Oración inaugural
que el día 18 de octubre de 1838 dijo
en la Universidad literaria de esta Corte
D. Félix Enciso Castrillón,
Ex-Catedrático propietario de Retórica y Poética del que fue Seminario de Nobles y luego Universidad de Vergara, y Catedrático interino de Literatura y Elocuencia sagrada y forense de la referida Universidad de Madrid.
[ Primera oración inaugural tras la traslación de la antigua Universidad Complutense a la capital de la Monarquía española. ]
Madrid 1838
Imprenta de Don Eusebio Aguado
Impresor de la Universidad.
Señores,
Las más brillantes flores de la elocuencia, las alegorías más ingeniosas y las más pintorescas imágenes se han usado, y acaso en este momento se estarán empleando para saludar al primer día del año literario. ¿Y qué elogio parecerá excesivo, qué expresión de alegría se tendrá por inoportuna al solemnizar el día en que se convocan los jóvenes estudiosos, unos para que empiecen y otros para que prosigan las tareas tan íntimamente unidas con la prosperidad de las naciones? Pero aunque este cuadro sea tan grandioso que no hayan bastado a concluirle los más ejercitados pinceles, y aunque esto mismo pudiera darme licencia a tirar con mano tímida algunas líneas en tan precioso dibujo, no extrañaréis que, olvidando yo por un instante cuantas consideraciones hacen tan agradable la venida de este día, fije únicamente la vista en una circunstancia característica de la ceremonia que me proporciona el honor de dirigiros la palabra.
La antigua Universidad Complutense, madre de tantos y tan ilustres varones, ha empezado una nueva época de gloria en la capital de la Monarquía española; y ya que esta oración inaugural es la primera que en ella se pronuncia, espero no parezca inoportuno que yo, considerándome como intérprete de sus dignos profesores, mire este acontecimiento bajo el punto de vista que ya su ilustración no ha podido menos de mirarle; es decir, como muy propio de la sabiduría del Gobierno, muy análogo al estado actual de la enseñanza pública, y muy ventajoso para los jóvenes de esta hermosa e interesante porción de la Monarquía. A estos tres puntos ceñiré mi discurso, y para ser breve no olvidaré que hablo a un auditorio a quien nada puedo decir que le sea desconocido.
Los mejores publicistas distinguen en cada sistema de gobierno la naturaleza y el principio; estas dos cosas están unidas con el mas fuerte lazo, pero advirtiendo que la naturaleza precede al principio, empieza a obrar sin él, y acaso ignorando que puede existir, le forma, y desde entonces ya necesita de su auxilio para seguir tranquilamente y verificar sus progresos; en términos que no puede modificarse el principio sin que la naturaleza experimente, o cuando menos se vea expuesta a sufrir grandes trastornos. Este principio, extendiendo su influjo a todas las clases de la sociedad, va preparando los ánimos, uniformando las ideas, y creando la opinión pública, que no es otra cosa que la suma de las opiniones individuales. Su marcha es tan lenta como segura, y al cabo de un tiempo determinado forma la armonía entre las partes y el todo: esta armonía, digo, tan poderosa en sus efectos, que causa la tranquilidad en medio de la opresión, esparce flores entre las mismas cadenas, y hace que alternen los cánticos del placer entre las lágrimas de la violencia.
Nadie duda que la educación de la juventud es parte de este principio; y siendo tan poderosa su influencia, contribuyendo de un modo tan eficaz a la subsistencia del sistema de gobierno, cualquiera que sea, preciso es que cada uno procure establecer esta base de todo el edificio social, adaptándola a su naturaleza. Quiere el déspota dirigir la nación por las inciertas y tortuosas sendas que trazó su capricho, pretende convertir los hombres en autómatas silenciosos y obedientes a la mano que les imprime el movimiento, y no pudiendo dar desde su trono una voz que diga a sus vasallos ignoradlo todo, encamina su educación de tal manera que no les permite adquirir más ciencia que aquella que no pueda estar en oposición con sus intereses. Por el contrario, cuando en vez de vasallos hay ciudadanos, cuando el jefe del gobierno lejos de temer la voz del sabio le incita a que hable, se promueven las ciencias, se dejan francos todos los caminos para adquirirlas, se desea que haya muchos capaces de contribuir con sus consejos a la prosperidad de todos, y en fin, la educación, que en el despotismo estaba ceñida a muy estrechos límites, sigue en los pueblos libres el impulso que la da el principio propio de la naturaleza del tal gobierno.
No debe pues extrañarse el método de educación que antes, aunque con diversas modificaciones, se ha observado; el método era muy propio de aquel sistema político, y las modificaciones que fue experimentando eran muy análogas a las que iba adquiriendo el mismo sistema. Llegaron las luces a disipar las nubes que sobre nuestro horizonte había colocado una y otra vez la mano de la ignorancia unida a la del egoísmo, y el principio que iba a dar impulso al nuevo sistema exigió que se atendiese con particular esmero a la educación pública; se amplió la enseñanza, se dejó a los profesores la libertad de dirigir a sus discípulos por el camino que sus conocimientos y práctica les indicase como más breve y seguro; y a las apreciables y utilísimas facultades que antes habían habitado exclusivamente en las universidades, se asociaron otras asignaturas no menos importantes. Era indispensable en el día dar este giro a la educación pública, y por lo mismo no puede negarse el justo elogio al gobierno que tan oportunamente obedeció a la voz de las circunstancias, dando en ello una prueba de sabiduría que no pueden desconocer aun los que menos aprecien sus beneficios.
Si únicamente se tratase de elogiar al gobierno por estas mejoras en el plan de la enseñanza, me parece que nadie dejaría de unir su voz a la mía; pero viendo que se extiende a más la proposición que tengo establecida, no faltará tal vez quien diga: ¿y podrá darse importancia a la material traslación de un establecimiento literario de un punto a otro? ¿No pudieran ser iguales las ventajas de estas mejoras en aquella ciudad donde esta Universidad tanto ha brillado? ¿No sería igualmente digno del nombre de protector y amigo de las luces un gobierno, aunque no hiciese más que ampliar la educación creando nuevas asignaturas?
Para contestar a estas preguntas y apreciar la oportunidad de la traslación de esta Universidad, será suficiente pronunciar los nombres de curiosidad e imitación; poderes internos, como ahora con exactitud se llaman; móviles enérgicos de las acciones del hombre, y necesarios directores de todos sus pasos. La primera, que justamente está clasificada entre las leyes primordiales, le incita a aprender, a buscar cosas nuevas; y la segunda, que también merece el nombre de ley primordial, le impele a copiar los modelos que la curiosidad descubre. Los efectos de ambas leyes se manifiestan casi desde la cuna, son más decididos en la juventud, y acaso no desaparecen en la edad más avanzada. Capaces de producir muchos bienes y muchos males, ya nos elevan a la clase de héroes, ya nos abaten hasta igualarnos con las fieras; pero siempre dominan, y así como el hombre unas veces más y otras menos es esclavo de su influjo, así jamás el gobierno debe olvidarlas. A él pertenece proporcionar un digno pábulo a la vivísima y activa llama de la curiosidad, tan pronta a cebarse en el inútil arbusto como en el oloroso enebro, y a él también pertenece cuidar de que a la vista de la juventud se presenten modelos dignos de ser imitados.
¿Y qué punto más a propósito que la capital de la Monarquía para que los jóvenes se entreguen útilmente a obedecer los estímulos de estas dos leyes primordiales? ¿Qué otra población de España ofrece un conjunto, un gigantesco grupo de objetos tan capaces de excitar una curiosidad digna de elogio? Aquí las copiosas y selectas bibliotecas, aquí las muchas academias donde con la bien entendida práctica se desplegan los conocimientos elementales adquiridos en las cátedras; aquí no solo uno sino muchos establecimientos literarios, museos, gabinetes, liceos; aquí, en fin, cuantos conductos, cuantos medios pueden imaginarse para difundir por todas partes la instrucción y la erudición más acendrada. Justísimo era que en este bosque formado por los árboles de las ciencias descollase la antigua palma que, plantada en Alcalá de Henares por mano del célebre Cisneros, ha existido con gloria al través de los siglos.
Otra consideración puede añadirse para probar la oportunidad y acierto con que en esta traslación ha procedido el gobierno.
El hombre, nacido en la sociedad, debe existir en ella y para ella; esto es, debe serla útil según el lugar que en ella ocupa. Sírvela el militar con sus armas, el artista con sus tareas, cada uno, en fin, con sus conocimientos y su trabajo, y para los que se dedican a las letras hay varios caminos igualmente útiles que honoríficos; dirigir las conciencias, proteger al inocente, perseguir al culpado, mantener ilesos los derechos de cada uno, y en fin, ponerse al frente de los negocios públicos en las innumerables subdivisiones que admite el gobierno de los pueblos. ¡Qué ideas tan exactas, qué conocimientos tan profundos necesita adquirir el joven para ponerse en disposición de desempeñar con brillantez cualquiera de estos difíciles cargos! ¡Cuántos obstáculos opondrán a su buena voluntad, de cuántos modos procurarán fascinar sus ojos, ya el interés personal tomando el disfraz del celo por los intereses generales, ya la desmedida ambición que inventa defectos y aun supone crímenes para que el verdadero mérito no le estorbe en el camino que ha trazado para elevarse al punto que desea, ya en fin la hipocresía política que, semejante al fabuloso Proteo, sabe tomar cuantas formas imagina que son adecuadas para conseguir sus deseos!
Preciso es, Señores, que el hombre conozca al hombre, pero no en abstracto como le pintan algunos libros, ni en circunstancias particulares como le dibujan otros, sino cuando por sí mismo desempeña su papel en el gran teatro de la sociedad. La más constante lectura en las obras que sirven de texto, las más sabias explicaciones con que los celosos profesores aclaran los preceptos, y hacen, por decirlo así, visibles los principios más abstractos, no son otra cosa que unos cimientos preciosísimos, utilísimos, o por mejor decir necesarios; pero no pasan de cimientos, y es necesario levantar sobre ellos el edificio deseado. La sociedad es la única maestra para conocer la sociedad. Solo viviendo entre los grandes grupos de hombres que tienen diversas miras, intereses encontrados y diferentes pasiones es como se aprende a servir con acierto al estado.
Ni para esto es suficiente estudiar al hombre en las poblaciones pequeñas: allí está la sociedad en miniatura, y solo unos ojos microscópicos pueden descubrir la perfección o imperfección de su semblante: necesario es observar su cara en el gran cuadro de una población de primer orden, que es donde ella presenta por entero sus facciones, y deja ver en ellas los signos que descubren sus más ocultos pensamientos.
Edúquese en buen hora separado de los hombres el que ha de pasar su vida entregado a doctas meditaciones; allí sacará preciosas consecuencias de sus bien estudiadas teorías; allí tal vez creará otras nuevas, y ciertamente no serán infructuosas sus doctas vigilias; pero conozca a los hombres, viva entre ellos y obsérvelos de cerca el que se crea con fuerzas suficientes para defenderlos o dirigirlos de cualquier modo. Esto se logra en las ciudades populosas, esto especialmente en Madrid, punto céntrico de nuestro círculo político, y donde más se agitan los varios intereses personales, y donde la inmediación al foco del poder supremo aviva los deseos y estimula más las pasiones, que unas veces labran y perfeccionan el edificio social, y otras socavan sus cimientos y amenazan destruirle del todo. La curiosidad, como dije al principio, tiene en Madrid cuantos objetos pueden excitarla útilmente; la imitación tan poderosa en el hombre halla modelos de todas clases; aquí el que desea adelantar encuentra innumerables caminos para ponerse al nivel de los conocimientos del siglo; aquí hallan los jóvenes muchos y muchos que puedan dirigir sus pasos y dar solución a sus dudas; aquí, finalmente, la Universidad literaria que en Alcalá prestó tantos servicios al Estado y a las letras haciéndose tan digna de elogio, desplegará como en mayor teatro todo el lleno de sus luces, no solo en las asignaturas que allá explicaba sino en las nuevas que tan sabiamente se han aumentado.
Descendamos por un momento de estas consideraciones generales a los particulares intereses de los cursantes; es decir, no consideremos su instrucción, sino su existencia en una población que tantos placeres presenta.
Señores, al mirar la cuestión bajo este punto de vista no imaginéis que yo intento defender mis ideas contra los que tienen por incompatible el estudio con la sociedad, como si la voz del hombre vivo tuviese indispensablemente que ofuscar las voces de los que solo nos hablan con palabras escritas. Tampoco diré que, suponiendo al joven tan distraído y tan inclinado a las diversiones que anteponga sus momentáneos y acaso peligrosos placeres a los sólidos, útiles y honoríficos del estudio; suponiendo esto, vuelvo a decir, hallará uno y muchos pasatiempos en una simple aldea, acaso no menos peligrosos y siempre más mezquinos. Si los atractivos que ofrecen las ciudades populosas fuesen tan opuestos al estudio, no hubieran dado tantos frutos las Universidades de Salamanca, Valencia, Valladolid, y otras y otras que existen con honor en la Península, ni las que brillan en las mismas cortes de naciones muy ilustradas. Por último, tampoco defenderé mis ideas diciendo que el trato de gentes, que solo en tales poblaciones se adquiere, dulcifica los modales de los jóvenes, les enseña continuamente lo que no pueden aprender en los libros, y la imitación les va insensiblemente poniendo en estado de alternar decorosamente con los que se distinguen en las sociedades más cultas. Aunque la urbanidad sea, como dicen algunos, el arte de aparentar ciertas virtudes que nos faltan, es innegable que esta ficción tiene dos ventajas; una la de presentar al joven adornado de prendas de que carece, y otra la de ser un excelente principio para que las conozca, y conociéndolas se dedique a adquirirlas.
Me desentiendo enteramente de estas y otras consideraciones que a mi parecer son muy importantes, y fijo únicamente la vista en la parte moral, tan precisa como la parte literaria; y aquí es donde hallaremos comprobado que la traslación de esta Universidad es muy útil a los jóvenes de esta hermosa porción de la Monarquía española.
En efecto, Señores, nada más peligroso al joven que separarse de sus familias apenas entra en el mundo. Mirando entonces los placeres al través del prisma de la imaginación, le parecen tan hermosos que no puede menos de entrar a paso acelerado en la senda de flores que a ellos guía: entonces el mal ejemplo de algunos de sus primeros amigos es mucho más poderoso que la voz de sus maestros, y nunca más necesaria que entonces la continua presencia de los superiores que le dio la naturaleza, de aquellos a quienes desde la cuna mira con veneración y por necesidad obedece. ¿Desempeñará dignamente el papel de un jefe de familia una persona enteramente extraña al joven, y que no tiene autoridad para dirigir sus acciones? Es, pues, muy interesante para la educación moral de los hijos de esta inmensa población, que probablemente compondrá el mayor número de cursantes, seguir el curso de sus estudios sin abandonar la casa paterna, sin variar el género de vida que empezaron desde su infancia y bajo la inmediata inspección de sus padres, quienes oportunamente pueden seguir sus pasos, ver con tiempo los peligros que amenazan al educando, suplir con la vigilancia paternal la falta de experiencia del joven, y ponerle a cubierto de ciertos sucesos que en vano suelen llorarse cuando a tiempo no se evitaron.
Me parece, Señores, que he desempeñado en parte el objeto que me propuse en este discurso, en cuya formación conozco me he separado del plan que se sigue generalmente, y aun yo mismo he seguido varias veces en estas oraciones inaugurales; pero como la novedad es una de las fuentes del gusto, y como tan nuevas son las circunstancias en que he tenido el honor de hablar en vuestra presencia, espero disculpéis que haya tomado un camino nuevo. Como intérprete de vuestras opiniones en este punto he procurado explanar las causas que hacen tan plausible como oportuna la traslación de nuestra Universidad, y para concluir no puedo menos de saludar también con vosotros el nuevo año literario, en el que va a dar muchos y muy sazonados frutos esta frondosa palma, que plantada en las orillas del Henares en la memorable época de Isabel la Católica, se ha trasplantado en la de otra Soberana del mismo nombre para contribuir eficazmente a formar jóvenes que enjuguen algún día las lágrimas de la patria, consoliden el orden, mantengan la justicia, hagan oír su voz ya en el Senado ya en el Congreso, y esparzan hermosas flores sobre esos campos asolados por el furor de las armas.– He dicho.
[ Edición íntegra del texto contenido en un opúsculo impreso sobre papel en Madrid 1838, de 16 páginas más cubiertas. ]