Filosofía en español 
Filosofía en español


En el acto de apertura de curso de la Escuela Social de Madrid

(Madrid, 10 de noviembre de 1943.)


Camaradas: En todas las empresas de la vida hay una hora inmóvil, en la que se arrían las banderas de la esperanza.

Parece que se nos adormece la fe, herida por la espina venenosa del desaliento, en un mal sueño de cobardía y de cansancio. Nos domina un extraño fatalismo, un presentimiento de derrota, que nos tienta a cruzarnos de brazos, seguros de la inutilidad de nuestra lucha, buscando la comodidad enfermiza de perecer sin combatir. Es la hora fría, la hora silenciosa, la hora quieta en que la pasión, el grito y el golpe se pierden en la inmensidad de los frentes desdibujados, en el cerco de los enemigos invisibles.

Miramos las cosas a través de una neblina de pesimismo y todas nuestras reacciones de coraje sólo sirven para hundirnos más en la arena movediza de un terreno sin firme, donde todo es blandura, hasta en la caída; donde todo es oscuridad, hasta en la traición. Empezamos por perder la fe en nuestros compañeros de avanzada y acabamos por no creer en nosotros mismos. No hay posibilidades de entenderse ni de pelear, porque no sabemos con quién ni contra quién. Y se nos van escapando las horas por una cuesta abajo de inercia, indecisos y desorientados en medio de un desierto lleno de espejismos, sin caminos y sin puntos de referencia que perseguir.

No hay situación tan propicia para que una caravana se pierda y una empresa se malogre. En esa quietud malsana de ciénaga se van pudriendo insensiblemente los troncos más nervudos y todo nuestro edificio corre el peligro de derrumbarse a la primera ráfaga de tormenta.

Camaradas, acaso hayamos recargado un poco las tintas para pintar un estado de ánimo, una situación de muchos espíritus en este instante de la lucha; pero el ocultar las heridas es la mejor manera de hacerlas incurables, y el dormirse en un campamento con centinelas de cartón es un buen sistema para despertar con una bayoneta en la frente. Ahora bien; el peligro de estas jornadas frías no puede evitarse con desbordamientos de pasión, con ataques impacientes ni con pasos al frente irreflexivos, porque a la esterilidad de dar manotazos en el aire se une el riesgo de que, mientras nos desesperamos persiguiendo un enemigo impalpable, un enemigo real nos aseste impunemente un golpe por la espalda.

Las Revoluciones, como las vidas, no eligen caminos, entre otras razones porque la geografía desconocida de los futuros humanos no tiene mapas donde puedan aprenderse; marchan en la dirección de un final presentido, a campo traviesa sobre el tiempo.

En esta marcha a tientas, en que las circunstancias, que no dependen de nosotros, son las facilidades o los obstáculos del camino, con frecuencia una caída nos evita un rodeo y es atolladero lo que creímos atajo. La procesión de los imponderables nos acompaña en nuestra senda, y está en nosotros salir de los malos pasos, pero no siempre está en nuestras manos el prevenirlos. Por eso, en la zozobra de las horas frías hay que descartar siempre dos elementos de desánimo: el de la sorpresa y el del disgusto por nuestra inhabilidad para no haberlas alejado. Hay que contar siempre con ellas como un imperativo necesario, como una vicisitud normal de nuestra lucha, y aplicar exclusivamente nuestro esfuerzo para escapar a la presa dolorosa.

No podemos elegir el terreno de la batalla, sino aceptarla donde se nos presente; pero tenemos la facultad de escoger, la táctica, y de nosotros depende que sea la mejor para la victoria.

Por eso, como decíamos al principio, este instante peligroso en su quietud, en su frialdad y en la incertidumbre de las situaciones debe encontrarnos tan serenos, que veamos claro en el error de querer dominarlo con estridencias de pasión, con esfuerzos desesperados, que sólo iban a llevarnos al más estéril de los agotamientos. Para luchar en la sombra no hay mejor sistema que conservarse inmóviles, dispuestos y avizor, haciendo acopio de todas nuestras fuerzas, sin desperdiciar nuestros bríos, pero aprovechando todas las ventajas que pueda brindarnos nuestra posición.

No son inoportunas estas consideraciones, dirigidas a nuestros camaradas de la Escuela Social y de la Escuela de Capacitación, preparadores de realizaciones efectivas jurídicas y humanas, en el derecho y en la vida, en las ideas y en los hombres. Vuestro servicio es crear silenciosamente una fuerza, ser esa misma fuerza. La mejor labor de esta jomada de forzosa quietud en otros órdenes.

Como la raíz más firme es la más enterrada, con frecuencia el movimiento que pasa más inadvertido es el más trascendente. Porque se pueden pasear banderas triunfales de signo contrario con sólo cinco minutos de diferencia; se puede cambiar la fisonomía de una Patria con tanta facilidad como provisionalismo; pero si se ha sabido, a fuego de misión y de verdad, tatuar un pensamiento en los espíritus, ese pensamiento vive contra todas las olas de asalto del mundo. Se suceden los poderíos sin alma, puede una fortaleza servir tan sólo para demostrar su debilidad frente al tiempo y, sin embargo, basta una cruz de madera para clavar veinte siglos. Y es que es en la entraña de los hombres y de las cosas donde hay que buscar la fuerza de lo permanente, y es la expresión, la forma obtenida como una necesidad natural de la previa transformación interna la que importa, contra toda la inconsciencia de los superficiales, preocupados exclusivamente de la cirugía estética de los pueblos. La que sirve es la transformación que no se ve, sin arrebatos y sin gritos, en el corazón y en el pensamiento de cada hombre. Por eso, en esta marcha hacia el final podemos estar para muchos en una hora fría, pero esto no quiere decir que no sea una hora definitiva y hasta una hora ventajosa. Porque toda la desilusión que la aparente inmovilidad pueda producir debe hacerse lección en cada uno de los desilusionados, para entender de una vez que no se hacen revoluciones sin más trabajo que ponerles rótulos a los pueblos. Todos los grandes movimientos del mundo se incubaron precisamente en estas horas inmóviles, en que la fe y la pasión de unos pocos fueron quemando la intimidad de las conciencias en lentos combates proselitistas. Esta es la misión de las unidades escogidas y para esto sirve la fuerza que a una minoría procura la selección. Porque nuestra misión es preparar el terreno para que un día se unan todas las gargantas en nuestro grito, no gritar solos, intentando aparentar con nuestra estridencia que todos lo hacen con nosotros.

De entre tantas resueltas frases de Franco, acaso la más trascendental para nosotros, lo que debe explicar nuestra insistencia en repetirla, es ésta: «Poco o nada me interesaría vencer, si en ello no va el convencer.» Es la consideración más despreciativa que puede hacerse sobre las victorias de superficie, sobre las apariencias vacías, artificio sobre el que los transigentes y los cobardes apoyan su inmovilidad. Es un alerta contra la afición a la inconsistencia de las hojarascas, a la inestabilidad de los equilibrios y a la intrascendencia de los duelos a primera sangre.

Es muy frecuente que nuestros enemigos nos presenten como representantes de una barbarie nueva empeñada en hacer vivir eternamente a un pueblo en la tortura de una coraza dolorosa, como en una especie de cilicio que martiriza la libertad y la alegría sin más explicación que el monosílabo de los fusiles. En el fondo esta acusación entraña una calificación muy poco favorable, no sólo para nuestra manera de sentir, sino para nuestra capacidad de razonar.

Se nos supone estúpidos creyentes en la supervivencia de lo artificial, de lo forzado; se nos estima fanáticos en la eficacia de la fuerza. Contra esto es verdad «que no nos interesa vencer, si en ello no va el convencer», no nos importa el dominio de los hombres si no se ejerce íntegramente en las vidas, más allá del gesto y de la acción, en la sinceridad solitaria de los pensamientos. Intentamos que nuestra disciplina se ame, con la manera de amar que José Antonio adscribía a la inteligencia; que entre por la comprensión en cada hombre la verdad y la justicia de nuestra Ley. El aire de milicia y la inflexibilidad que propugnamos para su cumplimiento no obedece a un regusto soberbio de violencia y de trágala, sino a la necesidad de nivelar con una acción enérgica el paralelogramo de las fuerzas.

Convencer de esta gran verdad es la mejor manera de vencer, como ya en plena guerra vislumbró el Caudillo con claridad.

Por eso esta hora aparentemente desalentadora, que requiere la máxima circunspección y serenidad, en que las estridencias pueden herir lo que defienden, nos debe sorprender tan impasibles en el gesto como en el pensamiento y en la acción. Es preciso preparar debajo de la línea estabilizada de nuestras trincheras actuales profundos subterráneos que nos permitan volar en un instante favorable todos los escondrijos desde donde el orden viejo organiza la traición de sus contraataques. Vosotros debéis servir como hábiles zapadores que ganen terreno al enemigo en ese frente invisible de los espíritus. Es preciso mandar en los ambientes y en los hombres; hacerlos nuestros en la teoría del derecho social-sindicalista, en la realidad de las leyes protectoras y en el fanatismo de la fe revolucionaria. Todos estos camaradas trabajadores, alumnos de la Escuela de Capacitación Nacional-Sindicalista, deben ser reclutas nuevos de nuestras vanguardias. No puede haber vencidos, sino convencidos, porque en otro caso el mañana nos depararía, sobre la amargura de la derrota, el ridículo de la inconsciencia.

Cuando tantos dudan ante la amenaza enemiga, tentados de abandonar prudentemente los primeros parapetos, ellos son la primera reserva que ha de dar solidez y garantía de resistencia a nuestra línea. Es bella y gallarda la generosa actitud de quien combate contra su propio interés por la gloria de la idea; pero debe suponerse firmeza y resolución a quien juega en la misma carta de una Revolución justiciera la alegría de su vida y la prosperidad de su hogar.

En esta ofensiva misionera, que nadie de nosotros se desaliente por el accidentalismo de probabilidades desfavorables o por la apagada temperatura del instante. El bárbaro, el inhumano régimen de fuerza que disimula el artificio de las formas políticas blandas ha de ser rebasado en la aurora de nuestra victoria, por la que muchos murieron para que muchos más pudieran empezar a vivir. Está en nuestras manos ganar una Era más humana en la que, rotas las ligaduras que apresan la dignidad de tantas vidas, muchedumbres de hermanos se liberten de la angustia y la opresión a que los someten las dictaduras económicas. Y bajo el signo de una justicia inspirada en el Evangelio de Cristo, Él ha de presidir, en un estadio nuevo de civilización, la paz y la libertad de los hombres.

Por esa Patria Libre, ¡viva Franco! ¡Arriba España!

 
(Madrid, 10 de noviembre de 1943.)