La Revolución
(Madrid, marzo de 1942.)
Económica
Para nosotros no es destruir, sino hacer.
Estamos disconformes con la actual organización social y económica.
Propugnamos otra más justa y más disciplinada.
Esta de hoy es, con ligeras ventajas obtenidas a costa de larga lucha, la misma organización capitalista de antes de la Dictadura, de ella, de antes de la República y de la República misma.
Queremos una disciplina económica impuesta a todos, a la fuerza, por el Estado.
A nacionalizar ese gran poder de la Banca, hoy en manos del capital privado que no tiene Patria.
El Estado ha de controlar, mediante el crédito, todas las grandes empresas que ejercen su dictadura en la economía; conseguido el control, ha de fomentar y proteger la iniciativa privada.
La Revolución, si es eficaz, no puede ser momentánea.
No se hace en un día, sino en muchos días; pero todo lo que sea estar un instante sin avanzar en su camino, una vez comenzado, es retroceder.
El Estado es el instrumento de la Revolución.
Una gran empresa tiene obreros, técnicos y empresarios.
La proporción en que se han de repartir el beneficio, hoy lo fija la empresa (capitalismo).
Mañana ha de fijarlos el Estado por medio de los Sindicatos, que encuadran a todos como productores (nacional-sindicalismo).
Social
Tampoco estamos acordes con el orden social actual.
Para nosotros, la Patria es un gran Ejército, donde cada uno tiene su puesto.
El principal fin de la labor de todos es lograr la España Una, Grande y Libre.
Aceptamos e imponemos la jerarquía, pero no las caprichosas categorías sociales actuales.
El obrero está a las órdenes del ingeniero, que es su jefe de trabajo; pero como el trabajo es para la Patria, ambos son soldados de la misma Unidad, hermanos y camaradas, con puestos y servicios diferentes.
La categoría social que no se basa en el trabajo y en la utilidad para la Patria, es injusta y hay que destruirla.
No hay categorías fatales entre las almas.
La inferioridad actual –de tipo social– del trabajador, y dentro de los trabajadores la del trabajador manual, la desconsideración despreciativa que lleva consigo hoy su condición (esto es verdad y es inútil negarlo), no queremos tolerarla.
El trabajador es un soldado de la Patria, con toda la disciplina implacable, pero con toda la gloria de serlo.
En la futura organización revolucionaria (discurso de José Antonio en el Círculo Mercantil), «encontraremos formas que desvirtúen ese perfil de venta de sí mismo que hoy tiene la remuneración del trabajador en España».
Este es nuestro pensamiento y por éste luchamos.
Para llegar al fin habrá que pasar por tiempos duros.
Entre nosotros no se forma para vivir cómodamente, sino para dedicar la vida al triunfo de la idea; si os parece bueno, seguidnos; pero nada nos alejaría tanto de vosotros como que nos engañaseis.
Si no estáis convencidos, decidlo, porque no aguantamos a los que hieren por la espalda.
Ejército
El Ejército no puede adoptar una actitud pasiva y apartada en la política española de hoy; sólo puede pensar así un adepto de las viejas concepciones liberales.
Cabía esta actitud en lo accidental; no cabe en lo permanente.
Sólo justifica la rebelión una idea constructiva: la Falange.
Sólo en ella y por ella todos los hombres que juntos nos batimos desde e] 18 de julio tenemos el deber de continuar siendo elementos activos hasta el final, y tendríamos la responsabilidad enorme ante la Patria de dejar truncada por comodidad la victoria más cara de su historia.
El Ejército no puede retirarse ahora de la brecha con la disculpa de que su servicio es exclusivamente el de las armas; en los momentos decisivos es cobardía someterse a esta manera estrecha de mirar las cosas.
Donde hay un español debe haber un hombre en pie dispuesto a luchar en primera línea en todos los terrenos y contra todos los peligros de España.
No cabe regatear a la Patria ni un átomo de la posibilidad activa de cada uno.
Cuando se juega lo permanente de la Patria, ni caben los distingos ni limita el servicio la profesión.
Como el hombre civil no puede encastillarse en la especialidad de su trabajo habitual para no batirse en la guerra, el militar no puede acudir a su condición de soldado para no batirse en la paz; no puede justificar su ausencia en el momento peligroso; no puede explicar un abandono que podría hacer estéril el sacrificio suyo y de sus camaradas en la victoria inicial.
El Ejército forma parte de la minoría heroica de patriotas que se lanzó a una gran empresa y que tiene la responsabilidad de llevarla a cabo.
No existe disculpa.
El desaliento y la pasividad son cobardía: el fracaso se llama traición.
Sirven para esta hora aquellas palabras de José Antonio: «Pudo y debió proclamarse la indiferencia de los militares por la política cuando ésta se desarrollaba entre partidos. Pero hoy está en litigio la existencia misma de España como entidad y como unidad. La extranjería del movimiento que pone cerco a España se denuncia por sus consignas, por sus propósitos y por su sentido.»
Estamos frente a lo excepcional.
La gran misión a que la Patria está destinada la tenemos enfrente.
No existen partidos.
Estamos solos nosotros y el enemigo.
No caben abstenciones en esta hora.
La Patria pide toda su actividad a cada español, esté donde esté, para ganar la lucha de la paz.
En el Ejército, nervio y estilo de nuestro frente, no puede pensarse en apartamientos ni en desánimo.
José Antonio dijo: «La vena heroica y militar nos ha salvado y tiene que adquirir su condición preeminente.»
En la Falange, todos los españoles resueltos.
En servicio militar o civil, trabajadores de la inteligencia o de los brazos, técnicos o peones. Hablar de Ejército, Falange, patronos y obreros como grupos diferentes, es lenguaje enemigo.
La Falange fue Ejército en la guerra, y el Ejército debe ser Falange en la paz.
Ni en paz ni en guerra pueden seguir caminos diferentes, porque son la unidad homogénea del Movimiento.
La Falange no es un partido, sino un Movimiento dentro del cual el Ejército es estilo y fuerza actuante.
Propugnar demasiado la necesidad de la unión entre el Ejército y la Falange es afirmar un desacuerdo sólo concebible entre los malos militares y los malos falangistas.
Es una consigna para separar.