caso, podemos dejar de lado lo primero para concentrarnos en lo segundo.

Por nuestra parte, y según lo que hemos dicho, no podemos aceptar esta opinión. Por de pronto, el descubrimiento no se produjo, ya en su propio aspecto conspectivo, de golpe: Colón ni siquiera fue el descubridor formal de América. Si, como hemos dicho, se concede un derecho a descubrir, es porque se concede el derecho a tomar resoluciones en el interior del área descubierta, puesto que sin ellas ni siquiera el descubrimiento puede darse por consumado. El descubrimiento no fue una revelación que viniese de lo alto (y cuya responsabilidad hubiese que referirla a Dios, quedando para los hombres la parte dispositiva) o un azar, que correspondió a los españoles como pudo corresponder a los ingleses o a los turcos y que puede por tanto ser borrado; ni tampoco es una «cantidad etnocéntrica despreciable» puesto que, a fin de cuentas –se dice– América ya la habían descubierto los indios, y por tanto, el descubrimiento de América por parte de los españoles, sería algo así como el descubrimiento del Mediterráneo. Esta suele ser la perspectiva de quienes se consideran en las posiciones más críticas y maduras (frente al eurocentrismo tradicional) en el campo histórico antropológico. Son las posiciones del relativismo cultural, cuyo mensaje lo leemos grabado en el Museo de Antropología de México (el Museo en el cual el continente arquitectónico, obra de Pedro Ramírez Vázquez, es tan interesante como el contenido), y que viene a decir que todas las culturas son equivalentes. Aplicado al caso: el descubrimiento de América no es tanto un concepto propio de la historia de la Humanidad cuanto un concepto relativo a la cultura cristiana, un concepto puramente «etnocéntrico»; a lo sumo, podrá ser sustituido por el concepto etic de «contacto», de contacto intercultural. «Descubrimiento de América» sería sólo el nombre eurocéntrico de los múltiples «contactos culturales» que tuvieron lugar con ocasión de los viajes colombinos. Al parecer habremos regresado así a un plano científico neutral, omnisciente, cuyo límite es la ciencia divina. Desde la perspectiva de esta ciencia divina, que se mantiene más allá del espacio y del tiempo (es decir, en la quinta dimensión) parecen proceder muchos antropólogos o historiadores cuando creen necesario comenzar la exposición del descubrimiento de América con un cuadro sobre el «estado de la Humanidad» en los años finales del siglo XV; pues la Humanidad es en el fondo tratada aquí como si fuera el auténtico sujeto descubridor. De hecho, incluso «la humanidad» se define en general por su capacidad descubridora y, en particular, por su capacidad de descubrimiento mutuo; esta capacidad habría que considerarla sólo parcialmente desarrollada en tanto en que el Viejo y el Nuevo Mundo (es decir: aztecas y extremeños o bien incas y castellanos) permaneciesen mutuamente encubiertos; por ello, el descubrimiento de América es el momento en el cual la capacidad descubridora del hombre ha llegado a su máximo y, por tanto (después del conocimiento mutuo de aztecas y extremeños o bien de incas y castellanos), la Humanidad puede decirse que existe plenamente. Podemos ya rendirle homenajes.

No deja de tener interés el analizar en detalle los componentes en virtud de los cuales esta idea, así reconstruida, puede considerarse metafísica. Nos limitaremos a destacar el siguiente, por la aplicación que tiene, inmediata, a la teoría del descubrimiento: el esquema dramático de la anagnorisis, el esquema del reconocimiento o encuentro de dos personas que, habiendo estado unidas en la infancia y tras larga separación, se encuentran y redescubren mutuamente. Un motivo dramático que alienta en el fondo de mitos cosmogónicos de tipo gnóstico. Aplicado este esquema a nuestro caso él sugiere que una teoría del descubrimiento nos ofrecerá el drama o itinerario de una humanidad que in illo tempore existía como un ser dotado de capacidad descubridora (mutua, se supone), pero que quedó fragmentada (alienada) por motivos no explícitos, distribuida en continentes incomunicados. Sus fragmentos crecieron, maduraron –es decir, creció y maduró su «capacidad descubridora»– hasta alcanzar su límite en el reencuentro o redescubrimiento de las partes, de las culturas continentales, reintegradas en la unidad presente de la totalidad planetaria.

A nuestro juicio, con semejante doctrina no estamos simplemente elevándonos a las alturas de una visión divina, de «su ciencia media», por lo menos, en todo caso inocente o inofensiva; estamos ocultando ideológicamente la estructura social e histórica misma del proceso de los descubrimientos de los siglos XV y XVI, que no fueron (o no lo fueron en el mismo plano) «descubrimientos mutuos de una humanidad previamente dispersada» (pues esa humanidad previa sencillamente no existía, en términos histórico-positivos) sino el descubrimiento que una determinada cultura hizo de las otras y no por casualidad (puesto que el descubrimiento recíproco era imposible) sino porque estaba inscrito en su misma «ley de desenvolvimiento». El «descubrimiento recíproco» no es, en todo caso, un proceso inmediato y nunca es simétrico; es un proceso posterior y de signo diferente que tiene la forma de una [6] enculturación asimétrica por la cual (para bien o para mal; esto es otra cuestión) las culturas del Nuevo Continente, sin perjuicio de múltiples y valiosísimos préstamos, van siendo absorbidas o asimiladas, a escala macrocultural, lo que comporta una destrucción y desgarramiento (mayor o menor, según los planos) por la cultura descubridora, la cual, a su vez, se transforma también en el propio proceso. El «descubrimiento» no es, por tanto, simétrico, aunque sea recíproco: el descubrimiento de América por España (por Europa) no tiene el mismo significado que el descubrimiento de España (o de Europa) por América, sino que justamente estos descubrimientos tienen propiedades históricas distintas y aún opuestas (para bien o para mal: esto es otra cuestión). Y entre ellas, no es la menos importante esta: que el descubrimiento que las culturas americanas hacen de las culturas europeas implica no ya solo un encubrimiento de sus propios contenidos sino incluso una destrucción, un olvido irrecuperable, que sólo las culturas descubridoras pueden rescatar. Lo que es evidente es que, relativamente poco después del «contacto» (y otra vez: para bien o para mal) ya no está Tlaloc, Viracocha o Huichilipochli en lo alto de los templos americanos –sino Cristo o la Virgen María; ya no hablan (para bien o para mal) las grandes masas de hombres americanos, el quiché, el nahual, el guaraní, sino el español o el inglés. Según esto, todo lo que se ordene a neutralizar esta asimetría, envolviéndola en el concepto de reciprocidad, es una falsificación de la realidad, es un efecto de la falsa conciencia. Y sobre esta falsedad de principio no debería girar ninguna conmemoración del Quinto Centenario, puesto que no podemos olvidarnos de que no sólo quienes conmemoran, sino también quienes participen de las conmemoraciones (tanto si son alemanes como si son argentinos, tanto si son españoles como si son mejicanos) son ciudadanos que hablan español, alemán o inglés –pero no guaraní o quiché–. Es decir, no puede olvidarse que la «cultura» a la que todos quienes tienen que ver con la conmemoración pertenecen es una cultura de familia distinta a la de las familias de culturas precolombinas y que, por tanto, es una ficción o un puro espejismo el suponer que tal conmemoración procede de una instancia situada en una «quinta dimensión» desde la cual fuera posible contemplar el descubrimiento mutuo (recíproco y simétrico) de las culturas «en la unidad de la humanidad».

En el presente estudio nos interesamos por los momentos conspectivos del descubrimiento de América o, mejor aún, por el descubrimiento de América en su momento conspectivo, subordinando a ello cualquier material «resolutivo» que podamos necesitar. Por lo que hemos dicho, no es legítimo considerar el interés por estas cuestiones como meramente especulativo. Solo cuando se mantienen, implícita o explícitamente, determinadas concepciones sobre el descubrimiento, cabe sacar tal consecuencia. Es la idea general del descubrimiento aquella que está modulándose a propósito del descubrimiento de América. No se trata de una idea neutra, acaso trivial, que podamos dar por sentada, ateniéndonos por ejemplo, a la definición del Diccionario de la Academia, que es lo que suelen hacer tantos antropólogos e historiadores positivos de vanguardia. Nosotros, por nuestra parte, rechazamos enérgicamente la tesis crítica de relativismo del descubrimiento, porque mantenemos una tesis crítica de aquellas posiciones críticas, una tesis que no nos devuelve por ello a las posiciones del cristianismo tradicional. Aunque, eso sí, subraya el carácter asimétrico del descubrimiento de América de un modo tan radical que se cree autorizado a afirmar que las tribus que cruzaron el Estrecho de Bering en la época del Clovis descubrieron América de un modo mucho más parecido a como pudieron descubrirla los tapires o los monos araña que al modo como la descubrieron los españoles. Esto nos obliga a reanalizar la idea general de descubrimiento –por tanto, en su conexión con otras ideas correlativas que tienen que ver con sujetos humanos y etológicos, y en particular, con la idea del invento– y a ello dedicaremos la primera sección de este artículo. Debo advertir sin embargo que esta primera sección no pretende ofrecer una teoría filosófica general del descubrimiento –este será el objetivo de un próximo trabajo– sino sólo de aquellos puntos que tengan aplicación inmediata a la cuestión que nos ocupa, al descubrimiento de América.

A efectos expositivos dividiremos la materia de este artículo en las cuatro secciones siguientes:

I. La primera está dedicada, como hemos dicho, a presentar algunas determinaciones generales de la idea de descubrimiento y muy particularmente a establecer la distinción entre descubrimientos manifestativos y constitutivos.

II. La segunda sección incluirá algunas cuestiones relativas a los «motores» del descubrimiento de América, tal como pueden ser formulados «después» del descubrimiento, a la vista de sus resultados.

III. La tercera sección contiene la tesis central: la naturaleza constitutiva del descubrimiento de América, en función del papel que en este descubrimiento corresponde a la teoría de la Tierra esférica.

IV. En la cuarta sección, por último, nos ocuparemos de algunas cuestiones relacionadas con el aspecto resolutivo del descubrimiento de América.

 

Sección I
Descubrimientos manifestativos y descubrimientos constitutivos

1. El análisis de la Idea de «descubrimiento» en su generalidad (que incluye la consideración de sus relaciones con otras ideas afines, en particular la Idea de «invención»), remueve cuestiones de principio, que ya han sido suscitadas por la filosofía clásica, a saber y sobre todo: la cuestión de la realidad que es posible atribuir a las configuraciones de nuestro mundo entorno, cuestión que, como es sabido, es respondida de modos muy diversos, ya sea por el llamado «realismo natural» (las configuraciones de nuestro mundo, pongamos por caso, las órbitas de la Luna o de Venus, tienen, en general, una realidad absoluta e independiente de las operaciones cognoscitivas del astrónomo), ya sea por el «idealismo gnoseológico» (las órbitas de Venus o de la Luna han de ser consideradas íntegramente como construcciones subjetivas, artefactos, de los astrónomos matemáticos), ya sea por el «realismo dialéctico» (las órbitas de Venus o de la Luna no son configuraciones absolutas, sino resultantes de las operaciones de los sujetos gnoseológicos, pero no por ello son construcciones subjetivas, [7] sino objetivas y necesarias cuando son científicas, en tanto están determinadas por la misma composición de los fenómenos materiales ofrecidos a la observación y a la experimentación).

Es evidente por tanto que el concepto de «descubrimiento» que pueda ser ofrecido por un realista natural (a veces llamado realista vulgar o ingenuo), será muy diferente de aquel que pueda darnos un idealista gnoseológico; y, recíprocamente, un determinado concepto de descubrimiento arrastrará de manera más o menos inmediata una filosofía en el sentido dicho (una filosofía realista natural, o idealista, o dialéctica). Así, por ejemplo, desde la perspectiva del realismo vulgar, podría postularse una distinción convencional entre «descubrimiento» e «invención» en términos parecidos a los siguientes: el descubrimiento es un proceso en virtud del cual se logra hacer patente una «configuración» que preexistía al proceso mismo del conocimiento por el sujeto descubridor, mientras que la invención designará al proceso según el cual el sujeto (o los sujetos, cooperativamente) construyen una configuración que se supone no preexistía a ese proceso de invención. El descubrimiento del bacilo responsable de la peste bubónica es el resultado de los trabajos de Yersin, que no fabricó ese bacilo, puesto que le preexistía; pero la invención de la lámpara de incandescencia es el resultado del genio de Edison antes del cual no hubo jamás lámparas de incandescencia. (Es evidente que el idealismo gnoseológico no puede ofrecer una explicación fácil e inmediata de esta distinción, puesto que si todas las configuraciones son construcciones subjetivas, tanto el bacilo de Yersin como la lámpara de incandescencia deberían ser consideradas como invenciones: mientras que el realista distingue claramente, en principio, entre descubrimientos e invenciones, según el criterio expuesto, el idealista parece que tenderá a presentar los propios descubrimientos como si fuesen invenciones).

Podría parecer impertinente suscitar este tipo de cuestiones de «filosofía primera» a propósito del descubrimiento de América; pero este parecer sería engañoso, si se tiene en cuenta es ineludible la pregunta: «¿el Descubrimiento de América es efectivamente un Descubrimiento o es una Invención?». Al menos un conocido escritor mejicano, Edmundo O'Gorman, escribió, hace ya treinta años (1958), un libro bien fundamentado en el que se planteaba, a su modo, este asunto: La Invención de América (O'Gorman dice que el primero que formuló la idea del «Descubrimiento» fue Gonzalo Fernández de Oviedo, después de la «Invención», «lo que no deja de ser –añadió O'Gorman en su conferencia de Madrid (octubre 1986)– una interpretación retroactiva y, por tanto, anticonstitucional»). Sin duda, la posición de O'Gorman, defendiendo el carácter histórico del descubrimiento (como un largo proceso que no puede reducirse a la mera constatación del «hecho geográfico», [8] la constatación de unos acantilados o incluso de un continente) no implica idealismo gnoseológico, puesto que, aún desde supuestos realistas podría sostenerse la tesis de O'Gorman, en tanto la refiramos, no ya al «descubrimiento inicial» sino a la formación del concepto de América, que no puede utilizarse anacrónicamente como una referencia que actuase ya en los que gobernaban a las carabelas. (Decir que Cristóbal Colón salió del puerto de Palos a descubrir América recuerda aquella frase de comedia en la que un capitán decía: «me voy a la Guerra de los Treinta Años»; y, en efecto, es sumamente problemático, o al menos meramente convencional, el haber tomado el año 1492 o incluso cualquiera de los sucesivos inmediatos como fecha de referencia del «descubrimiento» de América).

Con todo, si la argumentación de O'Gorman nos parece confusa y, de no parecérnoslo, sería porque nos parece trivial (puesto que nadie niega que Colón, en perspectiva emic no descubrió América y, lo que es más, tampoco pudo descubrirla), ello es debido precisamente a que se está argumentando (o en la medida en que se está argumentando) desde el realismo ingenuo, es decir, a que se presupone ya una nítida distinción en el sentido dicho entre descubrimiento e invención. Y que lo que se discute es tan sólo la clasificación de un caso particular («América: ¿descubrimiento o invención?») pero sin regresar al fundamento mismo de estas «categorías taxonómicas». Sospechamos que en la argumentación de O'Gorman, tan interesante, sin embargo, en su terreno, están presionando las limitaciones del realismo ingenuo que, al exigir el reconocimiento, para América, del estatuto de una realidad preexistente a los descubridores, tienden a borrar los componentes constructivos, los cuales sólo pueden ser recuperados (desde el realismo natural) apelando a la categoría de la invención. Pero esta categoría compromete la realidad continental y sus relaciones con los hombres y, al propio tiempo, desvía de los verdaderos motivos objetivos (la teoría esférica, según nuestra tesis, que expondremos en la Sección tercera), por los cuales es posible y necesario afirmar que América no es un descubrimiento en su sentido manifestativo (según expondremos más abajo, desde las premisas del realismo dialéctico), pero sin que tampoco pueda decirse que es una invención (en su sentido convencional). América –es nuestra tesis– es un descubrimiento constitutivo, no es un mero descubrimiento manifestativo, ni tampoco una invención.

Sin olvidarnos del marco en el que ha de mantenerse este artículo, nos limitaremos a presentar, no ya una crítica en forma del realismo ingenuo, pero si una crítica ad hominem del mismo, en tanto que perspectiva inútil para establecer distinciones operativas en cada caso (por ejemplo, en el caso americano) entre los descubrimientos y las invenciones, una vez que los conceptos han sido establecidos en abstracto, según el modo dicho. (Estamos ante un caso de conceptos de «sobrecubierta», cuya claridad abstracta no puede luego traducirse en aplicaciones materiales concretas, como les ocurre por ejemplo a los conceptos de «cuerpo ligero» y «cuerpo pesado» de la Física aristotélica).

En efecto, la distinción, tal como suele ser propuesta desde el realismo natural o ingenuo –por Jacques Hadamard, por ejemplo–, es arbitraria en el sentido de que el criterio utilizado (configuraciones preexistentes / configuraciones producidas o creadas) no corresponde de hecho con el sentido mismo de las palabras que son, muchas veces, en español, sinónimas. Ya por su etimología: «invención» procede de invenio, que significa precisamente descubrir (por ejemplo, se hace un inventario de los objetos o bienes que ya existen). La «Invención de la Santa Cruz» es una conmemoración en la que la Iglesia católica celebra el hallazgo (descubrimiento), supuesto o real, de la Cruz de Cristo. En la lógica escolástica, de inspiración aristotélica, «invención» equivalía, ante todo, a la determinación de los tópicos (o lugares comunes, «preexistentes»), de la argumentación. «Des-cubrir» (como su supuesto correlato griego a-letheia), es metafóricamente «quitar el velo» que cubre a la configuración de referencia. Pero como semejante «velo», en general, no se sabe lo que es objetivamente, cuando se entiende en su uso metafórico, hay que pensar que su significado es subjetivo, es decir, relativo a un estado previo de ignorancia o ceguera del sujeto. Y así, muchos inventos resultan ser descubrimientos: el invento de la brújula es presentado algunas veces como el descubrimiento de que una aguja imantada se orienta según los polos; descubrimiento porque antes de él la aguja seguía orientándose, pero los hombres, tenían un velo ante sus ojos...; el pararrayos fue inventado por Franklin, pero su invento consistió en el descubrimiento de que una tremenda corriente pasaba por la barra que tenía en sus manos. Y muchos descubrimientos tendrían que ser llamados inventos si tuviésemos en cuenta la artificiosidad de las construcciones que han sido necesarias para alcanzarlos (puede pensarse por ejemplo en un reactor nuclear: empieza a funcionar cuando la simple presencia del uranio alcanza una masa crítica; por eso son posibles reactores naturales; sin embargo un reactor nuclear es una de las invenciones más complejas que ha tenido lugar en nuestro siglo, en razón de la artificiosidad de los dispositivos necesarios para que la reacción espontanea se produzca). No pueden sin embargo ser considerados tales en virtud de las exigencias de la configuración descubierta, a saber, la exigencia de preexistir previamente al sujeto descubridor. Así, por ejemplo, el «descubrimiento de la continuidad de las funciones derivables» no podría, sin violencia, ser llamado un invento; pero tampoco tiene sentido suponer que la proposición: «las funciones derivables son continuas» es una proposición que pueda flotar en un éter absoluto, preexistente e independiente de los matemáticos que con una extraordinaria dosis de artificio la han demostrado.

Además, podemos citar abundantes ejemplos de descubrimientos (en modo alguno inventos, dada su pretensión de objetividad natural o ideal, es decir, de realidad no artificiosa) que, por su carácter negativo, no podrían decirse que preexisten al sujeto operatorio, puesto que ni siquiera tiene sentido atribuirles esta preexistencia. Así, el «descubrimiento del segundo principio de la termodinámica», es decir, el descubrimiento de la imposibilidad física del perpetuum mobile de segunda especie no es, desde luego, un invento, pero no por ello cabe afirmar que ese perpetuum mobile imposible preexista al sujeto que lo enuncia, pues es imposible. Otro tanto se diga del teorema topológico: «sólo existen cinco especies de poliedros regulares». Este teorema es un descubrimiento, no es un invento; pero no cabe afirmar que ese descubrimiento consiste en «sacar a la luz» una configuración ya preexistente, puesto que tal configuración se forma en el mismo proceso de su construcción (tampoco Don Quijote, si seguimos, aunque sea de lejos, a Unamuno, es un invento de Cervantes, [9] sino un descubrimiento suyo: pero la configuración «Don Quijote» no preexistió a Cervantes). Por consiguiente, el concepto de descubrimiento no puede alcanzarse apelando al trivial criterio de las «configuraciones preexistentes», a la manera del realismo natural, que ahora se nos revela más bien (en el momento de oponer «descubrir» e «inventar») como un realismo infantil. Habría que preguntar: ¿Qué tipo de descubrimiento, o qué modo de descubrimiento, o qué género de descubrimiento, es el Descubrimiento de América?

2. El protos pseudos del realismo natural, cuando se utiliza como telón de fondo para definir la Idea de «Descubrimiento» (y, correspondientemente, la Idea de «Invención»), acaso haya que ponerlo precisamente en la tendencia simplificadora a considerar los descubrimientos (inventos) como procesos que tienen lugar en la relación del Sujeto (entendido en términos absolutos; y aún con mucha frecuencia, este sujeto se identifica con «el Hombre», o con «la Humanidad», puesto que ella sería «la que descubre») y el Objeto (o mundo de los objetos). Se trata de una transcripción literal del uso ordinario (pero, por ello mismo fenoménico) del concepto de descubrimiento en contextos tales como los siguientes: «la Compañía petrolífera S, mediante perforaciones de determinada profundidad, ha descubierto una importante bolsa de gas propano». En el uso ordinario se procede, como si ante el Sujeto (o bien, ante una Compañía de Sujetos) se hubiera «revelado», manifestado o hecho presente un objeto (el gas propano de la bolsa), que preexistía, desde luego, pero oculto, encubierto. Pero este análisis del proceso del des-cubrir es muy grosero, precisamente porque al tomar el «Sujeto» (individual o grupal, social o abstracto) como Sujeto absoluto, no tiene en cuenta la estructura que a ese sujeto hay que atribuir como posible sujeto descubridor (por ejemplo, en nuestro caso: debe poseer un lenguaje desarrollado, en el que estén dados significados gramaticalizados tales como «bolsa», «gas», &c.; debe entenderse a ese sujeto como un sujeto operatorio que prepara plataformas, torres, motores, &c.). Además, el «objeto» tampoco puede ser tratado como si fuese la mera «realidad» o «ser». Es un objeto organizado, en el que hay atmósfera, superficie terrestre o marina, caminos, rocas metamórficas, por tanto, mapas, &c. En resolución: la idea de descubrimiento no puede reconstruirse como si fuese una relación binaria a partir del par [S,O], es decir, a partir del par de conceptos elementales de «Sujeto» y «Objeto», como tampoco el concepto de circunferencia se construye a partir de los conceptos de punto y recta (la definición de circunferencia por lugares geométricos es sólo una redefinición de figuras previas que [10] contienen ya, por ejemplo, «arcos» o «giros»). Y si nos atenemos a estos elementos S,O, el mínimum de complejidad requerida para nuestro propósito sería por lo menos el de esta relación terciaria: [S1, Oq, S2], o bien [O1, Sq, O2], que podemos tratar como estructuras duales. En el primer caso nos acercamos a una concepción del descubrimiento en una perspectiva más bien subjetual (no subjetiva): «el descubrimiento es el proceso por el cual el sujeto, en su estado S1, incorpora o toma contacto con un objeto Oq que lo transforma en el estado S2» –este sería el análisis más elemental de usos tales como: «el califa al-Mansur y con el los musulmanes, descubren, gracias al médico Churchis, los escritos de Aristóteles». En el segundo caso el proceso del descubrimiento será referido más bien al plano objetual: el descubrimiento es un proceso en virtud del cual, a partir del objeto O1 (i.e., un estado de objetos, por tanto de relaciones, al que llamamos precontexto P), a través de un sujeto Sq operatorio (por tanto, que lo manipula o modifica, &c.) llegamos al objeto O2 (a un estado de objetos que contienen O2)». En lo que sigue, preferiremos la perspectiva objetual en el tratamiento del concepto de descubrimiento. Según ella, diremos por ejemplo: «el descubrimiento que Penzia y Wilson realizaron en 1964 consistió en que partiendo, como precontexto objetivo, de una atmósfera 'cruzada' por un número indeterminado y abigarrado de fenómenos vibratorios u ondulatorios del más diverso tipo (según las direcciones unilaterales de las ondas, y según su naturaleza: ondas de radiotelegrafía, de televisión y telefonía, rayos cósmicos, vuelos de palomas, &c.) hicieron posible que se determinase la existencia de una 'radiación de fondo' objetiva, uniforme en intensidad en todas las direcciones (interpretada a su modo por la teoría del 'big bang')». De esta suerte diremos que el estado objetual dado O1 (un precontexto del que se parte) se transforma, da lugar o conduce al estado objetivo O2 constituido por la radiación de fondo descubierta. Utilizando la perspectiva subjetual cabría decir que el sujeto descubre sólo en función de un contexto objetivo previo (el precontexto). Según la naturaleza del sujeto (ave, mamífero, hombre), así también la naturaleza de los descubrimientos o de los inventos (por ejemplo, el «invento» del nido por el ave, o de las empalizadas por los castores). Desde luego, la estructura del descubrir o del inventar humanos alcanza unas características sui generis ligadas al lenguaje fonético articulado, que hace posibles las operaciones normalizadas (por ejemplo, las normas de tallado de un hacha de sílex paleolítica). Los contextos objetuales o precontextos son también diversos según las culturas o las épocas históricas. Las llamadas «concepciones del mundo» (Weltanschauungen) de un pueblo desempeñan el papel de precontextos del descubrimiento o de la invención. Cuando referimos los descubrimientos a la ciencia o a la tecnología vinculada a ella, los precontextos son llamados «contextos determinados». Por último, y en general, supondremos que los precontextos no son nunca estructuras o sistemas inmóviles, quietos o fijos, sino que su realidad consiste precisamente (como su propio concepto lo requiere, puesto que la idea de precontexto está referida al descubrimiento) en estar continuamente remitiendo a descubrimientos que de algún modo lo transforman, a la manera como un organismo vivo no es un sistema de corpúsculos cristalizados, sino en perpetuo movimiento metabólico, en intercambio con el medio.

Ahora bien, esta misma generalidad a la que hemos creído necesario tener que regresar para poder aprehender ciertos rasgos esenciales de la idea de descubrimiento exige su inmediata determinación o desarrollo interno, la exposición de la inmediata especificación de la idea general de descubrimiento. Una especificación interna a la idea; puesto que es evidente que son posibles formas de especificación que no estarán dadas desde la estructura misma, tal como la hemos dibujado, sino desde algunas partes suyas. Así, si nos atuviéramos a las diferencias materiales (categoriales) de los mismos objetos (o mundos de objetos) descubiertos, podríamos distinguir, como se hace con frecuencia, los «descubrimientos geográficos» de los «descubrimientos geométricos»; los «descubrimientos termodinámicos» de los «descubrimientos biológicos». Distinciones de una gran importancia, sin duda, pero que no afectan (al menos de un modo directo o inmediato) a las diferencias mismas del «descubrir», afectan sólo a los contenidos descubiertos. Suponemos además que un descubrimiento geográfico no se diferencia de un descubrimiento geométrico del mismo modo a como se diferencian los descubrimientos neutros (ver más adelante) y los descubrimientos negativos, o bien los descubrimientos manifestativos y los constitutivos, de los que hablaremos a continuación; y ello porque estas últimas distinciones (que consideramos internas a la Idea de Descubrimiento) resultan ser transversales a las distinciones materiales (categoriales) y, así, un descubrimiento «neutro», aunque sea geográfico, se parecerá más, en cuanto a estricto proceso de descubrimiento, a otro descubrimiento neutro biológico que no a un descubrimiento geográfico pero no neutro, sino negativo.

3. Es posible delimitar, en principio, con precisión operatoria, el grupo de los que llamaremos «Descubrimientos del Primer Género» o «Descubrimientos manifestativos» y el grupo de los que llamaremos «Descubrimientos de Segundo Género» o «Descubrimientos constitutivos». Los descubrimientos del primer género son aquellos que, efectivamente, satisfacen la definición etimológica convencional (des-cubrimiento), por cuanto ellos nos ponen en presencia de configuraciones que se suponen no ya tanto preexistentes cuanto conocidas previamente al acto descubridor; el cual, por tanto, puede justificadamente ser comparado con el convencional «levantar el velo» que ocultaba a la configuración de referencia (decimos convencional porque no todos los filólogos están de acuerdo con la consabida etimología).

La diferenciación de los descubrimientos en dos géneros la derivamos de la diversidad que cabe establecer en las relaciones entre el contexto fenoménico (Of), cuya unidad es eminentemente pragmática, y el sistema esencial (Os) en tanto estas relaciones se consideran no solo en la dirección «ascendente» (la dirección de Of a Os) o de regressus, sino también en la dirección «descendente» (la dirección de Os a Of) o de progressus. Hablamos de direcciones, más que de sentidos, en la acepción de la Dinámica, porque los sentidos pueden pertenecer a una misma dirección y esto llevaría a sobreentender que los movimientos (Of → Os) y (Os → Of) fueran no sólo recíprocos sino simétricos el uno del otro, algo así como la misma dirección recorrida en sentidos opuestos. Este será solo un caso particular; pero en general es conveniente tener en cuenta que el simple cambio de posición, en la representación algebraica de Os respecto de Of no es un cambio meramente formal, sintáctico, puesto que sólo mediante cambios del contexto material significativo puede Os aparecer una vez [11] como término de un regressus y otra vez como comienzo de un progressus. Dicho de otro modo, el contenido material de Os como término del regressus no tiene por qué ser exactamente el mismo que el contenido de Os como principio de un progressus y en ocasiones la unidad entre ellos es establecida a partir de la misma circularidad o encadenamiento de ambos procesos.

Presuponemos que el concepto de descubrimiento comprende tanto el proceso ascendente como el descendente, pero sólo puede considerarse culminado en este último. Ello nos obliga a corregir enérgicamente la distinción, debida a Reichenbach, y que goza de amplia difusión, entre los «contextos de descubrimiento» y los «contextos de justificación», al menos en la medida en que los miembros de esta distinción sean coordinados, como lo son muchas veces, respectivamente con el sentido ascendente y el sentido descendente del proceso global del descubrimiento. En efecto, cuando en lugar de cubrir con el concepto de descubrimiento al proceso global, se contrapone descubrimiento a justificación, como quiera que la justificación corresponde, en general, a una fase descendente, habrá que concluir que el descubrimiento se mantiene en el ámbito del regressus (por ejemplo, de la inducción). Pero el regressus sólo puede, por sí mismo, desconectado del progressus, ser llamado descubrimiento en un sentido psicológico-subjetivo (descubrimiento como «ocurrencia», hipótesis, modelo o teoría aún no verificada a justificada). Precisamente la oposición de Reichenbach tendía a sacar fuera de la Lógica a los contextos de descubrimiento como episodios subjetivos (individuales o sociales), «externos» al plano de la ciencia estructurada; y, desde luego, el único modo de reintroducir el concepto de descubrimiento en la lógica histórica de las ciencias es incluir en su concepto precisamente a la justificación, puesto que sólo aquí culmina el descubrimiento. (El «descubrimiento» de los canales de Marte a finales del pasado siglo no puede en absoluto considerarse como un descubrimiento científico). Por ello, si se insiste, como parece legítimo, en hablar de justificación para conceptualizar la fase lógica terminal del descubrimiento, tendremos que dejar de hablar de descubrimiento para hablar de la fase ascendente (hablaremos de «investigación», como término neutral, que tanto puede aplicarse a un proceso que va a completarse efectivamente con un descubrimiento, como a un proceso que no termina en nada). Sólo anaforicamente puede retrospectivamente llamarse descubrimiento al desenvolvimiento (en rigor: a la invención) de un sistema (como pudo serlo la teoría del neutrino de Pauli en 1932) que ulteriormente ha sido «conformado», es decir, construido o constituido (no meramente «verificado») como sistema de los fenómenos de referencia.

Ahora bien, es obvio que ni los movimientos de regressus ni los de progressus tienen por qué desenvolverse siempre de la misma manera. Por nuestra parte distinguiremos dos formas extremas de tener lugar estos procesos; dos formas que, aunque suelen darse por separado, también pueden aparecer combinadas en un mismo descubrimiento. Dicho de otro modo, habrá descubrimientos que pertenecen prácticamente de un modo total al primer género (como sería el caso del «descubrimiento de Howard-Carter» de la tumba de Tutankamen), habrá descubrimientos puros [12] del segundo género (como el descubrimiento de Kepler de las órbitas elípticas) y habrá descubrimientos que participan de los dos géneros (como el descubrimiento de Von Frisch del lenguaje de las abejas).

Los descubrimientos del primer género, que llamamos descubrimientos manifestativos, se caracterizan:

a) En su fase ascendente porque ellos nos conducen a una estructura o esencia que ha de figurar como habiendo sido ya previamente «conocida internamente» por otros sujetos positivos (descartamos, por nuestra parte, los sujetos divinos, en el sentido de Berkeley o de Santo Tomás, o los sujetos demoniacos; no descartamos los sujetos animales –los tapires o los monos araña–). Ahora bien, esta circunstancia sólo puede tener un significado interno al proceso del descubrir conspectivo si el preconocimiento supuesto figura no ya como motivo ordo cognoscendi sino como contenido ordo essendi de la propia estructura esencial descubierta. En cualquier caso descartamos la condición de previo conocimiento en relación con las cuestiones de la prioridad temporal en el descubrimiento. Teniendo en cuenta que un descubrimiento puede haber sido hecho independientemente por diferentes individuos o grupos sociales, se comprenderá que no tratamos de esta relación (importante, sin duda, en otros contextos), pues esta prioridad sería extrínseca y la relación entre los descubrimientos sería de tipo isológico. Pero sólo puede figurar de modo interno un preconocimiento de la estructura descubierta en el contenido de la propia estructura descubierta cuando esta haya sido inventada previamente por sujetos distintos de los descubridores. Descubrir es ahora re-conocer, descubrir estructuras realizadas por otros, en el sentido del verum est factum.

b) En su fase descendente los descubrimientos de este primer género no procederán en el sentido de constituir o configurar un determinado orden de fenómenos, puesto que este orden de fenómenos ha de suponerse ya dado, aunque disperso o distorsionado. En estas condiciones, el descubrimiento de una ciudad o el de la tumba de un faraón podrán considerarse como descubrimientos manifestativos. Los indicios, o fenómenos vestigiales (relatos, analogías, reliquias, partes formales), conducen a la determinación de una estructura que fue ya compuesta según normas que son las que ahora se identifican. También el descubrimiento de una guarida animal –en la medida en que haya sido fabricada operatoriamente– podrá considerarse como un descubrimiento manifestativo.

Los descubrimientos del segundo género o descubrimientos constitutivos se caracterizan:

a) En su fase ascendente, porque conducen a una estructura esencial que no ha sido conocida internamente –es decir, construida– por otros sujetos gnoseológicos positivos (sin entrar en «cuestiones de prioridad»). Advertimos que esta caracterización negativa nos permite mantenernos provisionalmente más acá de las cuestiones ontológicas en torno a la antinomia realismo/idealismo, en la medida en que esta antinomia tiene la indudable influencia que hemos advertido, sobre la distinción entre los descubrimientos (sobre todo aquellos que no son manifestativos, sino constitutivos) y los inventos. Porque, como hemos dicho, el realismo radical (teológico) tenderá, en el límite, a interpretar a todo descubrimiento como manifestativo (puesto que al menos Dios lo ha conocido internamente por su ciencia de visión, de simple inteligencia, o por su ciencia media) mientras que el idealismo radical (subjetivo) tenderá a ver todo descubrimiento como un invento del propio sujeto que pone el mundo. Reconocemos que es imposible eludir las cuestiones implicadas en la antinomia idealismo/realismo, en el momento de dar criterios de distinción entre inventos y descubrimientos. Tan sólo diremos que aún en el supuesto de admitir el papel activo del sujeto descubridor en la constitución de las estructuras esenciales descubiertas, tal admisión no conduce a borrar la distinción entre descubrimientos constitutivos e inventos, pues habrá descubrimiento cuando las partes de la estructura descubierta no se muestren ligadas a través de las operaciones subjetivas del descubridor, mientras que habrá inventos cuando las partes de la estructura descubierta sólo puedan concebirse ligadas, al menos en su génesis, a través de las operaciones. Tampoco equivale lo anterior a suponer que las estructuras descubiertas constitutivamente (no inventadas) son previas e independientes de los hombres o de los animales (según la tesis del realismo natural), puesto que la segregación de las operaciones descubridoras no implica la segregación de toda relación a los hombres o a los animales. El teorema de Pitágoras no es un descubrimiento manifestativo: nadie lo conoció internamente antes de Pitágoras, pero ello no significa que haya que suponer a la estructura pitagórica como «preexistente eternamente» en el cosmos, por no decir en la mente divina. Sin duda hay que suponer dada una cultura humana que fabricó figuras triangulares, cuadrados y círculos y que operó con ellos. Virtualmente, en estas figuras culturales estaban dadas unas relaciones que Pitágoras descubrió constitutivamente, que no inventó, pero que tampoco se limitó «a manifestar».

b) En la fase descendente, en cambio, la constitución ya se puede aproximar más a una composición, invención o reorganización. Pues ahora, los fenómenos dispersos antes de la constitución, serán reorganizados, reordenados como tales fenómenos y por tanto, constituidos en su calidad de fenómenos (por ejemplo, los fenómenos serán ahora las figuras triangulares a las que se adosan los rectángulos, los cuadrados, &c.).

4. Hablaremos también de descubrimientos materiales y descubrimientos formales. Los descubrimientos de grado intermedio los denominaremos, cuando no sea necesaria mayor precisión, o bien predescubrimientos (en el supuesto de que la materialidad descubierta sea parcial u oblicua cuando se considera retrospectivamente desde el descubrimiento formal) o bien descubrimientos cuasi-formales.

La distinción entre descubrimientos materiales y formales no debe confundirse con la distinción entre descubrimientos intencionales y descubrimientos efectivos. En rigor, los descubrimientos intencionales son pseudo descubrimientos, o bien no-descubrimientos (como en el caso de «el descubrimiento de los canales de Marte» hace un siglo, o el «descubrimiento del hombre de Piltdown», que, en realidad, fue un invento del padre Teilhard de Chardin, como ha demostrado Stephen Jay Gould en Desde Darwin, reflexiones sobre la Historia Natural y El pulgar del panda, capítulo 10). Los descubrimientos materiales y formales son todos ellos efectivos; solo que los descubrimientos materiales «todavía no son plenos descubrimientos», e incluso son [13] «encubrimientos», que solo retrospectivamente (desde el descubrimiento formal) pueden, a veces, ser considerados como descubrimientos efectivos, puesto que, en sí mismos, podrían parecer a veces meramente intencionales, pseudo descubrimientos.

La distancia entre el descubrimiento material y el descubrimiento formal, es, a veces, la distancia entre la parte y el todo o recíprocamente; otras veces es la distancia entre lo que es ejercido y lo que es representado o formalizado (el descubrimiento, en su sentido crítico, autocrítico, de que ciertos dogmas cristianos fundamentales no podían ser mantenidos después de descubierta la fauna americana –¿estuvieron los animales del Nuevo Mundo representados en el Arca de Noé?– o después de descubiertos los hombres precolombinos –¿cómo pudieron llegar a América los apóstoles si era verdad el precepto: id y predicad a todas las gentes?– fue sin duda ejercido antes que representado, puesto que actuaron inmediatamente mecanismos de encubrimiento tendentes a evitar la catástrofe ideológica, tales como, por ejemplo, el mito de las tribus perdidas o el de la Virgen de Guadalupe mejicana –la Coatlaxopeuh, del indio Juan Diego–, o del Moisés americano); otras veces, la distancia entre lo confuso y lo distinto (un descubrimiento material logra acaso aprehender una configuración A dentro de un precontexto, pero esta configuración se nos da precisamente intersectada o confundida parcialmente con B, con C, &c., y sin que estas intersecciones puedan considerarse como meramente coyunturales, puesto que pueden ser incluso necesarias en el ordo inventionis). El «descubrimiento» del llamado magnetismo animal por Mesmer (supuesto que no fuera un pseudo descubrimiento) comenzó como un descubrimiento material de fenómenos confundidos con otras situaciones (la «cubeta de Mesmer») que pudieron luego ser eliminadas; la domesticación del perro, la siembra de semillas, son descubrimientos que comenzaron de un modo meramente ejercido o material (según algunos etólogos, el perro ni siquiera fue domesticado, sino que se adaptó perfectamente a los grupos de cazadores humanos); el Pithecantropus Erectus, tal como lo descubrió Dubois en Java (como realización neutra o descubrimiento neutro del «eslabón intermedio» que figuraba en el precontexto trazado por Haeckel) era un descubrimiento material, confuso, pues el «eslabón» era considerado contiguo con el «mono», ignorando los géneros intermedios que ulteriormente hubieron de distinguirse, sobre todo el Austrolapitecus. En cierto modo, el cuadro de Haeckel, desarrollando, en el orden de los primates la doctrina de Darwin, respecto del Pithecantropus de Dubois, ocupa un puesto similar al que corresponde al mapa de Toscanelli, desarrollando la doctrina de Tolomeo, respecto de las Indias orientales de Colón. También el descubrimiento de América, por Colón, fue solo un descubrimiento material, puesto que confundió el continente descubierto con el continente asiático y hubo que esperar a Juan de la Cosa y a Américo Vespucio para lograr el descubrimiento geográfico formal, representado, de América. Y si el descubrimiento de Colón fue solo un descubrimiento material en el orden geográfico, el descubrimiento de México azteca por Cortés fue, en el orden histórico, también un descubrimiento material y no formal, si es verdad que Cortés sólo vio en el Imperio Azteca una sociedad salvaje dominada por el diablo, que inspiraba sus horrible sacrificios y actos de canibalismo. Y esto sin perjuicio de que contemplase de frente aquel imperio según el modo como nos lo presenta la brillante descripción de C. W. Ceran: «por primera vez en la historia de los grandes descubrimientos arqueológicos se daba el caso de que un hombre del Occidente cristiano no tuviera que reconstruir laboriosamente, estudiando sus ruinas, una cultura extrema, remota y rica, sino que tropezaba con ella. Cortes, presentado ante Moctezuma el 8 de Noviembre de 1519 era como si Brugsch-Bey se hubiera hallado de repente, en el valle Der-el Vahri, ante Ramses el Grande, o como si Koldeway hubiera ido en busca de Nabuconodosor en los jardines colgantes de Babilonia y, lo mismo que Cortés con Moctezuma, hubiera podido conversar con el». También habría que computar como un descubrimiento material y no formal el descubrimiento de la civilización maya, en Copán, que se contiene en la carta que el licenciado Don Diego García de Palacio, miembro de la Real Audiencia de Guatemala, dirigió el 8 de marzo de 1576 a Felipe II dándole cuenta de unas ruinas en el camino de San Pedro en donde «vi un santuario, con una cruz de piedra de tres palmos de alta, con un brazo roto; una gran estatua de más de cuatro varas de alta, que parece un obispo llevando su traje pontifical, con mitra y anillos en sus dedos...». (Por el ejemplo de Colón y Juan de la Cosa advertimos que la formalización consiste muchas veces en una re-presentación gráfica que reorganiza las relaciones de los términos de la configuración descubierta con otras configuraciones del precontexto, pero de tal suerte, que, en ocasiones, el precontexto recibe, por la formalización, una reorganización tan profunda, que solo cuando ella se ha dado cabrá hablar de descubrimiento efectivo). El descubrimiento que tenga lugar en un precontexto que ni siquiera se aproxime (de acuerdo con los criterios propios de cada caso) al contexto en el que se dibuja la configuración de referencia, será en realidad tan solo un pre-descubrimiento, un descubrimiento material en grado incipiente. Sirva como ejemplo el celebrado descubrimiento de la identidad entre la estrella de la mañana y la estrella de la tarde. Es frecuente leer o escuchar afirmaciones como la siguiente: «los mayas ya habían descubierto la identidad entre el lucero matutino y el lucero vespertino», como se demuestra, con evidencia irrecusable por el análisis y [14] desciframiento de la llamada «tabla de Dresde». De esta afirmación (junto con otras similares) se sacan consecuencias de largo alcance relativas al puesto de las astronomía maya (por tanto, de su cultura) en el conjunto de la Historia de la Astronomía, por tanto, consecuencias relativas a la situación de la cultura maya, o de otras culturas mesoamericanas, en el «desenvolvimiento global de la humanidad». Pero no es legítimo meter todo en un saco indiscriminado sin mas rotulo que la palabra «descubrimientos». Es necesario discriminar, por que de esta discriminación podemos obtener como resultado, no tanto la asombrosa colocación de la astronomía Maya en los lugares mas altos y refinados del conocimiento científico, sino, por el contrario, el diagnóstico y medida de un primitivismo astronómico que aparece escondido en el descubrimiento puramente material (en rigor, un predescubrimiento) de la identidad de referencia, un descubrimiento que no contiene por sí mismo ni siquiera los mecanismos operatorios para ser analizado (región representada) como tal descubrimiento. En efecto: por lo que podemos colegir de la tabla de Dresde y de otros documentos o monumentos pertinentes, los mayas habían logrado poner en relación gracias a cómputos de tenaces observaciones calendáricas (temporales) muy precisas los ciclos de apariciones y desapariciones (8 días, 260 días) de la estrella de la mañana y de la estrella de la tarde, si es que Kukulkan puede identificarse con el planeta Venus. Pero estos ciclos calendáricos no podían alcanzar una formulación espacial, que implicaba la concepción esférica de los movimientos de los planetas en la tradición helénica de Eudoxio, Eratostenes, &c.; por consiguiente, el descubrimiento maya no habría rebasado el nivel mitológico en el que se encuentran todavía los llamados Anales de Quetzalcoatl, en los que se enseña que cuando Venus desaparece es porque se convierte en su esqueleto y que cuando reaparece a los ocho días, es por que Quetzalcoatl se ha sentado en su trono divino. En suma, el planeta Venus maya no es ni siquiera un concepto astronómico, es el contenido de una religión en su fase secundaria, un contenido que ha sido sometido a una observación minuciosa durante largos años. Este «descubrimiento de Venus» es en rigor solo un predescubrimiento, ni siquiera un descubrimiento material, puesto que tampoco su precontexto estaba determinado (vid. Anthony F. Aveni, «La astronomía maya» en Mundo Científico, número 16, julio-agosto de 1982, págs. 780-787).

5. Por último, tenemos que referirnos a distintos tipos de descubrimientos que se derivan de las distintas relaciones entre los precontextos y las estructuras descubiertas.

Un desarrollo interno de la idea de descubrimiento (por tanto, una clasificación interna de los tipos de descubrimiento) tal como ha sido delimitada en su generalidad [15] esencial (la relación [P,S,O] ha de atender a la diversidad de relaciones que puedan establecerse entre [P,O], por la mediación de [S], y no a la diversidad de categorías a las que puedan pertenecer los [O] en sí mismos considerados. Ahora bien, tal como han sido presentadas las relaciones entre [P] y [O] por mediación de [S], estas relaciones se parecen a las relaciones de metabolismo, es decir, de asimilación, integración o desintegración de [O] en el precontexto [P]. La idea principal que queremos destacar es esta: [O] no se agrega a [P] de un modo aditivo; es decir, si recurriésemos al canon de las totalidades aritméticas, la agregación no se produciría según la operación [P+O], puesto que se distribuye [O] entre las partes de [P] (que funciona siempre como una totalidad), «integrándose» en cada una de ellas y afectándolas directa o indirectamente. Es decir, que si recurrimos al canon de las totalidades aritméticas, ocurre como si [O] se integrase en [P] en la forma [Pi1Oj+Pi2Oj+Pi3Oj+...+PinOj] = [Pi*Oj]. Diríamos que la composición, en el descubrimiento, de lo descubierto [Oj] con el precontexto [Pi] se analoga más a la composición según el producto [Pi*Oj] que a la composición según la adición (aunque por supuesto, no es producto en su sentido aritmético). Pero es una analogía o artificio suficiente para, utilizándola como canon, guiarnos por ella para llegar a situaciones particulares específicas, así como para prestar el nombre a diferentes tipos o situaciones específicas de descubrimientos que, desde luego, han de configurarse por sí mismas, y que son las siguientes en su estado ideal (al cual se aproximará, en mayor o menor medida, cada proceso concreto de descubrimiento):

(1) Descubrimientos Neutros
(2) Descubrimientos Negativos
(3) Descubrimientos Nulos o Absorbentes
(4) Descubrimientos Particulares

(1) Ante todo, el tipo de descubrimientos neutros positivos (o «descubrimientos neutros», a secas), que son aquellos que dejan a [P] invariante en lo que se estima en él de esencial. Corresponde este caso a aquel para el cual Oj=1 (Pi*Oj=Pi), es decir, al caso en el cual Oj actúa como un módulo o elemento neutro, lo que sólo podrá ocurrir cuando Oj aparezca ya de algún modo como contenido en Pi. De aquí, el carácter neutro del descubrimiento. El descubrimiento de Oj viene a significar una suerte de reiteración de Pi; reiteración que, sin embargo, no debiera confundirse como una monótona o tautológica repetición de un Pi inmóvil, porque Pi, mediante Oj, ha cambiado, se ha transformado, sólo que su transformación es, o se aproxima, a la transformación idéntica. Por ello tampoco sería correcto decir que en los descubrimientos neutros no hay sorpresa –puesto que la sorpresa es un concepto psicológico que, en todo caso, puede estimularse por la misma invariancia de la transformación (como también puede producir sorpresa el que, tras una serie de traducciones sucesivas de un texto dado a otras lenguas, lleguemos a reconstruir exactamente, o casi exactamente, el texto original). Asimismo tampoco sería exacto denominar a los descubrimientos neutros «descubrimientos de corroboración», puesto que, aunque lo sean, no son los únicos procedimientos de la corroboración.

El concepto de descubrimiento neutro es ideal; es un concepto límite, pero no es utópico y a él se aproximan, más o menos, ciertos tipos de descubrimientos que con frecuencia han sido ya observados por oposición a otro tipo de descubrimientos que nosotros conceptuaremos en otras rúbricas. Para poner ejemplos próximos a nuestro asunto, es frecuente contraponer el descubrimiento de Colón, transportado por las carabelas, en 1492, al descubrimiento de la Luna, en 1969, de Amstrong y Aldrin, transportados por el Apolo 11, en el sentido siguiente: que mientras quienes atravesaban el Atlántico en las carabelas iban «hacia lo desconocido», ignorando que iban a descubrir tierras distintas de Asia (puesto que en sus mapas no figuraba América), en cambio, quienes atravesaban el espacio en el Apolo 11 entre la Tierra y la Luna (sin perjuicio de que este espacio fuese diez mil veces mayor) conocían con precisión su trayectoria, marchaban teledirigidos (sin que ello menoscabe, en modo alguno, su heroísmo personal) y tenían previsto científicamente lo que iban a descubrir. Desde luego esta contraposición no puede tomarse con un radicalismo excesivo, puesto que es muy ambiguo decir que las carabelas iban hacia lo desconocido, en absoluto, en cuyo caso estaríamos ante una aventura ciega, carente incluso de valor objetivo (y el valor subjetivo de tales aventuras estaría siempre lindando con la estupidez). Colón y quienes hicieron posible su proyecto, «sabían», de algún modo, hacia donde iban; las carabelas no navegaban hacia lo desconocido en términos absolutos, sino hacia algo conocido, teóricamente, es cierto –en virtud de la teoría de la esfericidad de la tierra, que era entonces una pura teoría– aunque de modo confuso y genérico («tierras al otro lado del Atlántico»), y específicamente erróneo (Cipango, Cathay). De todas formas es evidente que, comparativamente, el volumen de los contenidos que desconocían quienes navegaban en las carabelas a efectos prácticos tenía una magnitud mucho mayor que lo que desconocían quienes eran transportados por el Apolo 11 (y esto sea dicho en reconocimiento del asombroso avance del poder de la técnica y de la ciencia en el corto intervalo de cinco siglos). Y en todo caso, lo que en esta contraposición se está expresando, en términos rigurosos de la distinción que estamos estudiando (y dejando de lado todas las cuestiones psicológicas sobre heroísmos, ignorancias, valentías, de índole subjetual) es esto: que el viaje de las Carabelas tuvo como resultado una modificación sustancial del mapa por el que se habían guiado (el mapa de Toscanelli) comparativamente mucho mayor que las modificaciones que el viaje del Apolo 11 determinó en los mapas astronómicos. O dicho en forma positiva y, pasando al límite: que mientras el descubrimiento de 1492 determinó profundas alteraciones y novedades en el precontexto en el que él tuvo lugar y lo hizo posible, el descubrimiento de 1969, pese a presentársenos como mucho más impresionante desde el punto de vista subjetual, constituyó una reiteración del precontexto y la novedad fundamental (más asombrosa, sin duda, aunque en otro orden, que lo asombroso de el contacto con los nuevos escenarios transatlánticos) fue aquí precisamente la falta de novedad, es decir, el carácter neutro o modular del descubrimiento (las expectativas dramáticas –posible encuentro con selenitas u otras forma de vida lunares, desintegración de los astronautas, hundimiento en un polvo lunar, &c.– que acompañaron los años previos al momento en el que el hombre, un americano, por cierto, puso el pie en la Luna, se mantuvieron fuera del ámbito científico y pueden ser consideradas como pura propaganda para crear un suspense en un viaje cuyos límites estaban perfectamente definidos). Alguien verá acaso en ello una suerte de tautología (en el sentido de la mera repetición de lo [16] ya conocido), pero sólo si carece de capacidad para advertir la naturaleza dialéctica del proceso, de un proceso en el cual es precisamente la confirmación idempotente del precontexto aquella que confirma como tal a este precontexto, tanto o más que a lo descubierto como tal; por tanto, la que confiere al todo su carácter de realidad o de verdad existente, efectiva, y no solo posible o esencial abstracta. La situación es enteramente similar a la que se suscitó a propósito del silogismo aristotélico. Quienes veían (Ramus o Descartes) en su conclusión la mera explanación o repetición de las premisas es porque, presuponiendo una interpretación sustancializada de la verdad de las premisas (como si esta verdad fuese previa e independiente de la verdad de la conclusión), no advertían que la verdad de las premisas silogísticas sólo podía descansar anafóricamente en la conclusión, a la vez que esta descansa en aquellas; por consiguiente no advertían que el silogismo aristotélico, dialécticamente interpretado, lejos de ser una tautología (tomando esta expresión no en el sentido consabido y raquítico de Wittgenstein) meramente explanatoria, constituía una auténtica ampliación que comporta un genuino descubrimiento, precisamente del tipo del que venimos llamando «descubrimientos neutros». Y lo que aún es más importante (aunque aquí no podemos desarrollar este punto): que acaso la estructura de los descubrimientos neutros debiera ser considerada como la forma canónica de todo descubrimiento en general, a la manera como el módulo 1 acompaña a cualquier producto, en tanto todo precontexto, si lo es verdaderamente, incluye de algún modo a lo que con su ayuda se descubre. (La distinción, en este supuesto, entre los descubrimientos neutros y los demás, habría que ponerla en el grado o modo de esa inclusión y no en la inclusión misma tomada en general).

(2) En segundo lugar habría que computar el tipo de descubrimientos que llamamos negativos (en realidad, neutro negativos, correspondientes al módulo –1, que transforma Pi*Oj en –Pi). Se trata, sin duda, de un tipo también límite de descubrimientos, aquellos que partiendo de un precontexto dado Pi nos abren precisamente a una situación definible como opuesta (se dice a veces: «de signo contrario») a la representada por Pi. Hay que reconocer muchas maneras materiales de tener lugar esta inversión; pero lo que importa ahora es constatar que muchos de los conceptos utilizados de hecho en el análisis de los descubrimientos (o en la Historia de la Ciencia) se acogen precisamente a esta forma canónica de los descubrimientos negativos. Y esto empezando por el propio concepto de Revolución científica, en el sentido que cobra ya, antes de Kuhn, en la fórmula kantiana de la «revolución copernicana», cuando el concepto de revolución copernicana no es meramente una permutación de los lugares relativos del Sol y de la Tierra (o, por analogía, del sujeto y del objeto). Porque no nos atenemos sólo al resultado o término ad quem de la transformación, sino que es preciso mantener la referencia a su término a quo, al margen del cual el propio proceso revolucionario se desdibuja. Pero esto equivale a afirmar que el término a quo (el sistema geocéntrico, en el ejemplo) desempeña el papel de precontexto y no de un mero error que pueda ser simplemente olvidado; lo que, a su vez, implica una concepción dialéctica del proceso del descubrimiento científico mediante el cual quedan incorporados al mismo las apariencias, los fenómenos (los segmentos de la línea que, en el libro VII de la República de Platón, se designan como eikasía y pistis). Por consiguiente, que también cuando el descubrimiento equivale a una «revolución copernicana» (o para decirlo con la metáfora de Marx: a una «vuelta del revés» o Umstülpung) nos remite a un precontexto y que partiendo de éste, tan necesario y activo viene a ser en el caso de los descubrimientos positivos, como en el caso de los descubrimientos negativos. Es cierto que no todos los descubrimientos negativos alcanzan grados tales que, por afectar a la estructura misma del precontexto, puedan ser llamados negativos, aunque esto ocurre muchas más veces de lo que algunos pudieran creer. Tal es el caso de la teoría de la relatividad, que presupone sin duda la doctrina «clásica» para que pueda ser configurada (¿cómo podrían escribirse las transformaciones de Lorentz si no es por referencia a los fenómenos clásicos?). Pero también es cierto que en la simple rectificación que el descubrimiento comporta de algún contenido parcial del precontexto, podremos también advertir la presencia de la negatividad.

Singular interés reviste la categoría de los descubrimientos negativos cuando se aplica a situaciones en las cuales cabe mantener la estructura misma de la idea originaria (etimológica) de des-cubrimiento, que es negativa («quitar el velo»). Esto ocurre cuando el descubrimiento incluye la función de una crítica activa a otras configuraciones que se resisten a ser descubiertas, es decir, cuando el descubrimiento supone, no ya tanto «levantar el velo», sino arrancarlo (incluso apelando a disposiciones de tipo militar) a quienes quieren continuar con el velo, o la venda, puesta ante los ojos. Ahora el descubrimiento negativo es un descubrimiento crítico, polémico, que incluye una lucha activa, no sólo contra la inercia de los prejuicios, sino también contra la ideología viviente en una determinada sociedad. Probablemente, uno de los descubrimientos de mayor alcance contenido en el descubrimiento de América fue el descubrimiento de los pueblos o culturas precolombinas, en tanto que él implicaba el descubrimiento negativo, crítico, de la interna debilidad de la ideología religiosa bíblica («¿habían estado los animales americanos en el arca de Noé?, ¿como habían podido llegar los apóstoles a América si es que el cristianismo era una religión católica?»). El motor más potente de la Ilustración, como des-cubrimiento de los prejuicios o idola, fue precisamente el descubrimiento de las culturas americanas.

(3) En tercer lugar estableceremos el tipo de los descubrimientos nulos o absorbentes, cuando Oj sea de tal naturaleza que pueda ser interpretada como un «elemento absorbente». El efecto de tales descubrimientos no sería otro sino el de anular el precontexto (Pi*Oj=0). Por este motivo, los descubrimientos nulos no deben ser confundidos en principio con los descubrimientos negativos ni con los neutros, ni recíprocamente. Ahora, el precontexto quedaría eliminado, en el sentido de que en lo sucesivo se prescindirá de él, como de una hipótesis de trabajo, por ejemplo, que resultó ser estéril o absurda una vez conocidas las consecuencias (la escalera que se arroja una vez que hemos subido... siempre que dispongamos de otro medio alternativo para bajar). Se comprende que el concepto de descubrimiento nulo pueda considerarse (al margen de sus servicios sistemáticos) como superfluo; sin embargo no lo es, al menos en la realidad histórica de la ciencia, que podría considerarse «llena» de descubrimientos nulos, de sendas desviadas que sin embargo han sido ensayadas y que una vez encontrado el camino, pueden incluso ser borradas. [17] Será además discutible, en algunos casos, decidir si estamos ante un descubrimiento nulo o negativo o neutro; la decisión depende de la peculiar interpretación que demos al proceso. Consideremos un descubrimiento cuya importancia es tal que, según Platón, el maestro que no lo transmitiese a sus discípulos, merecería la pena de muerte: el descubrimiento de los irracionales. Este descubrimiento tiene como precontexto el postulado pitagórico de la conmensurabilidad de la diagonal del cuadrado con su lado y esto en el contexto del teorema de Pitágoras, demostrado al menos para los triángulos isósceles y según el cual el cuadrado construido sobre la diagonal de un cuadrado era igual a la suma de los cuadrados de los dos lados, es decir, igual a 2, si se toma el lado por unidad. A partir de este precontexto, y desarrollándolo dialécticamente, se llegará a una contradicción según la cual lo par es lo impar; porque si m/n es la diagonal en función del lado 1/n, la contradicción podría formularse así: (mε2N / nε2N) Ç (mε2N Ç nε2N). El descubrimiento tiene, al menos según su expresión gramatical, la forma de un descubrimiento negativo: «la diagonal del cuadrado no es conmensurable con el lado tomado como unidad». Ahora bien, esta negación gramatical del postulado precontextual, ¿autorizaría a anular gnoseológicamente el postulado como si hubiera sido una simple errata, o una mera posición psicológica?. Aristóteles parece que hubiera respondido afirmativamente a esta cuestión, pues escribió: «el que no es matemático se asombra de que la diagonal no sea conmensurable con su lado, pero el matemático se asombra del asombro del que no lo es». Dicho en nuestros términos: el descubrimiento de los irracionales, respecto de su precontexto, será un descubrimiento absorbente o nulo que deja fuera (de las matemáticas) arrojándolo al campo meramente psicológico (el asombro del no matemático) el precontexto. La concepción platónica del método dialéctico no autorizaría a esta conclusión: el descubrimiento de los irracionales habría que considerarlo como un descubrimiento negativo. El postulado pitagórico de la conmensurabilidad queda, sin duda, negado por el descubrimiento, pero no queda «borrado», absorbido por él, pues sigue siendo condición necesaria para la misma formulación del descubrimiento. Este habrá consignado el precontexto al plano de los fenómenos: la conmensurabilidad es una apariencia, pero una apariencia necesaria ordo inventionis.

El descubrimiento de que el perpetuum mobile de segunda especie es imposible, ¿es un descubrimiento negativo [18] (que requiere por tanto mantener el precontexto de perpetuum mobile) o es un descubrimiento nulo (que autoriza a borrar de la Termodinámica semejante precontexto, a la manera como, sin duda, se pueden borrar de ella los demonios clasificadores de Maxwell)? Quienes intentan reducir el descubrimiento de América a la condición de una toma de contacto entre las diversas culturas (lo que equivale a convertir la conmemoración del Quinto Centenario en la conmemoración de un encuentro) es porque está interpretando el descubrimiento de América como un descubrimiento neutro; porque si hubo encuentro no hubo descubrimiento, en el sentido preciso de descubrimiento negativo (revolucionario, que obligaba por ejemplo a dar la vuelta del revés a todos los precontextos cristianos, católicos, de los cuales se había partido).

(4) En cuarto y último lugar hablaremos de descubrimientos particulares (positivos y negativos) correspondientes a los casos en los cuales el precontexto Pi se mantenga «globalmente» pero de forma tal que el descubrimiento Oj, o bien lo desarrolla parcialmente o bien lo rectifica parcialmente, es decir, cuando Oj no es ni elemento nulo, ni absorbente, ni neutro. Ahora el resultado del descubrimiento supone siempre una cierta transformación parcial de las relaciones dadas entre los términos del precontexto (±Pk=Pi*±Oj). Se comprende que este cuarto tipo de descubrimientos haya de ser, en principio, el que cubra la mayor cantidad de situaciones, o, si prefiere, la mayor cantidad de situaciones de descubrimiento podrá ser interpretada antes desde el canon del cuarto tipo que desde el canon de alguno de los tipos precedentes.

Ahora bien, si, según hemos insinuado (al exponer el tipo primero de descubrimiento), todo descubrimiento positivo pudiera acogerse el canon de los descubrimientos neutros, entonces el cuarto tipo de descubrimientos sería el de los descubrimientos particulares negativos, y esto en virtud de que la inversión global de un precontexto es mucho más difícil de establecer, no solamente que una rectificación parcial, sino también que una rectificación global, «cataclísmica». Según esto cabría concluir que la mayor parte de los descubrimientos efectivos se acogerían cómodamente al canon de los descubrimientos negativos (sean modulares o globales, sean particulares) y que en este orden de cosas, vale también la regla: «pensar es pensar contra otro», es decir, «descubrir es rectificar». El descubrimiento de que el lucero de la mañana es el mismo (o tiene la misma referencia, Bedeutung, en la acepción de Frege) que el lucero de la tarde, es la negación del contexto (fenoménico, observacional) Pi en el cual estos objetos (fenómenos, o sentidos, Sinnen, en la acepción de Frege) son distintos. El proceso de este «descubrimiento» podría analizarse de este modo: el precontexto fenoménico Pi, que contiene una relación aliorelativa entre los fenómenos lucero de la mañana y lucero de la tarde, se transforma en un contexto esencial en el que estos fenómenos mudan la relación al identificarse en la esencia o sustancia del planeta Venus. El descubrimiento de que todos los cuerpos caen a la misma velocidad (que suele hacerse corresponder erróneamente, como demostró Koyré, con el «experimento de Galileo en la torre de Pisa») es también un descubrimiento negativo particular (aunque cabría ensayar la tesis de que se trata de un descubrimiento negativo global). Lo mismo se diga del descubrimiento de la identidad entre la masa de gravitación y la masa de inercia que sólo es posible desde el precontexto constituido por la teoría de la relatividad. Otras veces, el descubrimiento particular no sería negativo por llegar a establecer una identificación de términos antes disociados, sino que también habría rectificación en el proceso de establecer una disociación entre términos que en el precontexto aparecen como idénticos. Así, el descubrimiento de los isótopos, que en un principio aparecen como identificados por el lugar que ocupan en el precontexto constituido por la tabla de Mendeleiev, por ejemplo el descubrimiento de la diversidad entre el agua pesada y el agua ligera. O bien, para volver a nuestro asunto, el descubrimiento de que el continente abierto por Colón e identificado en su precontexto con el continente asiático era distinto de este continente, siendo aquí cuando puede comenzarse a hablar formalmente del descubrimiento geográfico de América.

6. Por último, es imprescindible decir dos palabras sobre el copioso tema de la «dialéctica de los descubrimientos» en el ordo inventionis. Nos remitiremos a cuatro puntos principales incluidos en los principios que acabamos de exponer.

(1) Ante todo, postularemos la concatenación de los descubrimientos y sus precontextos. Lo que equivale a subordinar los descubrimientos (y las invenciones que les están ligadas) a los complejos culturales históricamente dados, y solo dentro de los cuales pueden considerarse los precontextos. Desde aquí vemos la razón por la cual carece de sentido proceder como si el «sujeto de los descubrimientos» fuese la Humanidad, o el hombre, o incluso un siglo, es decir, cualquier entidad que implique la abstracción de «esos complejos histórico culturales», en cuanto se oponen a otros, la abstracción de la subordinación del proceso de descubrir a los intereses sociales o de grupos dados dentro de la estructura cultural envolvente. Por consiguiente, lo que implique la abstracción de todo aquello que el descubrimiento (o invención) tiene de destrucción o de desgarramiento de otras configuraciones que deben dejar paso al precontexto. Los grandes descubrimientos o invenciones van siempre ligados a la lucha de clases, a la guerra, a la depredación, y tratar de disimular estos mecanismos no tiene mas alcance que el que tendría querer separar el reverso del anverso.

(2) Postulamos también la subordinación de los descubrimientos formales a los materiales, en cuanto al orden del proceso histórico y por tanto, a la dialéctica del descubrimiento (en tanto implica, a su vez, encubrimientos y destrucciones, desgarramientos de los «velos» que se resisten a ser arrancados). Los marinos llaman «descubrir» al mismo aparecer de un objeto por detrás de otro con el cual estaba enfilado y que acaso se tapa con el descubrimiento.

(3) Del orden de los descubrimientos no puede, en general, decirse que sea ortogenético; será preciso introducir escalas diversas para el análisis. Los descubrimientos, por estar ligados a sus precontextos, a su vez determinados por la estructura social e histórica, no pueden disponerse en principio en una sucesión lineal. Gran cantidad de descubrimientos son redescubrimientos y esto es tanto la regla como la excepción.

(4) No siempre es posible atribuir a los descubrimientos un signo ponderativo, meliorativo, en la línea del [19] progresismo positivista, precisamente porque los descubrimientos incluyen también encubrimientos y desgarramientos, lo que en el plano social se traduce por explotación, depredación, desigualdad o injusticia. De este modo, según las coordenadas de referencia, un descubrimiento o un invento puede llegar a tener un signo siniestro como lo tuvieron «las maquinas» para los que padecieron la segunda revolución industrial, según Samuel Butler reflejó en su Erehwon. Inversamente, un descubrimiento original con fines siniestros puede tener efectos liberadores u otros de signo positivo: el descubrimiento (o invento, o redescubrimiento) de la esclavitud en América determinó el acceso de la población africana al Nuevo Mundo; el redescubrimiento (o invento) del sistema jerárquico (casi un sistema de castas) en muchas partes de Iberoamérica, determinó el incremento del mestizaje.

 

Sección II
Sobre los motores del descubrimiento de América

Los motores de los descubrimientos deben ser a su vez descubiertos, y descubiertos a partir no solo del material previo a los momentos conspectivos del descubrimiento de referencia sino también a partir de los materiales que puedan incluirse en sus momentos resolutivos. Como la orientación del descubridor tuvo parte en la determinación del marco conspectivo descubierto y, con el, de sus resultados, estos siempre habrán de arrojar alguna luz sobre los motores de aquella orientación inicial.

Siempre que de un modo global nos situamos ante el tema del «descubrimiento de América» resulta ineludible tomar partido ante la cuestión, planteada de hecho todavía en nuestro tiempo, de los «motores» que impulsaron ese descubrimiento, así como de la «conquista» y poblamiento consiguientes. En vano buscaremos hoy todavía la neutralidad, en vano intentaremos dejar de lado estas cuestiones. Estas son inexcusables, y ello porque no se trata todavía hoy, a distancia de cinco siglos, de cuestiones meramente explicativas o especulativas, orientadas a determinar las causas del descubrimiento (a la manera como buscamos las causas de la diptongación de las vocales latinas {o, e} en la Romania) sino de cuestiones de justificación, de valoración. Nuestro juicio sobre el Descubrimiento y sobre lo que se considera hoy como resultado suyo –la realidad cultural y política de los pueblos americanos, en la parte que tienen de influencia europea– depende de la teoría sobre los motores adoptada, como si según la naturaleza que atribuyamos a aquellos, el movimiento que ellos pudieron comunicar se colorease de un modo determinado y, recíprocamente, como si la coloración actualmente apreciada hubiera de ser explicada, en última instancia, por la naturaleza de los motores que la pusieron en marcha. Pero si, en efecto, resultan ser ineludibles estos problemas, es mejor plantearlos de frente que fingir que están ya superados los planteamientos.

Podemos clasificar en dos grupos distintos y opuestos las concepciones corrientes sobre los motores del descubrimiento, conquista y poblamiento de América: el primer grupo acoge a las concepciones que son llamadas idealistas (muchas veces ideológicas) y el segundo acoge a las concepciones que suelen ser llamadas realistas (o incluso materialistas) . Por lo demás ambos tipos de concepciones se formularon ya en los mismos años del descubrimiento.

Las premisas idealistas a partir de las cuales se intentará dar cuenta de los motores de la conquista y poblamiento pueden resumirse en su forma mas radical en los siguientes términos: el impulso que puso en marcha el descubrimiento en el plano político (el de los Reyes Católicos) y alentó la conquista y el poblamiento, fue el impulso religioso, el amor a los indios, la caridad cristiana, la generosidad, simbolizada en las figuras de Montesinos y Las Casas, frente a tantas situaciones de corrupción y degradación. Pero fueron los motivos religiosos, los que en última instancia habrían pesado en los Reyes Católicos.

También en su forma más radical, las premisas realistas podrían expresarse así: lo que impulsó el descubrimiento y la conquista fue la necesidad de controlar una ruta de las especias, por parte de un Estado exhausto, la codicia del oro y de las riquezas y los intereses políticos de un Estado recién salido de la Reconquista y que necesitaba prolongarla a fin de dar salida a las presiones de hidalgos o segundones que hubieran desestabilizado un sistema político muy precario. Estas premisas realistas (que, sin embargo, más que inspiradas en una concepción materialista objetiva de la Historia, se nutren de una concepción subjetivista, psicologista o, bien, abstractamente politicista o economicista, de los intereses) tenderán obligadamente a reinterpretar los innegables «componentes ideales» del descubrimiento y de la conquista como meras fórmulas ideológicas o pantallas de diversión destinadas a encubrir los auténticos móviles.

Las premisas realistas parecen marchar al compás de una poderosa conciencia «indigenista» que tiende a ver a los conquistadores como meros asesinos o depredadores, genocidas –concepción que ha cobrado una presencia plástica más o menos intensa en los murales de Alfaro Siqueiros, de Diego Rivera, o de Orozco.

Sin embargo, aún cuando las premisas realistas neutralizan a las idealistas, sin embargo no las eliminan, porque estas siguen apoyándose en la constatación de innegables actos de «generosidad» y de «idealismo» que también jugaron en el proceso de un modo efectivo.

La posibilidad de una coexistencia de ambas clases de premisas, puede explicarse porque aunque se mueven, al parecer, en planos muy distintos –por ejemplo, las premisas idealistas en el plano de la justificación, del deber ser; las premisas realistas, en el plano de la explicación, del ser– pueden también reducirse o proyectarse en el plano subjetivo de las motivaciones, dado que también los principios axiológicos pueden actuar como móviles, al menos ideológicamente. Esto explicaría la tendencia a yuxtaponer ambos géneros de premisas (que previamente habrían sido disociadas artificiosamente) en una formulación de apariencia ecléctica que, por lo demás, encontramos repetida, hasta la saciedad, desde la misma primera carta que Colón escribió el 15 de febrero de 1453 «en la carabela sobre las Islas de Canarias»: «la cristiandad debe tomar alegría y hacer grandes fiestas y dar gracias solemnes por el tanto exaltamiento que habrán entornándose tantos pueblos a nuestra Santa Fe [20] y después por los bienes temporales que no solamente a la España, mas todos los cristianos tendrán aquí refrigerio y ganancia (nuestros)». O bien, en palabras de Bernal Díaz del Castillo, si la Conquista se ha emprendido es «por servir a Dios, a su Majestad y dar a luz a los que estaban en tinieblas y también por haber riquezas que todos los hombres comúnmente buscamos...».

Nos parece imprescindible, a efectos de aproximarnos a un más adecuado punto de vista filosófico ante este tipo de debates, que han vuelto a reproducirse apasionadamente en las vísperas del Quinto Centenario, liberarnos del planteamiento psicológico-subjetivo o moral-subjetivo, o económico-abstracto, de la cuestión, el plantemiento desde el cual se introduce una disociación artificiosa entre dos supuestas mitades del hombre (una disociación, por cierto, sobre la que construirá Cervantes los arquetipos de Don Quijote y Sancho y seguramente no muy lejos de los modelos de aquellos españoles que iban a América o bien a buscar oro, o bien, después de haberlas oído o leído, a imitar las hazañas de Amadis de Gaula o de otros libros de caballería). Pues es la disociación que hace posibles las alternativas «idealista» o «realista» la misma que hace necesaria su yuxtaposición como único compromiso «maduro» y «prudente». Pero semejante compromiso no es otra cosa sino la afirmación de que en el descubrimiento y en la conquista hubo una parte buena (la generosidad, o bien, la heroicidad) y hubo una parte mala (la rapacidad, la ambición homicida); con lo cual vuelve a recaerse en un planteamiento de la cuestión que recuerda los términos de «enjuiciamiento» jurídico o moral. El cual, a cinco siglos de distancia, es por completo improcedente, y no por que no tenga su campo propio, sino porque es inadecuado y aún ridículo a efectos de evaluar el significado histórico del Descubrimiento y de la Conquista. Consideraríamos muy peligroso que la teoría del Descubrimiento, de un modo u otro, cayese en la trampa del tratamiento moral subjetivo o psicológico (individual o de grupo) que tiene su esfera de aplicación en otros planos, pero que precisamente, por la capacidad de ser aplicado a cualquier trozo de la conducta humana o a cualquier periodo de la Historia, resulta ineficaz cuando el objetivo es evaluar un periodo muy determinado de la misma. La evaluación del significado histórico de este periodo solo puede tener lugar en el plano objetivo de la Historia Universal, de la misma manera que el enjuiciamiento histórico universal del «descubrimiento [21] y conquista» de Iberia, Germania o Galia por Roma no puede plantearse en términos morales o subjetivos (al modo de Bertolt Brecht) de la «rapacidad de los generales romanos» en busca de oro, trigo y esclavos o de la «misión generosa» de un pueblo civilizado que abre calzadas, que luego serán pisadas por los apóstoles, en expresión de Eusebio de Cesarea.

Resultaría de todo punto improcedente tratar de regresar aquí hasta «los últimos principios filosóficos», en los cuales nos vemos envueltos, al suscitar estas cuestiones ineludibles. Por ello, se hace tanto mas necesario determinar la escala en la cual puedan dibujarse unos principia media que nos permitan regresar, cuando menos, a un lugar anterior a aquel en el que se ha producido la disociación «de esas dos mitades» (la idealista y la realista), un lugar que sea suficiente para poder enmarcar un planteamiento mas preciso de cuestiones que plantea la teoría del Descubrimiento de América.

A nuestro juicio podríamos acogernos, para fijar el centro de un sistema de principios intermedios adecuados a nuestro propósito, al concepto de «cultura histórica objetiva», en el momento en el cual ella incluye, por ejemplo, la organización política en forma de Estados competitivos, según un modo de producción determinado; pero también estructuras supraestatales (como puedan serlo la Iglesia Católica, en el caso de la cultura europea, o el Islam en el caso de los Estados musulmanes). El concepto de «cultura histórica objetiva» tiene además la virtualidad de integrar, en la unidad procesual de su mismo desarrollo, muchos de los componentes llamados por algunas escuelas «superestructurales», en otras, «intereses subjetivos» (sin duda inexcusables, ya en un plano etológico-genérico). En nuestro caso tanto el plan de «entornamiento de los pueblos a nuestra Santa Fe» (el plan de la cruzada) como la perspectiva de «los refrigerios y las ganancias» de que hablaba Cristóbal Colón. En efecto, cuando se contemplan estos componentes desde la realidad de una cultura supraestatal histórica en marcha, componentes suyos tales como el de la «propagación de la fe cristiana» dejan de aparecer como meros pretextos sobreañadidos ornamentalmente o superestructuralmente (¿para qué?) a los «intereses verdaderamente activos» para mostrársenos como constitutivos estructurales (incluso «básicos») del propio sistema cultural, por tanto, como componentes funcionales del mismo. Y ello porque, por ejemplo, incluso muchos dogmas de la Fe cristiana no actúan tanto como algo sobreañadido (como si fuesen superestructuras, concepto que, separado de su original alcance, juzgamos enteramente metafísico) sino como la forma misma de coordinación diamérica de los intereses «etológicos» de los individuos, grupos o estados que participan en el proceso. No se trata por tanto de disimular con ideales supremos (de la mala fe, en el sentido sartriano) la rapacidad o la codicia genéricas (o elementales) o de compensarlas con actos de generosidad o de servicio. Se trata de no olvidar nunca que toda conducta rapaz, codiciosa o interesada (y siempre lo es, incluso la de Montesinos o Las Casas) ha de estar siempre, si es que tiene un significado histórico objetivo y no meramente psicológico subjetivo, o incluso moral o ético, insertada en un contexto que la especifica y la canaliza dentro de una estructura más bien que dentro de otra. Por tanto, que el nivel histórico de cada cultura objetiva es aquello que debe constituir el único criterio capaz de «enjuiciar» el alcance de las diferentes conductas. A título de ilustración de lo que queremos dar a entender: los «ideales» medievales de las Cruzadas, solo en su reducción psicológico-subjetiva pueden ser tratados como pretextos para distraer a los señores feudales y dar ocupación a masas de campesinos excedentes cada vez mas peligrosas; por que sin perjuicio de estos efectos, los «ideales» de las cruzadas habrán de ser entendidos, ante todo, como planes y programas de radio intencionalmente universal de la Iglesia Católica, en su función ahora de coordinadora de las partes del sistema político de reinos de la cristiandad medieval. Gracias a lo cual era posible la cooperación entre ellos, y el alejamiento de la amenaza de una destrucción mutua o absorción por terceras culturas, concretamente el Islam, definiendo unos objetivos concretos de política exterior global (Jerusalén, Granada). Y, en realidad, ni siquiera es necesario siempre que se re-definan en cada caso estos ideales (planes, programas), de modo explícito, pues ellos están ya encarnados, por decirlo así, en las conductas y en los escenarios en los cuales se mueven los hombres concretos y, muy especialmente, los héroes épicos. Hasta el punto de que estos no necesitan reiterar, como ideales de su acción, aquellos planes y programas propios del mundo que los ha moldeado y los está moviendo. El mismo Cid está psicológicamente impulsado, según nos dice nada menos que el autor del Cantar (si seguimos la penetrante interpretación que acaba de ofrecernos el Profesor Caso González en su Discurso inaugural del curso 1989-90 en la Universidad de Oviedo) por el «sabor de la ganancia»; lo que el Cid busca es el ascenso social, principalmente mediante la acumulación de oro y plata amonedados, como caballero infanzón de rango menor. Concedamos incluso que el Cid –o el autor del Cantar– no se hubiese propuesto o representado jamás, como lemas de su acción épica, los ideales de la Cruzada o de la Reconquista: No por ello estos ideales (planes, programas) estaban actuando menos en él y en los suyos. En este sentido, cabría afirmar que el Cid no se representa los ideales de la Cristiandad, pero porque los está ejercitando –«cristianos», en el Cantar, significará «todos los del Cid», pero porque «todos los del Cid» son cristianos–. Y no se representa los ideales de la Reconquista, pero porque la está haciendo, porque su voluntad subjetiva (psicológica) de ascenso social le lleva a intentar casar a sus hijos con príncipes o nobles cristianos –no musulmanes. Las empresas de un héroe épico son solo un fragmento del torbellino de la Cultura objetiva que lo moldean. Y, sin perjuicio de la posibilidad de un análisis abstracto del héroe épico (orientado a determinar la reducción de sus motivaciones al plano psicológico o sociológico), lo cierto es que los héroes épicos son indisociables del mundo objetivo que los configura en cuanto enfrentados a otras culturas objetivas y, por ello, los héroes épicos están ligados intrínsecamente a unos marcos históricos muy definidos: No es posible concebir a Hernán Cortés sin barcos, sin caballos domesticados, sin arcabuces; ni es posible concebir al mismo Don Quijote sin libros, sin molinos y sin bacias de barbero. De este modo, para medir el significado de las culturas latinas del siglo XV, será necesario tener en cuenta, por ejemplo, que, entre sus contenidos programáticos, figuraban, no sólo La República de Platón, sino también la Atlántida, el derecho de Justiniano y el ecumenismo de la Ciudad de Dios agustiniana y, por supuesto, el concepto de la Tierra esférica (con un perímetro evaluado en términos extraordinariamente aproximados a los nuestros, desde los tiempos de Eratostenes). Por consiguiente, [22] la acción de Montesinos o de Las Casas como la acción de Vitoria o de Suárez no son en modo alguno episodios aislados sino expresión de líneas estructurales dentro de las cuales se desenvolvió la cultura descubridora. Además, demostraron estar implantados a una profundidad mayor que los componentes meramente colonialistas y esclavistas que se expresaban en el Demócrates Alter de Juan Ginés de Sepúlveda, en tanto estos fueron de hecho preteridos (lo que al propio Sepúlveda le pareció injusto desde su perspectiva subjetiva).

Desde estas premisas se comprenderá lo inadecuado de considerar, como algunos hacen, la explicación de «los motores de la conquista» por la codicia económica o el afán de lucro de los conquistadores o por mero imperativo político-hacendístico, como si todo esto fuese una explicación que se atiene a la metodología del materialismo económico (identificado con el materialismo histórico), bien sea adhiriéndose a esta metodología, bien sea rechazándola. Pues el materialismo histórico, adecuadamente entendido, no es una metodología que pueda edificarse con elementos del plano psicológico subjetivo (en el que se dibujan las figuras de la codicia, pero también de la prodigalidad o el despilfarro tan frecuente entre los conquistadores) o económico abstracto, puesto que ella se edifica con elementos tomados del plano económico objetivo (cultural, social, histórico) allí donde aparecen dadas in medias res ciertas estructuras en marcha (como pueda serlo un sistema social aristocrático de base esclavista feudal o capitalista) que siguen su propia ley de desarrollo, en tanto encuentran la energía necesaria para reproducirse y resistir a las tendencias que marchan en dirección opuesta. Así, por ejemplo, y, en particular, habrá que reconocer una demanda objetiva de especias en la Europa del siglo XV; pero en esta demanda no veremos tanto la mera expresión de unas necesidades subjetivas y abstractas de sus consumidores virtuales, cuanto los dispositivos culturales (preparación de alimentos, conservación) ligados a la estructura política y tecnológica de las redes de distribución, dispositivos que definen una cultura objetiva, en un estadio histórico de su desarrollo.

En resolución, cuando reducimos al plano de la subjetividad psicológica o grupal las figuras de los motores que actuaron tras el descubrimiento y la conquista, estos se desdibujan, desde luego; simplemente ocurre que quedan despojados o reducidos a sus condiciones puramente genéricas, precisamente aquella genericidad (psicológica, etológica o ética) que las hace aplicables a los motores de las demás culturas históricas, y entre ellas, a las culturas de los incas, mayas o aztecas. Porque tanta codicia o rapacidad o tanta generosidad como podamos encontrar en Hernán Cortés la encontramos también en Moctezuma; tanta opresión como advertimos en la política de los españoles sobre los aztecas, la advertiremos en la política de los aztecas sobre los trascaltecas. Por eso, no deja de ser sorprendente que, en nombre de la «Antropología», algunos antropólogos actuales «condenen» el «genocidio cultural», como si Hernán Cortés no fuese un hombre, parte del campo de la Antropología. Lo que importa es llegar a comprender que el lugar de la diferencia se encuentra al nivel de las estructuras globales de cada cultura, de la magnitud de los radios respectivos (tecnológicos, económicos, científicos) que a cada cultura corresponden y que es absurdo «nivelar», en una visión no etnocéntrica, genéricamente, a todas las culturas que disponen de medios de transporte marítimo, mediante el expediente de abstraer las diferencias específicas que median entre una canoa adaptada a la costas del Golfo y una carabela o un galeón adaptado para atravesar y dar vuelta a la Tierra (lo que implica instrumentos y cartas de navegación ligadas a una específica concepción del mundo).

 

Sección III
La teoría de la Tierra esférica y el descubrimiento constitutivo de América

1. El objetivo central de esta sección es llevar al estado de máxima evidencia la naturaleza constitutiva (que lo aproxima a una invención) y no meramente manifestativa del Descubrimiento de América, demostración que a nuestro entender solo puede llevarse a efecto mediante el reconocimiento de la implicación del descubrimiento de América y la «concepción esférica del universo astronómico y geográfico».

Hay que tener en cuenta que el análisis y desarrollo de la misma concepción esférica que culmina en el Descubrimiento de América, en sus precedentes antiguos y medievales constituye un criterio muy eficaz para estructurar la historia de otros descubrimientos colaterales que le antecedieron. Pero también que le sucedieron, puesto que el propio descubrimiento de Colón, culminación de la concepción esférica, constituye dialécticamente una de las condiciones que dieron lugar a la misma transformación, «Nuevo Mundo» (tomando esta expresión en su sentido histórico y no solo geográfico) de la concepción esférica y, con ella, los nuevos descubrimientos astronómicos que apoyados en Kepler y Newton nos llevan al escenario del presente, que ha sido simbolizado por el proyecto del Columbus.

Estas afirmaciones pueden desdoblarse en dos tesis, una positiva y la otra (contrarecíproca de la anterior y que, por tanto, le es formalmente equivalente) de naturaleza negativa, crítica.

La tesis positiva puede formularse de este modo: el Descubrimiento de América, y el mismo concepto de América es un descubrimiento constitutivo que sólo pudo tener lugar en función del desarrollo y maduración de la concepción esférica del mundo que culminó en los siglos XV y XVI.

Decimos constitutivo puesto que sólo así creemos recoger todo el significado que la teoría de la esfera tiene en el descubrimiento de América. Salvo quienes, con muy poco fundamento, atribuyen el Descubrimiento al azar o a la influencia de tradiciones empíricas, prácticamente todos los historiadores encarecen la importancia que las ideas sobre la esfericidad de la Tierra tuvieron en el proyecto colombino; pero este encarecimiento se lleva a cabo desde un implícito entendimiento del descubrimiento de América como un descubrimiento manifestativo, que reduce la teoría esférica a un mero instrumento pragmático, a una especie de carta de navegación. El descubrimiento de América es el descubrimiento de un inmenso continente que preexistía, desde luego, a Colón, se supone, pidiendo el principio. Precisamente es frecuente comenzar subrayando el estado [23] de dispersión y aislamiento que, aún mediado el siglo XV, caracterizaba a las sociedades humanas: las distintas civilizaciones florecían en compartimentos estancos ignorándose entre sí, y los mayas, incas o aztecas vivían en América como los portugueses, españoles o ingleses vivían en Europa. América por tanto es tratada como preexistente aunque desconocida por los europeos, de la misma manera que también los americanos desconocían Europa, y no por ello Europa dejaba de existir. En resolución, el descubrimiento de América será tratado como un descubrimiento manifestativo, porque manifestó a los europeos una realidad que no sólo preexistía, sino que incluso era conocida por los incas, los mayas o los aztecas. Desde este supuesto podrá reconocerse que, las ideas sobre la esfericidad de la Tierra pudieron jugar un papel importante, y que lo jugaron de hecho, como «hilo conductor» de los españoles –un hilo conductor que obviamente no necesitaban los indios precolombinos y que incluso podía haber tenido alternativas para los europeos, aún cuando de hecho, y como cuestión empírica, fue aquel «hilo conductor» el que se utilizó. «En Padua, Ferrara, Venecia, junto al florentino Toscanelli, en Viena con Peuerbach [1423-1461], en Nuremberg con su alumno Regiomontano [1436-1511] y en Sagres, en la Junta reunida por el Rey de Portugal Juan II [1481-1495] y en la que trabajaba el nuremburgés Martin Behaim, las ideas de los antiguos sobre la esfericidad de la Tierra eran perfectamente conocidas [¿Por qué no se cita en esta enumeración a Salamanca?]. Se creía, por otra parte, que se estaba muy cerca del Oeste, a causa de un error de Ptolomeo que había prolongado excesivamente el Mediterráneo en el sentido Este-Oeste, asignándole una longitud de 60º. Se pensaba encontrar el continente asiático en el lugar que ocupa América (...)», dice R. Mousnier (en su obra Los Siglos XVI y XVII que constituye el volumen 4º de la Historia General de las Civilizaciones dirigida por M. Crouzet).

Pero el sentido de nuestra tesis positiva es otra. Propone esta tesis el reconocimiento de la naturaleza constitutiva del descubrimiento de América. Este reconocimiento equivale fundamentalmente a la afirmación de que es el «concepto mismo de América», por así decir, su figura o concepto figurativo, aquello que se dibuja en el marco de la teoría esférica y, por consiguiente, que retirado este marco el concepto de América ni siquiera puede formarse, por lo que no es lícito proceder como si este concepto estuviese dado antes de la teoría esférica. Ni, por tanto, que las «ideas sobre la esfericidad» ayudasen a «poner el pie» en una realidad ya configurada y conceptualizada, puesto que aquello que estas ideas hicieron posible fue precisamente la configuración y conceptualización, es decir, la constitución de los mismos fenómenos en los que consiste la geografía americana. La naturaleza constitutiva del descubrimiento no implica la movilización de los esquemas del convencionalismo radical o del idealismo subjetivo (que nos llevaría a definir el descubrimiento constitutivo como una invención, como una suerte de artefacto cultural más o menos útil) puesto que la constitución significa estrictamente no otra cosa sino que estamos ante una estructura esencial (la idea de una Tierra esférica) que además, en este caso, ni siquiera ha sido construida con ayuda del complejo de fenómenos organizados inicialmente en torno al continente americano, pues fue esta estructura esencial, que «venía rodando» desde los griegos, la que constituyó a este «complejo fenoménico» en este continente que llamamos América. Esta constitución no será una invención, no será una construcción subjetiva en la medida en que la teoría de la Tierra esférica sea no una construcción psicológico subjetiva, sino una teoría objetiva verdadera (lo que no significa absoluta, por respecto de las formas de los sujetos corpóreos operatorios).

Y si esto es así, será preciso seguir, muy de cerca, la evolución histórica de esta concepción, con todos los progresos y retrocesos que ella comporta para poder dar cuenta de la posibilidad misma, así como de su ejecución, del primer viaje de Colón y de los ulteriores inmediatos. Ellos podrían considerarse cerrados a estos efectos por el viaje de circunnavegación de Juan Sebastián Elcano.

La tesis negativa (contrarecíproca de la anterior) puede formularse de este modo: si la concepción esférica del universo no hubiera madurado, el descubrimiento de América no hubiera podido producirse, ni siquiera hubiera existido el concepto de América (como no existió entre los habitantes de la América precolombina). Corolario inmediato de esta tesis negativa es el siguiente: que hay que negar todo sentido al punto de vista del relativismo cultural aplicado a nuestro asunto. Unas culturas en cuyo seno no haya madurado la concepción esférica del mundo no podrían haber llevado a cabo el «descubrimiento». No es más absurdo y aún ridículo que tratar de poner la etimología de la palabra «América» en determinadas voces quichés o guaraníes, el poner en las culturas precolombinas americanas la posibilidad del «descubrimiento de Europa». Y no es más paradójico que los incas o los aztecas desconocieran «América», en la que vivían, de lo que fue el q