En el Instituto Nacional de Previsión
(En el Instituto Nacional de Previsión, 4 de febrero de 1943.)
Camaradas: Quiero llamaros así porque la palabra prejuzga muchas cosas. Camaradería implica unidad de fe, unidad de pensamiento y unidad de acción. Es compenetración íntima de espíritus, hermandad activa de colaboración en la lucha, ayuda resuelta y constante, sacrificio permanente. Palabra combatida por ser nuestra, no por haber sido usurpada por el enemigo, con viejo abolengo español, porque camaradas se llamaban los bravos infantes de nuestros Tercios.
No entendemos el Consejo del Instituto Nacional de Previsión, que tiene algo de un Estado Mayor de nuestra lucha en lo social, como reunión de señores funcionarios, sino como formación de camaradas falangistas. Y sólo así podemos esperar victoriosa la próxima etapa, cuya dificultad queremos advertir. Es preciso preparar el ánimo para no dejarse sorprender por la violencia de los futuros encuentros. Porque entended que contra nosotros se va a desencadenar una campaña, iniciada ya por los que no ven con buenos ojos los últimos avances. Si hay quien adora al Santo por la peana, hay quien por la peana quiere derribarlo, y aquel a quien una Ley justa le duele no suele atacarla en su orientación teórica, sino en su realización práctica, que es más fácil, más eficaz y menos comprometido. Por eso esta ofensiva no ha de desencadenarse contra una directriz social, sino contra los hombres y las realidades que la sirven, y fijaos bien que tenemos necesidad no sólo de contenerla, sino de continuar cubriendo, impasibles, nuevos objetivos, todavía con mucha más premura que hasta hoy, porque en la Patria se tienen que acabar las lentitudes, los titubeos y los compases de espera después de la orden tajante del Caudillo en la jura del III Consejo Nacional de la Falange. Y no os impresionéis porque algún seudosensato, con pedante prosopopeya, quiera mostrar vuestra resuelta decisión como consecuencia de irreflexivas inquietudes temperamentales o de ausencias de madurez y de experiencia. Es un argumento demasiado desprovisto de originalidad, nacido –en el mejor de los casos– del rencor pequeño con que individualidades pagadas de su capacidad teórica, pero absolutamente mediocres por sí mismas para la acción, quieren paliar comparaciones desfavorables. Es la concepción enemiga, quietista y cómoda, de los que no saben ni quieren avanzar, en clara oposición a nuestra doctrina de la acción y en rebelión pasiva –demasiado aparente– contra la orden falangista del Caudillo, que, en este combate, no nos permite la vacilación. Las últimas leyes han observado la animadversión hacia nosotros de muchos titulares de intereses particulares, que campaban libremente por sus respetos y hoy se ven disciplinados, sometidos al interés supremo de la Nación. Por ello hay que esperar el intento de boicot, de descrédito, la antipropaganda más rabiosa, y preparar nuestra respuesta contundente en forma de nuevas leyes justas. Porque en este año que empieza es nuestro deber modificar hondamente el panorama social de la Patria, y el Instituto Nacional de Previsión constituye en estos terrenos una de nuestras mejores armas. Ahora bien; amoldar a las nuevas actividades las estructuras anticuadas, aumentar paralelamente a la complejidad de la función la potencialidad del órgano, es un seguro obligatorio del éxito. El volumen excepcional de actividad a que las últimas realidades fuerzan al Instituto, hacen necesarias modificaciones que lo hagan más apto para desempeñar ágilmente las nuevas misiones.
En acuerdo adoptado por la Comisión Permanente del Consejo de 28 de octubre último, se reconoce la necesidad de una reforma estatutaria y se solicitan del Ministerio las directrices y orientaciones apropiadas para establecer las bases concernientes a una fundamental reorganización. A ello responden las afirmaciones que siguen.
La historia del Instituto Nacional de Previsión es una permanente evasión de lo privado a lo oficial, de la autonomía a la intervención, siguiendo las constantes del avance en la legislación social y del control del Estado en la economía. En 1908 se funda el Instituto con una misión más bien pasiva y con un amplio margen de autonomía; difundir e inculcar la previsión popular, administrar Mutualidades de asociados que se constituyan voluntariamente bajo su patronato, estimular y favorecer la práctica de pensiones de retiro; éstos son los fines de su fundación. De la adjetividad que implican a la realidad actual del Instituto, ejecutor de Subsidios y Seguros Obligatorios, hay mucha distancia en la dimensión intervencionista y en el carácter de la gestión. Conforme el Estado perfila su legislación social, nacen nuevas funciones, de las que el Instituto debe ser órgano específico; el Estado se las confía, aumentando su intervención en la esfera oficial y reservándose, en cambio, una mayor intervención propia en el Instituto. Así, en 1931 se amplía el cometido del Instituto Nacional de Previsión a la gestión y administración de los Seguros Sociales y se le enlaza con el Ministerio por medio de la Dirección General de Trabajo. La modificación del Consejo de 1938, en el sentido de ser presidido por el Director general de Previsión, y la de 1941, obedecen a la misma curva ascendente hacia lo oficial y lo intervenido; son las nuevas misiones consecuencia de las nuevas leyes.
En buena lógica, pues, no podemos buscar nuevas directrices fuera de esta constante y debemos ir en esta etapa a hacer del Instituto el mejor tentáculo del Estado Nacional-Sindicalista en la política social. El espíritu del Movimiento debe presidir necesariamente su obra, y en todas aquellas esferas de contacto con los Organismos de la Falange, la mayor armonía y compenetración han de servir esta consigna. Concretamente, hay que formar una unidad de pensamiento, de acción y de estilo con la Organización Sindical, entendiéndonos como camaradas de una misma fe, que luchamos por una misma meta en sectores diferentes. El Instituto debe ser más que un Organismo estatal; debe ser un elemento eficaz de avance en la política social de la Revolución. Misión suya es evitar, sustituyendo a los actuales gestores, que rendimientos consecuencia del esfuerzo colectivo beneficien exclusivamente economías particulares. Todo su matiz de Institución privada ha de ir desapareciendo. Por eso, concretamente, la propaganda de sus servicios no puede efectuarse libremente, sino oficialmente.
Todo excedente obtenido por la gestión y administración de los Seguros Sociales ha de ser destinado a su propio incremento; esta orientación, que se apunta en el Instituto últimamente, es elemental en una etapa como la presente, de marcha forzada, en que nos interesa el máximo rendimiento. Hay que lograr aún procedimientos más rápidos para el pago y la recaudación, aunque para ello sean precisas modificaciones de estructura y distribución. Otra meta importante a la que debemos tender es el logro de un documento único que simplifique las tramitaciones en los distintos regímenes de previsión, sin perjuicio de tener presente, como el mejor objetivo, el establecimiento del sistema de unificación previsto en el Fuero del Trabajo.
Otro extremo importante es el de la modificación de los Estatutos, cuyo sentido establecemos en este triángulo: unidad, organización flexible y control constante. Unidad en la personalidad jurídica, en el Consejo –ya establecida hoy–, en el presupuesto, en la ordenación de pagos, en el balance, Contabilidad y Caja, en la intervención, en el personal y en el mando jerarquizado hasta el Comisario. Las funciones ejecutivas de gestión y dirección, competencia única de la Comisaría, Subcomisaría y de los jefes y directores de Caja. Misión esencial del Consejo consultiva, salvo limitadas gestiones necesarias, y fiscalizadora, con arbitraje ministerial en última instancia al disentimiento del Consejo y los Órganos ejecutores.
Una organización flexible, constituyendo como servicios nacionales los Seguros Libres, de Vejez, de Accidentes, &c. Funcionamiento con separación clara y concreta de fondos y responsabilidades, sin perjuicio de la unidad de pagos, Caja y Contabilidad, propugnadas más arriba y siempre dirigidas por un jefe de Servicio, delegado del Comisario, a quien éste puede retirar en cualquier momento la delegación para asumir la jefatura personalmente. Estos jefes de Servicio, con carácter de subdirectores del Instituto, deben formar con el Subcomisario la Junta Asesora del Comisario; cada Servicio puede funcionar con una Comisión del Consejo en funciones consultivas y preparatorias.
El imperativo del control permanente puede servirse sustituyendo la Comisión Revisora de Balances y Cuentas por una Comisión Revisora de Cuentas, Balances y Reservas con carácter permanente y con representación del Estado, del Ministerio y del Consejo. La importancia social actual y futura de la función del Instituto hace necesario lograr un control más completo del Ministerio y una relación más íntima y constante para sincronizar, aún más exactamente, los movimientos en las nuevas etapas, sea en forma de enlace del Instituto, de representaciones ministeriales o de la misma Comisión Permanente de Intervención.
A grandes rasgos, éstas son las orientaciones concretas que, atendiendo a esa invariante de continuidad señalada en la historia del Instituto, pueden servir de base a las futuras reformas necesarias. Pero al lado de estas consignas de la organización no pueden faltamos las de la fe; porque la máquina más perfecta es inútil sin moral ni decisión para hacerla funcionar con eficacia.
Y en estas circunstancias, la primera consigna del espíritu no puede ser otra que la de unidad. Porque estamos todos empeñados en una lucha en la que no podemos retroceder, en que la tibieza en el cumplimiento del servicio tiene un nombre más duro. Es preciso formar una unidad disciplinada y resuelta en la que no juegue ninguna carta nuestro propio interés personal, en la que cada hombre haga suya la empresa común como la primera preocupación de su vida. Fijaos bien que nuestra tarea no constituye una parcial finalidad política, sino una gran misión, en la que cada uno debemos poner nuestro amor propio y nuestro orgullo. La obra que hemos emprendido no es nuestra, sino de la Patria. Es deber avanzar hasta el límite último que nuestras posibilidades nos permitan, con la conciencia de que formamos en una unidad que debe vivir más allá de nuestras individualidades y que debe entenderse con un sentido de continuidad en el futuro. Necesitamos que nuestro relevo deje a nuestros sucesores abiertos los caminos nuevos y afirmados los pilares para su obra. En esta forma, por encima de nosotros mismos, estamos obligados a entender el servicio presente. Nuestra victoria presupone nuestra unidad, la camaradería más ardiente, la mutua ayuda en la labor por encima del estricto entendimiento de la obligación. Trabajar no con la fría serenidad del técnico, sino con el ansia apasionada de quien tiene una fe y pone en servirla la primera razón de su actividad. No podemos correr por el recorrido, como deportistas desocupados; hay que correr por la meta, luchar como soldados por el objetivo. Sin miedo y sin desánimo. Sordos a la crítica, despreciativos para los ataques. En nuestra concepción falangista no cuenta la opinión adversa del enemigo; sólo puede ser para nosotros un halago y una garantía de acierto en la gestión, que debe prestarnos cierto coraje para seguir. Es infantil querer avanzar con el consentimiento de todos los titulares de intereses lesionados o amenazados por nuestra justicia. Tendremos siempre la sistemática animosidad de muchos de ellos, y ninguna clase de diplomacia habrá de servirnos para evitarla. Porque si se dice lo que se debe hacer, en seguida se incurre en demagogia; se critica entonces que las cosas se digan y no se hagan. Y si se obra sin hablar, se cambia por completo de puntos de vista y se grita que si recordar consignas y marcar rumbos doctrinales es aún tolerable, hacerlos realidad en estas circunstancias rebasa el límite de la insensatez. Unas veces molestan las palabras y otras los hechos; estad seguros de que lo único que podría lograrnos ciertas simpatías sería la inactividad, la quietud y la transigencia. No os desaniméis; hay que estar prevenidos contra el recrudecimiento de estas ofensivas que no hace falta ser profeta para anunciar. Nuestra unidad y nuestra fe bastan para hacerlas ineficaces, pero es necesario contar con ellas. Porque en esta batalla no tienen nada que hacer los eternos sorprendidos, que se pasan la vida de asombro en asombro con los ojos muy abiertos, quejándose a cada golpe imprevisto de la vida. La Revolución, como la guerra, es empresa de hombres, y para ser eficaz en sus filas hay que estar de vuelta del desaliento. Condición esencial de nuestro triunfo es, también, que no empiece a amenazar los espíritus ese cansancio que trae la nostalgia de las existencias apacibles, la lucha con desgana, con intervalos de abandono. Ha llegado el momento del heroísmo difícil de la paz. Quizá vosotros sirváis en una de las trincheras más avanzadas de la Revolución, desde donde más eficazmente se puede combatir por ella. Por eso entre vosotros no puede haber burócratas, sino escuadristas. Nos queda todavía mucho por hacer, y en la prisa de lograrlo debemos poner nuestro primer anhelo. Contra toda la fuerza enemiga es el espíritu el que manda y el que decide, y es la dura cohesión de nuestro frente la que ha de ganar a la gran Patria su futuro necesario de justicia y de gloria.
Todavía quiero hablaros concretamente de la más inmediata empresa que tenemos entre las manos: la realización del Seguro de Enfermedad. El Seguro de Enfermedad constituye prácticamente el avance más profundo en lo social que el Estado Nacional-Sindicalista ha logrado hasta hoy, y por ello ha de ser combatido con mayor insistencia que ningún otro. Vosotros sabéis bien lo que ha costado perfilarlo, y es conveniente que todos sepan la decidida tenacidad con que habéis luchado para conseguirlo. Vuestros mejores técnicos han construido una maquinaria perfecta, que ya está en punto de funcionamiento, con la garantía infalible de las exactitudes matemáticas. Estrictamente está cumplido vuestro servicio en el sector esencial del Seguro que os fue encomendado: la organización y la viabilidad económica. Pero más allá del planeamiento concreto de la Institución está la realidad viva que ha de servirlo directamente, el médico de Asistencia Pública Domiciliaria. Es preciso para él nuestra ayuda, nuestra comprensión y nuestra colaboración afectiva más sinceras, no sólo por un imperativo práctico de eficacia, sino por una razón suprema de justicia. Porque por una parte hay que hacer del médico el agente más entusiasta del Seguro, su defensor más resuelto por convicción, por deber y hasta por interés. Y por otra, sólo podemos beneficiar a un grupo de españoles a expensas de lo superfino de otros grupos, fijando previamente el límite de lo necesario. El Seguro de Enfermedad debe cubrir en este terreno más de un objetivo en la protección de economías débiles. La clase médica española, sobre todo la rural, arrastra una vida económica difícil; el Seguro no representa para ella una mengua, sino un alza; pero hemos de ser lo suficientemente generosos –que también por aquí hace falta la justicia social– para interpretar con amplitud en cada caso las disposiciones favorables. Hace falta que desde el primer momento el médico sienta palpablemente la mejora económica que el Seguro le proporciona, porque es exigir demasiado el sacrificio injusto para quien tiene como deber, más allá de lo profesional, el proselitismo de los trabajadores para nuestra Revolución justiciera. No operamos con ángeles, sino con hombres, y olvidar esta realidad es un grave riesgo de los éxitos más seguros. No está en abarcar mucho, sino en abarcar bien, en la perfección de cada sector en funcionamiento, la meta que queremos conseguir.
Estos son los extremos que hemos estimado necesario tocar y los peligros que estamos obligados a advertir, en este acto de tomar posesión de la Presidencia del Consejo del Instituto Nacional de Previsión. Debemos acostumbramos a romper con los formulismos rutinarios; esta Presidencia no significa para nosotros una especie de categoría honorífica que se vaya a reverdecer en las solemnidades y a olvidar después; implica, por el contrario, la posibilidad de ejercer una presión más inmediata en la línea de la Revolución, según las directrices de la Jefatura suprema de la Falange, y de establecer con vosotros una colaboración más íntima. Las tareas prerrevolucionarias más eficaces constituyen vuestro servicio. Pensad en la enorme responsabilidad que nos cabe si dejamos escapar esta ocasión de ganarle a la Patria su futuro de justicia, tan necesario, que si no fuera obra de nuestras manos, Dios habría de permitir, para nuestro justo castigo, el retorno de la barbarie ácrata.
¡Viva Franco! ¡Arriba España!