Americanismo
Con este nombre se designa, una doctrina, o más bien, una serie de ideas de influencia naturalista y liberal, que se difundieron principalmente por América, en los últimos decenios del siglo XIX.
Estas doctrinas, que respondían al modo de ser de ciertos núcleos del pueblo norteamericano, carentes de tradición cristiana, fueron recogidas por el padre Isaac Hecker (muerto en 1891), protestante convertido y fundador de los paulistas americanos, y difundidas en Europa por el P. Klein, traductor de la edición francesa de la vida del P. Hecker escrita por el P. Elliot. Esta publicación fue motivo de grandes polémicas hasta que León XIII, en su carta “Testem benevolentiae”, de 22 de enero de 1899, dirigida al cardenal Gibbons, arzobispo de Baltimore, reprobó estas doctrinas como contrarias a la Iglesia.
La idea fundamental del americanismo, estriba en la modernización de la Iglesia, para así atraer a los que están fuera de ella, acomodándose a la sociedad moderna, tanto en el orden disciplinado como en el doctrinal dejando en el olvido ciertos puntos de doctrina, por ser de menor importancia o atenuándolos, sin conservar el sentido que siempre les ha dado la Iglesia. Esto, dice León XIII en la antedicha carta, no puede permitirlo la Iglesia, pues se opone a la importancia igualmente divina que tienen todos los dogmas, y a su inmutabilidad. Si la disciplina sabe adaptarse, en cambio no pueden variarse la inmovilidad del dogma ni los principios esenciales de la moral, siendo siempre el magisterio de la Iglesia quien debe dictaminar sobre esto, y no la autoridad privada de los fieles.
Si los estados modernos han dado un campo más amplio a la libertad individual no por eso, la Iglesia, de institución divina, puede hacer lo mismo, dando a cada individuo más libertad, para desarrollar sus iniciativas y actividades. Pues, dice el Papa, no puede asimilarle la Iglesia, de derecho divino, a las otras variedades que deben su existencia a la libre voluntad de los hombres.
Otro de los puntos erróneos del americanismo, se refiere a la infalibilidad del Papa. Como esta infalibilidad, está para remediar oportunamente las falsas interpretaciones de la doctrina de la Iglesia, la libertad de pensamiento en los fieles, no puede atacar el edificio de la doctrina católica, por lo que debe ser permitida. Pero, como dice León XIII, la infalibilidad no ha hecho más que confirmar la obligación de los católicos de seguir las directrices pontificias, como remedio a las licencias del pensamiento contemporáneo, como ya lo había expuesto en la Encíclica Libertas, de 20 de junio de 1886.
Los americanistas rechazan toda dirección exterior como superflua para todos los que quieren tender a la perfección cristiana, pues el Espíritu Santo, reparte a las almas de los fieles más dones que en tiempos anteriores y los dirige sin intermediario. El Pontífice compara los primeros siglos del cristianismo con los tiempos modernos y añade que precisamente, los que reciben inspiración del Espíritu Santo, por ser un camino ignorado, tienen más necesidad, para no desviarse, de un maestro y un guía, como san Pablo, que después de la aparición, recibió orden divina de presentarse a Ananías.
Estos innovadores, tributaron un culto a las virtudes naturales, manifestaciones de la actividad y del genio humanos. Dan preeminencia a las virtudes naturales, sobre las sobrenaturales, atribuyéndoles una fecundidad y eficacia que no tienen éstas. Esto está en contradicción con las innumerables vidas humanas llegadas a la santidad por la práctica de las virtudes sobrenaturales, que la gracia divina ha añadido a la naturaleza humana.
Dividen, además, a las virtudes en dos grupos: pasivas y activas. Las primeras son buenas, pero sólo en los primeros tiempos del cristianismo convenía su práctica. Hoy día, dicen los americanistas, son las virtudes activas las que deben imperar, siendo los hombres de acción los dueños del mundo. En realidad, las virtudes pasivas no existen, pues virtud, según santo Tomás, es la perfección de las facultades activas del hombre. Las virtudes son las mismas para todos los tiempos, según nos enseñó el Divino Maestro, ejemplo de todas ellas.
Como consecuencia lógica de la poca estima en que tienen a las virtudes pasivas, es el ataque de los americanistas al estado religioso. Dicen que los votos son contrarios a la vida moderna, pues constriñen la libertad humana, no conviniendo a las almas fuertes, al tiempo que son un obstáculo a la perfección cristiana y al bien de la sociedad. La falsedad de estas afirmaciones se ve claramente al considerar la práctica y doctrina de la Iglesia, que siempre ha tenido a la vida religiosa en alta estima. Los religiosos son valientes defensores de la Iglesia y tanto si se entregan a la vida activa o contemplativa, dan a la Iglesia y a la sociedad los servicios más preciados. Además, la Iglesia no desaprueba un instituto religioso sin la observancia de los votos, ni el uso de nuevos sistemas de predicación, mejor adaptados a los momentos presentes, siempre que se mantengan inmutables los principios del dogma y la moral, y los procedimientos esenciales de la vida y predicación cristianas, como fueron enseñadas por Jesucristo, y practicadas por los Apóstoles y Santos de todos los tiempos.
Termina el Papa su carta, condenando el americanismo, siempre que se considere como tal, el designar los errores anteriormente expuestos.
La jerarquía católica norteamericana, incluso los obispos que los americanistas pretendían tener a su lado, acataron las doctrinas expuestas por León XIII en su carta. La adhesión del superior de los paulistas americanos, y del P. Klein, fue también dada en seguida y con toda amplitud y ejemplar sumisión.