12 de enero
Moisés
El gran profeta, libertador y legislador del pueblo hebreo, no es tan solo una figura principalísima en la Historia Sagrada, sino también una gigantesca personalidad de la Historia Profana; y en tal concepto incluimos su retrato en esta galería popular de celebridades históricas.
Cuando los israelitas vivían en Egipto sujetos a la más dura opresión, y por el tiempo en que, receloso el Faraón reinante, llamado Amenofis, del grande incremento que iba tomando aquella raza, había mandado dar muerte a todos los hijos varones que tuvieran los infelices hebreos, plugo a Dios que Jocabed, esposa del levita Amram, diese a luz en dicho país y hacia el año 1705 antes de Cristo, un hermoso niño que, en cumplimiento a las brutales órdenes del gobierno egipcio, fue expuesto a la corriente del Nilo, pero cerca de la orilla y dentro de una flotante cuna de juncos. Detenida ésta en un remanso, fue divisada por la princesa Termutis, que allí se estaba bañando, y que recogió, sano y profundamente dormido, al pequeño israelita, dándole por esto el nombre de Moisés, que quiere decir sacado o libertado del agua, y criándole con maternal cariño en el mismo palacio del déspota que había decretado su exterminio.
Moisés fue instruido en todas las ciencias y artes de los egipcios, que pasaban entonces por los más sabios del mundo; pero, cuando tenía ya cuarenta años, se vio precisado a huir, por haber dado muerte a un egipcio, que maltrataba a un hebreo (1500). Entonces pasó a la Arabia refugiándose en aquella parte de dicha península denominada tierra de Madian y que estaba poblada por una tribu hebrea descendiente de Abraham, y cuyo jefe, llamado Getro le dio la mano de su hija Séfora (1665).
Permaneció en este país, dedicado al pastoreo, otros cuarenta años, y luego formó el proyecto, inspirado por Dios, de libertar a sus hermanos de Egipto, rogando al Faraón que les permitiera salir, a lo cual no accedió aquel sino después de que cayeron sobre el país las terribles plagas, enviadas por Dios como aviso, a saber: aguas del Nilo cambiadas en sangre, ranas, mosquitos, peste, epizootias o peste de animales, tumores y úlceras, granizo, langostas, tinieblas y muertes de todos los primogénitos.
Cuando ya todos los hebreos se habían partido, bajo las órdenes de Moisés y de su hermano Aarón, hubo de arrepentirse de haberlo tolerado el Faraón, y trató de obligarlos a volver; pero fue sepultado con todo su ejército en las aguas del Mar Rojo, que por permisión divina se habían separado antes, dejando un espacio seco por donde pasaron los israelitas a la costa de Arabia (1625). Comenzaron a peregrinar por los desiertos de aquella gran península guiados por una columna de fuego, y cuando llegaron al desierto de Sin, fueron mantenidos por el maná que caía del cielo: en el monte Sinaí, donde permanecieron un año, recibieron de Moisés, en nombre de Dios y en medio de portentos y maravillas, el Decálogo o sean los diez mandamientos de la ley divina inscritos en dos tablas de piedra, llamadas por esto Tablas de la Ley.
Después de haber castigado a los prevaricadores que durante su ascensión al monte, habían adorado un becerro de oro, reminiscencia idolátrica del Egipto, y de haber construido el Tabernáculo, ordenó Moisés la marcha hacia la Palestina o tierra de promisión; pero, en castigo a la rebeldía de su pueblo, le hizo peregrinar de nuevo y por espacio de muchos años. Por fin, a los cuarenta de haber dejado el Egipto, llegaron los hebreos a orillas del Jordán; pero a Moisés no le fue permitido ir más allá, en castigo de haber tenido un momento de duda o tibieza de fe en la palabra de Dios, cuando éste le mandó en el Sinaí que hiciera brotar agua de la roca de Horéb tocándola con su vara. Por eso, cuando llegó al monte Nevó, desde cuya cima pudo ya descubrir y gozar con los ojos aquella región panorámica de Canaam, el ángel de la muerte cortó el hilo de su vida (1585), que contaba ya 120 años, y se había empleado en sacar de la esclavitud a su pueblo y dotarle de una legislación admirable.
Esta se halla contenida en una obra de cinco libros, que por tal razón lleva el nombre de Pentateuco; y los títulos particulares de cada libro son: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, y Deuteronomio. El primero contiene la historia de la creación del mundo, el origen del hombre y las vicisitudes de los israelitas hasta la entrada en Egipto; el Éxodo refiere la estancia de los mismos en dicho país, su salida de él y su llegada al Sinaí; el Levítico contiene las Leyes civiles y del sacerdocio; los Números son el padrón o registro de los hebreos; y el Deuteronomio describe la entrada en Palestina y los últimos hechos hasta la muerte de Moisés.
Merced a estos libros, que son el código civil y religioso y aun el monumento literario más antiguo del mundo, no se perdió en este, cuando se hallaba dominado por el más absurdo politeísmo, la idea de la unidad de Dios; y esto explica que, no solamente los judíos y los cristianos, sino los pueblos todos, honren la memoria de Moisés y le consideren como un faro esplendoroso que ha mostrado a la Humanidad el camino de su perfeccionamiento.