Filosofía en español 
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Infanticidio

Esta palabra, en su más lata acepción, significa la muerte violenta de un niño desde el instante de haber sido concebido, o en el momento del parto o poco tiempo después. Esto, sin embargo, cuando el feto no ha salido todavía del útero materno, y se procura voluntariamente su expulsión por medios violentos, se llama aborto por los autores de medicina legal y los jurisconsultos; reservando la palabra infanticidio para denotar la muerte de un niño al tiempo de nacer o después de nacido. (Véase Aborto; tom. I, págs. 70 y 72).

El infanticidio puede cometerse por el abandono o exposición del niño, en punto o lugar donde se prevee que ha de perecer, o por la fuerza. Sobre lo primero (Véase Abandono de personas, tom. I, pág. 26). En cuanto a lo segundo nuestras antiguas leyes lo calificaban de homicidio alevoso, porque el niño que es víctima de él, no puede defenderse, ni huir, ni pedir socorro, y lejos de excitar la cólera o el aborrecimiento, no inspira sino sentimientos de lástima y compasión: e imponían al infanticida la pena correspondiente al asesinato, y siéndolo el padre o la madre, la del parricida.

El amor maternal está tan arraigado en el corazón de las madres, que no se concibe haya un ser tan desnaturalizado que atente contra la vida de la inocente criatura, a quien llevó en su seno, y que forma parte de su misma existencia; solo la ausencia de toda clase de ideas morales y la falta de todo género de sentimientos pueden conducir a este horroroso crimen. Cuando el niño ha nacido, dice el Sr. Mata, cuando la madre ha podido ver sus facciones o las del padre reproducidas en el rostro de la criatura, cuando ha oído su débil llanto, cuando ha podido sentir por ella ese interés vivísimo que inspira la inocencia y la debilidad; sino responde a la voz de la naturaleza, si ahoga los sentimientos de madre e inmola fría, obcecada e implacable esa tierna víctima en las aras del ídolo cruel que la subyuga, la inmoralidad del acto es de lo más atroz, y la delincuente no es en nada acreedora a la compasión del tribunal. Esto, no obstante, hay mujeres desventuradas, dice el Sr. Escriche, que viéndose con un hijo ilegítimo, y no habiendo podido darle a luz en una casa de refugio, ni pudiendo exponerle con reserva y sin peligro, agitada su imaginación con la idea de la infamia que va a cubrirlas o de la indignación de un padre severo, o despechadas por el abandono en que un amante infiel las ha dejado, caen en una especie de delirio atroz, y se precipitan a exterminar y hacer desaparecer el fruto de su fragilidad. No hay duda que estas madres deben ser tratadas con alguna indulgencia.

El art. 424 del Código penal dice, que la madre que por ocultar su deshonra matare al hijo que no haya cumplido tres días, será castigada con la pena de prisión correccional en sus grados medio y máximo. Los abuelos maternos, que para ocultar la deshonra de la madre, cometieren este delito, con la de prisión mayor.

Fuera de estos casos, el que matare a un recién nacido incurrirá, según los casos, en las penas del parricidio o del asesinato.

El infanticidio estuvo muy generalizado en los pueblos paganos. Las molestias y gastos que ocasionaba la educación de los hijos, la vanidad de la madre que no quería ajar su belleza criándolos, las preocupaciones de que el nacimiento era a veces anuncio de desventuras y otros motivos por el estilo, justificaban su abandono o muerte. La misma ley ordenaba matar al que tenía la desgracia de nacer deforme o enfermizo. La Iglesia se interesó vivamente desde un principio en favor de estas inocentes víctimas, y procuró excitar la compasión y caridad de los cristianos hacia estos infelices; y al efecto mandó que los fieles los recogiesen en sus casas cuando eran abandonados: estableció además por su cuenta hospicios donde albergar a los que no podían ser atendidos por los particulares, y predicó contra la gravedad de este delito, castigándolo con las penas más severas. Además de los artículos citados, véase Expósitos tom. IV, pág. 419, y Hospicios arriba, pág. 414, y sobre lo que en estos lugares queda dicho, añadiremos lo que se consigna en la ley 5.ª tít. 37, lib. 7, de la Novis. Recop. A fin de evitar, dice, los “muchos infanticidios que se experimentan por temor de ser descubiertas y perseguidas las personas que lleven a exponer alguna criatura por cuyo miedo las arrojan y matan, sufriendo después el último suplicio, como se ha verificado; las justicias de los pueblos en casos de encontrar de día o de noche, en campo o en poblado a cualquiera persona que llevase alguna criatura, diciendo que va a ponerle en la casa o caja de expósitos, o a entregarle al párroco de algún pueblo cercano, de ningún modo la detendrán ni examinarán, y si la justicia lo juzgare necesario a la seguridad del expósito o la persona conductora lo pidiese, le acompañarán hasta que se verifique la entrega, pero sin preguntar cosa alguna judicial ni extrajudicialmente al conductor, y dejándole retirarse libremente. Como por este medio, o por el de entregarse las criaturas al párroco del pueblo donde han nacido o al del otro cercano, cesa toda disculpa y excusa para dejar abandonar las criaturas, especialmente de noche a las puertas de las Iglesias o de casas de personas particulares o en algunos lugares ocultos, de que ha resultado la muerte de muchos expósitos; serán castigadas con toda la severidad de las leyes las personas que lo ejecutasen, las cuales, en el caso reprobado de hacerlo, tendrán menor pena si inmediatamente después de haber dejado la criatura en alguno de los parajes recibidos, donde no tenga peligro de perecer, dan noticia al párroco personalmente o por escrito (también pueden hacerlo bajo el sigilo de confesión), expresando el paraje donde esté el expósito, para que sin demora lo hagan recoger.”

J. P. Angulo.